6. Trauma
Trauma
El humo me quemaba las fosas nasales, pero era mejor que la alternativa.
Carne quemada, el acre hedor del sudor y la insoportable peste de la violencia.
Rostros pálidos luchaban a mi alrededor.
Ya estaban muertos. Solo que aún no lo sabían.
Pero yo sí. Los había visto morir a todos antes. Una, y otra, y otra vez.
Agarré mis alfanjes una vez más, intentando disipar con la voluntad el dolor de mis músculos y huesos. Me limpié el sudor de la frente, oliendo la sangre podrida en mi hoja.
Ya había pasado por todo esto antes.
Los no muertos bullían a través de la brecha, desbordando la empalizada. Se abrían paso a través de la madera, el metal, la roca y la carne, desgarrando sangre y escombros. Estaban furiosos. Siempre tan furiosos.
Una vez más, cargué hacia delante. Lancé un tajo, enviando una dolorosa sensación de vibración por todo mi brazo. Otra vez. Otra vez. Extremidades y sangre volaban tras cada golpe. El aire se saturó de una fina neblina negra y roja.
No había victoria posible aquí. Solo brutalidad. Solo el rechinar de dientes. El impotente martilleo de hombres que gritaban ante lo inevitable.
Alguien gritaba órdenes. Sonaban como el lamento de un espectro. Los gritos de alguien que ya ha perdido, pero que repite robóticamente el mismo estribillo…
—¡Mantened la posición! Una y otra vez.
Me di cuenta de que quien gritaba era yo.
Una marea de monstruos surgió sobre la empalizada rota, arrollando a hombres y mujeres que ya habían luchado y muerto antes.
No...
No podía dejar que murieran de nuevo. No otra vez. No cuando yo había sobrevivido.
Aceleré el ritmo, segando cabezas, rajando, apuñalando, cercenando.
No era suficiente. ¡Tenía que ganar esto!
Retiré la hoja del tocón del cuello de un zombi y arremetí hacia delante.
Mi corazón se detuvo.
Aquel rostro, ya de por sí mortalmente pálido, palideció aún más, y retiré mis espadas. El zombi Pranish cayó al suelo.
Contuve las lágrimas. Era demasiado tarde para él. Tenía que seguir. Seguir luchando. Pero vino más gente. Trudie, Conrad, Cindy, Guy… Brett.
Vinieron todos. Los maté. Una vez. Y otra vez. Hasta que mi corazón se quedó entumecido.
—¡Kat! —llamó una mujer, y me giré para enfrentarme a ella.
Una mujer de pelo negro estaba de pie en medio de la refriega; los combatientes y los zombis se apartaban para que pudiéramos vernos cara a cara. Su visión desató algo que me recordó el dolor de mi pecho.
Se parecía a mi madre.
—¡Mandy! —grité, abriéndome paso entre los enemigos para llegar hasta mi tía.
Ella permanecía inmóvil, con las lágrimas rodando por sus mejillas. La llamé de nuevo. Pero, con cada paso y cada muerte, ella se alejaba más y más.
De un golpe, decapité a Ismail y a Treth. Sangre negra y roja manchó mis hojas. Permanentemente. Pero mi tía seguía estando demasiado lejos. Alargué la mano hacia ella, soltando una de mis espadas.
Lentamente, ella se dio la vuelta y se alejó. Conmocionada, lloré.
—¡Vuelve!
Ella tropezó cuando la punta de una flecha asomó por su espalda. Aturdida, me detuve, sin prestar atención a la implacable y agitada masa de cuerpos no muertos a mi alrededor.
Mi tía se volvió hacia mí, con una sonrisa triste en los labios, mientras caía al suelo.
Detrás de ella estaba un elfo de orejas cortadas. Se reía de mí con los ojos y la boca, mientras los zombis me consumían. Poco a poco.
***
Me desperté jadeando y sudando profusamente. Treth apareció a mi lado, con la mano en mi espalda para consolarme. Ya había hecho esto antes. Un montón de veces. Me avergonzaba decir que estaba acostumbrado.
Sabía que solo era un sueño. Pero eso no cambiaba lo que sentía.
Antes de Darius, los sueños solo habían sido sobre Ithalen. Aquella última resistencia a la que sobreviví. No. No sobreviví. Había muerto en Avathor. Todo lo demás era simplemente… no lo sé.
Pero, desde aquel elfo, se había añadido un nuevo elemento a mis sueños.
