Capítulo 6
Después de ducharse, regresó descalza a su habitación y dejó la ropa en un taburete del rellano.
Se metió en la cama y se cubrió con la sábana.
La luz del sol inundaba la estancia, y el geco del rincón hacía girar los ojos en las órbitas mientras buscaba presas.
Varias telarañas épicas colgaban de lo alto del techo y parecían capas mágicas cubiertas de cadáveres enjoyados de moscas.
Sam se quedó dormida arrullada por las voces de la gente que hablaba en la calle y el lejano bocinazo de los coches.
Se despertó al anochecer y puso la bolsa de viaje encima de la cama.
Había tenido la previsión de guardar ropa y provisiones para varios días.
Deberían bastarle hasta que reapareciera su maleta.
Abrió el cierre de golpe y levantó la tapa.
Se llevó una mano a la boca, horrorizada.
Lo primero que vio fue una camisa rosa con volantes y unos pantalones cortos blancos, debajo de los cuales había varias camisetas rosas y ropa interior de encaje.
Era la ropa de Hannah, la prueba de que había pasado el fin de semana con Simon.
Peor aún: cuando Sam lo volcó todo, encontró envoltorios vacíos de preservativos en el bolsillo interior.
Se había llevado la bolsa equivocada. ¿Cómo demonios había podido ocurrir? Pero entonces lo comprendió.
Hannah había llegado a casa de sus padres cuando Sam se marchaba al aeropuerto y había corrido escaleras arriba para esconderse al darse cuenta de que Sam aún no se había ido.
Tampoco es que Sam hubiera querido verla.
No habría sabido qué decirle. Ni a Simon, que ni siquiera se había molestado en buscarla después de que ella abandonara su piso.
El mensaje que Sam había escrito con pintalabios en el espejo del baño había sido bastante claro.
Decía: « Esto no es mío », con una flecha que señalaba hacia el lavabo, donde estaban las bragas de Hannah con la entrepierna sucia a la vista.
Simon sabría que no podía explicar su presencia.
La llegada de Hannah a casa de sus padres había desorientado a Sam, que esperaba poder salir del país sin ver ni a Simon ni a su hermana.
Mientras su madre agitaba las manos al fondo, apenas recordaba a su padre llevando sus bultos hasta el taxi.
Debía de haber cogido por error la bolsa de viaje de Hannah.
Era una equivocación fácil, pues ambas tenían la misma bolsa: su madre se las había regalado por Navidad.
Así que ahora se veía obligada a ponerse la ropa de su hermana, la fulana, ocupando irónicamente el lugar de la mujer que había ocupado el suyo.
Algunas prendas incluso olían a ella. Rezumaban glamour y desde luego no eran apropiadas para trabajar sobre el terreno.
Ay, Dios, ¿acaso podía empeorar aún más el día?
Abrió la puerta de su habitación con la esperanza de recuperar la ropa sucia que había dejado fuera, pero William se la había llevado como por arte de magia para lavarla.
Se planteó bajar envuelta en la toalla para ver si podía rescatarla.
Entonces oyó una voz conocida que subía por el hueco de la escalera.
Sam se obligó a ponerse algunas prendas de Hannah y tiró de los pantalones cortos, que amenazaban con subírsele y dejarle las nalgas al descubierto.
Usaba una talla más que Hannah, y se notaba.
Terminó de vestirse y bajó. Se detuvo a media escalera al ver las expresiones desconcertadas de los dos hombres que estaban en el vestíbulo; uno de ellos era su compañero de viaje, el irlandés del avión.
En su rostro apareció una expresión de asombro.
—¿Tú eres Sam? Jesús. No tenía ni idea. Buscaba a un hombre.
—¿Acaso parezco un hombre? —dijo Sam, indignada.
—Quería decir que esperaba que fueras un hombre.
Él se pasó las manos por el pelo color arena y arrugó el rostro pecoso.
Seguía siendo guapo, seguía siendo horrible.
La examinó de arriba abajo como si estuviera tasándola para venderla y arqueó una ceja.
