La Estrella de Plata (Serie Kat Drummond 12) 23. Entrenamiento #2
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23. Entrenamiento #2

Parpadeé, intentando recobrar el sentido. La imagen de Treth devorando con la mirada a la reina me ayudó a salir del ensimismamiento, y les sonreí a ella y a mi amigo.

—Buenos días. Gracias por la hospitalidad, Su Ma... Allandrea.

La reina sonrió e inclinó la cabeza. —Espero que vuestro sueño haya sido reparador. Algunos recién llegados no se adaptan bien a la madera viva.

—He dormido como un tronco —insistí. Y realmente no había tenido un sueño tan reparador en mucho tiempo.

—Qué suerte la tuya —intervino Pranish—. Trudie usó mi cinturón para atarse la almohada a la cabeza y así poder acallar el zumbido infernal .

—¿Cómo lo llevó Senegal? —pregunté.

Fue sutil, pero Pranish puso mala cara en cuanto mencioné el nombre del Lobo Rojo.

—Podemos disponer camas más mundanas si lo deseáis, maese Ahuja —ofreció Allandrea.

—No será necesario. Gracias. Trudie ha ido a explorar hoy el bosque de dríades. Para esta noche ya debería de estar acostumbrada al canto de los árboles.

—¿Canto de los árboles? —pregunté—. ¿Ya te has sumergido en los archivos de la cultura sintari y de dríade?

—Efectivamente, sí. Mandy explicó todo el tinglado sobre la madera de dríade anoche en la cena.

¡Claro que lo hizo! Pero Pranish no parecía demasiado perturbado. De los tres, Pranish siempre se había llevado mejor con Mandy. A Trudie no le molestaba, pero no tenían mucho en común. Lo cual me dejaba a mí...

—La profesora Caleb ha hecho un gran trabajo archivando la cultura de mi pueblo —explicó Allandrea—. Espero que algún día pueda compartirlo con el mundo.

Si es que recordaba que el mundo existía, por supuesto.

Sentí una punzada de dolor de parte de Candace y fruncí el ceño, olvidándome de mi tía por un segundo. La miré y ella apartó la vista, ocultando su sufrimiento. Pero sabía que no se iría. Así que, mejor acabar con esto pronto.

—Allandrea, ¿qué debemos hacer?

Allandrea sonrió, quizá ante lo que percibía como impaciencia. Pero conociendo sus habilidades empáticas, quizá lo hizo porque sabía que Candace no estaba bien.

—Por favor, ocupad vuestro lugar en uno de los círculos más pequeños dispuestos sobre el círculo mayor —dijo, ocupando su propio sitio.

—¿El wey’thuon? —preguntó Pranish.

—Es correcto. El Lugar de Poder. O lugar de magia. El círculo mayor, el wey’thyacc, enfoca la magia. La canaliza. Los wey’thuon que lo rodean ayudan a los lanzadores a controlar la magia.

Allandrea habló para beneficio mío y de Treth. Candace y Pranish, sin duda, ya sabían todo esto.

—Anoche dijisteis —continuó Allandrea— que no utilizáis ni chispa ni línea wey con vuestra magia. Eso explica cómo pudisteis usar una magia de luz tan potente en una línea wey oscura ayer.

—¿La pira de Kath’uon? —pregunté.

Ella asintió. —Es un hechizo avanzado. De origen sintari pero refinado por las órdenes monásticas de Avathor. Esto tiene sentido, ya que esta Vasija vuestra contiene a una usuaria de hechizos de Avathor.

—Gorgo era... es una maga experta, Su Majestad —intervino Treth, insistiendo en usar su título formal—. Pero nunca realizó una magia tan avanzada como esta.

—¿Pero habría estudiado hipotéticamente tal magia? —preguntó Allandrea.

Treth sopesó la idea y luego asintió. —Era una erudita y maga experta.

Había orgullo en su voz.

—Tal como hipotetizamos anoche —dijo Allandrea, mientras tomaba un báculo con un trozo de tiza en el extremo—, tú eres un foco, Kat.

Un foco de los poderes mágicos y el conocimiento de seres de todo el Intermedio.

Sin embargo, esto todavía no explica qué alimenta tu magia.

Pero esa es una cuestión para un estudio posterior.

Hoy quiero entrenaros, a todos vosotros, en una técnica de mi pueblo.

Es de magia de luz. Vuestros magos la clasificarían como purificación, pero la magia no puede sistematizarse tan fácilmente.

El hechizo debe ser realizado por cuatro lanzadores. Se llama Pa’thress Ty’rai .

—¿Desterrar la Oscuridad? —preguntó Candace.

—Casi. No significa desterrar, pues la oscuridad nunca puede marcharse de verdad. Pero puede ser sofocada por la luz. Como cuando el sol recubre la sombra.

—No soy maga —dije, frunciendo el ceño—. No estoy segura de qué tal se me dará realizar un encantamiento.

—Dos de los lanzadores no hablan —explicó Allandrea—. Canalizan la línea wey y alimentan el wey’thyacc . Pero no quiero que tú canalices la línea wey, Kat. Quiero que mires en tu interior, hacia la Vasija, y uses eso como el pozo de poder para alimentar este ritual.

—¿Qué hace el ritual? —preguntó Pranish.

—Purifica las líneas wey.

—Pensé que solo los fae podían hacer eso —respondí.

La idea de no tener que depender de mis amigos píxides era tentadora. Me daría más poder de negociación.

