La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Después de un desayuno abundante, Sam rodeó el porche hasta la parte trasera de la casa en busca de Dembo, el loro gruñón.

Llevaba en el bolsillo unos anacardos que había sacado de la fiambrera de plástico de su maleta, donde guardaba sus provisiones de emergencia.

Sobre una mesa, junto a los escalones traseros, había una jaula grande, ornamentada y oxidada.

En su interior, el loro gris africano se limpiaba las plumas de la cabeza con una pata provista de garras.

Al oír acercarse a Sam, clavó en ella sus ojillos, con los dedos suspendidos en el aire entre una pasada y otra.

Sam se aseguró de que la miraba mientras sacaba un anacardo del bolsillo y lo introducía con cuidado entre los barrotes de la jaula, de modo que cayó en un cuenco de cerámica blanca situado en el fondo.

El anacardo quedó en el centro del cuenco, a plena vista.

El loro tardó un momento en reparar en él y después descendió de la percha, sirviéndose de las garras y el pico para desplazarse por los barrotes.

Recogió el fruto seco con una garra y lo examinó con aire de entendido antes de metérselo en la boca y envolverlo con la lengua morada.

Sam soltó el aire que había estado conteniendo y dejó caer otro anacardo en el cuenco.

Mientras lo hacía, dijo:

—Sam es la jefa.

El loro clavó en ella sus ojillos y ladeó la cabeza.

—Sam es la jefa —repitió y dejó caer un tercer anacardo en la jaula.

Esperó en la veranda a que llegara Sahr para llevarla a la terraza. Una enorme sonrisa le iluminó el rostro cuando él entró en el recinto con el coche. Trabajar en África la había contagiado de alegría.

—¿Por qué sonríe? —le preguntó él—. ¿Está contenta, señora?

—Sí.

Sahr condujo hasta la terraza, sonriendo igual que Sam, de mejor humor aún por llevar de un lado para otro a alguien tan alegre.

En lugar de ir directamente allí, se detuvieron en el pueblo para comprar dos cribas grandes con las que lavar la grava de los pozos.

Que se vendieran sin tapujos y fueran relativamente baratas confirmó las sospechas de Sam sobre la abundancia de diamantes en la zona.

Por su experiencia, la minería artesanal era una buena señal en cuanto a la ley de los minerales presentes en los depósitos aluviales.

Un indicio clásico de que había riqueza era que la población local pudiera permitirse extraer pequeñas cantidades a mano.

Tamba los esperaba cuando aparcaron junto al río, dando saltitos de un pie a otro, inquieto. Sam no le había dicho que iban a comprar las cribas.

—Perdona el retraso, Tamba. He comprado unas cribas nuevas muy buenas para que las usemos.

—Todos llegamos tarde. Alguien ha estado aquí antes que nosotros.

—¿De qué estás hablando?

—Ven conmigo —dijo él y se dirigió hacia la terraza.

Sahr los siguió entre los árboles hasta donde se encontraban los trabajadores. Estos miraban al suelo, como si temieran cruzar la mirada con Sam.

—Buenos días —dijo ella y recibió una respuesta apagada de aquellos hombres que tanto entusiasmo habían mostrado el día anterior.

Estaba a punto de pedirle explicaciones a Tamba, pero bastó un vistazo a la terraza para comprenderlo todo.

Había estacas rotas esparcidas por el suelo y la cuadrícula que con tanto cuidado habían trazado el día anterior estaba destrozada.

Los responsables también habían dañado las cintas métricas, sacándolas de sus carretes y cortándolas en pedazos.

—Lo siento, Sam —dijo Tamba, aunque no parecía sentirlo en absoluto—. Alguien ha destruido nuestro trabajo. ¿Quizá deberíamos probar en otro sitio?

Su tono no sonaba bien. No parecía demasiado preocupado por la situación y había cierta suficiencia en su manera de esperar la respuesta. Sam se negó a admitir la derrota. Si el responsable formaba parte de su grupo, quería que se sintiera impotente ante su determinación.

—No te preocupes, Tamba. No es culpa tuya. Quizá haya entrado ganado en la terraza. No tardaremos mucho en rehacerlo. ¿Puedes organizar una guardia para esta noche para evitar que se repita?

Un destello de irritación cruzó el rostro de Tamba. Para todos debería haber sido evidente que unas vacas no podían cortar las cintas métricas en pedazos, pero el resto de la cuadrilla se aferró con alivio a su explicación; todos asintieron y se la repitieron unos a otros.

—Tienes razón. Dejaremos a alguien aquí esta noche. Cortemos más estacas y empecemos de nuevo.

—Sahr, ¿puedes llevarme otra vez al pueblo? —dijo Sam, ignorando a Tamba—. Tenemos que comprar una cinta métrica de treinta metros.

Cuando regresó, los trabajadores ya habían cortado nuevas estacas para la cuadrícula.

Las habían dispuesto sobre la hierba. Sam le entregó la cinta a Tamba y se sentó a la sombra mientras ellos volvían a trazar la cuadrícula.

Bajo un gran mango había un montón de piedras, y eligió una que la abrasión del río había pulido hasta darle la forma de un sillón torcido.

Sacó su cuaderno, pero ¿qué podía escribir?

Los acontecimientos de la mañana le daban vueltas en la cabeza.

¿Por qué iba alguien a quitar las estacas?

