La Estrella de Plata (Serie Kat Drummond 12) 4. Negocios
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Me dirigí al Edificio del Consejo, en la Ciudad Vieja, en mi moto nueva.

Hacía mucho que había perdido la cuenta de qué número de moto era esta.

En Hope City abundaban dos cosas: los monstruos y los criminales.

Y ambos tenían una propensión natural a despojarme de mi principal medio de transporte.

Pero, por lo general, una docena de cabezas de monstruo equivalían al precio de una moto nueva.

Y definitivamente había perdido la cuenta de cuántos monstruos había aniquilado.

En cuanto aparqué en una plaza cerca del Edificio del Consejo, un ayudante me vio. Lo supe porque le flaquearon las rodillas, lo que le hizo perder velocidad mientras corría hacia mí. Ya me había bajado de la moto y me había quitado el casco para cuando el ayudante llegó a mi altura.

—¡Última Luz! —graznó el ayudante. Su aspecto no encajaba con su comportamiento.

Si no fuera porque en ese momento estaba pálido y se deshacía en servilismos, lo habría tomado por el típico chico que gana las elecciones al consejo estudiantil.

Un tipo rubio y repeinado con una mandíbula marcada.

Pero, ahora mismo, parecía un sicofante de algún tipo de culto.

Bueno, en una ciudad que adoraba a un titán que casi la había destruido una vez, éramos propensos a formas extrañas de culto al héroe.

—Drummond está bien —dije restando importancia al título con un gesto mientras me dirigía hacia la puerta de entrada. El ayudante se las arregló para seguir mi ritmo, sudando a chorros.

—¡Oh, no, Última... Drummond! Hay un aparcamiento especial reservado para usted tras las puertas. ¡No hace falta que aparque en la calle!

Miré la plaza de aparcamiento. Cierto, se accedía desde la calle, pero yo no diría que estaba EN ella.

—¡Está bien! De verdad.

—Pero...

Suspiré. —Ya he aparcado. Y estoy segura de que los mejores agentes de la ciudad han reducido el índice de criminalidad lo suficiente como para que pueda dejar mi moto una hora sin que me la roben.

El ayudante pareció a punto de discutir, pero cedió y me siguió al interior.

Como la mayoría de los residentes de Hope City, yo había pasado por delante de los Edificios del Consejo unas cuantas veces en mi vida.

Pero, aparte de visitar las antiguas salas del parlamento en una excursión escolar, rara vez había estado dentro del edificio propiamente dicho.

Y, desde luego, no había tenido la oportunidad de recorrer su laberinto de oficinas centrales.

El Edificio del Consejo era una estructura antigua. Muy precatalísmica. Y rezumaba ese doble prestigio de la antigüedad y el decepcionante estatus de edificio gubernamental. Como historiadora y anarquista, me sentía dividida.

Me detuve al pie del edificio y examiné sus paredes encaladas y sus imponentes columnas.

Un busto de metal de Adam Dawi, el Presidente más condecorado y exitoso de Hope City, dominaba la plaza al pie de las escaleras.

Dawi era político, así que no me caía muy bien, pero existía la gran posibilidad de que hubiera sido asesinado por el Cónclave. Así que no podía ser tan malo.

—¿Tímida, Última Luz? —se mofó Treth, enfatizando el título con tono burlón. Le encantaba el título, pero sabía que a mí el apodo me resultaba un poco pretencioso. Bueno, cualquier apodo. No deberían adorarme como a una heroína solo por hacer mi trabajo.

Observé a mi compañero fantasmal con sutileza. Aunque muchos de los Cruzados sabían de mi acompañante espectral, Treth seguía siendo un secreto. ¡No quería atraer más notoriedad!

—El Presidente Haggenort la espera, señora Drummond —dijo el ayudante, sacándome de mis reflexiones.

Me agradó oír mi nombre real y no el título.

Al menos ahora solo era un título. Antes de derrotar a Loviatar, había coleccionado un montón de apodos: Caminante del Fuego, Cazadora de Monstruos a Tiempo Parcial (un poco desfasado ya) y Viajera del Vacío.

Última Luz no era mucho mejor pero, al menos, significaba que no tenía que memorizar todo ese batiburrillo de palabras que la gente quería usar para dirigirse a mí.

—Espero que me espere —bromeé—. Él convocó la reunión.

El ayudante no pareció especialmente divertido mientras me guiaba al interior.

Tras la puerta principal había un control de seguridad.

Detectores de metales, cristales de escaneo y un aspersor que podía rociar demanzita caliente si un mago decidía ponerse algo agresivo.

No le veía mucho sentido a un control como este.

Si alguien quisiera de verdad hacer daño a alguien en este edificio, encontraría la manera.

Este control básicamente solo servía para evitar el robo de material de oficina.

Y visto que todo aquí se pagaba con el dinero de los contribuyentes, más que un robo era una devolución de impuestos.

Me dirigí a la cola para que me procesaran y provoqué algunas miradas de espanto por parte del ayudante y de algunos guardias de seguridad.

