La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

A la mañana siguiente, Sam no recibió al sol con su alegría habitual.

Mientras dormía, algún genio maligno había inventado una nueva forma de tortura que consistía en hurgarle detrás de los ojos con un destornillador.

Recordaba haber llegado a la casa y haberse encontrado con el hosco recibimiento de Fergus, quien parecía haberse tomado su borrachera como una afrenta personal.

Su maleta yacía abandonada en mitad del suelo. No entendía cómo había llegado hasta allí, pues ella no la había subido.

¿La habría dejado Ned allí? Ay, Dios, no habría invitado a Ned a entrar en su habitación, ¿verdad?

Había querido hacerlo. Ese era el problema de beber. Hacía que acostarse con alguien pareciese una idea estupenda. Sin embargo, no había pensado en Simon; era como si nunca hubiera existido.

—Ese novio tuyo que se ha extinguido, ¿por qué quedó borrado del mapa? —había preguntado Ned en el hotel.

—Se encaprichó de mi hermana.

—¿De tu hermana? ¡Qué cabrón! Aunque, bien pensado, tu hermana tampoco sale de esta con una aureola.

—No, y eso es lo peor. Los novios se pueden reemplazar. Las hermanas, no tanto.

La voz se le había quebrado en la garganta. Él le había tocado el brazo en un gesto de solidaridad, rozando unos pelillos ávidos de contacto que se erizaron para salir al encuentro de sus dedos.

—¿Has hablado con ella al respecto?

—No, todavía no. No me sentía capaz de enfrentarme a ello y habría sido inútil.

Siempre encuentra alguna justificación para su conducta, y la va cambiando a medida que discutes con ella para que nunca tengas razón.

Es agotador, sencillamente. —Suspiró—. A decir verdad, de todos modos nuestra relación estaba llegando a su fin; yo no me había dado cuenta. No culpo a Hannah.

—¿Pensabas dejarlo?

—No, pero me dio por pensar que planeaba pedirme que me casara con él y, en vez de ilusionarme, me entró el pánico. ¿Te parece raro?

—No, raro no; triste, quizá.

Sam había vacilado, y Ned la miró mientras jugueteaba con un posavasos, haciéndolo girar entre sus largos dedos.

—Yo quería a Gemma —había respondido él a la pregunta que Sam no llegó a formular—, pero no deberíamos habernos casado. Éramos demasiado jóvenes y no estábamos hechos el uno para el otro.

—¿Cuánto duró vuestro matrimonio?

—Cinco años. Fue tirando sin problemas hasta que empecé a trabajar mucho en el extranjero. Ella no aguantó ni un año sin mí.

—Lo siento.

—Yo también. ¿Quieres otra?

Todo el dolor que rodeaba la traición de Simon con Hannah había parecido evaporarse hacia la cúpula mientras hablaba de él.

No había estado segura de que su relación hubiera terminado hasta que se lo dijo en voz alta a otra persona.

Ned empezaba a gustarle. Para cuando el mozo de equipajes fue a buscarlos, la empatía se había transformado en atracción.

Por el modo en que él pendía de cada una de sus palabras, la atracción era mutua.

Entonces recordó que había sido Fergus, y no Ned, quien había subido la maleta por las escaleras.

No había posibilidad alguna con él. Se creía un regalo de Dios para las mujeres y fuera de su alcance.

No es que le atrajera. Bueno, no demasiado, en cualquier caso.

Pese a la resaca, soltó una risita ante la idea.

Puede que fuera desagradable, pero los chicos malos siempre le habían interesado.

Había caído en una caja de bombones. Tantos sabores entre los que elegir.

Después del fiasco con Simon estaba a dieta, pero no pasaba nada por mirar mientras no tocase. Profesional hasta el final.

Abrió la maleta con aprensión, pero nadie había tocado el contenido.

Escogió unos pantalones caqui y una camisa de lino y los roció con repelente.

