Capítulo 7
Sam se despertó temprano a la mañana siguiente y abrió las contraventanas.
Contempló el patio trasero, donde unas gallinas cubiertas de polvo picoteaban el cemento.
Para su alegría, vio que sus pantalones estaban tendidos y parecían lo bastante secos para ponérselos.
Se puso los pantalones cortos de su hermana y otra camiseta rosa de la bolsa de viaje y bajó las escaleras dando saltitos hasta salir al patio.
Sus pantalones ondeaban al viento, sujetos a una cuerda con unas pinzas caseras. Alzó los brazos para descolgarlos.
—Señora, todavía no puede ponérselos. No los he planchado —dijo William, apareciendo desde una dependencia exterior.
—Oh, no hace falta que haga eso. Planchar la ropa es una pérdida de tiempo. Estoy deseando quitarme estos pantalones cortos.
—Pero tengo que plancharlos.
—Nadie se dará cuenta.
Sam saltó de un pie a otro, impaciente. William sonrió.
—Usted sí, señora. La mosca tumbu irá a por usted.
—¿La mosca tumbu?
—Sí, pone los huevos en la ropa mientras se seca en el tendedero. Cuando se pone la ropa, los huevos eclosionan y las larvas se meten bajo la piel.
—¿Bajo la piel? ¿Cómo se libra uno de ellas?
—Salen al cabo de unos tres días. O puede ir al médico.
—¡Puaj, qué asco!
—El señor Fergus no quiso hacer caso y se le metió una en el brazo.
Qué poco sorprendente.
—¿Y para qué sirve planchar?
—Mata los huevos. Tenga paciencia, por favor, señora. Los plancharé enseguida y se los devolveré.
—Gracias. Se volvió para marcharse. —¿Cuánto le debo por la mosquitera? Le agradezco que la comprara.
—Dejaré el recibo sobre su cama junto con los pantalones esta mañana, señora.
Más tranquila, Sam volvió a entrar y encontró a los hombres desayunando.
—Me muero de hambre —dijo.
—Yo que tú no comería demasiado —dijo Fergus—. Esos pantalones ya te quedan ajustados.
Sam se ruborizó. Le encantaba desayunar, pero ahora estaba demasiado avergonzada para comer.
—No le hagas caso. Sírvete —dijo Ned, acercándole un plato de jamón y queso.
—Luego no digas que no te lo advertí —dijo Fergus—. Ah, sí, ha llamado la compañía aérea. Han encontrado tu maleta y la han enviado en el vuelo de hoy. Estará en el Grand Hotel esta tarde.
—Yo te llevo —dijo Ned—. Tengo que recoger unas cosas en la ciudad.
—Sería estupendo —dijo Sam.
—Tenemos que llevarte al interior en cuanto sea posible. Mañana por la mañana tengo una reunión en la ciudad, pero podemos salir después —dijo Fergus.
—En cuanto tenga mis cosas, estaré lista cuando vosotros queráis —dijo Sam.
—Ned, necesito que te encargues de la logística.
—Déjalo en mis manos.
***
El Grand Hotel se alzaba en el distrito colonial de Njahili, una zona repleta de edificios gubernamentales.
En las calles había menos gente y coches más nuevos.
Los vehículos de la ONU, enormes Toyota todoterreno blancos con las lunas tintadas, se adueñaban de las carreteras y ocupaban la mayoría de las plazas de aparcamiento.
Las agencias humanitarias competían por llamar la atención entre los departamentos gubernamentales; sus fachadas de cromo y cristal contrastaban con la gloria desvaída de las oficinas coloniales.
Una hilera de palmeras enormes crecía en el centro de la calzada, proyectando su sombra sobre una acera, donde la gente se congregaba para resguardarse del calor feroz.
Ned aparcó el coche en el lado soleado de la calle y cruzaron la calzada, esquivando los charcos de légamo verde de las alcantarillas.
Entraron en el hotel por una entrada ornamentada.
Dos leones de piedra custodiaban la puerta, y una cúpula dorada adornada con lirios se elevaba sobre el vestíbulo.
La luz caía a raudales desde los tragaluces sobre una zona central de espera bordeada de plantas de grandes hojas, con una chaise longue de imitación Luis XIV y unos sillones a juego.
Grupos de personas bien vestidas conversaban en voz baja alrededor de mesas cubiertas con los restos del té de la tarde.
—Vaya, qué bonito —dijo Sam—. Desde fuera nadie lo diría.
—Las apariencias engañan —dijo Ned—. Sígueme, la consigna está debajo de las escaleras.
Señaló una escalera al fondo del vestíbulo que serpenteaba a izquierda y derecha hasta la cúpula.
La alfombra se había desgastado hacía mucho y alguien la había retirado, dejando tan solo las ya inútiles varillas de latón como prueba de su antigua existencia.
Se internó en un pasillo situado detrás de la escalera que conducía a una habitación polvorienta vigilada por un hombre con uniforme morado.
—Buenas tardes, señor y señora.
—Buenas tardes. He venido a recoger mi maleta, por favor —dijo Sam.
—¿En qué vuelo ha llegado?
—Viene en el vuelo de hoy desde Londres.
—Ah, me temo que el vuelo ha llegado tarde. El equipaje todavía no ha llegado de la terminal del transbordador.
—¿Cuándo esperan que llegue? —preguntó Ned.
—Debería llegar dentro de una hora, señor.
Ned se volvió hacia Sam.
