Capítulo 3
Durante el trayecto en tren al aeropuerto, pasó ante sus ojos el habitual borrón de jardines traseros descuidados y paredes cubiertas de grafitis.
Sam iba sentada sola, abrazada a la mochila y tratando de no llorar, algo que le exigía todas sus fuerzas.
Los últimos días habían sido una pesadilla, agravada por su incapacidad para sobrellevar la compasión que sus padres no acertaban a expresar.
No los culpaba. Las emociones intensas eran anatema para su generación.
Que su otra hija fuera la causa de aquel sufrimiento hacía que la situación resultara difícil de afrontar para todos.
Después de encontrar las bragas en el piso de Simon, Sam se había marchado a hurtadillas sin alertarlo.
Se vistió a tientas en el oscuro pasillo.
Después cogió el bolso y salió del piso, entornando la puerta sin dejar que la cerradura encajara con un chasquido.
Si entraba algún ladrón, tendría que apañárselas él.
Paró un taxi que acababa de dejar a un cliente calle arriba y regresaba al centro.
Tras balbucear su dirección, se desplomó en el asiento trasero y respondió con monosílabos a los animados intentos de conversación del conductor.
Cuando llegaron a su piso, le pagó en efectivo y entró, soltando una maldición al atascarse la llave en la cerradura.
Una vez dentro, se metió en la cama, desconectó el teléfono de la mesilla y se tapó la cabeza con el edredón.
El corazón le atronaba a causa de la conmoción y la adrenalina.
Quería llorar, pero los sollozos se le atascaban en la garganta.
Permaneció allí tendida durante horas, intentando encajar las pistas.
Debió de ocurrir mientras estaba trabajando en Sierramar, pero, si se había enamorado de su hermana, ¿por qué había vuelto con ella?
¿Cuánto tiempo llevaba viéndola? Con razón se había comportado de un modo tan extraño por teléfono cuando Sam la llamó desde Calderon . Hannah podía ser egoísta y cruel.
Sam ya conocía la necesidad de su hermana de ganar a cualquier precio. Aunque había soportado aquella obsesión toda la vida, le costaba creer que una mujer capaz de tener al hombre que quisiera hubiera elegido al novio de su hermana.
Necesitaba un refugio, así que hizo las maletas y se mudó a casa de sus padres.
—¿Lo sabías? —preguntó.
Su madre asintió y agachó la cabeza.
—Los vi juntos. No sabía qué hacer.
—No pasa nada, mamá. Estabas en una situación imposible.
—Esperaba que hubiera sido cosa de una sola vez y no sabía si contártelo te ayudaría o no.
—Cenicienta, esa soy yo. La Hermanastra Fea se ha largado con mi príncipe.
—Lo siento, cariño.
—No pasa nada. La culpa es mía por volver con él. Nunca volveré a hacerlo.
—Quizá sea lo mejor. Tampoco era precisamente el príncipe azul con el que todo el mundo sueña. ¿Te preparo una taza de té? Hay un bizcocho de limón que hay que terminar.
Una taza de té. La solución Harris para todo. Guerra nuclear, plagas, hambrunas... Nada que una taza de té no pudiera mejorar.
—Sí, me encantaría.
La conmoción inicial se había disipado, pero, cuando hizo las maletas para irse a Simbako, comprendió que aquella situación era definitiva.
Jamás volvería con Simon. Y, peor aún, la había perdido por él.
Al hacer algo tan imperdonable, Hannah había traicionado el vínculo entre ambas de una forma que parecía irreparable.
Sam no sabía lidiar con emociones tan intensas.
Rehuía los conflictos, pero ahora no podía evitar las consecuencias.
Se culpaba por haber vuelto con él más de una vez.
¿Cómo había podido ser tan estúpida? Simon jamás cambiaría y la única que salía herida era ella.
Se recompuso y decidió centrarse al cien por cien en su trabajo en Simbako.
