Capítulo 14
Para sorpresa de Sam, avanzaron mucho el primer día, a pesar de haber empezado tarde y de contar con una cantidad limitada de equipo anticuado.
—¿De dónde has sacado todo esto, Tamba? —preguntó Sam mientras extraía de una caja de cartón podrida una cinta métrica de carrete abierto, cubierta de óxido, y tiraba de la cinta de fibra de vidrio para desenrollarla—. ¿Has estado trabajando a escondidas en los campos de diamantes?
Tamba jugueteó con una chapa de botella, haciéndola girar entre los dedos.
Había tocado un punto sensible. Se avecinaba un pulso entre ambos, pero ella saldría victoriosa.
En aquella zona tenía que haber habido actividad minera, legal o no, dada su privilegiada ubicación en pleno centro de los campos de diamantes.
Si quería encontrar una terraza rentable, era imprescindible sonsacárselo. Él hizo caso omiso de la pregunta.
—¿Qué hacemos primero?
—Deberíamos trazar una cuadrícula y excavar pozos de prospección en la terraza a intervalos regulares. Podemos disponer una serie de líneas paralelas al río y otra perpendicular, desde los árboles hasta la orilla.
—Pediré a los hombres que corten ramas para usarlas como estacas de señalización de los pozos.
—Excelente. Mientras tanto, echaré un vistazo a la geología desde el nivel del río. ¿Quieres venir conmigo?
—No estoy seguro de que sea buena idea.
—¿Por qué no?
—Ahí abajo hay serpientes.
—¿Te dan miedo las serpientes?
—¡Claro que no!
—Trae un machete. De todos modos, tendremos que cortar vegetación, y así podrás decapitar a cualquier serpiente que nos ataque.
A Tamba se le hundieron los hombros. Hizo señas a uno de los hombres para que los acompañara y descendieron por la resbaladiza pendiente hasta el río.
La vegetación cubría el borde de la terraza, que parecía haberse desmoronado hasta convertirse en una mezcla de guijarros y barro.
No quedaba ninguna de las estructuras ni de las capas originales que sí estaban presentes en la terraza del otro lado del río.
Aquello no les revelaría nada sobre la geología del terreno en el que trabajaban, y Sam sospechó que la terraza ya había sido explotada.
Pero no tenía mucho sentido. ¿Por qué iba el Jefe a enviarla a una terraza que ya habían explotado?
Tal vez solo hubieran trabajado en aquel tramo.
Inspeccionaría la terraza de la otra orilla para relacionar su geología con la de la terraza que les habían asignado. Se volvió hacia Tamba.
—¿Te apetece darte un baño? —preguntó.
—No sé nadar y, de todos modos, no podemos cruzar. En el centro hay una fuerte corriente. Además, en ese río viven cocodrilos.
Ella lo miró directamente a los ojos, pero, si mentía, no supo detectarlo.
—¿Cómo llegamos a la otra orilla?
—Tenemos que ir en coche dando un rodeo.
En la mayoría de los lugares, habría cruzado el río sin vacilar.
Era ancho y poco profundo, salvo por un canal en el centro.
Allí el agua era más oscura que en el resto y quizá tuviera demasiada profundidad.
Los cocodrilos eran famosos por atrapar a personas en aguas poco profundas, pero ¿habría alguno en aquel río, tan cerca de una ciudad y sin presas evidentes? Tamba aguardó.
—De acuerdo, hablaré con Fergus.
—Primero debe pedir permiso al Jefe.
—Entendido.
La expresión de suficiencia regresó al rostro de Tamba. Le había tendido una trampa y ella había caído. Primer asalto para Tamba.
—Bien, vamos a marcar esos pozos.
***
Cuando Fergus y Sahr llegaron a recoger a Sam, ya habían marcado sobre el terreno la ubicación de los pozos y el equipo se disponía a marcharse. El sol estaba bajo en el horizonte y los mosquitos revoloteaban en el aire cálido del atardecer.
—Hasta mañana —dijo Sam.
—Si Dios quiere —respondió Tamba.
Sam se dejó caer en el asiento trasero del coche y bostezó.
—Solo es el primer día —dijo Fergus—. ¿Ya estás agotada?
—Tengo hambre —respondió ella—. No estoy cansada.