Sam permaneció incómoda en el escalón. Se había puesto la camisa con volantes y los pantalones vaqueros cortos de Hannah, que dejaban poco a la imaginación.
Intentó mostrarse despreocupada, algo difícil cuando se sentía tan expuesta.
—No me preguntaste cómo me llamaba —dijo—. ¿Y tú?
—Fergus Dockrell, y este buen hombre es Ned Hunter.
Señaló a su acompañante, un hombre delgado, de estatura media, cabello ralo y penetrantes ojos grises que llevaba un mono mugriento.
—Alex quiere que vaya a Fona para poner en marcha el proyecto de diamantes de allí —dijo Sam.
—¿Tú sola? —Fergus se quedó pasmado—. En fin, ¿qué te ha entretenido? Te perdí en el aeropuerto. Pensaba que subirías al helicóptero.
—Mi maleta se quedó en Londres, así que tuve que dar parte en la oficina de equipajes extraviados del aeropuerto. Cuando terminé de rellenar todos los formularios, ya era demasiado tarde para comprar un billete de helicóptero.
—De todos modos, parece que has encontrado algo que ponerte.
Fergus soltó un bufido y Ned se sumó a él. Sam se ruborizó.
—Esta ropa es de mi hermana. Es una larga historia.
—¿Has venido en el ferri? —preguntó Ned.
—Sí, ha sido una experiencia aterradora. No pienso repetirla.
—Esas cosas son mortales. Hace poco, a uno le entró agua por todas partes. Se hundió y murió la mayoría de las personas que iban a bordo.
—El agua pasaba por encima de las bordas...
—Bueno, el caso es que ya estás aquí. ¿Por qué no vamos a comer algo? —dijo Fergus.
—¿Tenéis repelente? El mío está en la maleta.
—¿Repelente? Yo no uso esa mierda. Da cáncer. ¿Ned?
—Soy tan duro que los mosquitos rebotan contra mí.
Se rio de su propio chiste. Sam fingió reírse también. Estuvo tentada de pedir prestados unos pantalones para protegerse de los mosquitos, pero el orgullo se lo impidió. El humo de los cigarrillos serviría. Los mosquitos lo odiaban casi tanto como ella.
Volvió arriba a buscar dinero.
***
—¿Has visto los pantalones cortos que lleva? ¿Quién se cree que es, Daisy Duke? ¿Qué clase de geóloga es? —dijo Fergus.
—Se te ven los prejuicios. ¿Desde cuándo tiene la ropa algo que ver con la inteligencia? Si Alex te hubiera juzgado por las apariencias, tú tampoco estarías aquí.
Fergus se llevó una mano al pelo e intentó alisárselo. Volvió a erizarse con el mismo desorden salvaje de antes.
—Mi ropa no tiene nada que ver con mi capacidad.
—Entonces, ¿por qué te parece bien criticarla a ella por lo mismo? Además, ¿no ha dicho que la ropa es de su hermana?
A decir verdad, Ned coincidía con Fergus en que el atuendo de Sam era de zorra, pero no quería decirlo.
Con aquellos pantalones diminutos y la camisa con volantes, bien podía ser una chica de compañía, aunque no una geóloga de campo.
De hecho, le apetecía bastante llevársela a la cama.
Se imaginó arrancándole aquella camisa en un santiamén.
Ni siquiera su gesto ceñudo ni la torpeza con la que mantenía el cuerpo lo desanimaban.
—Dale una oportunidad —dijo—. Alex no es tonto. Debió de ver algo que le gustó.
—No me extraña, si llevaba esos pantalones cortos.
***
Hannah regresó a su piso y arrojó la bolsa de viaje sobre la cama.
Era tan típico de su madre no advertirle de que Sam pasaría por casa antes de volar a Simbako.
Hannah había ido a ver a sus padres de regreso de un fin de semana con Simon.
Cuando vio el equipaje de Sam en el vestíbulo, había subido corriendo y se había escondido en el baño.
Solo salió después de oír el portazo de Sam al marcharse para coger el tren a Heathrow.