—Aprendimos esta técnica de los fae. No es tan refinada como sus métodos.

Y cuesta wey cuando su presencia limpia la línea wey de forma natural.

Pero es útil en esos lugares oscuros del mundo donde los fae no pisan.

Esta es una tierra violenta. E incluso la madera de dríade lucha por contener la oscuridad y la amenaza que trae consigo la posibilidad de una guerra.

Un pequeño conflicto podría romper el equilibrio y cubrir este palacio de tinieblas.

Rituales como este ayudan a mantener el palacio limpio.

Allandrea usó la tiza del báculo para trazar algo de Sintari en el suelo de piedra. La tiza se entremezcló con las runas de piedra, creando frases superpuestas que yo aún no podía leer.

Al terminar, la reina sacó un pequeño pergamino de su manga y se lo entregó a Pranish.

—Señorita Evergreen, ¿podría ayudar a Kat a canalizar la línea wey?

Sentí sus dudas y nervios, pero Candace asintió. Allandrea se situó frente a Pranish. Candace se movió para quedar frente a mí.

—¿Listos? —preguntó Allandrea. Yo no sabía si lo estaba, pero asentí de todos modos.

Pranish leyó el pergamino, cerró los ojos y se lo guardó en el bolsillo trasero. No comprendía cómo lograba memorizar las cosas tan rápido.

Candace se movió inquieta, pero luego cerró los ojos, murmurando. Yo no sabía qué se suponía que debía murmurar. Canalizar la línea wey no era un encantamiento en sí. Era más una cuestión de sentir. Extender tus sentidos para descubrir la magia que te rodea y luego asirla.

Pero yo tenía que usar la magia de mi interior. No. No dentro de mí. Yo no era hechicera. Dentro de la Vasija.

Treth se desvaneció y apareció, una vez más, en ese espacio de mi mente donde me resultaba tan terriblemente familiar. Reconfortante. Me concentré en él. En sus virtudes. Y en su esencia misma. Y luego más allá de él. Hacia el lugar donde residía.

Allandrea y Pranish empezaron a entonar, sus voces mezclándose en un dúo armonioso. Sentí un calor a mi izquierda y a mi derecha. Donde ellos estaban. Ese calor se convirtió en un tirón. No exigente, sino acogedor.

Siempre que tenía que usar mis poderes, sentía algo. Algo grande, bondadoso y poderoso. El sentimiento del amor. De la vida. Y de una luz dorada, asomando por el horizonte…

Con un jadeo, el poder empezó a fluir hacia fuera desde mi interior.

Percibí la sorpresa de Pranish y la satisfacción de Allandrea cuando sintieron que mi poder les llegaba e infundía sus palabras con pasión mágica.

Como una presa rota, mi magia brotó hacia ellos.

Le otorgó un eco resonante a su hechizo, dándole la fuerza de una orquesta.

Creciendo, creciendo, pero entonces el encantamiento empezó a titubear.

Abrí los ojos y alcancé a ver el círculo dorado de luz que había empezado a girar en espiral alrededor del círculo. Pero, al chocar contra una burbuja invisible alrededor de Candace, se hizo añicos. La habitación se quedó a oscuras sin la luz dorada para iluminarla.

Candace siguió murmurando, incluso cuando Allandrea y Pranish se quedaron en silencio. Abrió los ojos. Hizo una pausa. Entonces su labio tembló. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos.

Di un paso adelante, sintiendo el dolor y la tristeza en ella, pero Allandrea se me adelantó. Me quedé helada cuando el revuelo de tela blanca y plateada envolvió a Candace.

Allandrea le susurró algo en élfico a mi hermana de alma.

—Sigue ahí… —respondió Candace en un susurro.

—Está en todos nosotros —explicó Allandrea ahora en inglés, con voz suave—. Pero tú no eres la oscuridad. Eres demasiado valiosa para dejar que te haga daño.

—Yo… solo quiero que pare.

Allandrea rodeó a Candace con sus brazos, sosteniéndole la nuca mientras Candace lloraba contra su pecho.

Yo no podía hablar. No con la oleada de desesperación, depresión y resignación que sentía venir de mi hermana. Las lágrimas caían de mis ojos. No sabía que fuera tan grave. Ni de lejos.

—Eres una Hija de la Luz —dijo Allandrea con voz tranquilizadora—. Y hay un esplendor y una bondad en ti que la oscuridad no puede extinguir. Pero está asfixiada. ¿Me dejarás ayudarla?

Sentí vacilación, pero luego…

—Por favor… —sollozó Candace.

Allandrea se volvió hacia nosotros.

—Borrad el círculo ritual. Pranish, ¿puedes traer el ilyth… las sales sagradas? Están en un estante de por allí.

Con una urgencia repentina, me puse a borrar las marcas de tiza con los zapatos y luego con la manga. Pranish regresó con un tarro de cristal lleno de sal dorada.

Allandrea guio a Candace hacia el centro del círculo y luego la ayudó a bajar hasta que se sentó sobre la piedra. La cabeza de Candace cayó contra sus piernas, como si fueran un cojín.

—Esparcid las sales a nuestro alrededor, por favor.

Pranish lo hizo, cogiendo con cuidado pizcas de la sal de aspecto precioso y esparciéndolas en un círculo alrededor de la reina elfa y mi amiga.

—Puedo ayudarte a guiarte hacia la luz —explicó Allandrea—. Pero depende de ti dejarla entrar. ¿Estás lista?

Candace contuvo un sollozo y luego asintió.