La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 40
82%

Capítulo 40

Voy a Wapping por última vez sabiendo que es la última, lo cual convierte cada paso del camino en una despedida que ella todavía no sabe que estamos teniendo.

He hecho este camino decenas de veces en los últimos meses, y siempre con la misma impaciencia feliz, contando las calles que me separaban de ella, molesto con cada carruaje que me retrasaba.

Hoy lo hago al revés por dentro: cada calle que me acerca me acerca también al momento de perderla, y una parte cobarde de mí desearía que Wapping estuviera más lejos, que el trayecto no terminara nunca, que pudiera quedarme para siempre en este limbo en el que todavía la tengo porque aún no le he dicho que la suelto.

Sé que es la última vez que recorro estas calles como suyo.

Las miro por eso con la atención con que se mira lo que no se volverá a ver: el barrio que ella me enseñó, que me dejó querer, y que a partir de mañana será, para mí, territorio prohibido.

La encuentro en su despacho, tras el escritorio, con los libros abiertos y esa concentración suya que la hace tan hermosa cuando no se sabe mirada.

Levanta la vista, y algo en mi cara la pone en guardia antes de que yo diga una palabra, porque me lee como yo la leo a ella, y sabe leer una despedida.

—¿Qué ha pasado? —Deja la pluma—. Tienes cara de traer un muerto. Siéntate. Cuéntame.

No me siento. Sentarme sería quedarme, y he venido a irme.

Ella nota que no me siento, y sé que lo interpreta, porque interpreta todo, y sé que la primera alarma le suena ahí, en ese detalle mínimo: en los meses que llevamos, siempre me he sentado.

Sentarme era, entre nosotros, el gesto de quedarse; ella me lo ordenó una vez, «siéntate», y desde entonces sentarme en su despacho ha sido nuestra manera muda de decir estoy aquí, no me voy.

Hoy me quedo de pie, y ese cuerpo mío en pie, negándose a la silla, le dice antes que mis palabras que he venido a lo contrario de quedarme.

—Me siguen —digo—. Desde hace días. Un hombre de Ravenscroft, vigilando mis rutas.

Y anoche apareció una tarjeta dentro de mi casa, sin que nadie la viera entrar, avisándome de que los caminos a Wapping son largos y oscuros.

—Respiro—. Ravenscroft ha comprendido lo que tú y yo sabíamos y no queríamos decir en voz alta: que la manera más fácil de hacerte daño ya no eres tú.

Soy yo. Que mientras yo venga aquí, mientras se sepa que me importas, tienes un flanco que ningún blindaje cierra, y ese flanco tiene mi cara.

Lo digo con la voz más firme que consigo, y me cuesta cada palabra, porque decirlo en voz alta, delante de ella, lo vuelve real de un modo que no lo era mientras solo lo pensaba en mi estudio.

Una idea, mientras vive en la cabeza, se puede deshacer.

Dicha delante de la persona a la que hiere, ya no.

La observo poner en marcha la parte de ella que resuelve problemas, la estratega, que ya traza defensas, contramedidas, planes, y se me encoge el alma, porque sé que dentro de un instante voy a decirle que no hay plan, que el problema no admite solución táctica, que la única solución soy yo restándome.

Voy a quitarle, a la mujer que lo resuelve todo, el único problema que no la voy a dejar resolver.

—Lo sé. —Vivienne se levanta, ya en modo de trabajo, ya calculando—.

Lo hemos hablado. Reforzamos tus rutas, te pongo dos hombres que no se vean, cambiamos los horarios, y a Ravenscroft lo hundimos antes de que mueva ficha.

No es un problema nuevo: es el mismo de siempre, y lo resolvemos como resolvemos los demás, juntos.

Y aquí llega el momento que llevo toda la noche ensayando, y lo digo, y al decirlo me oigo cerrar una puerta.

—No —digo—. No lo resolvemos juntos. Porque el problema no es una circunstancia que se pueda blindar, Vivienne.

El problema soy yo. No mis rutas: yo. Mientras yo esté en tu vida, serás vulnerable por mí, y no habrá hombres suficientes ni horarios que lo eviten, porque tu debilidad no es un camino oscuro, es una persona, y esa persona puede protegerse de una sola forma.

Retirándose. —Trago el nudo—. He venido a decirte que me aparto.

Que dejo de venir. Que vuelvo a ser el conde de sus manuscritos, el que no significa nada para nadie, para que nadie pueda volver a usarme contra ti.

Es lo único que puedo hacer que te protege. Y lo voy a hacer.

Se hace un silencio que dura siglos.

Veo cómo lo recibe. Veo el instante exacto en que las palabras le llegan, en que entiende que no estoy proponiendo una táctica sino anunciando una decisión ya tomada, y veo, con el corazón partiéndose, lo que ocurre en su cara: no llanto, no súplica, nada de lo que un hombre esperaría de una mujer a la que abandona.

Ocurre lo contrario. Ocurre el frío. Veo subir, tras sus ojos, ladrillo a ladrillo, a una velocidad que hiela, la muralla que llevaba meses bajando; la veo levantarse entera, más alta que nunca, en cuestión de segundos, y cerrarse sobre ella como una armadura sobre una herida.

