Capítulo 17
A la mañana siguiente, Fergus ya estaba desayunando con su apetito habitual cuando Sam se acercó a la mesa.
—Buenos días. ¿Te encuentras mejor? —preguntó ella.
—¿Mejor? ¿Mejor que qué? La verdad es que no recuerdo qué pasó.
—Te entró veneno de víbora por ese rasguño.
—Ah, la tirita. Me preguntaba de dónde había salido. ¿Fatimata? ¿Puedes traernos más tostadas, por favor?
De la cocina llegó un estrépito, como de ollas arrojadas al suelo o puertas de horno cerradas de golpe. Fergus se encogió de hombros. Los berrinches de Fatimata eran habituales.
—¿Podemos volver a empezar esta mañana?
—Ayer Tamba no parecía muy entusiasmado. No puedo evitar pensar que quizá esté implicado de algún modo —dijo Sam.
—¿Tamba? ¿Por qué iba a ayudarnos con una mano para sabotearnos con la otra?
—No tengo ni idea. Es solo una corazonada.
—Y yo tengo la corazonada de que necesito más tostadas. ¿Dónde está Fatimata?
La puerta de la cocina se abrió y Fatimata irrumpió en la habitación con un plato rebosante de tostadas, que dejó caer sobre la mesa antes de volver a salir como un petrolero desbocado. Las tostadas estaban carbonizadas. Fergus cogió una y la examinó.
—Me gustan las tostadas bien hechas, pero esto es ridículo —dijo.
—¿Qué has hecho? —preguntó Sam.
—Cualquiera sabe. Esa mujer es un misterio absoluto.
Terminaron de desayunar en silencio. Antes de partir hacia la terraza, Sam fue a ver a Dembo, el loro, y le dio un anacardo.
—Sam es la jefa —dijo, sosteniendo un anacardo justo fuera del alcance del afilado pico—. Sam es la jefa.
El loro ladeó la cabeza como si escuchara.
—Sam es la jefa —repitió ella, agitando el anacardo.
—¿Dónde demonios estás? Nos vamos.
Era la voz de Fergus.
Exasperada, Sam arrojó varios anacardos dentro de la jaula. Dembo acabaría claudicando pronto.
—Ya voy. Antes tengo que ir al baño.
—Por el amor de Dios, mujer, date prisa. No tenemos todo el día.
Sí que lo tenían, pero Sam no se lo hizo notar. Sahr los llevó hasta la terraza, donde Tamba y el equipo esperaban a la sombra.
—¡Hola, Tamba! —dijo Fergus—. ¿Tienes un minuto?
Tamba se acercó arrastrando los pies, y los dos hombres se quedaron de espaldas a Sam, fingiendo contemplar el río, aunque en realidad habían formado una barrera física contra su presencia que decía: no estás invitada a esta conversación.
Fergus puso una mano sobre el hombro de Tamba y lo miró fijamente a los ojos.
Le habló sin sonreír y esperó. Tamba negó con la cabeza.
Al parecer convencido por lo que vio en su mirada, Fergus lo soltó y regresó al coche.
—¿Todo bien? —preguntó Sam.
—Perfecto —respondió Fergus, y subió de un salto al coche junto a Sahr.
Sacó el brazo por la ventanilla y se agarró al techo.
Los músculos del antebrazo y el bíceps se le tensaron mientras el coche avanzaba a tumbos de regreso a la carretera.
Miró hacia atrás y le dedicó una amplia sonrisa, mostrando unos dientes que parecían capaces de devorarla de un bocado.
Un león hecho hombre. Sam no podía fingir que fuera del todo inmune a aquella clase de encanto.
Irritante y autoritario, era tan guapo como una estrella de cine en un safari. Qué pena que lo supiera.
Deseó que Ned se diera prisa y regresara de Njahili. Se las apañaba mejor cuando estaban los dos. Fergus siempre salía perdiendo en comparación con Ned. Suspiró, se recogió el pelo en un moño y lo ocultó bajo su sombrero de ala flexible.
—Muy bien. Volvamos a intentarlo —dijo Sam.
Tamba parecía alicaído, pero se puso manos a la obra para organizar a todos.
Sam se sentó en la silla de Adanna para observar el trabajo desde la sombra.
Salía de allí para tomar notas y fotografías.
Cogía puñados de guijarros para medirlos e identificarlos.
Las piedras cálidas la sumieron en un estado de relajación, y había acabado dando una cabezada en el húmedo calor de la mañana cuando oyó un crujido entre los árboles.
Se volvió presa del pánico, imaginando que un animal feroz la acechaba. Demasiadas películas de Tarzán.
Adanna apareció de entre las sombras con un paquete envuelto en hojas de palmera.
—Una ofrenda de paz —dijo, entregándoselo a Sam.
—Vaya, gracias. ¿Qué es?
—El almuerzo. ¿Quieres que comamos juntas?
—¿No es un poco pronto para almorzar?
—Yo siempre tengo hambre.
—Yo también.
Arroz, plátano frito y pollo correoso en una salsa de tomate picante; todo comido con los dedos, que se chuparon con las lenguas encendidas por el chile. Sam se limpió la boca con el dorso de la mano y se dio unas palmaditas en el estómago.
—Estaba delicioso, gracias.
—Me alegro de que te haya gustado. No sé preparar muchas recetas. Mi padre tiene gente que le cocina y no les gusta que me entrometa en la cocina.
—¿Tu madre no te enseñó a cocinar? La mía nos obligó a aprender lo básico antes de que nos fuéramos de casa.
Sam no añadió: «Para que encontráramos un buen marido». Ned ya le había contado que la madre de Adanna había muerto durante el parto, así que fingía no saberlo para ver si lograba averiguar algo más sobre la princesa de hielo.
—¿Mi madre? —dijo Adanna—. No, murió al darme a luz.
—Lo siento. Nadie me lo había dicho.
Sam se ruborizó ante lo poco convincente de su mentira.
—Vaya, ahora te he avergonzado. No te preocupes. Mi padre lo ha hecho muy bien él solo.
—Pero ¿nunca volvió a casarse?
—Se le rompió el corazón cuando ella murió y nunca se ha recuperado.
—¿Los ancianos no lo obligaron a engendrar un heredero varón para la jefatura?
—¿Por qué piensas eso? No somos salvajes. Yo soy la heredera o, al menos, la primera en la línea sucesoria. Puede que elijan a otra persona si hay un candidato mejor.
—Te pido disculpas. No sabía que existieran jefas supremas. En Inglaterra, los primogénitos varones aún heredan el trono.
—Sí, allí estáis muy atrasados.
Sam captó su expresión y vio una risa bailando tras sus oscuras pupilas. Sonrió.
—No podemos evitarlo. Tuve que romper las cadenas para escapar de mi novio. Intentó impedir que viniera aquí.
—Ya veo por qué. Si te juntas conmigo, acabarás li-be-ra-da. Pero a lo grande.