La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Después de que los visitantes se marcharan, Tamba se quedó enfurruñado, murmurando entre dientes. El jefe estaba acostumbrado a sus modales, pero aun así le resultaban irritantes.

—¿Y ahora qué? —dijo.

—No me gusta. ¿Por qué les permite extraer diamantes en su reino? Los tiempos coloniales quedaron atrás hace mucho.

—Alex es un buen amigo mío. Me salvó la vida cuando estábamos en el ejército. Confío en él.

—Pero ¿por qué darles esa terraza? Ya sabemos que contiene diamantes. ¿Por qué no darles una que aún no se haya explorado?

—Tengo mis razones.

—No estoy de acuerdo.

—Tamba, no te corresponde a ti decidirlo. Sé que lo has pasado mal, pero podrías aprender algo de Sam.

—Es una mujer. ¿Qué puede saber ella de minería?

—¿Hay algún motivo por el que no quieras que excaven allí? No habrás vuelto a excavar por tu cuenta, ¿verdad?

—No, señor.

—Anímate y deja de dar la lata. Necesito que seas mis ojos y mis oídos en este proyecto.

—Lo siento, jefe. Haré lo que me ordene.

—Así me gusta. Dile al cocinero que me prepare algo de comer.

***

Más tarde aquella noche, Sam estaba tumbada en una hamaca de la terraza, meciéndose al impulsarse con el pie contra un poste.

Escuchaba su Walkman y cantaba mentalmente al son de una música latina que Gloria le había regalado cuando se marchó de Sierramar.

El cielo resplandecía cuajado de estrellas, con deslumbrantes constelaciones titilando en la negra noche.

Sam frunció el ceño mientras intentaba recordar cuáles correspondían a los nombres que tenía en mente.

Como hacía siempre, se prometió buscarlas y recordarlas para la próxima vez.

Estaba rememorando la reunión en casa del jefe.

Tenía mucho en común con Adanna, pues ambas eran mujeres que intentaban abrirse camino en mundos de hombres.

Tenía pensado buscar un momento a solas con ella para hablar de las dificultades que compartían.

Fergus trabajaba por su cuenta para Alex Simmonds y no le interesaban sus proyectos.

Ned salió y se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, contemplando el cielo.

—Daría algo por saber qué piensas —dijo Sam.

Ned dio un respingo.

—No te había visto ahí. Me has dado un susto.

—¿Algún resultado de la charla de Fergus con el jefe?

—El jefe ha accedido a dejarnos explorar una terraza a las afueras del pueblo. Mañana enviará allí a un grupo de hombres para que te despeje el terreno.

Sam suspiró. Ned se acercó.

—¿Qué pasa? ¿No es una buena noticia?

—A decir verdad, Ned, estoy cabreada. La geología es una ciencia. Me habría gustado explorar el río y escoger yo misma la mejor terraza, en vez de que unas personas que no saben nada de minería me asignaran una al azar.

—No es para tanto. Te aseguro que saben mucho más de lo que imaginas. Si descubres diamantes, todo el mundo estará contento. Mientras tanto, puedes buscar otra terraza, por si no encuentras nada.

—Supongo que sí, pero no quiero decepcionar a Alex. Él es quien me paga.

—No te preocupes por él. No le interesa la producción a pequeña escala; va detrás de presas mayores.

—¿En qué sentido?

Ned cambió el peso de un pie a otro. Sam tuvo la impresión de que había dicho más de lo que pretendía. Esperó. Él trató de ganar tiempo.

—¿Qué estás escuchando? —preguntó, cambiando de tema.

—Música latinoamericana: salsa y merengue.

—¿Puedo escucharla? —Señaló la hamaca—. Hazme sitio.

Sam apartó las piernas y él se dejó caer a su lado.

Las cuerdas que sostenían la hamaca chirriaron en señal de protesta cuando esta se sacudió bajo el peso de ambos.

Ella le dio uno de los auriculares y los dos se recostaron sobre el áspero tejido.

Sam sintió que un calor le subía por el costado al absorber el que desprendía el cuerpo de Ned.

Se mordió el labio para distraerse. Se mecieron de un lado a otro en la quietud de la noche, fingiendo escuchar la música.

Sam volvió la cabeza hacia él y abrió los ojos.

Lo encontró mirándola y le sostuvo la mirada, tratando de escrutar su alma.

Él bajó los ojos hacia su boca. Estaba claro lo que quería.