Pero sí lo estaba. El sol abrasador le había consumido todas las fuerzas. Le maravillaba la energía de los trabajadores, que se pasaban el día riendo y bromeando bajo el calor sin dar muestras de cansancio. El vino de palma los había puesto a todos de muy buen humor.
¿Y Tamba? Se había pasado el día sentado a la sombra de un gran paraguas negro, tan inescrutable como un Buda.
Le asombraba que no reventara con todos los secretos que guardaba.
Si quería conseguir algo, él pondría a prueba su paciencia hasta el límite.
Y, en lo referente a la terraza, le estaban dando gato por liebre.
¿Qué motivo podía tener el Jefe para obligarlos a explorar una terraza ya explotada?
Entraron en el recinto y bajaron del todoterreno.
—Mañana a la misma hora, Sahr.
—Hasta mañana, señor.
Cuando se hubo marchado agitando la mano, Sam preguntó:
—¿Por qué lo has llamado «señor»?
—Sahr, no «señor». Significa «hijo primogénito» en Krio, ¿o era en Mende? No me acuerdo.
Fergus fingía ser un pagano, pero conocía las costumbres de Simbako mejor de lo que daba a entender.
—¿Cómo es que sabías eso, pero no lo de las libaciones?
—Ah, sí que lo sabía, pero probé suerte.
—¿Cómo has aprendido tanto sobre la cultura de aquí?
—No se lo digas a Tamba, pero nací en Simbako. —Le guiñó un ojo—. Mi padre trabajó aquí cuando aún era una colonia. Entiendo Krio y algo de Mende, pero finjo ser un irlandés ignorante. Me da buen resultado.
Sam no sabía muy bien cómo tomarse aquella revelación. Fergus escondía mucho más de lo que ella había imaginado.
—¿Y por qué estás aquí ahora?
—Sigo el rastro de un diamante, uno enorme: La Estrella de Simbako.
—¿Alex te financia?
—En pocas palabras. Si lo encuentro, me llevaré una parte de lo que se saque por él.
—¿Estás seguro siquiera de que existe?
—Mi padre se topó con el diamante aquí, en Fona. Me lo contó todo, pero lleva años desaparecido.
—¿Qué te hace creer que sigue aquí?
—Nunca llegó al mercado abierto y el Gobierno no tiene constancia de él. Si hubieran vendido el diamante, habría ocupado los titulares. La mayoría de la gente cree que es un mito. En cierto modo, eso ha hecho que siga desaparecido.
—Entonces, ¿por qué estoy a punto de cavar agujeros en una terraza que parece haber sido explotada ya por alguien?
—Para mantener buenas relaciones. Necesitamos que el Jefe esté de nuestra parte. Cuando lo ayudaste en el aeropuerto, di por sentado que ya lo sabías. No me di cuenta de que solo estabas siendo amable.
Sam no pudo evitar reírse.
—¡Qué revelación tan sorprendente para ti! Alguien que es amable sin que le paguen por ello.
—No seas descarada o haré que vuelvas a ponerte esos pantalones cortos.
Los dos soltaron una carcajada justo cuando Fatimata salió para llamarlos a cenar. Al oír sus risas, se desinfló en el acto, como si le hubieran dado una bofetada. Sam se preguntó si estaría enamorada de Fergus.
—Gracias. Danos un minuto para lavarnos las manos —dijo él.
***
Fatimata estaba en la cocina, aferrada al aparador con furia y conteniendo a duras penas las lágrimas de celos.
¡Zorra blanca! Primero había encontrado a Sam en el dormitorio del señor Ned, y ahora intentaba seducir al señor Fergus, a su Fergus.
Fatimata había imaginado que era solo cuestión de tiempo que él sucumbiera a sus encantos.
Tenía que haberse dado cuenta de que siempre recibía los mejores cortes de carne, las camisas planchadas con más esmero y las miradas más ardientes.
Pero ahora sus planes se habían ido al traste.
Aquella mujer con sus pantaloncitos de fulana lo había echado todo a perder.
¿Cómo podía parecerle atractiva una mujer tan flacucha?
Pero Fatimata jugaba sucio. Le había comprado un poderoso juju al Chaman, y él le había prometido que Sam moriría.
Le había salido caro, pero valdría la pena.
El Chaman le había dicho que tuviera paciencia.
Sam pagaría por ello, y pronto. Respiró hondo y compuso una expresión neutra antes de servir la cena en la mesa.