La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

El autobús parecía a punto de reventar por las costuras.

Sam tuvo que hacerse un hueco en los escalones de la entrada, donde se aferró al grasiento pasamanos para evitar que algún empujón la arrojase por la puerta abierta.

¿Cómo podía Alex haberse olvidado de decirle que la ciudad de Njahili y el aeropuerto se encontraban en orillas opuestas del río?

Al menos, desde su precario acomodo podía respirar el aire fresco de la mañana, pues el interior del autobús parecía claustrofóbico.

La gente iba apretujada, sudando, charlando y sentada sobre maletas.

El trayecto hasta Chena duró una hora y media, y para entonces el ambiente jovial del autobús se había evaporado.

A Sam le dolían las piernas por el esfuerzo y sintió un gran alivio al bajar del autobús y encaminarse hacia el transbordador.

Había esperado poder sentarse y descansar durante la travesía del río, pero, cuando la embarcación apareció ante su vista, vio que tendrían que permanecer de pie otra vez.

Diseñado para transportar ganado, el transbordador tenía separadores, pero ningún asiento.

Los pasajeros del autobús del aeropuerto subieron por la pasarela hasta la bodega y se apiñaron con los habitantes de Chena y las mercancías que estos llevaban para vender en Njahili.

Sam subió a bordo y se colocó contra uno de los costados del transbordador.

Apoyó la bolsa en la pintura oxidada y, medio sentada y medio de pie, se preparó para la travesía.

El viaje se había convertido en un suplicio.

No era de extrañar que todo el mundo estuviese obsesionado con coger el helicóptero.

El transbordador inició la travesía del estuario; el motor vomitaba nubes de humo de diésel que quedaban suspendidas sobre la bodega y provocaban náuseas a Sam.

La marea bajaba con toda su fuerza y arrastraba la embarcación río abajo, alejándola de su destino.

El transbordador navegaba muy hundido en el agua y las olas rompían contra los costados.

El agua salada se acumulaba en el fondo y les chapoteaba alrededor de los pies.

Sam se irguió y apoyó la bolsa sobre uno de sus pies para que no le entrara agua.

La gente murmuraba y lanzaba miradas nerviosas por la embarcación.

Su inquietud era contagiosa. Sam trató de empujar el barco con la fuerza de su voluntad a través del oleaje.

Puede que la embarcación fuese lo bastante segura, pero parecía inestable mientras daba bandazos entre las olas.

Se habría apostado un millón de dólares a que no llevaban chalecos salvavidas a bordo.

¿Lograría llegar a la orilla si el barco se hundía?

El agua le cubrió los zapatos y comenzó a subirle por las perneras de los pantalones.

Alzó más la bolsa, aunque los brazos empezaban a cansársele por el esfuerzo.

A su derecha, una mujer sacó un rosario y comenzó a murmurar invocaciones.

Sam aferró con más fuerza la bolsa, con el corazón desbocado.

Intentó concentrarse en la orilla, que se alzaba cada vez más cerca, con casas de madera diseminadas por sus riberas en pendiente.

Las olas aumentaron de tamaño cuando viraron río arriba para dirigirse al embarcadero.

Una gran ola rompió sobre el barco y empapó a la gente y sus mercancías.

Justo cuando la tensión a bordo se volvió insoportable, las corrientes perdieron fuerza al entrar el transbordador en la zona de sotavento del promontorio que protegía el pequeño puerto.

Atracaron entre grandes muestras de alivio, y los pasajeros se precipitaron a tierra firme con gritos de alegría. Sam dejó caer la bolsa sobre el muelle, con los brazos doloridos por el esfuerzo.

—¿Cómo puedo llegar a Njahili? —preguntó a una mujer bien vestida a la que reconoció del autobús del aeropuerto.

—Desde el muelle sale un autobús al centro de la ciudad, o puedes coger un taxi —respondió la mujer—. ¿Adónde vas?

—A la finca Plane Tree.

—Yo también voy allí. ¿Quieres venir conmigo? Podemos compartir los gastos.

Sam tomó una decisión rápida y confió en la mujer por las apariencias. Las dos estaban en el mismo barco, o al menos lo habían estado.

