La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

A la mañana siguiente, Ned se marchó a la capital antes de que Sam llegara a la mesa para desayunar. Fergus reparó en que miraba a su alrededor y resopló.

—Ha ido a Njahili a sacarse un pasaporte nuevo.

—Me preguntaba cómo se consigue una taza de té por aquí.

—A mí no me engañas. Os vi acurrucados en la hamaca.

—¡No estábamos acurrucados! Estábamos escuchando música.

—¿Así es como lo llaman ahora? En fin, no pierdas el tiempo con él. Todavía intenta reconciliarse con su mujer. A menos que te apetezca servirle de distracción.

—Lo que yo sienta por Ned no es asunto tuyo —dijo Sam, aunque sospechaba que había al menos una pizca de verdad en las palabras de Fergus—. Pásame el pan.

Él arqueó una ceja y le acercó los panecillos. Sam quería cambiar de tema.

—¿Cómo vamos a llegar hoy a la terraza? —preguntó antes de que Fergus volviera a mencionar a Ned.

—He alquilado un vehículo antiquísimo que ya hemos utilizado otras veces. No es ninguna maravilla, pero funciona bien. ¿Sabes conducir?

—Sí, pero casi nunca conduzco porque vivo en Londres y no tengo coche.

—Vale, podrás conducir a la vuelta cuando te aprendas el camino. Te vendrá bien para practicar.

—No estoy muy segura de esa terraza. ¿De verdad merece la pena?

—¿No es eso lo que tienes que averiguar?

—Bueno, sí, pero normalmente...

—Olvídate de lo normal. Estamos en África. Déjate llevar. Eres una chica lista. Seguro que se te ocurre algo.

Después de desayunar, esperaron el coche fuera, en la veranda.

El sonido de unas alas inútiles batiéndose rompió el silencio, y un gran loro gris apareció a la carrera por la esquina, con el pico abierto y furiosos graznidos brotándole de la garganta.

Fergus abrió mucho los ojos y se metió de un salto en la casa, dejando a Sam fuera, a merced de aquella criatura histérica.

El loro se detuvo justo delante de ella.

Un ataque de tos frenó en seco su embestida.

Sin embargo, aquella exhibición de furia no la amilanó, pues ya había tratado con loros.

Su abuela materna tenía una pareja de viejos bichos despiadados que patrullaban los pasillos de su casa de campo y aterrorizaban a los perros y a cualquier niño pequeño que se aventurase dentro.

Sam metió la mano en la mochila, sacó un anacardo de la bolsa del almuerzo y lo dejó caer al suelo frente al animal.

Esperó. El loro lo tanteó con su lengua morada y casi chilló de emoción. El anacardo desapareció.

Antes de que Sam pudiera sacar otro fruto seco de la bolsa, Fatou salió de la casa y lanzó una patada al pájaro, que dio media vuelta y se apartó del alcance de sus enormes chanclas.

—Ese loro te arrancará un dedo. No le gusta nadie, ni siquiera el señor Fergus.

Lo dijo como si aquello demostrara su mal carácter. El pájaro tenía más criterio de lo que parecía. A Sam le gustaban los retos. Se ganaría su simpatía por las buenas o por las malas, o a fuerza de anacardos. Así que se quedaba sin tentempié. Se planteó coger otra cosa.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—Dembo, pero no responde a ese nombre. Solo muerde a la gente.

En ese momento, un cacharro antiquísimo entró traqueteando en el patio, conducido por un joven de aspecto jovial que parecía estar luchando con el volante. Se detuvo delante de la casa y asomó el cuerpo por la ventanilla.

—¡Señor Fergus! ¡Vámonos! —gritó.

Fergus asomó la cabeza por la puerta y miró a izquierda y derecha. Cruzó la veranda de puntillas, con un aspecto absurdo y vulnerable. Sam procuró no reírse.

—Tienes que tener cuidado con ese loro. Fatimata se pasa el día provocándolo con comida. Es feroz. Vamos —le dijo Fergus a Sam—. Tu carruaje te espera. Este es Sahr.

—Encantada —dijo Sam.

Los dos subieron al todoterreno Toyota. Fergus ocupó el asiento delantero y Sam se sentó detrás.

Le habría gustado ir delante para ver mejor el pueblo, pero no quiso pedirlo.

Ya tendría ocasión otros días. Además, Fergus se comportaba como si fuera a acompañarla.

Esperaba que no tuviera intención de supervisarla. Quizá solo lo hiciera el primer día.

Salieron del patio dando tumbos y giraron a la izquierda para tomar la calle principal que atravesaba el pueblo.

El amortiguador bajo el trasero de Sam había pasado a mejor vida, y con cada bache y socavón la carrocería golpeaba el chasis y la sacudida le recorría todo el cuerpo.

Esperaba que la terraza estuviera cerca.

Tras pasar junto al recinto del Jefe, recorrieron otro kilómetro hasta salir del pueblo y adentrarse directamente en la espesura. El calor ya empezaba a arreciar y el suelo se convertía en polvo bajo el sol.

