La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

A la mañana siguiente, Fatimata abrió la puerta de la habitación de Ned.

Llevaba una taza de té y entró sin llamar.

Su vestido amarillo de tela estampada era tan luminoso que Sam, aturdida por el sueño, imaginó que el sol había entrado en la habitación.

Se incorporó en la cama y se encontró con una mirada de desaprobación afilada como un láser.

—¿Dónde está el señor Ned?

—Ha dormido en mi habitación. Las ratas no me dejaban dormir, me temo.

Fatimata resopló, dio media vuelta y se llevó consigo la taza de té, para gran decepción de Sam.

Se dirigió a la habitación de Sam y estuvo a punto de chocar con Fergus, que había salido de la suya para hacerle una pregunta.

Alarmado por la expresión de su rostro, él retrocedió hasta el umbral mientras ella pasaba impetuosa como un carguero y abría la puerta.

Ned, que estaba a medio ponerse los calzoncillos, perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la cama.

Sam fingió no haberlo visto y apartó la mirada.

—Fatimata, tienes que aprender a llamar antes de entrar —dijo él.

—He encontrado a esa fulana en su habitación.

—¿Fulana? ¿Te refieres a Sam? ¿Cómo te atreves a llamarla así?

—Viste como una. Esta es una casa cristiana.

—Si eres tan buena cristiana, ¿por qué instalaste a Sam en el cuarto de la criada?

—Esa mujer no debería alojarse aquí. Va contra mis principios.

—Escúchame bien. —Ned salió de la diminuta habitación mientras se ponía una camisa—. Sam es una profesional con dos títulos universitarios. El señor Simmonds la ha contratado para trabajar con nosotros en la parte técnica.

—¿Por qué la defiendes? ¿Es tu novia?

—No es novia de nadie y tú no tienes derecho a juzgarla. Abrirás uno de los otros dormitorios y se lo prepararás.

Fatimata se volvió hacia Fergus.

—¿Estás de acuerdo? ¿Le doy un dormitorio a esa mujer?

Fergus le respondió con brusquedad:

—Sí, se lo das, y, si no la tratas con respeto, tendrás que buscarte otro empleo. ¿Ha quedado claro?

Fatimata sorbió por la nariz.

—Ha quedado claro —dijo, y echó a andar por el pasillo, bamboleándose de indignación.

Mientras se alejaba navegando sobre un mar de resentimiento, Sam comprendió que no podía hacer nada para mejorar la situación.

Tendría que morderse la lengua y esperar que Fatimata no le guardase rencor. Fergus se volvió hacia ella.

—Tenemos una reunión con el jefe supremo dentro de una hora. Ven a desayunar —dijo Fergus.

—Gracias por defenderme.

—No tiene nada que ver conmigo. Alex dice que tú eres la clave de nuestro éxito aquí, así que puedes agradecérselo a él. Personalmente, creo que las mujeres deberían estar descalzas, embarazadas y en la cocina, a ser posible vestidas de doncella francesa.

—Lo siento, me he dejado el uniforme en casa. Tendré que apañármelas con los pantalones cortos.

Fergus soltó una carcajada.

—Me he disparado en el pie. ¿Tú qué dices, Ned?

—Nunca discutas con una mujer que tenga un martillo de geólogo.

—Muy bien. Vamos a comer. Estoy muerto de hambre. ¡Fatou! ¿Dónde están mis huevos?

***

El recinto del jefe supremo Joseph Sesay se encontraba a las afueras de Fona.

Una empalizada tradicional rodeaba una docena de chozas de adobe con tejados de hojas de palma en distintos estados de conservación.

Sam, Fergus y Ned bajaron del coche y se quedaron sobre una plataforma de barro apisonada por miles de pies a lo largo de los años, cubierta de toda una variedad de macetas de plástico agrietadas, botellas y chanclas con las tiras rotas.

A Sam le repugnó tanta suciedad. ¿Por qué nadie había purificada aquel desastre?

En el recinto vivían numerosos allegados, como demostraban los tendederos que había frente a cada choza, así que no costaría nada recoger toda aquella basura y tirarla a un contenedor.

Una maceta a sus pies estaba llena de agua de lluvia, con larvas de mosquito nadando en su interior.

Le dio un golpe disimulado con la punta del pie y derramó el contenido por el suelo.

Ned reparó en su repugnancia y se encogió de hombros.

La casa del jefe se reconocía por su tamaño.

La rodeaba un balcón del que colgaban hamacas multicolores cubiertas con mosquiteras que ondeaban con la suave brisa matinal.

Algunas de las que estaban a la sombra tenían ocupantes; sus brazos o piernas asomaban por fuera de la tela en busca del aire más fresco.

El sol cobraba fuerza, dispuesto a castigar la ciudad.

Cuando se acercaron a la casa, una figura conocida apareció en la puerta principal.

—Bienvenidos de nuevo a Fona, señor Fergus y señor Ned —dijo Tamba—. Y señorita Sam, ha venido.

