Capítulo 2
Sam había regresado de Sierramar y se había encontrado con un mercado de materias primas en plena expansión y un gran número de puestos para geólogos en las listas de las agencias de contratación.
La avalancha de ofertas había desatado una batalla campal entre los agentes, desesperados por cobrar comisiones en aquellos tiempos de bonanza.
Había enviado currículos nuevos a todas y cada una de las agencias y ya contaba con algunas pistas prometedoras, pero aún no le habían ofrecido ninguna entrevista.
Muy consciente del obstáculo que suponía su sexo en la industria minera, Sam comprendía a cualquiera que intentara colocarla en aquel entorno dominado por los hombres.
Al menos el agente entendía cuál era el problema.
Algunos parecían creer que nadie quería contratarla por su historial de contratos breves, pero la geología de exploración era así: seis meses aquí, doce meses allá.
Sam no tenía la culpa de que las empresas de exploración júnior trabajasen en países cuya legislación minera cambiaba al mismo tiempo que sus gobiernos ni de que se quedaran sin dinero justo cuando los mercados se cansaban de respaldar las materias primas.
Los puestos de exploración se evaporaban más deprisa que la lluvia sobre un tejado caliente.
—No pasa nada. Se quedarán sin candidatos varones adecuados. Siempre les ocurre. Cuando suceda, póngame la primera de la lista.
—Así me gusta. No pierda el ánimo y yo seguiré proponiendo su candidatura. Lo conseguiremos.
¡No pierdas el ánimo! Sí, bueno, ese era precisamente el problema: que le faltaba lo que había que tener.
Aunque alguien tiene que ser el primero en salir de la trinchera.
Ojalá no tuviera que ser yo. Pero he elegido esto.
Puedo dedicarme a otra cosa si no sale bien.
Además, soy buena geóloga y las cosas cambiarán.
Estaba revisando su equipo de campo y separando lo gastado de lo inservible cuando sonó el teléfono.
—Hola, soy Sam Harris. ¿Quién llama?
—¿Sam? Hola, me llamo Alex Simmonds. ¿Tiene tiempo para hablar?
—Claro, sin problema. ¿En qué puedo ayudarlo, señor Simmonds?
—Tengo entendido que es geóloga de exploración.
—Sí, así es.
—¿Está trabajando?
—No, ahora mismo no. ¿Tiene algo en mente?
—¿Le apetecería quedar conmigo para tomar un café?
—Estupendo.
***
Alexander Simmonds la esperaba en el bar del Brown’s Hotel, en Mayfair.
Estaba casi vacío y el personal del hotel trajinaba detrás de la barra, preparándose para la avalancha de la hora de comer.
Cuando ella entró, él se acercó a saludarla.
Estaba más cerca de los sesenta que de los cincuenta; era bajo y calvo, con una barriga prominente que le colgaba por encima de los pantalones.
Se le había desabrochado un botón de la camisa y por la abertura asomaban pelos negros.
Los mismos pelos brotaban del cuello de la camisa y le ascendían por la nuca hasta la cabeza, donde iban desapareciendo.
Llevaba las mangas remangadas y el mismo bosque oscuro le cubría los brazos y las manos.
Pese a su aspecto desaliñado, había en él algo duro y dinámico. ¿Habría sido militar?
—¿Sam? Es un placer conocerla. Un apretón de manos de hierro, pero sin alardes, algo natural. Militar, sin duda.
—Igualmente, señor Simmonds.
—Alex, por favor. Llámeme Alex. Todo el mundo lo hace. Le dedicó una amplia sonrisa. —Vayamos al grano. Quizá se pregunte por qué la he llamado a usted cuando hay tantos hombres disponibles para contratos.
Sam vaciló. No quería lanzarse a despotricar sobre las injusticias de la vida, por tentador que resultara, aunque él parecía estar invitándola a hacerlo. Alex Simmonds sonrió.
—No se preocupe, no espero que opine sobre la situación de las mujeres en la industria minera.
Entiendo lo difícil que lo tienen. Estaba hablando de ello con mi esposa y ella señaló que cualquier mujer capaz de triunfar en el mundo de la exploración tenía que ser excepcional.
Eso me hizo pensar. Pregunté en la agencia Earth Science si tenían en sus listas a alguna geóloga competente.