—Sería estupendo. No creo que pueda soportar tener que ir de pie otra vez.

—Espera aquí; iré a buscar uno para las dos.

Unos minutos después, se detuvo junto a ella un vehículo antiquísimo con la misma mujer sentada en la parte trasera.

El taxi había conocido tiempos mejores. Le faltaban las manillas de las puertas y las ventanillas.

Estas se mantenían abiertas gracias a unas hojas de periódico encajadas entre el marco de la puerta y el cristal.

El conductor había cerrado el maletero con alambre, así que Sam se quedó en la acera con la bolsa, sin saber qué hacer.

—Suba —dijo el conductor—. Ponga la bolsa en el asiento delantero.

Abrió de golpe la puerta, que cedió sobre sus goznes.

Sam dejó la bolsa dentro y cerró con cuidado.

Intentó no juzgar el estado del coche y se deslizó en el asiento junto a su compañera.

Los muelles del asiento trasero sobresalían a través de los cojines y le resultaba difícil sentarse sin quedar ensartada.

Su compañera le tendió un periódico viejo sin decir nada.

Sam se lo colocó bajo el trasero y le sonrió agradecida.

Se pusieron en marcha, avanzando despacio por la carretera llena de baches.

El calor se volvió sofocante a medida que el sol ascendía por el cielo.

El vehículo carecía de aire acondicionado y su espalda pronto quedó pegada a las fundas de plástico de los asientos.

El trayecto hasta Njahili las llevó por barriadas de chabolas de madera y casas de bloques de hormigón con tejados de chapa ondulada, construidas a lo largo de caminos de tierra roja plagados de surcos y baches.

Altas palmeras flanqueaban el recorrido, intercaladas con anchos mangos bajo los cuales los vendedores locales habían instalado mesas destartaladas que se combaban bajo el peso de la fruta.

Los niños pequeños jugaban al fútbol o se inclinaban sobre partidas de canicas en las cunetas.

Los tendederos engalanaban las calles con ropa vieja, algunas prendas poco mejores que harapos, como adornos navideños de pobres.

A medida que se adentraban en los suburbios, los edificios tenían más plantas y algunos contaban incluso con balcones, que también se utilizaban para tender la ropa.

La superficie de la carretera pasó del barro a la grava y comenzaron a aparecer tramos de asfalto.

Sin embargo, en lugar de agilizar el trayecto, el cambio coincidió con un aumento exponencial del tráfico, y el taxi apenas avanzaba más rápido que una persona a pie.

Además, la calzada estaba ahora atestada de peatones, porque los puestos de fruta, verdura, ropa y artículos para el hogar ocupaban las aceras.

El taxi se detuvo en un puente que cruzaba una alcantarilla a cielo abierto.

De unos tres metros de anchura, contenía un riachuelo de agua inmunda que serpenteaba entre montones de basura y bolsas de plástico desechadas.

Los cerdos chillaban en aquella sopa pútrida y, para horror de Sam, varios niños pequeños jugaban allí con los animales.

Uno de ellos se puso en cuclillas y defecó allí mismo.

Mareada, ella apartó la mirada e intentó no respirar demasiado hondo cuando el hedor nauseabundo invadió el taxi.

—Es repugnante, ¿verdad? —dijo la mujer—. El mes pasado apareció un cadáver en una de estas alcantarillas y nadie quiso retirarlo por miedo a que le obligaran a pagar el entierro.

Sam asintió, temerosa de abrir la boca. Alzó la mirada hacia las marañas de cables telefónicos y eléctricos, semejantes a nidos de pájaros, e intentó seguir su recorrido por el aire.

Se preguntó cómo podía sobrevivir nadie a una infancia así.

El África imaginaria de su niñez estaba a un universo de distancia de la cruda realidad de la vida en los suburbios de Njahili.

Al dejar atrás los suburbios, atravesaron el centro de la ciudad, una mezcla de desvaídas casas coloniales y austeros bloques de hormigón sin revestimiento, y subieron hasta una zona más frondosa y limpia donde predominaban las villas coloniales, los cables dejaban de estar enmarañados y las alcantarillas estaban cubiertas.