Hacía siglos que no pasaba una noche sin soñar con mis amigos y mi familia muertos. A veces, por mi mano. Algunas noches, dejaba que me mataran y devoraran mi cadáver.
Pero había algo diferente en el sueño de anoche…
Antes de que pudiera reflexionarlo, sentí una clara ausencia a mi lado.
Brett no estaba.
El pánico se apoderó de mí mientras me levantaba, buscando frenéticamente a mi novio. Las protestas de Treth cayeron en saco roto hasta que se manifestó frente a mí, brillando con una traslucidez blanca.
—¡Está fuera, Kat! Está bien. Solo está fumando.
Mi mente se calmó, aunque mi corazón tardó unos momentos extra. Estabilicé mi respiración y me dirigí lentamente hacia la puerta. Noté la mirada compasiva de Treth en mi espalda mientras tropezaba en la oscuridad.
Tal como había dicho Treth, Brett estaba fuera, habiendo dejado abierta la puerta corredera del balcón.
Inspiré profundamente y olí el aire frío de la noche.
Era tarde y el cielo nocturno estaba oscuro. Pero una ventaja de vivir en una zona comercial era que siempre había al menos unas cuantas luces encendidas. Podía ver a Brett con claridad, ya que su figura fumando se recortaba contra las farolas justo fuera del CG.
De algún modo me oyó, a pesar de que me movía en silencio con los pies descalzos, y se volvió. Parecía cansado.
—¿No podías dormir? —pregunté.
—Qué va. He aprendido a fumar mientras camino dormido —comentó él, con sorna. Fue cortante. Un poco irritable. Pero luego su expresión se suavizó.
Se volvió hacia la montaña. La mayor parte estaba cubierta por la oscuridad, pero algunos de los edificios en su cima y en la ladera estaban iluminados. Volvió a mirarme.
—¿Y tú? —preguntó suavemente. Sin rastro del sarcasmo del que su voz estaba cargada antes.
Casi le hablo de mi sueño. Y de todos los demás. Sobre Ithalen. Sobre la muerte. Sobre haberle matado tantas veces que ya había llegado a esperarlo.
También consideré hablarle de mi tía.
Había muerto hacía ya años. ¿Por qué demonios aparecía precisamente esta noche?
Pero no dije nada. No quería cargarle.
A pesar de mi silencio, o precisamente por él, Brett apagó el cigarrillo y se acercó a mí. No me resistí a que me rodeara con sus brazos.
—¿Habías pensado que me había ido otra vez? —preguntó.
Con vacilación, asentí.
—No me voy a ninguna parte, Kat. Darius se ha ido. Y no hay nadie más como él.
—Hay otros. Puede que no sea él. Pero hay innumerables monstruos intentando hacernos daño. No me importo a mí misma, pero si te pasara algo a ti…
—Kat… por favor, no digas que no te importas tú misma.
—Lo siento…
—No lo sientas. Es que… tú me importas. Y me cae mal la gente a la que no le importas tú. Lo que significa que, si no te importas a ti misma, entonces me vas a tener que caer mal. ¿Ves el problema?
Solté una pequeña risita ahogada, a medio camino del sollozo. Me estrechó más fuerte.
El silencio se prolongó y yo simplemente disfruté del calor y el consuelo de estar envuelta en sus brazos. Finalmente, me eché hacia atrás y él me soltó.
—¿Con qué has soñado? —le pregunté, esperando un silencio similar al que yo le había dado.
Brett vaciló y vi un dolor en sus ojos que me hizo arrepentirme de haber preguntado.
—Con Finley —respondió por fin.
—¿De tus días en el Cuerpo? —pregunté. Finley había sido el mentor de Brett. Su padre adoptivo, a efectos prácticos. Y había estado con Brett mientras él cometía atrocidades en nombre del Cuerpo de Exterminio.
—No exactamente… no fue como los otros sueños. Nada traumático. Bastante mundano, la verdad. No vale la pena hablar de ello.
Puse mi mano sobre la suya.
—Yo creo que sí.
Me miró con ojos tristes y en conflicto, y suspiró.
—Era un recuerdo. De cuando me llevó a hacer senderismo. Nada más. Sin vampiros. Sin genocidios. Solo… senderismo. Nosotros dos.
—Lo… lo siento… —dije, dando un paso atrás involuntariamente.
—No lo sientas —respondió Brett, y su voz adquirió un tono acerado—. Tenía que morir. Y mejor que lo hicieras tú a que lo hiciera yo.
Con esa sentencia final, ambos volvimos al interior.