Capítulo 18
Ned entró con el coche en el patio de la casa de Fona, esparciendo las hojas de palmera y a punto de atropellar a Dembo, que regresó muy digno a su jaula, soltando improperios en idioma de loro.
Permaneció un minuto sentado en el coche, contemplando las hojas que se arremolinaban por el patio e intentando calmar los latidos de su corazón.
Le ilusionaba volver a ver a Sam. Había algo en ella que le hacía desear traspasar aquella coraza y llegar hasta su yo más íntimo.
Antes de partir hacia Njahili, había decidido empezar de nuevo con ella, si ella lo aceptaba, pero el viaje a la capital lo había sumido en la confusión y ahora ya no sabía qué quería.
Todo había empezado con su llamada a Alex Simmonds para hablarle del pasaporte.
—¿Ha resultado herido alguien? ¿Cómo está Sam?
—No, solo se han llevado un susto. Sam está bien. Es toda una luchadora. ¿Dónde la encontraste?
—Échale la culpa a mi mujer. Fue ella quien sugirió que Sam quizá tuviera más éxito engatusando a nuestro jefe Sesay que Fergus.
—Tenía razón. El jefe casi ronronea cuando ella entra en la habitación. Yo también . Solo Fergus es inmune a Sam. Despierta emociones muy intensas. Fatimata está preparando magia negra en la cocina para librarse de ella.
—Ah, Fatimata. Se muere de amor no correspondido por ese irlandés macizo. Sam será una digna rival para ella. En fin, basta ya del culebrón en que se ha convertido Fona. ¿Cuánto hemos avanzado?
—El jefe ha accedido a permitirnos explorar una terraza cerca de la aldea.
Sam se quejó de que no pudo elegir una terraza basándose en la geología en vez de en un decreto real, pero se le pasará.
Se lleva bien con Adanna, la hija del jefe, que es solo un poco más joven que ella. Adanna también guarda secretos.
—Eso es alentador. Fergus parece convencido de que el diamante existe. Espero que tenga razón.
—Aunque no logremos encontrarlo, es probable que una zona de la que salió un diamante grande contenga otro. Pronto lo averiguaremos.
—Me gusta tu lógica. Ah, Gemma me llamó. Necesita hablar contigo. ¿Puedes llamarla?
—¿Mi mujer? Ah, debe de ser por los papeles del divorcio. Ya tendría que haberlos firmado, pero reconozco que lo he estado evitando.
—Tienes que hacerlo en cuanto puedas, para que ambos sigáis adelante con vuestras vidas. Yo no conocí a Sandra hasta después de divorciarme de mi primera mujer.
—Me costaba aceptar que todo hubiera terminado al cabo de tan poco tiempo. Nuestra relación parecía perfecta antes de casarnos.
—Son cosas que pasan. ¿Recuerdas su número?
—Sí, gracias.
—Bien, suerte con el pasaporte. Regresa aquí cuanto antes. No me gustan las perspectivas de Sam a solas con Fergus.
Simmonds se rio. Ned soltó una carcajada forzada.
—Sam sabe cuidarse sola. Llamaremos pronto desde allí para contaros las novedades.
—Iré a visitaros dentro de poco. Nos vemos en Fona.
—Hasta entonces.
—Llama a Gemma.
A Alex le gustaba dar consejos. El divorcio de su primera mujer había sido todo un éxito después del odio mutuo que ambos tuvieron que soportar.
Ninguno de los dos veía la hora de alejarse y empezar de nuevo.
Para Ned era distinto. Él aún amaba a Gemma, aunque ella hubiera elegido a otro.
El dolor y la confusión iniciales se habían disipado, pero todavía confiaba en que todo fuese un error.
Sin embargo, conocer a Sam había empeorado las cosas.
Ahora dudaba de lo que había sentido en un principio por Gemma.
¿Se había apagado sin más su romance de estudiantes?
¿Era Sam solo una distracción pasajera? Aquella noche en el bar había sentido una conexión con ella, pero ¿y si solo se debía al alcohol y a la casualidad? Llamó a Gemma.
—¿Diga?
—Hola, Gemma. Soy yo, Ned. Alex me dijo que querías hablar conmigo.
—Ned, ¿cómo estás? Esperaba que me llamaras.