—Vaya, qué acogedor —dijo Fergus, llenando el aire de sarcasmo.

¿Cuánto tiempo llevaba allí plantado? Sam estaba furiosa y avergonzada. Ned se apartó rodando, se arrancó el auricular del oído y se puso en pie agarrándose a la barandilla de la terraza.

—Sam tiene música buenísima —dijo Ned.

—¿Puedes separarte de ella un minuto? Tengo que hablar contigo.

—Vale.

Siguió a Fergus al interior. Sam no alcanzaba a comprender lo que acababa de suceder o, mejor dicho, lo que no había llegado a suceder.

Ned la había infectado con un virus. Ninguna racionalización podría curarla.

Ni siquiera pensar en Simon lograba aliviar aquella extraña afección.

Fergus tenía que llegar justo cuando las cosas estaban a punto de culminar, o, más bien, de juntarse las bocas.

Aguzó el oído para escuchar lo que decían.

No era difícil. Fergus tenía una voz de sirena de niebla y la discreción no era su fuerte. No tardó en arrepentirse.

—Quiero que vayas mañana a Njahili a recoger tu nuevo pasaporte.

—Vale. ¿Necesitas algo de allí?

—No, y no le pongas las manos encima a Sam. Estás siendo poco profesional.

—Venga ya. Solo me estoy divirtiendo. Tampoco es que vaya en serio con ella. No seas aguafiestas.

—Lo digo en serio, Ned. Déjalo ya.

La sangre le inundó las mejillas. Esperó hasta oírlos entrar en sus habitaciones.

Cuando las puertas se cerraron de golpe, se levantó demasiado deprisa y estuvo a punto de desmayarse.

Tras recobrar el equilibrio, se dirigió a la habitación que Fatou había preparado para ella.

Al pasar ante la habitación de Ned, este salió y la agarró del brazo. Ella lo fulminó con la mirada.

—Para empezar, puedes irte a la mierda —siseó.

—Sam, no te pongas así.

—¿Así cómo? He oído lo que has dicho.

—¡Por el amor de Dios! ¿De verdad crees que le diría la verdad a Fergus?

—¿La verdad? ¿Y cuál es?

—Me estoy enamorando de ti.

Sam se quedó muda de asombro. La vida había dado un giro inesperado.

Fergus asomó la cabeza por la puerta de su dormitorio. No dio señales de haber oído la conversación.

—Ah, ahí estás, Sam. Prepárate para salir mañana a las siete. Vamos a examinar la terraza que nos ha dado el jefe. ¿Necesitas algo de Njahili? Ned va a ir.

—Eh... No, gracias. Estaré lista. Estoy deseando que llegue mañana.

Fue dando tumbos hasta la puerta contigua y entró.

La habitación estaba desnuda y limpia. Fatou había hecho la cama y su bolsa estaba apoyada contra la pared.

Se acercó a la cama y permaneció sentada en el colchón, inmóvil, durante unos diez minutos, tratando de asimilar aquella revelación mientras el corazón le latía desbocado.

Era una sensación nueva para ella. Llevaba tanto tiempo con Simon que había olvidado la emoción de la atracción, el roce de unos brazos desnudos en un pasillo, el estremecimiento de una sonrisa compartida.

El deseo la mareaba, y lamentó que él tuviera que marcharse por la mañana, justo cuando necesitaban estar juntos para explorar aquellos nuevos sentimientos.

Cuando se hubo calmado, retiró las mantas para asegurarse de que las sábanas estuvieran limpias.

Una almohada cayó al suelo. Al agacharse para volver a ponerla en la cama, advirtió que de la funda se había caído una bolsita de sisal.

La recogió y la apretó entre los dedos. Crujía como si contuviera granos de arena o de azúcar.

Tiró del cordel anudado en la parte superior.

Sobre las sábanas cayeron unos cristales blancos mezclados con un polvo negro y pequeños granos de algo parecido a la pimienta.

Se humedeció un dedo, recogió un cristal y lo lamió.

Sal. El polvo negro era un misterio. Lo olió, pero no percibió aroma alguno.

Encogiéndose de hombros, volvió a atar la bolsa, cruzó la habitación y la guardó en un bolsillo de su mochila de trabajo. Adanna sabría qué era. Sería una buena excusa para hablar de las costumbres de Simbako y de hasta qué punto debía implicarse ella como hija del jefe supremo.