5. Bebidas #4
Conrad solía sonar enérgico. Poco sincero. Como si siempre estuviera intentando vender algo. Pero ahora... simplemente sonaba agotado. Como si estuviera recitando palabras a las que les había dado vueltas durante una eternidad.
—Vives una vida de violencia frenética, de apuestas altas y lucha, y cuando por fin consigues la paz, no sabes qué hacer con ella.
Yo tuve mi cruzada... hace mucho tiempo.
Y he tenido mucho tiempo para asimilar ese hecho.
Pero, aun así, vivía a través de mis cazadores.
A través de Tom, de Brick, de Cindy... y de ti.
Pero ahora... estoy cansado. Cansado de luchar, cansado de verte luchar, pero también cansado de no luchar.
¿Cómo haces algo durante mil años y luego intentas parar?
Ahora tenemos paz. Quizá no para siempre.
Pero la tenemos ahora. Y quizá debería disfrutarla. Pero... no puedo.
Me sorprendí inclinándome hacia delante, fascinada por las palabras de Conrad, mientras él soltaba una carcajada sin rastro de humor.
—Pero, ¿qué sé yo? Solo soy un ángel caído.
—Eres mucho más que eso —respondí, buscando los ojos de Conrad. Le pillé sorprendido por un segundo al notar que mis ojos eran de colores diferentes. Por supuesto, sabía que yo tenía el ojo de Candace. Pero aun así sorprendía a la mayoría de la gente.
—Eres una de las personas más humanas que conozco, Conrad. Para bien o para mal. Y tu tiempo en esta historia aún no ha terminado.
—Eso es lo que me temo, Kat —suspiró, pero luego sonrió. De verdad—. Pero si mi parte en esta historia consiste solo en vender camisetas, debería estar bien. Es mejor que detener un apocalipsis.
—Aún tienes que contármelo todo sobre eso.
—Pregúntale a Cindy —dijo, descartando el comentario con la mano.
—Me dijo que ella aún no había nacido. Bueno, para el primero.
—Oh... sí. Hubo dos. Bueno, te lo contaré. Algún día. Pero, por ahora, necesito irme a dormir. Ya no tengo esa resistencia de Serafín. Buenas noches, comandante.
Guiñó un ojo al usar el título, puso unos billetes sobre la mesa y se marchó.
Sentí calor a mi lado. Sonreí mientras Brett me acariciaba la espalda y me acurruqué contra él. Tenía una sonrisa triunfante en el rostro. Debía de haber ganado.
—Somos los últimos rezagados —dijo, y vi a Pranish dirigiéndose hacia Trudie, que seguía inconsciente.
Me levanté y bostecé. En el pasado, a estas horas de la noche todavía estaría de servicio. Sin duda, tener empleados tenía sus ventajas.
—¿Está viva? —pregunté, sin preocupación, mientras me acercaba a Pranish y Senegal, que cargaban a Trudie sobre sus hombros. Ella masculló algo sobre ser mejor que un maldito unicornio, confirmando que estaba, en su mayor parte, viva.
—¿Qué rediablos ha bebido? —preguntó Pranish, mientras Brett y yo los acompañábamos al coche de Pranish. Él, afortunadamente, estaba sobrio. Siempre el responsable.
—Tres botellas de absenta, veinte chupitos de vodka y algo de alcohol de quemar —recitó Senegal, como si estuviera enumerando la lista de la compra.
—¡Grietas! —juró Pranish—. ¿Está tratando de matarse?
Sabía que haría falta mucho más que eso para matar a un hombre lobo, pero el hecho de que Trudie estuviera bebiendo tanto me preocupaba.
—Es el papel de un alfa poner a prueba los límites —respondió Senegal.
Pranish le lanzó una mirada fulminante mientras abrochaban el cinturón a Trudie en el asiento del pasajero. Ella entreabrió los ojos y sonrió, antes de soltar un eructo y volver a cerrarlos.
—¿Vendrás mañana? —le pregunté a Pranish, en parte para distraerle de su intento de perforar con la mirada al joven hombre lobo que ocupaba obedientemente su lugar en el asiento trasero.
Senegal vivía con los Davison. En mi antigua habitación.
Básicamente se había convertido en la casa de la manada de Trudie.
Pero, con la cantidad de dinero que estaba ganando con los Cruzados, tendría que mudarse en algún momento.
—Sí, sí. Claro —dijo Pranish, casi con irritación.
Arqueé una ceja, pero no le di importancia, antes de despedirme de todos.
—No está pasando por un buen momento —dijo Brett, mientras desaparecían por la carretera y nos dirigíamos al Cuartel General de los Cruzados. ¡Solo unas cuantas noches más durmiendo allí y tendríamos un apartamento de verdad al que volver!
—¿Puedes culparle? DigiLaw ha muerto.
Todavía me sentía culpable por ello. ¿De verdad no había otra forma?
—Es más que eso —añadió Brett—. Es Senegal... nunca deja sola a Trudie. Eso no puede ser bueno para la relación de Pranish con ella.
—Senegal es un compañero de manada —dije—. Pranish sabe cómo funcionan los hombres lobo. Mejor que ellos mismos, en algunos casos. Él lo entiende.
—¿Ah, sí? No lo sé. Si algún tipo no dejara de seguirte por todas partes todo el día, yo podría considerar clavarle una estaca.
No pude evitar sonreír. —¡Brett Callahan! No te tenía por el tipo celoso.
—¡¿Celoso?! ¡¿Yo?! ¡No! Pero...
Tartamudeó y se interrumpió cuando le besé. Sentí a Treth poniendo los ojos en blanco y me reí.
—No tengo ojos para nadie más que para ti, enfermero. Ahora, aprovechemos mi oficina mientras sigamos viviendo en ella.