La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

Una vez que Tamba y los hombres se marcharon, ya no había escapatoria.

Por mucho que intentara demorarlo, tenía que volver a casa y afrontar las consecuencias.

Detestaba cualquier clase de conflicto y, por lo general, habría hecho lo que fuera por evitarlo, pero aquello era distinto.

El trabajo era el trabajo y tenía que comportarse como una profesional.

De camino a casa se detuvo a tomar un Seven-Up caliente, con la esperanza de retrasar la inevitable escena.

Sacó el coche de la carretera y se apeó, saltando sobre los charcos del camino embarrado hasta llegar a la pasarela de madera.

Entró en la tienda de comestibles del pueblo empujando las medias puertas batientes, tocada con su metafórico sombrero de vaquero.

Debería haber atado el coche a un poste.

Entonces vio a Ned sentado en un taburete ante el mostrador, de espaldas a ella.

Se palpó los costados de forma instintiva, como si buscara un arma.

¿No fue a Doc Holliday a quien dispararon por la espalda mientras se tomaba una zarzaparrilla en la barra?

Quiso marcharse, pero no fue lo bastante rápida.

Ned miró por encima del hombro y se le iluminó la cara.

—Sam, estás aquí. Gracias a Dios.

Se sentía como si hubiera entrado en un universo paralelo. Calamity Sam, te presento a Ned Holiday.

—Ah, hola.

Se mantuvo firme.

—No te pongas así —dijo él, bajándose del taburete y acercándose a ella.

—¿Así cómo? Tú eres quien me trató como una mierda pegada al zapato.

Él se detuvo. Se le demudó el rostro y extendió las manos con gesto impotente.

—Sí, lo hice. Lo sé. Soy idiota. Lo siento muchísimo. Soy escoria de estanque. No, peor aún: soy el moho de la escoria del estanque.

—Ya basta de hablar de ti —dijo Sam, tratando de no reírse—. ¿A qué demonios vino todo aquello de anoche? ¿Qué hice para que reaccionaras así?

—No fuiste tú. Fatou me dijo que habías dormido en la habitación de Fergus mientras yo estaba fuera. Es justo la clase de cosa que él me haría. Debería haber sabido que mentía. Quería darme celos.

—Fui una vez a su habitación —dijo Sam—. No sabía que ella me había visto.

—Fergus me ha contado lo de la mordedura de serpiente.

—¿Así es como lo llamó?

Su cara de sorpresa era todo un poema. Ella soltó una carcajada.

—Ya te he dicho que soy idiota —dijo él.

—Y tenías razón. Aunque es una lástima lo de Fatou. Ahora me odiará más que nunca si cree que me he acostado con el hombre que le gusta. Quería preguntarle por algo que dijo Tamba.

—No te lo recomiendo. No habla con nadie. Fergus ha tenido que hacerle la pelota todo el día solo para que nos prepare la cena. En cualquier caso, ¿a quién le importa lo que diga Tamba?

—¿Puedo tomar un Seven-Up?

Para cuando regresaron a casa a cenar, habían recuperado su complicidad. Salvo por el sonoro eructo que se le escapó después del segundo Seven-Up, estar sentados en el saloon mientras se apagaba la luz del día había sido de lo más romántico.

Fergus los esperaba con el cuerpo rígido por la tensión. Al verlos llegar juntos y sonrientes, se relajó y esbozó una amplia sonrisa.

—Ajá, ya estáis aquí. Estupendo. Me muero de hambre. ¡Fatou! Por favor, ¿puedes servir ya la cena?

Hasta Fatimata parecía estar de mejor humor: un par de veces se restregó juguetonamente contra Fergus y estuvo a punto de tirarlo de la silla.

Y la comida había vuelto a la normalidad.

Un delicioso guiso de pollo con montañas de arroz y plátanos dulces fritos humeaba en sus platos y les inundaba la nariz con su aroma.

Sam devoró la comida, casi lamiendo el plato en su afán por apurar hasta el último bocado.

—Tranquila, muchacha —dijo Fergus—. Deja el dibujo de la vajilla.

—¿Qué es «vajilla»? —preguntó Ned.

—Es una palabra irlandesa para referirse a la loza —dijo Sam.

—Vaya, qué profunda eres —dijo Fergus—. ¿Y tú cómo lo sabes?

—Ah, por algún novio que tuve.

—Ya me parecía que llevabas algo irlandés dentro —dijo Fergus, y por eso se llevó un puñetazo.

Después de comer, Sam salió y se sentó atravesada en la hamaca, con los pies colgando por el borde.

No se confesó a sí misma que estaba dejando sitio para Ned, pero aquel hueco pedía a gritos que alguien lo ocupara.

Se subió la tela de la hamaca por detrás de la espalda y se meció en el aire nocturno.

La puerta se abrió y ella contuvo el aliento.

Para su consternación, salieron los dos hombres.

—Estupendo —dijo Fergus y, antes de que ella pudiera protestar, se dejó caer de espaldas en la hamaca, a la derecha de Sam.

—Qué acogedor —dijo Ned, e hizo lo mismo a su izquierda.

Sam los observó a ambos y puso los ojos en blanco.

—Ni se os ocurra pensar en un ménage à trois —dijo.

Fergus encendió un cigarrillo para compartirlo entre los tres y fueron pasándoselo de un lado a otro mientras la hamaca crujía y gemía.

—En cualquier momento —dijo Sam, preparándose para lo peor.

—Bah, creo que aguantará. Fatou duerme aquí la siesta por las tardes —dijo Fergus.

—Mientras no se nos una... —dijo Ned.

Los tres estallaron en carcajadas, y aquello resultó ser la gota que colmó el vaso. La argolla que sujetaba la hamaca se desprendió de golpe del armazón de madera de la veranda, y la hamaca cayó al suelo, dejándolos a los tres amontonados de cualquier manera y muertos de risa.

—¡Joder! —dijo Fergus mientras se sacudía el polvo.

—Necesitamos una cuerda más resistente —dijo Ned.

—Buenas noches, chicos —dijo Sam, que se fue flotando a la cama sin que sus pies tocaran el suelo.

—¿Por qué no vas detrás de ella? —preguntó Fergus—. Sabes que estás deseando hacerlo.

—¡Cristo! Mi vida es un puto desastre —dijo Ned.

—Qué reina del drama eres, Neddy. ¿Qué demonios puede ir mal ahora? Te has reconciliado con Sam y todo vuelve a estar bien en el mundo.

—Solo hay un problema.

—¿Y cuál es? ¿No te gustan sus pantalones cortos?

—Gemma quiere que nos reconciliemos. Vendrá a Simbako la semana que viene.

—Jesús. Eso sí que complica las cosas. ¿Se lo has dicho a Sam?

***

Sam estaba sentada en su habitación, bajo el ventilador.

La mosquitera se hinchaba suavemente con la brisa ante su mirada perdida.

Repasaba mentalmente el día. Intentó analizar con sensatez lo que sentía por Ned.

Un minuto se entregaba por completo y al siguiente se retraía del todo.

Aquello, sumado a la inseguridad natural de Sam, no contribuía precisamente a que la relación marchase sin tropiezos, si es que podía llamarse relación.

Más inquietante aún era el hecho de que tener a Fergus a un lado le resultaba tan excitante como tener a Ned al otro.

Sus hormonas se habían vuelto locas con tanta testosterona a su alrededor.

¿Y qué demonios estaba ocurriendo en el bondo ?

No tenía ni idea de qué significaba ser impuro.

Desde luego, Simbako estaba resultando ser todo un enigma.