La recomendaron a usted y me dieron su número.
—Vaya, gracias. La lógica dejó desconcertada a Sam.
—No me dé las gracias a mí, déselas a mi esposa. Para este contrato hacen falta unas habilidades interpersonales considerables. La mayoría de los hombres que trabajan sobre el terreno son un poco rudos.
Sam sonrió.
—Deduzco que está de acuerdo. En fin, tengo una empresa privada de exploración que pienso sacar a bolsa.
Aquello le recordó a Mike Morton, el empresario que había convencido a Sam para ir a Sierramar a cambio de acciones «que valdrán una fortuna».
Había metido aquellos certificados de acciones en algún cajón, junto con todas las demás cosas que no tiraba porque podían llegar a valer algo algún día.
Intentó ocultar su decepción, pero él se la leyó en la cara.
—Veo que es escéptica. Ya tengo un agente de bolsa y varios inversores interesados.
—No es eso. No puedo permitirme trabajar sin sueldo.
—¿Qué quiere decir? ¿Por qué cree que no le pagaré?
—En mi último trabajo...
—Ah, no, yo no soy un charlatán. Ya lo he hecho antes. ¿Ha oído hablar de Redstone Resources?
—Sí, Rio Tinto la compró el año pasado. ¿Era usted...? ¡Ah!
Entonces lo recordó. Se ruborizó. Alex Simmonds había sido el consejero delegado de Redstone, que el año anterior había vendido por ochenta millones de dólares. Lo había leído en el periódico.
—Lo siento muchísimo. No me había dado cuenta de que era usted ese Alex Simmonds. Redstone es una empresa magnífica. No me extraña que Rio Tinto la quisiera.
Esta vez fue Alex quien pareció avergonzado.
—Gracias. Me alegra que piense eso. La cuestión es que me gustaría crear una empresa nueva, y Simbako es el lugar idóneo.
—¿Simbako? ¿Ya es seguro? No sabía que la guerra civil hubiese terminado.
—Ah, sí. El alto el fuego entró en vigor hace dos años. La ONU recogió las armas y todo el mundo volvió al trabajo. De todos modos, la mayor parte de los problemas llegaban desde el otro lado de la frontera, procedentes de los países vecinos.
—Es una noticia estupenda. La geología es muy prometedora. ¿Qué piensa buscar?
—Diamantes y quizá también oro, en depósitos aluviales.
Y ahí es donde entra usted. Aunque hoy en día el país cuenta con un gobierno democrático, quienes siguen mandando son los jefes supremos.
No reconocen la validez de las licencias mineras concedidas por el Gobierno.
Tendremos que llevar a cabo negociaciones delicadas para convencerlos de que permitan la explotación minera en su territorio.
—Nunca he trabajado con diamantes, aunque sí tengo experiencia con depósitos aluviales en Sierramar.
—Si va allí en mi nombre, quiero que primero entable relaciones amistosas. También podrá ocuparse de la geología, pero sin excederse para no espantar a nadie. Iremos paso a paso.
—¿Dónde viviré?
—En Fona, en el centro de Simbako, pero antes pasará dos días en la capital, Njahili, para conocer a los demás miembros de nuestro equipo, Fergus y Ned.
—¿Qué hacen ellos?
—Fergus es el director general, lo que engloba multitud de funciones, y Ned es su ayudante o factótum, como prefiera llamarlo.
—¿Tenemos presupuesto?
—Unos cincuenta mil dólares para excavar algunas calicatas preliminares y cartografiar la zona. Ah, y su sueldo. ¿Qué le parece un contrato renovable de cinco mil dólares al mes?
El cerebro de Sam funcionaba a toda velocidad.
¿Por qué creía Alex Simmonds que ella era la persona indicada para dirigir el proyecto?
¿Sería capaz de sacarlo adelante? ¿Estaría el hombre medio de Simbako dispuesto a recibir órdenes de una mujer?
¿Bastaría su conocimiento rudimentario de la geología de los diamantes para salir del paso?
Aunque, en cuanto a espantar a los caballos, a ella le preocupaba más mirarlos demasiado de cerca antes de comprarlos.
—¿Cuándo empiezo?
