La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

A la mañana siguiente, Sam tuvo una sensación de déjà vu.

En general, los daños fueron escasos, salvo por el chichón en la cabeza del guardia, ya que ella había tenido la precaución de llevarse a casa en el jeep la cinta métrica y el resto del equipo que había en la terraza.

Sin embargo, el trabajo no podría avanzar si aquella campaña de sabotaje continuaba, así que le dijo a Tamba que mandara a los hombres a casa.

Regresó al recinto para pedirle a Fergus que concertara una reunión con el jefe.

—¿Por qué no me lo dijiste ayer? —preguntó Fergus.

—Estabas ocupado y pensé que quizá fuese algo aislado, así que no quise molestarte —dijo Sam.

—No sé muy bien qué está pasando. Alguien no quiere que excavemos aquí.

—Quizá el jefe pueda decírnoslo.

—Oh, estoy seguro de que puede, pero que quiera hacerlo ya es otra cuestión muy distinta.

—Estaré lista en un minuto. Dile a Sahr que espere.

Sam vislumbró unas plumas en la esquina de la casa y comprendió que Dembo merodeaba por allí con la esperanza de que le dieran un anacardo.

Le concedió el gusto y dijo: «Sam es la jefa», mientras dejaba caer unos cuantos al suelo, a la vista del ave, antes de retirarse hacia la fachada de la casa.

—Date prisa.

Fergus debía de llevar esperando unos diez segundos, de modo que la paciencia no era precisamente una de sus virtudes. A Sam no le importaba. Era grosero con todo el mundo. Le gustaba sentirse incluida. Sin embargo, quizá el jefe les contara más si era ella quien preguntaba.

Entraron en el recinto hacia las dos de la tarde y estuvieron a punto de atropellar a unas gallinas que disfrutaban de un baño de polvo en un charco seco.

La casa principal reverberaba bajo el calor.

Nadie se aventuraba a salir al sol, salvo un niño pequeño al que enviaron a pedirle permiso a Tamba para visitar al jefe.

Cuando llegaron, Tamba dormitaba en su hamaca, y nada podía convencerlo de que sacara al jefe Sesay de su sueño.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Sam.

—Tenemos que volver a casa y esperar una hora o dos —respondió Fergus—. ¿O te apetece una excursión rápida?

Sam no daba crédito a sus oídos. Estuvo a punto de dar un salto de alegría.

—Vale. Me apunto. ¿Adónde vamos?

—Hay unos antiguos campos de diamantes a pocos kilómetros, por si te interesa.

—Sería fantástico. Vamos ahora.

Fergus sonrió ante su entusiasmo.

Las explotaciones de Mano estaban cerca, pero el estado de las carreteras rozaba lo atroz después de las intensas lluvias.

Sahr tuvo serias dificultades para mantener el jeep en la calzada.

Avanzaron dando tumbos y derrapando durante los diez kilómetros hacia el norte hasta detenerse por fin en lo alto de una pequeña loma desde la que se divisaba una inmensa llanura cubierta de montones de grava y pozos llenos de agua que se extendían hasta el horizonte.

Cientos de trabajadores cubiertos de barro faenaban bajo el calor.

Había maquinaria oxidada esparcida por los caminos que conducían a una planta de lavado abandonada, cuyas vigas se recortaban como un esqueleto contra el cielo azul.

Sam permaneció en silencio, contemplando la actividad de hormiguero que se desarrollaba a sus pies.

—Por eso estamos aquí —dijo Fergus.

—No entiendo qué hace toda esa gente. ¿No se ha explotado ya este terreno? —preguntó Sam.

—Muchas veces. Pero los métodos utilizados en el pasado eran rudimentarios.

Estos aluviones tenían leyes extraordinarias.

Las empresas querían obtener el máximo precio posible por quilate y el mayor número posible de piedras de más de medio quilate.

El diseño de las plantas hacía que los diamantes más grandes y los más pequeños acabaran expulsados junto con los residuos y depositados en las escombreras.

—Entonces, ¿aún podría haber diamantes grandes entre ese material?

—Seguro que sí. Pero algunas escombreras se han procesado muchas veces y otras, ninguna. ¿Sabrías distinguirlas?

—Necesitaría un juego de tamices para estudiar las distintas fracciones granulométricas.

—Esta gente no tiene nada salvo fuerza de voluntad y esperanza.

Permanecieron allí un rato, observando a los mineros mientras se esforzaban por extraer grava de los pozos. Sam tomó fotografías con el teleobjetivo, intentando captar la esencia del lugar.

—¿Ya has visto suficiente? —preguntó Fergus.

Ella asintió.

—Me gustaría volver otro día e investigar qué materiales están procesando. ¿Crees que me dejarían observarlos mientras trabajan?

—No veo por qué no. Trabajan sin licencia, así que no tienen derecho a exigir intimidad. Si nos acercamos sin armar jaleo, no deberían poner objeciones.

Subieron de nuevo al coche y partieron hacia Fona.

—Me gustaría ver desde la otra orilla del río la terraza en la que estamos trabajando. ¿Crees que podríamos pasar por allí antes de visitar al jefe? Solo necesito cinco minutos.

—Claro. Vamos a echar un vistazo.

—El caso es que no estoy segura de que tengamos permiso para ir allí —dijo Sam.

—No pasa nada. No vamos a llevarnos nada, ¿verdad?

