7. Nigromantes
Nigromantes
Luke Onwayo. Veinte cargos de asesinato mediante intermediarios no muertos. Se resistió al arresto. Ejecutado sumariamente por agentes de Whiteshield en Athlone. No muertos renegados aún sueltos en los barrios bajos de la frontera.
Michelle Smith. Trece asesinados por un solo intermediario abyecto. Evadió el arresto. Sigue prófuga.
Cole Tawny. Sesenta y seis personas infectadas o muertas en el brote más reciente de los barrios bajos. Capturado huyendo del país después de que los Cruzados aniquilaran a su horda.
Estos eran solo tres de los nigromantes que, en los últimos meses, habían matado a tanta gente.
Sus motivaciones eran variopintas. La mayoría de las veces, desconocidas.
Algunos eran matones que intentaban reforzar la mano de obra de su banda callejera con los no muertos.
Otros eran marginados sociales que buscaban venganza valiéndose de monstruos.
Normalmente, cuando podías averiguar por qué alguien hacía algo, podías trabajar para detenerlo.
Pero aquí no funcionaba. Todos eran demasiado diferentes.
Y lo que era más, ninguno de los nigromantes parecía estar conectado.
Para cuando descubríamos la motivación individual de un nigromante, ya era demasiado tarde.
No. Treth y yo necesitábamos pensar a lo grande. Mucho más a lo grande. La motivación de los nigromantes no importaba. Lo mismo daba intentar averiguar por qué la gente se convertía en criminal en general. Lo que realmente importaba era cómo estaban echando el guante a tanto Grafscripp.
Solté un pesado suspiro mientras estudiaba los expedientes de brotes de no muertos y nigromantes conocidos.
Riaan se había portado. Tras un fin de semana buscando apartamento y monstruos con Brett, el lunes me desperté con la grata noticia de que había recibido autorización en el DP de Gardens para revisar sus archivos sobre actividad nigromántica.
No me gustaba tener que visitar la boca del lobo, pero esta era una oportunidad que no podía dejar pasar. Así que, aunque hubiera sido enemiga de dos de sus jefes, tuve que aventurarme en mi comisaría menos favorita.
Pero, al llegar, me llevé una grata sorpresa. No reconocí ni una sola cara. Mientras que antes había policías con mirada sombría en cada esquina y secuaces de Montague diciéndome que me guardase las espaldas, ahora había agentes sonrientes, y algunos incluso pedían autógrafos o selfis.
Parece que ser una celebridad sí tenía sus ventajas. Y sin duda ayudaba que el nuevo ministro de policía hubiera expulsado a los últimos leales de Garce y Montague.
Una risueña mujer policía me deleitó con lo que estaba haciendo cuando el cielo se oscureció y cómo se las arregló para ver un destello de mi aparente luz dorada, mientras me conducía a la sala de archivos.
Yo esperaba un laboratorio de informática, lleno de ordenadores atendidos por analistas de datos y detectives.
En su lugar, me enseñaron una pequeña cámara acorazada, apilada de suelo a techo con archivadores y expedientes sueltos.
La mujer policía se ruborizó.
—Lo siento, Última Luz. Estamos... todavía limpiando.
—No pasa nada —mentí, y pronto me quedé a solas con Treth para estudiar los registros policiales sobre nigromantes y no muertos.
Aunque la policía de Hope City no cazaba monstruos ni se suponía que debiera hacerlo, técnicamente los nigromantes no eran monstruos.
Lo cual había provocado montones de problemas tanto para los maderos como para los cazadores de monstruos.
Los maderos eran los encargados de investigar y arrestar a los nigromantes, mientras que los cazadores debían matar a sus esbirros.
El problema era que cuando los maderos y los cazadores trabajaban juntos en ejercicios conjuntos, solía producirse el desastre que fue el caso del Necroseñor.
Los policías y los cazadores solían resentirse mutuamente. Y yo era muy culpable de eso.
¿Quién puede culparme? En teoría los maderos son nuestros protectores, claro. Pero en la práctica, solo eran abusones imponiendo malas leyes. E incluso si no eran tan malos personalmente, seguían cobrando hicieran su trabajo o no.
Aún recordaba pasar hambre las noches en las que no lograba traer a casa un par de cabezas de zombi para cobrar. Un madero podía permitir que volaran un autobús lleno de niños y aun así llevarse los donuts a casa.
Sí. No estaba ayudando a cerrar la brecha entre maderos y cazadores como Riaan quería. Pero ellos empezaron.
A pesar de mi visión poco diplomática de los maderos, veía que Riaan tenía razón.
Mientras que los cazadores eliminaban a los no muertos y se esperaba que los policías se encargaran de los nigromantes, sin ninguna cooperación nos costaba avanzar.
Por eso permitirme leer estos expedientes era un avance tan importante.
Era un primer paso para legitimar que un cazador fuera a por un nigromante.
Con suerte, esta vez no acabaría respondiendo ante un juez.
Claro, me había librado por defensa propia, pero eso fue porque había sido descuidada.