Que Hannah descubriera por las malas cómo era Simon. Se merecían el uno al otro.
***
Un revuelo en la parte delantera del avión llamó su atención mientras se abrochaba el cinturón. La tripulación de cabina discutía con un hombre y le indicaba que se dirigiera a la clase turista, pero él se mantenía firme. Tenía un acento irlandés suave como caramelo derretido.
—Pero mi secretaria me reservó un billete de clase preferente —dijo, poniéndose en jarras.
—Lo siento, señor, pero no es eso lo que pone aquí. Viaja en clase turista.
—Pero no debería ser así. ¿No puede hacer algo?
—Lo siento, señor. Hoy la clase preferente está completa. No podemos hacerle sitio. Tendrá que acudir a nuestra oficina de Njahili para averiguar la causa de la confusión.
—Esto es ridículo.
—Me temo que no hay alternativa. O viaja en clase turista o viaja mañana.
La azafata cruzó los brazos en actitud desafiante.
—Ahí me ha pillado —dijo él—. De acuerdo, ¿adónde voy?
La azafata lo acompañó hasta el asiento contiguo al de Sam, quien retiró de él todas sus pertenencias y las embutió en el bolsillo del respaldo delantero.
Él resopló, irritado, pero eso no restaba demasiado peso al hecho de que se parecía a Robert Redford y tenía la constitución de un exjugador de rugby, con los músculos firmes aún marcándose bajo la ropa.
Sam procuró no quedarse mirando las pecas de sus musculosos antebrazos, sobre todo una que tenía forma de corazón.
Él no pareció reparar en ella y se puso unos tapones para los oídos.
Se cubrió los ojos con un antifaz y se quedó dormido antes incluso de que el avión despegara.
Mientras el avión ganaba altura a toda velocidad tras el despegue, Sam apartó la vista del hombretón sentado a su lado y se preguntó si había hecho bien aceptando el trabajo.
Nunca había trabajado en África. ¿Qué podía esperar?
Sus fantasías infantiles sobre ser como Tarzán, hacerse amiga de un chimpancé y pasar el rato con los elefantes no hacían sino acentuar su sensación de ignorancia.
¿Cuánto calor haría? ¿Le gustaría la comida?
¿Lograría convencer al jefe supremo de que trabajara con ellos?
Confiaba en que hablaran inglés, pues se había resistido a preguntárselo a Alex Simmonds por temor a que la considerase una ignorante. Se quedó dormida y soñó con leones.
Su vecino la despertó al intentar apartarle la cabeza de su hombro.
Avergonzada, comprobó si había dejado alguna baba en su chaqueta, pero no vio ninguna mancha húmeda.
Como ambos estaban despiertos, intentó entablar conversación con él, pero era como tratar de sacar de una botella la última gota de kétchup.
—Estos vuelos largos son un suplicio, ¿verdad?
Él gruñó.
—¿Va a Simbako por negocios?
—¿Qué? Sí. ¿Y usted?
Tres palabras. Poco prometedor. Sam siguió intentándolo.
—Tengo un contrato para trabajar en una empresa de prospección.
Él volvió la cabeza de golpe.
—¿Minería? ¿Usted? —La examinó con una leve mueca desdeñosa—. ¿Para quién trabaja?
La incomprensión de la gente al encontrarse ante una geóloga había dejado de desconcertarla hacía mucho tiempo, pero la grosería del hombre le quitó las ganas de revelar nada más.
—Ah, solo es un trabajo de consultoría.
—Otro borrego —comentó—. Bueno, buena suerte. La necesitará. Si me disculpa...
Se levantó del asiento y se dirigió a la parte trasera del avión, donde encendió un cigarrillo.
Todas las mujeres de clase turista lo observaron al pasar.
Era un hombre atractivo, desde luego, pero el envoltorio ocultaba un interior desagradable.
Sam sacó el walkman y lo ignoró durante el resto del vuelo.