Se acercaron a una franja de vegetación que crecía a orillas de un río de color chocolate y salieron a una llanura.

Al otro lado del río, Sam distinguió una formación en terrazas con estratos en bandas de piedras de distintos tamaños, que resaltaban bajo la luz matinal.

La expectación inundó su organismo de adrenalina.

Dejaron el coche y bajaron por un sendero empinado hasta el río, bajo la fresca sombra de los árboles que crecían en aquella tierra fértil.

Las marcas dejadas por las crecidas en los troncos alcanzaban los dos metros de altura.

Un grupo de hombres fumaba y tosía en el límite del claro.

Alzaron la cabeza cuando Sam se acercó y la llegada de aquella joven atlética despertó en ellos un interés carnal.

Tamba estaba sentado entre ellos. Lucía una expresión petulante que delataba sus intenciones.

A Sam se le cayó el alma a los pies. Había confiado en explorar más la zona para averiguar si aquella terraza era representativa de la geología regional, pero el Jefe debía de haber enviado a Tamba para vigilar su trabajo.

No permitiría que deambulara por el territorio sin permiso, pero, como siempre, la mejor defensa era un buen ataque.

Tendió la mano y se acercó a él con una sonrisa radiante.

—¡Ah, Tamba! Me alegro mucho de que esté aquí. Eso facilitará muchísimo mi trabajo. Sus conocimientos de la zona serán fundamentales.

Tamba vaciló, sorprendido e incluso incómodo, y le estrechó la mano como si esta pudiera esconder una trampa.

—Haré cuanto pueda —murmuró.

Sam buscó la mirada de Fergus. Él le guiñó un ojo con aire cómplice, mientras en su rostro asomaba cierta admiración.

—Entonces te dejo trabajando —dijo—. Si tienes a Tamba, no me necesitas. Mandaré al conductor a recogerte a las cinco.

—Estupendo, gracias. Pongámonos en marcha —dijo Sam, impaciente por explorar.

Tamba no se movió.

—Todavía no podemos empezar a trabajar. Aún no se ha celebrado la ceremonia de libación —dijo.

—Jesús, Tamba, ¿por qué no lo has mencionado antes? —preguntó Fergus.

—Todo el mundo lo sabe —replicó Tamba—. Debemos realizar el ritual para apaciguar a los espíritus.

—Pues hazlo de una vez —dijo Fergus.

—Necesito una botella de alcohol.

—No tengo ninguna. ¿No podemos hacerlo más tarde? Puedo traer una cuando venga a recoger a Sam.

—Los hombres no trabajarán si no hemos entrado en comunión con los antepasados.

Fergus suspiró. Permaneció inmóvil un instante, buscando una réplica, pero, al no encontrarla, regresó al coche negando con la cabeza.

La expresión petulante había vuelto al rostro de Tamba, que se regodeaba en su satisfacción.

Sam se sentó sobre el poncho y fingió tomarse el retraso con calma, decidida a no dejarse arrastrar a sus juegos.

El viaje de Fergus al pueblo duró más de lo que Sam esperaba.

Para cuando apareció en el claro con una botella de vino de palma, las hormigas habían invadido el poncho y le habían mordido la piel expuesta.

Solo consiguió que se marcharan sacudiéndolo con fuerza.

Los hombres dormitaban y charlaban, encantados de cobrar por estar sentados a la sombra.

La aparición del alcohol los reanimó, y se pusieron en pie expectantes.

Tamba cogió la botella y se acercó a un árbol de gran tamaño, haciendo señas al equipo para que se reuniera a su alrededor.

Desenroscó el tapón y vertió líquido en él.

El vino salpicó sus pies, calzados con unas sandalias antiquísimas, y la piel negra relució.

Mientras murmuraba encantamientos en Krio, derramó el contenido del tapón sobre las raíces del árbol.

Varios trabajadores se unieron a él y parecieron entablar conversación con un misterioso tercero.

Llenó una y otra vez el tapón de vino y se lo dio a distintos trabajadores, además de verterlo en el suelo, hasta vaciar la botella.

—Los antepasados están satisfechos —dijo Tamba—. Ya podemos empezar a trabajar.

—Bien, yo me marcho —dijo Fergus—. Nos vemos luego.

—¿No te quedas? —preguntó Tamba.

—Sam tiene la situación bajo control. Tengo cosas que hacer.

Y, dicho esto, se marchó. Tamba tenía el aire de un niño al que acababan de quitarle su juguete favorito. Sam respiró hondo.

—¿Puede decirme por qué ha derramado alcohol en el suelo?

—Esta ceremonia crea armonía entre los hombres y los espíritus al despertar a los antepasados —explicó Tamba—. Antes de empezar a trabajar, debemos establecer una relación entre ellos y nosotros o podríamos traer mal juju al proyecto.

¿Se estaba burlando de ella o no? A Sam le parecía inconcebible que en 1990 todavía hubiera gente que creyera en aquello, pero él parecía sincero. Decidió hacerse la extranjera ignorante.

—No querríamos que ocurriera eso. Bien hecho, Tamba. Empecemos, pues.