—No, solo a mirar al otro lado del río.

—Seguro que no hay problema. Vamos.

Sahr se sabía de memoria todas las carreteras del distrito y, después de tomar una ruta que a Sam le pareció tortuosa, se detuvo al borde de una pradera junto al río. Señaló la orilla opuesta.

—Ahí es donde trabajas, Sam.

Sam y Fergus bajaron hasta la ribera por un estrecho sendero que atravesaba la terraza.

Sam contempló al otro lado del río la terraza en la que estaban excavando los pozos.

Desde donde se encontraba, parecía bien formada, con estratos definidos de guijarros de distintos tamaños incrustados en una matriz arenosa.

Las direcciones de las antiguas corrientes habían quedado preservadas en las imbricaciones de sus formas lisas, desgastadas tras milenios en el río.

Las capas desaparecían en el extremo de la terraza situado aguas abajo, donde los estratos descendían y aumentaban de grosor hasta adentrarse en la orilla.

A Sam se le encendió una bombilla en la cabeza.

Habían explorado la zona equivocada de la terraza.

No tenía sentido culpar a Tamba. Él había fingido no saber nada sobre la extracción de diamantes y, al seguir sus sugerencias, ella había logrado sentar las bases de una frágil confianza entre ambos.

Si continuaban trabajando, de todos modos acabarían examinando la mejor parte de la terraza al cabo de unas semanas.

Le dio la espalda a la terraza y examinó el material de la ribera.

Era similar o idéntico al de la terraza en la que trabajaban: bandas de guijarros imbricados separadas por capas de arena roja.

Se agachó para examinar los guijarros de la playa.

Algunos presentaban dibujos concéntricos.

Recogió unos cuantos de los más inusuales para llevárselos a casa.

—¿Qué tienes ahí, Sam? —preguntó Fergus.

—Solo unos guijarros bonitos. Calcedonia. Mira.

Escupió sobre uno y se lo tendió.

—¡Puaj! No voy a coger eso.

—¡Venga ya, no seas tan tiquismiquis!

Él tomó el guijarro y lo contempló con auténtico asombro.

—¡Hala! ¡Son fantásticos! A mi madre le encantaría uno de estos. Colecciona cosas así.

Alargó la mano para coger uno de la orilla.

En un abrir y cerrar de ojos, una víbora salió disparada de un agujero de la ribera y le rozó la mano, que Fergus apartó de inmediato. La víbora se deslizó sobre la arena y les lanzó una resentida mirada por encima del lomo. Fergus se limpió la mano.

—Jesús, ha faltado poco —dijo.

—¿Te ha mordido? —preguntó Sam.

—Solo es un arañazo.

—Gracias a tus reflejos. ¿Jugabas al críquet?

—Sí. Era lanzador rápido. ¿Ya has visto lo que querías?

Sam contempló la otra orilla, con su superficie irregular y aquella gruesa cuña de estratos. Sacó fotografías para poder compararlas.

—Sí, gracias. Ha sido útil. Siento lo de tu mano.

—No es nada. Solo otra herida de guerra que añadir a la colección.

Sam puso los ojos en blanco y se encaminó hacia el coche.

Tras tomar en el pueblo un refresco caliente y con gas, regresaron al recinto del jefe para comprobar si podía recibirlos.

Tamba estaba repantigado en una hamaca de la terraza, con la barriga como un balón de playa varado en una red de pesca.

Un niño regordete espantaba las moscas con un gran abanico.

—Hola, Tamba. Hemos vuelto. ¿Puedes conseguir que nos reciba el jefe? —preguntó Fergus.

Tamba alzó la vista con una mezcla de irritación y preocupación.

—¿Qué es tan importante —preguntó—? Al jefe no le gusta que lo molesten por la tarde.

—No creo que le importe esta vez —dijo Fergus—. Venimos por lo de la terraza.

—Ah, sí, la terraza. Esperad aquí.

Con un esfuerzo descomunal, sacó las piernas de la hamaca y generó el impulso necesario para que el estómago las siguiera. El niño le agarró la mano extendida, afianzó sus cortas piernas en el suelo y tiró de él con un rápido movimiento antes de que pudiera volver a caer hacia atrás.

—Es un truco muy ingenioso —dijo Fergus.

—Ya lo han hecho antes —dijo Sam.

Tamba desapareció en el interior resoplando.

Sam volcó de una patada un par más de recipientes del patio que servían de criadero de mosquitos.

Fergus negó con la cabeza. Ella extendió las manos, interrogándolo con el gesto, pero él no dijo nada.

Sam arrastró los pies, frustrada, dejando surcos en el polvo rojo.

Poco después, Tamba reapareció y les indicó que lo siguieran. Para sorpresa de Sam, los condujo al salón familiar donde se encontraban los legendarios sillones cómodos. El jefe ocupaba uno de ellos, con un niño delgado sentado sobre las rodillas.

—Sam. Entra —dijo, ignorando a Fergus.

Se sentaron frente a él, hundiéndose en unos cojines blandos que parecían pertenecer a una planta carnívora dispuesta a engullirlos en cualquier momento.

—¿En qué puedo ayudarlos? —preguntó el jefe mientras dejaba al niño en el suelo, donde una joven de aspecto agobiado se apresuró a recogerlo.

—Es un asunto delicado —dijo Fergus.