—¿Qué pasa? —pregunté, a medias a Treth y a medias al ayudante.

Treth se encogió de hombros. El ayudante se inclinó y susurró con aire conspirador.

—No hace falta que haga cola, señora Drummond. ¡Usted es una invitada especial! Por favor, por aquí...

—¿Y qué hay de mis armas?

El ayudante no mostró ni un ápice de preocupación.

Parece que el control servía básicamente para evitar el robo de material.

Me sentí un poco cohibida mientras observaba las reacciones del resto de la cola.

No parecían perturbados por mi trato de favor.

Dividida entre el deseo de justicia y los innegables beneficios de saltarse una cola, decidí optar por lo segundo y seguí al ayudante.

Un guardia de seguridad abrió una puerta junto a la cola y seguí al ayudante hacia ella, justo cuando un guardia se plantó delante de mí.

Preparé mi pulla más ingeniosa, hasta que me fijé en que llevaba una gorra con la marca de los Cruzados.

—¡Última Luz! Siento molestarla, pero... —se quitó la gorra tímidamente y me la tendió—. ¿Podría firmarme esto, por favor?

Uno podría pensar que yo suspiraría en una situación así.

Pero, de todas las presiones de ser una celebridad, esta era una que no me importaba demasiado.

Había una admiración genuina en los ojos de este hombre.

Y una alegría sincera cuando usé un rotulador para estampar mi firma aprobada por Conrad en la gorra, junto a la Égida del Cruzado y el logotipo de Ithalen.

El guardia me dio las gracias y luego saludó militarmente. De algún modo conseguí no sonrojarme mientras el control de seguridad se quedaba en silencio, observándome desaparecer en las entrañas de este cubil de burocracia.

—¿Firma usted mucho material publicitario, señora Drummond? —preguntó el ayudante, sonando mitad curioso y mitad ansioso por cumplir el horario de su jefe.

—Solo cuando estoy rodeada de muchos civiles. Los monstruos rara vez llevan bolígrafo. Casi siempre lo que quieren son fotos, lo cual puede ser un poco inconveniente cuando estoy cubierta de vísceras.

El ayudante sonrió. Levemente, pero después de todo sí que tenía algo de sentido del humor.

—Cuéntale lo de aquel tipo que intentó que le firmaras una docena de camisetas. Todas con el diseño de princesa guerrera descatalogado de Conrad —insistió Treth. Parecía que, aunque envejecía físicamente y ahora lucía una perilla de color rubio oscuro, se había vuelto cada vez más infantil.

El ayudante se detuvo finalmente ante una puerta de madera oscura y llamó dos veces. Una voz amortiguada al otro lado nos invitó a pasar y el ayudante me abrió la puerta.

El Presidente era, en la práctica, el líder del Estado de Buena Esperanza.

El líder era mucho más que un alcalde, menos que un presidente y algo superior a un primer ministro.

Entre mantener la respetabilidad del Consejo, tomar la primera y última decisión en todos los asuntos de gobierno y ser, de hecho, el máximo responsable del gobierno del Estado de Buena Esperanza, el Presidente era, posiblemente, la persona más poderosa del país.

Como tal, yo me esperaba un despacho más grande.

Riaan Haggenort estaba sentado ante un escritorio de madera sencillo, coronado por un ordenador de sobremesa, tres gruesos tomos sobre civismo y derecho, y una de esas cosas de física de bolas de metal.

Había dos estanterías que iban del suelo al techo, repletas de tomos similares a los que ya había sobre el escritorio de Riaan.

Riaan se levantó para saludarme y no pude evitar recordar mis ideas preconcebidas sobre él.

Tímido. Nervioso. Un candidato poco inspirador que había ganado por descarte.

Riaan no era un político popular. No tenía ese populismo xenófobo del difunto Radebe, ni el atractivo hacia la mayoría razonable del que Jane había presumido.

Riaan era un erudito. Había escrito un tratado, al parecer interesante, sobre los efectos de la leyemancia en una república moderna. Seguramente a Colin le habría parecido interesante.

Había habido muchas dudas sobre Riaan, incluyendo peticiones de nuevas elecciones. Pero, en interés de mantener el favor del Espíritu de la Ley, y porque buscar nuevos candidatos alteraría el tejido de Hope City una vez más, Riaan era ahora nuestro querido líder.

Bueno, todavía no estábamos muertos, así que algo debía de estar haciendo bien. Aun así, Jane habría sido mejor.

—Buenos días, Última Luz... Señora Drummond —tartamudeó Riaan, solo un poco, mientras sopesaba qué era más apropiado.

—Señora Drummond está bien. ¡Grietas, llámame simplemente Kat!

Riaan pareció un poco sorprendido por mi naturalidad, pero sonrió antes de señalar un asiento ante su escritorio.

Me senté, ajustando mi espada corta enfundada y mi pistola en la funda para estar más cómoda.

No había esperado que me permitieran llevarlas durante esta reunión.

Pero siempre era agradable tenerlas encima.

Nunca se sabía cuándo podía abrirse una grieta y tragarte entera. Creedme. ¡Lo sé!