Capítulo 10
El trayecto hasta Fona duró cuatro horas.
A lo largo de la ruta se sucedían pequeñas aldeas llenas de niños, pero, al caer la noche, el camino quedó desierto.
Algunos caseríos parecían llevar mucho tiempo abandonados.
Casas sin tejado, con muros reducidos a cascarones ennegrecidos, se alzaban como sombrío testimonio del paso de los rebeldes.
De los árboles colgaban prendas de ropa como banderas hechas jirones.
—¿Por qué está esa ropa ahí arriba? —preguntó Sam.
—Son árboles para ahuyentar a los monos —dijo Fergus.
—Pero ¿para qué sirven?
—La ropa humana asusta a los monos e impide que entren en la aldea.
—Con los rebeldes no funcionó —dijo Ned.
El grupo abatido llegó a Fona cerca de la medianoche. Todavía conmocionada por lo ocurrido en Kanta, Sam pensó en lo que habría pasado si alguien hubiera abierto de un tirón la puerta del coche y la hubiese sacado a rastras.
—¿Estás bien, Sam? —preguntó Ned—. Estás muy callada.
—Un poco conmocionada. No quiero ni pensar en lo que podría haber ocurrido.
—¿No te quita las ganas de dedicarte a este tipo de trabajo? —preguntó Fergus.
—La verdad es que no. Me fascina cómo el día pasó de ser anodino a convertirse en una cuestión de vida o muerte y luego volvió de nuevo a la normalidad —dijo ella—. Esta clase de incidentes no me quita las ganas de seguir con mi trabajo. Me hace sentir más viva.
—O muerta —dijo Fergus.
Pero Sam hablaba en serio. La emoción de la aventura la impulsaba a continuar en una profesión que no la quería.
La sensación de haber afrontado un peligro inesperado y haber sobrevivido.
Sin embargo, no podía hablar de aquello sin parecer pretenciosa o necesitada de atención, así que guardaba la idea bajo llave en su interior.
Puede que Hannah tuviera a Simon, pero ella tenía sus aventuras.
La ciudad de Fona se hallaba sumida en una oscuridad casi absoluta.
El zumbido de los generadores llenaba el aire cerca de las pocas casas con luz.
Pequeños charcos salpicaban la superficie de la húmeda carretera de barro, y el aire olía a madera mojada y vegetación en descomposición.
Coros de ranas y grillos resonaban en la oscuridad de la noche.
—Ya hemos llegado —dijo Ned mientras entraban en un recinto amurallado situado detrás de un bungaló con techo de paja.
Bajaron del coche y sacaron las bolsas. El aire estaba cargado de insectos que se precipitaban torpemente a través de sus breves ciclos vitales y eran engullidos enteros por los murciélagos que descendían en picado entre las palmeras que rodeaban la casa.
La puerta principal se abrió y salió una mujer alta y prodigiosamente gorda, que se agachó para no golpearse con el marco y tapó la luz con su enorme figura.
Llevaba un vestido tradicional de tela encerada, con remolinos naranjas sobre fondo verde, y un turbante del mismo tejido anudado alrededor de la cabeza.
Varias trenzas escapaban del turbante y le caían sobre la cara a modo de flequillo.
—Esta señora es nuestra ama de llaves. Se llama Fatimata, pero también la conocen como Tia Fatou —dijo Fergus.
—¿Por qué Tia? —preguntó Sam.
—Es una expresión de respeto hacia las mujeres mayores. Fatou es el diminutivo de Fatimata, pero no la llames así hasta que seáis amigas.
Ned soltó un bufido.
—No parece probable que eso vaya a ocurrir.
Fatimata se acercó al coche y todos bajaron para saludarla.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches, Tia Fatou. ¿Cómo estás? —preguntó Ned.
—Estoy bien. ¿Y tú?
—Yo también estoy bien.
—Y el señor Fergus, ¿cómo está?
—Bien, gracias. ¿Están preparadas las habitaciones?
—Sí, señor.
Fatimata clavó en Sam una mirada penetrante y la examinó de arriba abajo con una expresión de repugnancia cada vez más acusada.
—¿Y dónde está el marido de la señora?
Sam se bajó la camiseta para intentar alargarla y se devanó los sesos en busca de una respuesta adecuada, pero no se le ocurrió nada que fuera educado. Ned acudió en su ayuda.
—La señora es Sam Harris. Es viuda.
Fatimata pareció debatirse entre la desaprobación que le provocaba la ropa de Sam y su instinto de dar la bienvenida a una desconocida. Suspiró.
—Prepararé una habitación —dijo.
Subieron por una escalera situada en un lateral de la casa que conducía a una veranda que recorría toda su longitud.
Una hamaca de rayas se mecía entre las vigas y dos bancos de madera miraban hacia un patio trasero donde crecía un gran mango.
Entraron en la casa a través de unas puertas cubiertas con mosquiteras y se encontraron en una estancia dividida en dos zonas.
La parte delantera contenía un sofá de dos plazas revestido de plástico y dos sillones, uno a cada lado de una alfombra maltrecha.
Bajo la ventana, pegada a la pared, había una antigua mesa de alas abatibles.
En la parte trasera estaban la mesa y las sillas del comedor, modelos modernos de metal cromado y plástico.
Sobre ellas colgaba un gran ventilador eléctrico de techo de antigüedad incierta, que se tambaleaba por el esfuerzo mientras apenas conseguía mover un poco el aire.
Varios armarios deformados que contenían una variedad de vajilla y vasos se alineaban junto a las paredes.
—Siéntese aquí. La llamaré cuando esté lista —dijo Fatimata.