¿Quién intentaba ralentizar el trabajo? ¿O quizá no querían que unos extranjeros trabajaran en su pueblo?

No era raro encontrar resistencia por parte de las autoridades de una zona, que se oponían al trabajo y organizaban protestas o alentaban la oposición en reuniones de la comunidad.

Resultaba extraño que alguien desobedeciera las órdenes del jefe supremo. ¿Quién podía ser tan poderoso?

El chasquido de una rama a su espalda interrumpió el hilo de sus pensamientos.

Adanna salió de entre las sombras e iluminó la arboleda con su vistoso vestido de tela estampada a la cera.

Se había entretejido en el pelo una tira de la misma tela y lo había recogido en un moño alto.

Ni un solo cabello se había atrevido a escapar.

¿Estaría Adanna tan controlada como su peinado?

Sam quería traspasar su regia fachada y descubrir quién se ocultaba dentro de aquel caparazón.

—Hola —dijo—. ¿Qué haces aquí?

Adanna soltó un grito ahogado. Sam comprendió que sus ojos aún no se habían acostumbrado a la luz y que no la había visto sentada sobre las piedras.

—¡Caramba, no te había visto! —dijo Adanna, recobrándose, aunque no tan deprisa como para que a Sam se le escapara el miedo genuino que atravesó la calma de máscara de su rostro—. Creía que ya habríais terminado por hoy.

Era mentira, y no demasiado buena. Sam decidió no presionarla.

—No hemos hecho más que empezar. Ha entrado ganado en la terraza y ha derribado las estacas, pero no tardaremos mucho en volver a montar la cuadrícula.

—Estás sentada en mi silla.

—¿Ah, sí?

—Bueno, no es mi silla. Pertenecía a mi marido y ahora es mía.

—¿Tu marido? No sabía que estabas casada.

—No lo estoy. Está muerto, creo.

Sam frunció el ceño.

—¿No lo sabes con certeza?

—No es asunto tuyo.

La ira inundó el rostro de Adanna, que se volvió para marcharse. Sam se levantó de un salto y la agarró del brazo.

—No te vayas. Lo siento. Tengo la mala costumbre de meter la pata. Debe de ser extraño no saber algo tan importante.

—No pasa nada. Es una historia muy larga.

—¿Por qué no te sientas? —dijo Sam—. Te traeré un zumo.

***

De vuelta en la casa aquella noche, Sam descansaba en la hamaca después de cenar, pensando en la conversación que había mantenido con Adanna.

—Háblame de tu marido. Debes de echarlo de menos.

—No hay mucho que contar. Solo estuvimos casados poco tiempo y nunca vivimos juntos.

—¿Qué tiene de especial esta roca?

—Ah, veníamos aquí para poder estar juntos a solas, y Pakuteh solía sentarse aquí solo, en la oscuridad, cuando necesitaba pensar. En el recinto no hay intimidad. Vivimos todos amontonados.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace unos diez años.

Adanna sonrió al ver la expresión de Sam.

—Éramos jóvenes. Yo tenía dieciséis años y él solo uno más.

—¿Lo sabía tu padre?

—Oh, no. No habría aprobado que me casara tan joven. Muchas de sus ideas se deben a que estuvo en el ejército británico. Por eso me cuesta encajar aquí.

—¿Qué clase de ideas?

—Ideas modernas, que aquí no gustan mucho. Pero eso me llevó a casarme con Pakuteh sin decírselo a mi padre. No creo que tenga relación con su desaparición.

—¿Cuándo desapareció?

—La noche en que los rebeldes llegaron a Fona.

—¿Los rebeldes vinieron aquí? Pero…

Sam recordó las aldeas que habían atravesado en coche. Fona parecía intacta. No había señales visibles de saqueos ni de casas incendiadas. Los ojos de Adanna buscaban una escapatoria, como si estuviera presa del pánico. Sam decidió que el asunto de los rebeldes podía esperar a otro día.

—¿Crees que sigue vivo? —preguntó Sam.

—No, debieron de matarlo. Él no me habría abandonado.

—Lo siento muchísimo. ¿Sigues soltera?

—Sí, ahora nadie querrá casarse conmigo.

El desconocimiento de Sam sobre las costumbres de Simbako le impidió hacer más preguntas. Supuso que tendría algo que ver con la virginidad, pero no era tan indiscreta como para formular una pregunta tan íntima. Guardó aquel dato para investigarlo más adelante.

—Deben de estar locos. La mayoría de los hombres sueñan con casarse con una princesa.

Adanna cambió de tema.

—¿Por qué están excavando aquí?

—Tu padre nos dio esta terraza para que hiciéramos labores de exploración.

—¿Mi padre? Pero…

Una expresión de desconcierto cruzó su rostro y pareció a punto de hablar. Sin embargo, cambió de opinión, dejando frustrada a Sam.

—Tengo que irme ya.

Se puso en pie.

—Volveremos a hablar —dijo y se alejó.

Sam la despidió con un gesto de la mano mientras se alejaba.

Se dio cuenta de que cuanto más sabía, menos comprendía el mundo y las extrañas costumbres de la gente.

Parecía poco probable que Adanna hubiera saboteado la cuadrícula.

¡Ah! Se había olvidado de preguntarle por la bolsita de sal que había encontrado escondida en su funda de almohada.

Ya averiguaría más adelante qué significaba.