—Sí, aquí estoy. Gracias.

—¿De qué conoces a Sam? —preguntó Ned, asombrado.

—Conocí a Tamba en el aeropuerto.

—Mientras agredía al jefe supremo —añadió Fergus.

Una expresión de suficiencia cruzó fugazmente el rostro de Tamba. Ned se volvió hacia Sam, que se encogió de hombros.

—Es una larga historia —dijo ella.

Tamba los condujo a la sala de recepción central, que tenía un sencillo suelo de madera y estaba amueblada con sillas que parecían proclamar a gritos su incomodidad, dispuestas a ambos lados de una mesa cuadrada de patas cortas.

Después de indicarles que se sentaran, desapareció por una puerta del fondo.

—Aquí se está bien, hace fresco —dijo Sam.

—Es porque no hay ventanas —dijo Fergus.

Las sillas procedían del mismo lugar que las de la casa de Tia Fatou. Sam no dejaba de removerse en la suya, incapaz de acomodarse.

—¿Qué les pasa a estas sillas? No puedo sentarme en esto —susurró.

—Están pensadas para evitar que las visitas se queden demasiado tiempo —dijo Ned—. Ahí dentro tienen una sala familiar con sofás grandes y mullidos.

—¿Por qué no quieren que se queden las visitas?

—Depende de si las han invitado o no. El jefe recibe un goteo constante de personas que vienen a tratar asuntos menores de la jefatura. Así se evitan las visitas largas.

—¿Y qué pasa con las visitas importantes?

—Ah, esas llegan a la hora de comer para que el anfitrión se vea obligado a darles de comer. Es la tradición.

—¿Y eso en qué nos convierte a nosotros?

—En educados.

La puerta del fondo se abrió y Tamba apareció empujando la silla de ruedas del jefe.

Este vestía ropajes tradicionales de color naranja, verde y negro, y llevaba en la cabeza un fez a juego; tenía la barbilla hundida sobre el pecho.

No sin dificultad, Tamba maniobró para situar la silla de ruedas junto a la mesa, entre las dos hileras de sillas.

Jadeaba cuando se sentó al lado de su jefe, mientras sus cejas luchaban por contener los regueros de sudor que se acumulaban sobre sus ojos.

Sam los observó conteniendo el aliento. ¿Acabaría por romperse el dique?

—Gracias por venir a visitarme de nuevo —dijo Joseph Sesay—. Y... —Se interrumpió y levantó un poco más la cabeza para examinar a los visitantes. Su mirada se transformó en una sonrisa de regocijo—. ¡Señorita Harris! Ha venido. Ha venido, Tamba. Te dije que vendría.

—Sí, señor —dijo Tamba con el aire de quien había perdido una apuesta.

—Acérquese y siéntese a mi lado, Sam.

Sam se levantó y se acercó arrastrando una silla. Tendió la mano a modo de saludo.

—No toque al jefe —dijo Tamba, gruñendo como un terrier.

Sam se ruborizó. Aún tenía la mano extendida.

—Siéntate —siseó Fergus.

—Lo siento muchísimo. Se me había olvidado.

—¡Ja! Se le había olvidado —dijo Tamba.

La mano escamosa del jefe se deslizó en la de Sam y se la apretó, sobresaltándola.

—Siéntese, querida. Y ahora dígame: ¿cómo puedo ayudarla?

—Bueno, como le dije la última vez, señor, queremos...

—Preferiría que me lo contara Sam. —Joseph Sesay cortó a Fergus a mitad de frase y volvió a mirar a Sam—. ¿Qué tiene pensado?

Una expresión atronadora cruzó el rostro de Fergus, como la sombra de un nubarrón en verano. Cruzó los brazos y las piernas y estuvo a punto de caerse de la silla. Ned ocultó una sonrisa rascándose la nariz.

—Eh... Alex, el señor Simmonds, quisiera su permiso para buscar diamantes en las terrazas fluviales de Fona.

Tenemos la licencia del Gobierno para la concesión minera que abarca la zona de Fona, pero necesitamos su consentimiento antes de empezar a trabajar.

Me gustaría iniciar los trabajos de exploración en las terrazas fluviales cercanas a la ciudad.

—¿Qué clase de trabajos?

—Buscar gravas fluviales que contengan diamantes. Después de cartografiar las terrazas de la zona, seleccionaríamos la más prometedora, excavaríamos pozos hasta la roca madre siguiendo una cuadrícula y buscaríamos minerales indicadores.

—¿Y si encuentran algo? ¿A quién pertenece?

—A la empresa de Alex, Njahili Resources. Y, si encontramos algo, el Gobierno recibe el 40 % de nuestros ingresos y tiene derecho preferente a comprar los diamantes.

—¿Y qué recibo yo?

—Eh... contrataremos a gente de Fona y compraremos productos locales. Además, la ley estipula que el Gobierno debe invertir en la zona el treinta por ciento de los impuestos recaudados sobre esos ingresos.