Luego tuvo que soportar los suspiros exasperados de su madre y el desconcertado silencio de su padre. No veía la hora de salir de allí.
Abrió los cierres de la bolsa y levantó la tapa.
—Pero ¿qué demonios...?
Cogió los pantalones de color caqui entre el pulgar y el índice como si su carácter utilitario pudiera contagiarse.
Debajo, el contenido se componía de camisetas raídas, bragas grisáceas y varios cuadernos de campo.
Un bote de desodorante rodó fuera de la cama y acabó debajo de la mesilla de noche.
No me lo puedo creer. Su camisa y sus pantalones cortos nuevos se habían ido de viaje a Simbako.
Como los había comprado con la tarjeta de crédito, técnicamente aún no eran suyos.
Seguro que Sam se los pondría en la selva para vengarse de ella.
—Mierda.
***
Sam cenó con Ned y Fergus en un bar deportivo situado en una pequeña península que se adentraba en el estuario del Njahili.
Una fuerte brisa soplaba entre las mesas y mantenía alejados a los mosquitos.
Pidieron la comida habitual de los expatriados: filete o pescado con patatas fritas doradas.
Todos atacaron sus platos en silencio mientras veían en la televisión un concurso presentado por un hombre regordete y bigotudo, con chicas medio desnudas.
—¿De qué equipo de fútbol eres, Sam? —preguntó Fergus.
—Eh... Del Leeds. Ya sé que no está de moda.
—¿No eres de Londres? ¿Cómo es que no eres del Fulham o del Arsenal? —dijo Ned.
—Mi padre es de Yorkshire.
—¿Y tu madre? —preguntó Fergus.
—De Cornualles.
—Eso explica muchas cosas —dijo Ned—. Tenemos a una pirata de las minas entre nosotros.
—No te pases —dijo Fergus.
—¿Tienes mucha experiencia trabajando en África, Sam?
—Es mi primera visita a Simbako.
—¿Qué te parece de momento? —preguntó Ned.
Sam hizo una mueca.
—Hasta ahora han perdido mi maleta, lo que me ha obligado a vestirme como una prostituta; me han abandonado en el aeropuerto, han intentado ahogarme en el ferri y me han estafado en el taxi. Supongo que es lo habitual.
—No va a mejorar, que lo sepas —dijo Fergus con el aire de quien tenía experiencia en aquellos asuntos.
—No pasa nada. Soy de recia estirpe de Yorkshire.
—¿Por qué tienes la ropa de tu hermana? Supongo que ella no será geóloga —dijo Ned.
—Es una larga historia. Ya os la contaré en otra ocasión.
Pasó toda la velada en el restaurante sin sufrir una sola picadura de mosquito, pero varios la picaron durante el trayecto de vuelta en coche. Se ocultaban debajo de los asientos, y no se dio cuenta hasta que llegó a la puerta de su habitación y vio en las pantorrillas las delatoras ronchas.
Le aterraba dormir sin protección en aquella villa de ventanas mal selladas.
Para su alivio, descubrió una mosquitera completamente nueva instalada sobre la cama, con los bordes bien remetidos para impedir la entrada de intrusos.
William era un tesoro. Se hizo una nota mental para compensárselo por la mañana y se dejó caer en la cama justo cuando se apagó el generador.
En la oscuridad absoluta de la habitación, repasó su jornada.
El desastre del aeropuerto no había sido el mejor comienzo, pero el día había mejorado en cuanto llegó a la villa.
Sus dos compañeros eran como la noche y el día.
Fergus, como director general de la empresa, podría haberle cortado las alas, pero no mostró interés alguno en interferir en su proyecto.
«Tengo mis prioridades». Fueran cuales fuesen.
Y Ned parecía ser un factótum siempre a disposición de Fergus, que más que disfrutar de su trabajo se limitaba a soportarlo.
Pese a su primera impresión, debería encajar en Njahili Resources sin demasiadas dificultades.
No podía imaginar qué la aguardaba en Fona, pero estaba preparada para cualquier cosa.