—Gracias —dijo Sam. Se sentó en el sofá y descubrió que carecía tanto de muelles como de relleno.
Intentó recostarse, pero le resultó todavía más incómodo, así que mantuvo el equilibrio en el borde del asiento, con los antebrazos apoyados en las rodillas.
¿Cómo se sentaba la gente en aquellos trastos?
Le pareció que transcurría una eternidad hasta que Fatimata fue a buscarla.
—Ahora la llevaré a su habitación.
Sam se levantó y cogió la bolsa. Siguió la enorme extensión de batik de colores que conformaba el trasero de Fatimata, incapaz de evitar preguntarse cuántos metros de tela harían falta para cubrir la considerable superficie que ocupaba aquella mujer. Fatimata de nombre y Fatimata por naturaleza.
—Aquí está.
Habían recorrido toda la casa y dejado atrás cuatro puertas.
Al llegar al final del pasillo, Fatimata abrió de golpe la puerta de un dormitorio minúsculo, como si lo hubieran habilitado en un armario.
No solo era diminuto y carecía de ventanas, sino que además resultaba sofocante porque no tenía ventilador ni aire acondicionado.
Sam no se atrevió a quejarse. Los hombres ya estaban en sus habitaciones y ella no quería comenzar su estancia protestando por la suya.
Fatimata esbozó una sonrisa satisfecha al ver la consternación de Sam y se alejó por el pasillo con paso bamboleante, balanceando su gigantesco trasero de un lado a otro. Sabía que no iba a armar un escándalo .
Se desvistió en el estrecho espacio entre la cama individual y la pared y se roció de repelente de pies a cabeza.
Retiró la ropa de la cama y descubrió que Fatimata había extendido sobre el antiguo colchón una sábana vieja y manchada.
Rezando para que ninguna de las manchas hubiera aparecido después del último lavado, se metió en la cama y se golpeó la cabeza contra el cabecero al calcular mal su escasa longitud.
El colchón, fino como una oblea, no lograba disimular la base llena de bultos.
Pensó en trasladarlo al suelo, pero eso la dejaría expuesta a una invasión de bichos y reptiles extraviados.
Permaneció donde estaba e intentó acomodarse a los bultos.
Fuera, los grillos y las ranas seguían interpretando a todo volumen sus grandes éxitos, pero la habitación de Sam tenía una ventaja: era tranquila.
Intentó quedarse dormida en medio de aquel calor asfixiante y apartó las sábanas cuando empezó a subirle la temperatura.
Entonces oyó un crujido procedente del techo de paja, separado de la habitación por una simple lámina de contrachapado pintado.
Algo correteó sobre ella, seguido de otro cuerpo que avanzaba a saltos.
Unos chillidos excitados atravesaron el tabique.
Sam alzó la mirada y tosió para advertir a los animales de su presencia.
Durante unos segundos reinó el silencio, pero después comenzaron de nuevo los ruidos.
Más juegos de persecución seguidos de un golpe en la tabla justo encima de su cabeza.
Saltó de la cama. Sentada en el borde, intentó convencerse de que aquellos animales no podían atravesar el techo y caerle en la cara.
Entonces se produjo otro correteo sobre su cabeza.
Allí sería imposible dormir. ¿Y si encontraba otro dormitorio?
Fatimata la había instalado tan lejos de los hombres como era posible sin obligarla a dormir fuera, en el coche.
Sam habría preferido el coche a una habitación con un circo de animales en pleno apogeo.
Se puso unos pantalones y una camiseta y recorrió el pasillo probando las puertas, pero las dos primeras estaban cerradas con llave.
Entonces reparó en que la puerta del dormitorio más cercano al salón estaba abierta.
Se asomó con la esperanza de encontrar una cama vacía y se topó con la mirada de Ned, completamente despierto y sentado ante una mesa mientras escribía en un diario.
—¿Sam? ¿Estás bien?
—Sí... No. No estoy bien. Hay criaturas en mi dormitorio y no puedo dormir.
—¿Qué clase de criaturas? ¿Estás segura?
—Bastante segura. No quiero dormir allí.
—Vamos. Investiguemos.
Recorrieron el pasillo hasta la habitación de Sam y abrieron la puerta.
—¡Vaya! Esta habitación es diminuta.
—Está bien, pero es demasiado pequeña para compartirla con esos animales.
Ned se llevó un dedo a los labios. Permanecieron en silencio durante un minuto. En efecto, se oyó un arañazo y un cuerpo regordete cruzó el techo a saltos. Ned se rio.
—Ratas. Son unas cabronas ruidosas, ¿verdad?
—¿Ratas? No puedo dormir en una habitación con ratas.
—No, es comprensible. ¿Has probado en los otros dormitorios?
—Están todos cerrados con llave. Fatimata no quería que entrara en ellos.
—¿Por qué no duermes en mi cama?
—¿En tu cama?
—No te preocupes, a mí no me molestan las ratas. Dormiré en la tuya.
—¿De verdad? Te lo agradecería muchísimo. No me importan las ratas cuando están en el suelo, pero no soporto pensar que una pueda caerme en la cabeza.
—Claro. Lo entiendo. Métete en la cama. Acabaré lo que estoy haciendo y luego me iré a dormir yo también.
—Gracias.
—No hay de qué. Intenta dormir un poco.
—Por favor, no le digas a Fergus que soy una cobardica.
—No digas tonterías. Tienes derecho a guardar secretos.
Sam se metió en la cama y se tapó. Casi de inmediato, oleadas de cansancio la arrullaron hasta que se quedó dormida. Suspiró. Percibió que él sonreía mientras se sumía en el sueño.