—Siento lo de los papeles del divorcio. Prometo firmarlos la próxima vez que esté en Gran Bretaña.
—Ah, no me refería a eso, aunque también quería hablarlo contigo.
—¿Cuál es el problema? ¿No habíamos acordado repartirlo todo a medias?
—Sí. No es eso. Es solo que…
—¿Solo qué?
—¿Estás seguro de que quieres seguir adelante con el divorcio?
—¿Yo? Tú provocaste todo esto. No me diste elección. No fui yo quien salió a buscar algo mejor.
—No te enfades. La culpa es mía. Pero pasabas mucho tiempo fuera. Me sentía sola.
—¿Sola? ¿Y yo qué?
—Tú tenías muchas cosas que hacer. Es distinto.
—No creo que lo sea. Elegiste a otro. ¿Cómo se supone que debo aceptarlo?
Se hizo el silencio. Oyó los pájaros del jardín de Gemma e imaginó las rosas silvestres de los setos, el aroma de la madreselva al atardecer. El hogar perfecto para la pareja perfecta. ¡Qué tópico!
—Ya no estoy con él.
Esta vez fue él quien se quedó sin palabras. ¿Era una trampa? ¿Estaba en un programa de cámara oculta?
—¿Qué ocurrió?
No se atrevía a pronunciar una frase más larga por si le temblaba la voz.
—Volvió con su mujer. Ella lo chantajeó con los niños.
¿Debía decir que lo sentía? Porque no lo sentía. Experimentaba una satisfacción petulante y moralista. Un «te lo dije» pugnaba por salir de su garganta.
—Ah —dijo.
—No espero que te compadezcas. Cometí un error. Tú eras el amor de mi vida.
En pasado.
—¿Y qué soy ahora?
—No estoy segura. Por eso quería hablar contigo. Para averiguar si deberíamos intentarlo de nuevo.
Ned no recordaba haber dicho nada más. Balbuceó algo para tener una excusa con la que colgar el teléfono.
¿Cómo debía tomarse aquella propuesta? Había anhelado oírla decir aquello, había soñado con ello durante meses, aunque lo creyera imposible.
Y ahora, de repente, había sucedido. Parecía una redención. ¿Y Sam?
Unos golpes en la ventanilla del coche lo arrancaron de sus cavilaciones.
—¿Señor Ned? ¿Se encuentra bien?
Fatimata tapaba el sol como un eclipse.
—Sí, gracias.
—Debería entrar en la casa. Pronto lloverá.
Ned atisbó a través de la masacre de insectos estampada en el parabrisas del Toyota y solo vio un cielo azul que parecía una muestra de una carta de colores. No tenía sentido discutir con Fatimata, que se consideraba una autoridad en el clima local, pero su vena obstinada se impuso.
—No hay ni una nube en el cielo. ¿Cómo lo sabe?
Una sombra oscureció el rostro de Fatimata. No le gustaba que la contradijeran.
—Sé muchas cosas.
—Entonces, ¿puede decirme dónde está Sam? —preguntó Ned mientras buscaba su bolsa en la parte trasera del coche.
—Esa mujer está excavando la terraza con Tamba.
—Preferiría que no la llamara así. Se llama señorita Harris y es nuestra invitada. Debería tratarla con respeto.
—¿Como la trata el señor Fergus?
Ned sopesó su respuesta. Intuía una emboscada, pero no debía permitir que se saliera con la suya comportándose así.
—Sí, exactamente así.
—Entonces, ¿va a invitarla esta noche a su habitación?
—¿De qué está hablando? ¿Cómo se atreve a hablarme así?
Fatimata le dirigió una mirada engreída.
—Me ha dicho que la trate como Fergus. Una noche salió de la habitación de él. Debería saber con quién está tratando. Esa mujer es una puta y esta es una casa cristiana.
Ned escudriñó su rostro, intentando averiguar si había mentido, pero solo vio una expresión triunfal. Había caído de lleno en la trampa.
—No voy a hablar de esto con usted —dijo—. Prepáreme un poco de té, por favor. El viaje me ha dejado agotado.
Fatimata se deslizó hacia el interior de la casa; sus prodigiosas posaderas desaparecieron tras el resto de su cuerpo, dejando a Ned sin aliento y conmocionado.