—No lo entiende. ¿Qué recibo yo? Yo.

Fergus tosió.

—Sam solo es geóloga, señor. No se ocupa de los negocios.

—¿No? —Sesay miró a Sam, que negó con la cabeza.

—¿Quizá podríamos hablar en privado? —dijo Fergus—. Ned, ¿puedes llevarte a Sam y esperarme fuera, por favor?

Sam estaba a punto de protestar cuando entró una joven alta con una bandeja.

—¿Les apetece limonada? —preguntó.

Sesay la contempló un instante y después se volvió hacia los demás.

—Esta es mi hija, Adanna, la heredera de la jefatura de Fona.

Ned y Fergus se pusieron en pie.

—Encantada de conocerte, Adanna —dijo Sam—. Es un nombre muy bonito. ¿Es de aquí?

—Significa «la hija de su padre» —dijo ella, y se volvió hacia Joseph Sesay con una sonrisa radiante.

—Sam es la joven que me ayudó en el aeropuerto —le dijo Sesay—. Siéntate con ella en la veranda y averígualo todo sobre ella.

Sam advirtió que Tamba miraba a Adanna con una lujuria descarada y que, en consonancia con sus pensamientos, se llevaba la mano a la entrepierna.

Un cóctel de sentimientos le cruzó la mente, entre los que predominaba la repulsión, aunque podía comprender su obsesión.

Adanna era exquisita. La siguieron al exterior.

Ella los condujo hasta una mesa de mimbre rodeada por cuatro sillas de aspecto desvencijado y les indicó que se sentaran.

Después de servir limonada a todos, Adanna clavó en Sam una mirada que esta reconoció. De tal palo, tal astilla.

—Así que tú eres Sam —dijo Adanna—. Causaste una gran impresión en mi padre. No ha parado de hablar de ti. Me dijo que lo salvaste en el aeropuerto.

—No exactamente. Lo estaban acribillando los mosquitos, así que le di mi repelente.

—Mi padre fue oficial del ejército británico. Dice que la señal distintiva de un líder es que se preocupa primero por los demás.

—Había metido más repelente en el equipaje, así que no me preocupé, pero...

—¿Pero qué?

—Ah, mi equipaje se retrasó y esos pequeños demonios me acribillaron. Solo fueron unas cuantas picaduras. Seguro que no será nada.

—¿Es tu primera visita a África?

—Sí. Siempre había querido venir.

—Cuesta un poco acostumbrarse a Simbako —dijo Adanna—. ¿Qué te parece hasta ahora?

Sam le devolvió la sonrisa. No quería contarle a Adanna el incidente de Kanta.

—Cada día es diferente, pero eso es lo mejor de mi trabajo.

—Estoy segura de que mi padre te permitirá trabajar en nuestra jefatura.

—Fergus se encargará de arreglarlo.

—¿Y tú cómo estás, Ned? ¿Sigues bajo el férreo dominio de Tia Fatou?

—Sí, ella es quien manda de verdad. No podemos hacer nada sin su permiso.

—He empezado con mal pie con ella —dijo Sam.

—¿Qué has hecho?

—Me puse ropa inadecuada y no tengo marido. Una mujer soltera es persona non grata en su casa.

—Ten cuidado. Utiliza el vudú para salirse con la suya —dijo Adanna.

—¿Vudú? ¿No es Simbako un país cristiano?

—En teoría sí, pero el vudú era la religión original de estas tierras y aún no ha desaparecido. La mayoría de los problemas siguen resolviéndose mediante hechizos de vudú y fetiches.

—Lo tendré en cuenta.

—Discúlpame un momento —dijo Adanna, y volvió al interior con la bandeja.

—¿De qué van a hablar Fergus y él en privado? —preguntó Sam, aunque ya lo sabía.

—El jefe tiene ciertas exigencias.

—¿Quieres decir que tenemos que sobornarlo?

—Yo no lo llamaría soborno.

—¿Y cómo lo llamarías?

Ned se removió en su asiento. Como no quería granjearse su antipatía, Sam cambió de tema.

—¿Adanna es hija única?

—Sí, es la heredera del reino.

—¿No es algo poco habitual? Tenía entendido que era costumbre tener muchas esposas y muchos hijos.

—Joseph se casó con su amor de la infancia cuando regresó después del servicio militar.

—¿Dónde sirvió?

—En Irlanda del Norte. Allí fue donde conoció a Alex.

—¿Dónde está ahora la madre de Adanna?

—Murió al dar a luz. La pérdida lo dejó destrozado y nunca volvió a casarse.

—¿Qué opinan los ancianos tribales?

—¿De que solo se casara una vez?

—De que solo tenga una heredera.

—Hay ciertas complicaciones.

—¿Porque es mujer?

Adanna volvió a salir. Ned negó con la cabeza y se llevó un dedo a los labios. Sam sintió una mezcla de frustración y fascinación. Había más en aquella historia.

—Volved dentro, por favor —dijo Adanna.