24. Familia
Familia
Candace estaba descansando, con Allandrea sentada a su lado.
No quise molestarlas, a pesar de mi preocupación por mi hermana de alma.
Aunque intentaba mantener cierto escepticismo respecto a la reina elfa, en realidad no podía.
Era hermosa. No solo por fuera, sino por dentro.
Conrad me advirtió una vez que no debía fiarme de quienes parecían demasiado bellos.
Por eso él se labró esa imagen de canalla.
Pero, en este caso, el ángel se equivocaba.
Allandrea también era hermosa por dentro.
No es que yo tuviera que creerlo. No me engañaba a mí misma pensando eso.
En todo caso, intentaba mantenerme en guardia.
Pero la reina resultaba desarmante por naturaleza.
Era como una madre. Y Candace necesitaba una.
En la periferia de mi mente, una voz me decía que yo también necesitaba una.
Trudie había regresado del bosque de dríade apestando a barro y musgo.
Había cosas mucho peores a las que oler, la verdad.
Luego insistió en arrastrar a Pranish de vuelta al bosque.
Había acabado por gustarle el canto de los árboles.
Me alegraba. A Pranish y a Trudie les iba bien.
Y Senegal pasaba cada vez más tiempo con Ari.
Aunque fuera temporal, Candace también sentiría algo de alivio frente a la oscuridad.
Brett y Kyong también se estaban curando de sus heridas más físicas.
Unos magos elfos que parecían terapeutas se ocupaban de la salud mental de Kyong tras su encuentro con la sanguijuela cerebral.
Debería estar feliz. Y, en gran parte, lo estaba. Pero había algo más que no dejaba de devolverme la melancolía. Una sensación de estarse perdiendo algo. De arrepentimiento.
Me senté en un banco de piedra en un jardín de un balcón que daba al bosque de dríade.
Silencio. Quizá no fuera el mejor escenario para mi estado de ánimo.
Había una calma abrumadora en el palacio y sus alrededores.
El tipo de tranquilidad que sería buena para muchos, pero que también dejaba demasiado espacio para rumiar penas.
Treth se manifestó en el balcón, mirando por el borde.
—Candace está bien. Sigue durmiendo. Allandrea está sentada a su lado, leyendo.
Sonreí levemente. —Gracias, Treth.
—Allandrea es de fiar, Kat. No hace falta que me pidas que la vigile continuamente.
—No es eso. Es solo que...
—Quieres proteger a Candace.
Asentí con el ceño fruncido. —No sabía que estuviera sufriendo tanto.
Treth se sentó a mi lado, dejando su espada y su escudo espectrales junto a un helecho en una maceta. Había todo tipo de plantas diferentes en los jardines del palacio. No me extrañaría que aquí pudiera crecer cualquier cosa.
—Cuando mi hermano practicaba magia oscura —dijo Treth con tono sombrío—, yo no tenía ni idea.
Ahora me digo, viéndolo con perspectiva, que debería haber notado los cambios.
Y quizá debería haberlo hecho. Pero no fue así.
Pensé que solo estaba gruñón. Que el peso del mundo le oprimía.
Ignoré las señales. Porque no quería ver su sufrimiento.
Porque saber que sentía dolor habría sido demasiado doloroso para mí.
—Pero yo sé que Candace usó magia oscura. Vi cómo actuaba cuando estaba bajo su influencia. Pero...
—No hay nada que podamos hacer por ella más allá de lo que ya hacemos. Kat... tienes que dejar que otros ayuden. No puedes cargar con todos los pesares del mundo.
—No lo hago. Es solo que... ella no tiene a nadie.
Sufrió. Como yo. Yo logré escapar de la oscuridad.
Me alejé. Pero ¿y si no lo hubiera hecho?
¿Y si hubiera sido yo la que tuviera las voces en la cabeza y el dolor al estar cerca de cosas buenas?
¿Habría podido salvarme? ¿Habría sido capaz de escapar?
—Tú no aceptaste la oscuridad. Eso es lo que importa. De nada sirve atormentarse por algo que no sucedió.
—Pero podría haber pasado... aún podría pasar. Y le pasó a Candace —sentí que se me humedecían los ojos—. Está sufriendo, Treth. Una de las personas más importantes de mi vida, y no hay nada que pueda hacer por ella.
—No necesita que la cures, Kat —sentí la mano de Treth tocándome la espalda. A pesar de ser un fantasma, su mano estaba cálida—. Solo tienes que estar ahí para ella.
—No sé si eso es suficiente.
—A veces, tiene que serlo. No podemos cambiar a alguien.
Y no podemos arreglar a las personas. Solo podemos estar a su lado.
Para recordarles que hay algo por lo que vale la pena luchar.
Candace puede cambiar. Lo ha hecho. Lo he visto.
Y admitiré que me equivoqué. Hay bondad dentro de ella, Kat.
Pero tiene que dejar que esa bondad gane por sí misma.
Las lágrimas cayeron silenciosamente sobre mi regazo. El bosque estaba tranquilo. Demasiado tranquilo. Echaba de menos el sonido del tráfico. La ciudad a lo lejos. Mi ciudad.
—Habla con ella —susurró Treth.
—¿Con Candace?
Treth negó con la cabeza.
—Con tu tía. Te quiere. Hasta yo puedo ver eso.
—Yo también la quiero a ella. Es solo que...
