Capítulo 19
—El señor Ned ha vuelto —dijo Sahr mientras entraban en el recinto y se detenían junto al Toyota.
Sam trató de contener la irracional oleada de emoción que amenazaba con hacer que el corazón le estallara en el pecho y entrara dando botes en la casa por sus propios medios.
—Qué rápido. Había entendido que tardaría más en conseguir un pasaporte nuevo.
—Llevaba una copia del antiguo. Quizá eso haya facilitado las cosas.
—Puede ser. Gracias, Sahr. Supongo que mañana por la mañana no estarás aquí, entonces.
—No estoy seguro. ¿Puede pedirle al señor Fergus que venga a hablar conmigo, por favor?
Eso significaba que dispondrían de un momento a solas antes de que Fergus volviera a entrar.
Sam llevaba días imaginándose aquel encuentro.
Lo último que Ned le había dicho era que se estaba enamorando de ella.
Ese tipo de declaraciones no eran habituales.
Les ocurrían a otras personas, en las películas, no a Sam.
No resultaba fácil quitárselo de la cabeza, ni siquiera con todo el jaleo de la terraza.
Intentó mantener una expresión neutra al entrar en la casa.
Ned y Fergus estaban sentados ante una mesa cubierta de papeles sujetos por tazas sucias.
Fergus examinaba el teléfono por satélite como si estuviera a punto de arrojarlo al otro lado de la habitación.
El ventilador traqueteaba en el techo y hacía temblar el pesado soporte de una forma que daba a entender que se estaba soltando de sus anclajes y preparándose para precipitarse al vacío.
Sam nunca lo encendía porque estaba segura de que algún día le caería en la cabeza.
—Esa cosa es una trampa mortal —dijo sin dirigirse a nadie en particular—. Fergus, Sahr está fuera y quiere hablar contigo sobre sus turnos. Ah, hola, Ned, no sabía que habías vuelto.
Fergus arqueó una ceja, pero no hizo ningún comentario. Sam captó su mirada y sonrió.
—Será mejor que salga a preguntarle qué quiere —dijo Fergus, exagerando la actuación.
Sam miró a Ned para comprobar si se prestaba a la farsa. Para su decepción, él se limitó a barajar papeles mientras evitaba mirarla a los ojos.
—¿Qué tal te ha ido el viaje, Ned? —preguntó.
—Aburrido. Burocrático.
—Entonces, ¿has conseguido el pasaporte?
—Sí. ¿Vamos a dedicarnos a hablar de lo puñeteramente obvio?
Sam retrocedió de golpe como si él le hubiera dado una bofetada. El tono cortante de su voz segó de raíz todo atisbo de romanticismo.
Se ruborizó de vergüenza. ¿Qué había pasado? Aquello era un desastre. Tenía que salir de allí.
Se volvió bruscamente y chocó con Fergus, que la sujetó para impedir que se cayera.
—Qué escena tan acogedora —dijo él entre risas, reteniéndola entre sus brazos sin percatarse de la angustia de su rostro. Sam se soltó y corrió a su habitación, intentando contener las lágrimas que pugnaban por salir.
—Pero ¿qué coño...? —dijo Fergus—. ¿Qué he hecho yo?
—Como si no lo supieras —dijo Ned, que también se dirigió a su habitación, pues su propio comportamiento lo había alterado casi tanto como a Sam. Entró y dio un portazo.
Fergus se quedó solo en el comedor, negando con la cabeza. —¡Té, Fatimata! ¡Té, ahora mismo, por el amor de Dios!
Sam no volvió a salir de su habitación aquella noche.
Fergus y Ned cenaron en un ambiente que distaba mucho de ser cordial.
Fatimata dejó caer los platos sobre la mesa con estrépito y echó tanta sal a la comida que resultaba incomestible.
El ventilador desprendía trocitos de yeso que caían en sus platos.
—Puede que Sam tenga razón respecto al ventilador —dijo Fergus—. ¿Deberíamos llamar a alguien para que lo arregle?
—¿Por qué no se lo preguntas a ella?
—Te lo pregunto a ti. ¿Qué demonios pasó en Njahili? Debió de ser algo grave, porque nunca te había visto así.
—No tiene nada que ver con Njahili. No te hagas el inocente conmigo. ¿Cómo pudiste hacerlo? Sé que soy tu empleado, pero creía que también éramos amigos, puesto que nos conocemos desde hace treinta años.
—Ned, sigo sin entender de qué estás hablando. ¿Te peleaste con tu mujer?
—No me puedo creer que intentes echarle la culpa a Gemma. ¿También te acostaste con ella?
—Eh, para el carro. No hace falta ponerse así —dijo Fergus, perplejo.
—Sí que hace falta. Ned se levantó, con el rostro blanco. —No tenías ningún derecho. ¡Levántate!
—Jesús, ¿qué demonios está pasando? ¿Vas a pegarme?
—Te lo mereces. ¿Por qué me la quitaste? ¿Acaso intentaste resistirte? ¿Es que tu familia aún no nos ha humillado bastante?
—¿Quién? ¿Tu mujer? ¿De qué estás hablando?
Su expresión de desconcierto detuvo a Ned en seco.
—No lo niegues. Fatimata me lo ha contado.
—¿Qué te ha contado? ¿Te has vuelto loco?
—Una noche vio a Sam salir de tu habitación.
Fergus lo comprendió de pronto. Puso una mano sobre el brazo de Ned y habló en voz baja.
—Neddy, escúchame. Hay una buena explicación.
Ned apartó el brazo de golpe, como si se hubiera quemado.
—Ah, seguro que sí. ¿Qué hacía allí dentro?
—Me mordió una víbora y me desmayé durante la cena. Ella me arrastró hasta mi habitación y me purificó la herida. Mira.
Le tendió la mano, rosada y con el borde de la rozadura inflamado. —Ni siquiera fui consciente de que estaba en mi habitación, pero Fatimata debió de verla salir cuando terminó y sacó sus propias conclusiones. Esa mujer es una fábrica de chismes maliciosos.
—¿Una mordedura de serpiente? ¿Lo juras?
—Vamos, Neddy, ¿de verdad crees que tocaría a tu preciosa Sam? Ni siquiera quiso ponerse los pantalones cortos para mí.
Se agachó justo a tiempo.
Más tarde aquella noche, Ned avanzó por el pasillo y se detuvo ante la puerta de Sam.
Susurró su nombre, pero ella no respondió.
Era difícil reprochárselo después de cómo se había comportado.
Puede que estuviera dormida. Se sentía demasiado avergonzado para averiguarlo.
Sería más fácil por la mañana. Volvió a alejarse sigilosamente.