Un momento más y Jeremy Cox me habría matado.
Pasé las dos horas siguientes tomando notas y fotografiando expedientes. Afortunadamente, casi todo lo reciente estaba en un solo lugar y no tuve que cribar mucha paja. Treth ayudó haciendo comentarios necios sobre la magia de adivinación. No me creía que fuera un timo.
Horas después de haber llegado, y habiéndome llenado la cabeza con toda clase de gente de la que no querría ser amiga y de cómo habían aniquilado comunidades enteras en Hope City, mi estómago rugió, indicándome que era hora de marcharme. Por hoy, al menos.
Coloqué el último expediente en un archivador, preguntándome si podría cobrar a los maderos por hacerles el trabajo de archivado. ¡En serio! Somos una sociedad mágica del siglo XXI. Este papeleo debería estar en el ordenador.
Como si fuera una señal, la mujer policía de antes abrió la puerta.
—Oye... —comencé, dándome cuenta de que había olvidado su nombre.
—Karen. Quiero decir, Gonheim. Me refiero a Karen —tartamudeó, tan deslumbrada como antes.
—Karen —dije, sonriendo de forma conciliadora—. He terminado aquí. Por ahora. Lo he archivado todo en este mueble. Antes estaba vacío.
—¿De verdad? ¡Gracias! Eh, hemos recibido una llamada del Presidente. —Su tono sugería que aquello no era algo habitual.
Alcé una ceja ante eso.
—Él... ha preguntado si estarías dispuesta a compartir algo de tu información sobre los brotes recientes.
Qué raro que no me llamara directamente.
O quizá había una cadena de mando. Malditos burócratas.
Pero había algo en el momento elegido que también resultaba sospechoso.
Había esperado a que yo pasara unas horas revisando expedientes para hacer su petición.
Claro, lo planteó como si me estuviera pidiendo un favor, pero lo pidió justo después de que yo hubiera disfrutado de su regalo .
Astuto. Sabía que ahora me sentiría obligada a compartir mi información.
—¿Qué tipo de cosas necesitáis vosotros? —pregunté—. Esto suele ser trabajo de cazadores.
—Eh, ¿quizá algo sobre cómo podemos contener mejor la propagación?
Ya le había dicho a Riaan antes por qué eso no era realmente la prioridad. Y no estaba segura de cómo podía ayudar. Cortar una zona con camiones y vallas no era hechicería avanzada.
—Veré qué puedo redactar —respondí, meditando qué tipo de información buscaba Riaan. Y si debía dársela.
—Es nuestro aliado —dijo Treth, leyéndome el pensamiento al parecer, mientras Karen cerraba con llave la cámara acorazada y me llevaba a firmar la salida.
Riaan quería salvar a sus ciudadanos. Claro. Eso lo convertía en enemigo de los monstruos. Pero yo no había sobrevivido tanto tiempo confiando en los políticos. Le daría lo que fuera necesario para conseguir lo que yo quería. Pero nada más.
—¡Kat Drummond! ¿O debería llamarte Última Luz? —dijo una voz masculina, con un tono alegre y algo sorprendido.
Me giré, mirando por el pasillo hacia un hombre de pelo castaño con una sonrisa juvenil, ojeras y una espesa barba de varios días. Llevaba una chaqueta de cuero marrón sobre una camisa de vestir y tenía las manos en los bolsillos. No era joven, pero tampoco viejo. Unos treinta y largos, diría yo.
—¡Señor! —dijo Karen, saludando como si estuviera en la CDF.
—Sargento, ¿podría concederme un poco del tiempo de la Srta. Drummond? —preguntó el hombre.
—¿No sería eso algo que debería preguntarme a mí...?
—Agente Brown. Phillip Brown. Estoy en Asuntos Exteriores.
Me dieron ganas de arquear las cejas tanto que podría haberlas perdido de vista. Karen parecía estar sudando a chorros por el hecho de que yo estuviera faltando al respeto a su superior. Por ella, di un paso adelante y le tendí la mano. Phillip la estrechó. Agarre firme.
—Diría que he oído hablar mucho de ti, pero sería innecesario. Todos hemos oído hablar de la Última Luz, vencedora de Loviatar, azote de los no muertos. Y, ahora, asesina de elfos que controlan la mente.
—Yo no lo maté —respondí, con sinceridad y a la defensiva. No quería verme en otro proceso judicial por defensa propia—. Lo hizo su secuaz.
—¡Detalles! —respondió Phillip, restándole importancia—. En fin, ¿podrías pasar a mi despacho? Solo necesito hablar contigo unos minutos.
Mi estómago volvió a rugir, pero mi curiosidad lo acalló. Un agente del Ministerio de Asuntos Exteriores era una criatura rara de ver. ¿Qué quería de mí?
Seguí a Phillip a su despacho, permitiendo que Karen se retirara y se recuperara. El despacho del agente era pequeño, con las persianas bajadas, una sola mesa de metal y un portátil cerrado.