La compañera de viaje de Sam se apeó al comienzo de una calle arbolada, se despidió con la mano y se alejó a toda prisa.

Después de que la mujer desapareciera tras una esquina, Sam se dio cuenta de que la mujer no le había dado dinero al conductor.

—Disculpe —le dijo—, ¿por qué no ha pagado nada?

—Ah, me dijo que pagaría usted.

—Pero habíamos quedado en pagar la mitad cada una.

—Lo siento, pero eso no es lo que me dijo. La ha engañado, ¿eh?

—¿Me ha engañado? —Sam expulsó el aire de los pulmones—. Supongo que sí.

No se había imaginado que una mujer bien vestida y con estudios pudiera ser tan deshonesta. Durante un minuto se planteó bajar del coche y correr tras ella, pero el taxista podía marcharse con su bolsa, así que decidió tomarlo como una lección.

—¿Falta mucho?

—No, señora, cinco minutos.

Se detuvieron junto a un muro alto con un portal metálico para vehículos en el que alguien había abierto una puerta más pequeña.

Después de pagar al conductor y obtener un recibo, pues confiaba en que Alex le reembolsara el importe del trayecto, Sam pulsó el oxidado timbre.

Para su alivio, la puerta se abrió tras una breve espera y un anciano diminuto, arrugado como una pasa y del mismo color, le indicó que entrara.

Sam alzó la bolsa por encima del marco de la puerta y le tendió la mano.

—Hola, soy Sam. ¿Quién es usted?

—William, señora. Le cogió la mano con cautela, como si ella pudiera ocultar algo en su interior.

—Encantada de conocerle, William. Por favor, ¿podría llevarme a ver al señor Simmonds?

—El señor Simmonds no está en el país. Solo están el señor Dockrell y el señor Hunter, pero ahora no se encuentran en casa. Han salido a comer.

—¿Ah, sí?

—Creían que había perdido el vuelo. El señor Dockrell dijo que la buscó en el aeropuerto, pero que no pudo encontrarla.

—Mi equipaje desapareció y tuve que subir a comunicarlo. Cuando terminé, la taquilla de los billetes para el helicóptero ya estaba cerrada y tuve que coger el transbordador.

—¿El transbordador? Una expresión de alarma cruzó sus facciones.

—Sí, no ha sido muy agradable, pero ya estoy aquí. Quizá podría enseñarme mi habitación mientras tanto.

Entraron en una típica villa de estilo colonial, con ventanas provistas de contraventanas y techos altos.

La pintura de las paredes se había descascarillado por el calor, y Sam tuvo que contenerse para no alargar la mano y arrancar una tira.

Su habitación se encontraba en la parte trasera de la casa.

Tenía el suelo de madera y visillos de gasa manchados.

No había mosquiteras en las ventanas ni sobre la cama.

—¿Podría traerme una mosquitera, por favor? —preguntó Sam.

—Los señores no las utilizan. Dicen que, si uno lleva suficiente whisky en la sangre, los mosquitos se mantienen alejados.

Sam suspiró.

—¿Hay algún sitio donde pueda comprarla mañana?

—Puedo conseguirle una cuando vaya a comprar al mercado.

—¿Cuánto cree que costará?

—No mucho. Puede devolverme el dinero después de que la compre.

—Gracias. ¿Dónde puedo asearme? Ha sido un viaje muy largo.

—Al fondo del pasillo, a la izquierda. Me temo que no hay agua caliente. Si quiere dejar la ropa sucia en el rellano, se la lavaré.

—Sería estupendo.

William salió de la habitación caminando hacia atrás y cerró la puerta tras él.

¡Dockrell y Hunter! Parecían un bufete de abogados sin escrúpulos. Esta vez, ella era su propia jefa. Nadie salvo Alex podía decirle lo que debía hacer.

Recorrió el pasillo y encontró el cuarto de baño. Había una toalla limpia en el estante y, en la ducha, encontró un jabón de olor penetrante. Se armó de valor para soportar el agua fría y entró.