***
—Hola, mamá. Tengo noticias. La voz de Sam sonaba una octava más aguda de lo habitual debido a la emoción.
—¿Qué pasa, cariño? —preguntó Matilda mientras forcejeaba con el cable del teléfono, que se había quedado atrapado bajo la pata de una silla.
—He conseguido un contrato en Simbako.
—¡África! Vaya, qué emocionante. Quizá conozcas a Tarzán.
—Siempre he querido ir y ahora me pagan por hacerlo. No me lo puedo creer.
—¿Para quién trabajarás?
—Para Alex Simmonds. Antes era el dueño de Redstone Resources.
—¿Te pagará él o volverá a darte acciones?
—En efectivo, gracias a Dios.
—¿Has dicho Simbako? ¿No hubo allí una guerra civil?
—La ONU negoció un alto el fuego y recogió todas las armas hace dos años, así que es bastante seguro.
—Hum, supongo que sí. ¿Se lo has contado a papá?
—No, todavía no. Pero me voy la semana que viene, así que tengo que hacerlo todo a toda prisa. ¿Puedo pasar a tomar un café de camino al aeropuerto?
—¿Qué día?
—El miércoles. Mi vuelo sale por la tarde de Heathrow.
—Será estupendo. Prepararé un buen bizcocho de café para despedirte.
—¿Estará papá?
—Depende de su agenda. ¿Ya se lo has contado a su señoría? Dudo que a Simon le haga mucha gracia que vuelvas a marcharte al extranjero. ¿No acabáis de reconciliaros?
—No hay más remedio. Se lo contaré esta noche. Me ha invitado a su casa.
—¿Ah, sí? ¿Y a qué se debe? ¿Hay algo que deba saber?
—No compres todavía un sombrero, mamá. Solo es una cena y una película en vídeo.
—De acuerdo, cariño, tú sabrás. Nos vemos pronto.
***
—¿Otra vez? ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué no puedes conseguir un trabajo normal como todo el mundo?
La furia y la incomprensión hacían temblar la voz de Simon. Unos mechones de pelo le sobresalían por encima de las orejas, dándole su característico aspecto de búho indignado. Aquella muestra de resentimiento no conmovió a Sam; ya había pasado por lo mismo otras veces.
—Este es mi trabajo normal. Y pronto tendré suficiente dinero para dar la entrada de un piso. Aún soy bastante joven para sentar la cabeza durante el resto de mi vida.
—Tampoco eres tan joven.
—Treinta años no es ser vieja.
—Pero tampoco es ser joven. Tienes que tener hijos pronto o será demasiado tarde.
—Primero tendré que casarme. ¿Te estás ofreciendo?
Simon adquirió un color extraño. Le dio la espalda y suspiró. —Hay algo importante de lo que tenía que hablar contigo.
—¿Puede esperar hasta mañana? Ahora mismo no estoy de humor.
El tono de Sam era desenfadado, pero ella estaba asustada. ¿Había llegado el momento? ¿Se arrodillaría ante ella? ¿De verdad quería casarse con él?
El teléfono sonó y los dos dieron un respingo.
—¿Diga? Espera un momento. Tapó el auricular con una mano. —Lo siento, es de trabajo. ¿Te importa?
A Sam sí le importaba, pero negó con la cabeza, entró en el salón y cerró la puerta.
Un auténtico terror se apoderó de ella. La posibilidad de que le pidiese matrimonio había despertado su instinto de huida.
Necesitaba tiempo para pensar antes de que él se lo preguntara.
Una distracción parecía la mejor táctica. Corrió las cortinas y se desnudó.
***
Simon apartó la mano del auricular.
—¿Por qué llamas? Está aquí.
—¿Ya se lo has dicho?
—No, todavía no. Es un asunto delicado, Hannah, y no ayuda que llames justo en mitad de todo.
—Vale, perdona. Te llamaré mañana. Suerte.
—Gracias.
Inspiró hondo y regresó al salón, donde Sam se había quitado toda la ropa y posaba en el sofá. Frunció el ceño.
—Creía que no estabas de humor —dijo.
—No me he desnudado para charlar. Todo esto es tuyo. Hectáreas de placer.
Señaló su cuerpo y se pasó las manos por los pechos. Simon podía resistirse a todo menos a la tentación. Se desabrochó la camisa.