No es lo que necesito.
—Habla con ella —insistió Treth.
Me levanté despacio. Treth tenía razón. Y había pasado demasiado tiempo.
Treth me siguió mientras recorría los sinuosos pasillos élficos.
Con la ayuda de algunos sirvientes, me indicaron la dirección correcta.
Mandy llevaba residiendo aquí mucho tiempo.
Más tiempo del que yo había vivido con Cindy.
Este era su hogar ahora. Ese pensamiento me entristeció.
Aunque Mandy nunca se hubiera sentido en casa en Hope City, era mi hogar.
Me detuve ante la puerta de Mandy y levanté la mano para llamar. Vacilé. Treth se manifestó a mi lado y llamó por mí. Lo fulminé con la mirada mientras él me dedicaba una sonrisa pícara y desaparecía.
—¡¿Ya son las seis?! —exclamó Mandy apresuradamente, y luego empezó a soltar algo en élfico. No tenía la poderosa carga de encantamiento Sintari que poseían los magos, ni la caprichosa belleza del habla de Allandrea. Sonaba más humano.
—Mandy... soy yo. Kat.
La puerta se abrió, revelando a una Mandy desaliñada. Tenía el pelo hecho un desastre, con el flequillo hacia arriba como si hubiera dormido sentada, con la mano apoyada en la frente. Sonrió.
—¡Kat! ¡Pasa, pasa! Por favor, no hagas caso del desorden. Allandrea dice que debería limpiar, pero siempre hay algo nuevo que estudiar.
Mandy se hizo a un lado, permitiéndome entrar.
La habitación de Mandy era grande. Prácticamente un apartamento. Y estaba cubierta de artefactos, ropas élficas, armas y montones y montones de papeles. Me sorprendió que no hubiera restos de comida por ahí. Pero de eso se habrían encargado los sirvientes elfos, al menos.
Mandy cerró la puerta tras de mí y caminó de puntillas y sin esfuerzo por el suelo desordenado hacia un escritorio. Me sorprendió ver un equipo informático muy mundano y normal flanqueado por una pila de libretas y un casco cónico de estilo élfico en bronce.
Mandy se sentó frente al ordenador, dejándome varada en aquel océano de desorden.
—Dile la verdad. Conecta con ella —insistió Treth.
En este momento, preferiría enfrentarme a una horda de zombis. Era mucho más fácil que hablar con la familia.
—Mandy... —comencé, pero me interrumpió al girar en su silla sosteniendo tres pequeños estandartes en las manos.
—Elige uno —dijo emocionada.
—¿Perdona?
—Elige uno de ellos. Es un experimento.
¡Por supuesto! Me interné más en la habitación, saltando sobre pilas de notas y una espada elfa que estaba demasiado afilada para estar ahí tirada sin más.
Más cerca de mi tía, pude ver los estandartes con más claridad.
Rojo, azul y verde. El estandarte rojo llevaba la imagen de una hoja curva, que resonaba con una especie de energía primaria.
El azul tenía una estrella. La estrella de Sintar.
Y el verde mostraba la imagen de un árbol, con sus raíces hundiéndose profundamente en la tierra.
Mis dedos se extendieron instintivamente para elegir el estandarte rojo, pero me detuve. Era el mismo simbolismo que llevaban Lianthorn y Ari. ¿Por qué era así? ¿Y por qué me sentía atraída por él?
Miré los demás estandartes. Eran hermosos. Seda élfica bordada. Pero, aunque los admiraba, no conectaban conmigo. No como lo hacía el estandarte rojo.
¿Pero qué significaría mi elección?
Vacilando un segundo más, señalé hacia el estandarte rojo.
Mandy lo examinó y frunció el ceño.
—Interesante... —se giró para escribir algunas notas en su ordenador—. Bueno, ha pasado tiempo desde la última vez...
—Eh... ¿qué son? —pregunté finalmente, buscando un asiento y no encontrando ninguno. Me quedé de pie.
Mandy se volvió hacia mí, sonriendo de oreja a oreja.
—Son los emblemas de las cortes élficas. Guerra, Estrella y Tierra. Hay otros en Sintar, pero estas son las cortes de Nueva Sintar.
Me quedé callada. ¿Qué otra cosa había esperado que ocurriera? Bueno, no podía hacer mucho daño seguirle la corriente en sus intereses. Y me interesaba.
—¿Qué son las cortes? —pregunté. Los ojos de Mandy prácticamente chispearon en respuesta.
—¡Esa es la cuestión! He intentado preguntar a los elfos, pero les parece una pregunta extraña.
Desde fuera, las cortes parecen facciones políticas.
Partidos. Pero no se eligen. Se nace en una corte.
Así que son más bien como clanes. Pero, por otra parte, tienen ideologías.
Quizá como castas. No creo que los elfos puedan explicarnos las cortes porque no somos elfos.
Son algo esencial para su forma de vida.
Una familia más allá de la sangre, por así decirlo. Y un linaje que determina en qué crees.
Así que Ari y Lianthorn eran de la Corte de la Guerra. Eran soldados, así que tenía sentido. Pero Ari y Lianthorn parecían tan diferentes...
Dudaba que las cortes pudieran determinar realmente lo que una persona creía. Los humanos no nacían con nociones preconcebidas sobre el mundo. Y la gente podía cambiar. Y los elfos eran personas.