—Tardaríamos lo mismo en volver a casa y regresar en plena hora punta. O más. Mejor tomemos algo. Aquí hay un bar agradable.
—Sí, por favor. Odio quedarme atrapada en un atasco.
—De acuerdo. Volveremos —le dijo al conserje.
—No es necesario, señor. Enviaré a alguien a avisarles cuando llegue la maleta. ¿Puede decirme el nombre de su esposa?
Ned soltó un bufido.
—No soy su esposa —dijo Sam—, pero sería estupendo. Me llamo Sam Harris.
—Vamos, cariño —dijo Ned.
—A mí no me llames cariño —dijo Sam, aunque no pudo evitar reírse—. Si eres mi marido, puedes invitarme a un gin-tonic.
Bordearon el vestíbulo y entraron en un reservado anticuado, con bancos tapizados de terciopelo y mesas de caoba arañadas.
Olía a puros y los zapatos de Sam se pegaban a la moqueta, pero el lugar tenía un ambiente acogedor.
Sam se dejó caer en uno de los blandos asientos circulares que recorrían los reservados.
—¿Limón y hielo? —preguntó Ned.
—¿Es seguro el hielo aquí? —preguntó Sam.
—Sí, tienen muchos clientes extranjeros, así que no pueden permitirse envenenarlos.
—De acuerdo, entonces limón y hielo. Gracias.
Ned avanzó entre las mesas hasta la grandiosa barra, cuyos pilares y vigas de soporte estaban adornados con tallas de vides y racimos de uvas.
Sam lo observó charlar con el camarero y reparó en la rapidez con que el hombre se relajaba bajo el efecto arrollador del encanto campechano de Ned.
Ned se había afeitado y se había quitado el mono de trabajo, supuestamente por la visita al hotel.
Eso le daba un aspecto más joven y vulnerable.
No era guapo como Fergus, pero resultaba atractivo de maneras en las que Fergus no lo era.
Fergus era un reflejo de Simon, y eso bastaba para que ella perdiera todo interés.
Sam intentó imaginar las consecuencias de su marcha de Inglaterra, pero pensar en ello la cansaba.
Ni Simon ni Hannah tenían la suficiente empatía para preocuparse por lo mucho que la habían herido.
Aunque era difícil no pensar en ellos, más le valía dedicar ese tiempo a ponerse con su nuevo trabajo.
—Tierra llamando a Sam.
Ned estaba frente a ella con las bebidas.
—Oh, perdona, estaba en las nubes. Mmm, qué buena pinta.
Ned había traído un plato de aceitunas y otro de pistachos aún con cáscara.
—¿Estás bien, Sam? Pareces triste.
—Estoy bien. Solo son problemas con mi novio. Bueno, más que problemas, una extinción.
—Siento oírlo. Tiene que ser idiota para dejar a una mujer como tú. Vaciló. —Quiero decir, a alguien tan, tan...
Sam lo miró asombrada.
—¿Tan qué?
—Nada. He perdido el hilo.
—¿Estás casado, Ned?
—No, bueno, sí... No, en realidad.
—Perdona, no pretendía incomodarte.
—No, es que... Mi Gemma me dejó por otro hombre. Todavía no estamos divorciados.
—Ella también debe de ser idiota —dijo Sam, más envalentonada de lo habitual por la bebida.
—Gracias. Salud. Por los que nos hemos quedado para vestir santos.
—Salud.
Permanecieron un rato en silencio, bebiendo a sorbos, sumidos en sus pensamientos.
***
Más tarde aquella noche, borrachos los dos, entraron a trompicones por la puerta principal de la casa del recinto entre risitas y tropiezos con la pesada maleta de Sam.
—¿Qué llevas aquí dentro? ¿Lingotes de oro? —dijo Ned.
—Piedras. Soy geóloga, ¿sabes?
—Sí, ya lo habías mencionado.
—¿Dónde coño os habíais metido?
Fergus estaba sentado a la mesa, a oscuras, con un vaso vacío delante.
—Tranquilo, amigo. Hemos estado en el Grand Hotel, ¿recuerdas? Recogiendo la maleta de Sam.
—El avión ha llegado tarde. Hemos tenido que esperar horas en el bar —añadió Sam.
—¿Y cómo se suponía que iba a saberlo yo? Podríais haber tenido un accidente.
—Lo siento, tío. Nos dijeron que se retrasaría una hora. No me di cuenta de que tardaría tanto —dijo Ned.
—¿Por qué no me habéis llamado? He estado esperando una eternidad para ir a cenar.
Un tono lastimero se había colado en su voz, como el de un niño abandonado.
—Perdona. Deberíamos haber llamado, pero nos emborrachamos y se nos olvidó.
Seguían de pie uno junto al otro, tambaleándose. Fergus se levantó y apartó a Ned de un empujón. Agarró la maleta de Sam y subió pesadamente las escaleras, mascullando para sus adentros. Sam cruzó la mirada con Ned y articuló sin voz: «Vaya». Él enarcó las cejas.
—Buenas noches —dijo ella antes de agarrarse a la barandilla y subir las escaleras tirando de sí misma. Ned se sentó en el primer escalón y se sujetó la cabeza.
—No quiero dormir. Me da miedo despertarme con una resaca monumental.
—Demasiado tarde para arrepentirse —dijo Sam.
Fergus había dejado caer su maleta en el rellano y se había ido a la cama dando pisotones. Ella la arrastró hasta su habitación y la dejó sin abrir en el suelo.