Tenía en carne viva las picaduras de mosquito de las piernas de tanto rascarse, así que se aplicó crema antiséptica.

Decidió llevarse a Fona todas sus pertenencias y dejar en la casa la mayor parte de las cosas de Hannah, pero, llevada por un impulso, metió los pantalones cortos en la maleta.

William podía guardar la bolsa de viaje hasta que regresara.

Los hombres estaban desayunando cuando bajó.

—Entonces, ¿sigues vivo? —le preguntó a Ned.

—Todavía no estoy seguro.

—Te está bien empleado —dijo Fergus.

—¿Es que tú nunca te has emborrachado? —preguntó Sam, irritada porque se arrogara una superioridad moral.

—No con los empleados.

—Cuidado con lo que dices. Sam no es una empleada.

—No hablaba de Sam.

Se hizo un silencio glacial. Sam tuvo la impresión de haberse entrometido en una conversación privada. Fergus exhibía una expresión de autosuficiencia. Ned dio un paso hacia él justo cuando William entraba con una bandeja.

—¿Té, señora?

***

El ambiente apenas mejoró durante el día. No volvieron a hablarse después del desayuno, pues Fergus asistió a una reunión y Ned desapareció para hacer uno de sus recados. Sam deambuló por la casa, escondiéndose de la luz del sol e intentando no vomitar. Cuando Ned regresó, lo acorraló.

—¿Por qué te trata Fergus así?

—Oh, eso es agua pasada. Fergus viene de una familia de nuevos ricos. Su posición en el mundo es muy importante para él. Cuesta encajar en un colegio privado de élite cuando tienes acento irlandés.

—¿Por qué la toma contigo?

—Mi familia es de nuevos pobres, pero antes poseíamos enormes fincas rurales en Hampshire, hasta que se acabó el dinero. Fergus me asocia con el maltrato que sufrió en el colegio, aunque yo no estudié allí con él.

—Entonces, ¿de qué lo conoces?

—Mi padre, Dick Hunter, dirigía la cuadra de carreras del padre de Fergus, así que me criaron allí.

Los Dockrell sacaron mucho partido a que las tornas hubieran cambiado para la vieja élite.

Hasta cierto punto, nos trataban con aires de superioridad.

A mi padre le daba igual, pero a mí me tomaban mucho el pelo, Fergus en particular.

—¿A qué colegio fuiste?

—Al instituto selectivo de la zona. Conseguí una beca.

—Inteligente y de buena cuna, ¿eh? No me extraña que Fergus esté celoso.

Ned se ruborizó.

—Yo no dejaría que te oyera decir eso.

—Solo estaba bromeando.

Pero la había impresionado.

Más tarde, Sam llamó a casa de sus padres, rezando para que Hannah se hubiera marchado. Alguien descolgó el teléfono.

—¿Diga? —dijo Sam.

—Hola, Sam. ¿Qué tal el viaje? —preguntó Bill. Su madre debía de haber salido, pues su padre casi nunca contestaba al teléfono.

—He llegado sana y salva, gracias. Hubo un pequeño desvío antes de llegar a la casa y mi maleta se quedó atrás, pero ya la he recuperado.

—Menos mal que llevabas la bolsa de viaje.

Él soltó una risita.

—No creo que a Hannah le pareciera una suerte.

—Estoy en la caseta del perro. No le hizo ninguna gracia mi confusión.

—Dile que no se preocupe. La he dejado guardada en Njahili hasta que vuelva.

—Eres demasiado buena. Yo habría vaciado su contenido en la bahía.

—Puede que alguna de sus prendas me venga bien.

—¡Ja! Bueno, tú sabrás, cariño.

—Mañana vamos a Fona, así que dudo que pueda llamar muy a menudo. Si no sabéis nada de mí, siempre podéis llamar a Alex. Mamá tiene el número.

—Cuídate mucho, cariño.

—Lo haré, papá. Dale recuerdos a mamá. Adiós.

—Adiós.