Es lo más difícil que he presenciado nunca, más que la noche de la fiebre, porque en la fiebre luchaba por su vida y aquí soy yo quien la hiere.

He pasado meses ayudándola a bajar esa muralla, celebrando cada ladrillo que retiraba, cada centímetro de flanco que se atrevía a mostrarme.

La vi, en Wapping, delante de una ventana ciega, dejar en el suelo el miedo de toda su vida.

Y ahora, con cuatro frases, la veo recogerlo del suelo y volver a cargárselo a la espalda, más pesado que antes, porque esta vez la muralla no la levanta contra un enemigo desconocido, sino contra mí, que le enseñé que era seguro no tenerla.

Cada ladrillo que sube es una lección que le desenseño.

Le estoy demostrando, en directo, que su madre tenía razón, que quien más quieres es, punto por punto, quien te deja tirada.

No hay reparación para esto. Lo sé mientras lo hago, y lo hago igual, atrapado en mi lógica enferma como una mosca en ámbar.

—Ya. —Su voz sale plana, sin temperatura, la voz de la señorita Deveran de los muelles, no la de Vivienne—.

Conque lo has decidido tú. Sin consultarme.

Has decidido, tú solo, qué es lo mejor para mí, y has venido a comunicármelo.

—Ladea la cabeza, y hay algo terrible en su calma—.

Qué familiar me resulta. Un hombre que decide por mí lo que me conviene y luego cruza la puerta.

Creí que tú serías distinto. Fallo mío. Llevaba diez años sin cometer ese fallo, y contigo lo cometí: creí que había uno que no se iba.

Cada palabra suya es exacta y me atraviesa por eso.

No me insulta, no llora, no me pide que me quede; hace algo mucho peor: me trata con la cortesía distante que reserva para quien ha dejado de importarle, y esa cortesía es la prueba de cuánto le importo, porque solo se blinda así contra lo que puede destruirla.

La conozco lo suficiente para saber que su calma es el grito más alto que sabe dar.

Y aun sabiéndolo, no me detengo, porque detenerme sería quedarme, y quedarme sería, según mi razonamiento de anoche, condenarla.

Estoy encerrado en una lógica que me obliga a leer cada señal de su dolor como una razón más para irme, cuando toda ella, entera, me está pidiendo a gritos silenciosos que me quede.

—Vivienne. —Su nombre me sale roto—. No me voy porque no te quiera. Me voy porque te quiero. Es distinto. Tu padre se fue por cobardía; yo me voy para que sigas viva…

—No. —Lo corta como se corta un hilo, sin subir la voz, y es peor que si gritara—.

No te atrevas a explicarme la diferencia.

No hay diferencia. Esa es la mentira que se cuenta todo el que se va: que su marcha es distinta, más noble, por mi bien.

Mi padre también se fue por mi bien, ¿sabes?

Para no arrastrarnos con su deuda. Muy noble.

Y mi madre se murió igual de sola, tuviera él la excusa que tuviera.

La puerta que se cierra se cierra igual, milord, la cierre un cobarde o un santo.

Desde este lado no se nota la diferencia. Desde este lado solo se nota el frío.

Me golpea la verdad de lo que dice con la fuerza de una revelación que llega tarde.

Toda mi construcción noble se apoyaba en una distinción —me voy por amor, no por cobardía— que solo existe de mi lado de la puerta.

Del suyo, del lado de la niña de ocho años que ve marcharse a quien la sostiene, esa distinción no significa nada.

El motivo del que se va es un lujo del que se va; al que se queda solo le llega el hecho desnudo de la ausencia.

Yo me creía distinto del padre que la abandonó.

Vivienne acaba de enseñarme, con una frialdad quirúrgica, que desde su orilla todos los que se van son el mismo hombre, y que mi amor, mi razonamiento, mi sacrificio, son adornos que a ella no la calientan.

Debería bastar para hacerme quedar. No basta.

Miedo es eso, justo: cuando ni siquiera la verdad te mueve.

Me quedo sin palabras, porque tiene razón y no la tiene, porque las dos cosas son ciertas a la vez y no sé cómo sostener las dos, y mi silencio ella lo lee como rendición, y termina de armarse.

—Vete, entonces. —Vuelve a sentarse, coge la pluma, se inclina sobre los libros como si yo ya me hubiera ido—.

Tienes razón en una cosa, al menos: eres un riesgo que no necesito.

Llevo treinta años sin ti y me ha ido de maravilla.

Volveré a irme de maravilla. Gracias por los servicios prestados con el veneno; considéralos saldados.

Y una cosa más, ya que nos ponemos francos: me alegro de que hayas venido a decírmelo a la cara, y no por carta.

Es más de lo que hizo mi padre. Concédete ese punto de superioridad moral, si te ayuda a dormir; a mí no me sirve de nada.

—Moja la pluma—. Cierra al salir, que entra corriente.

Y ahí está: me despide. Me despide como despediría a un proveedor, con la eficacia glacial que le he visto usar con enemigos, y yo, que vine a protegerla, no sé ver que esa frialdad no es indiferencia sino la única armadura que tiene contra el dolor que le estoy haciendo.

La leo mal, en el peor momento de todos para leerla mal.

Veo su calma y me digo, cobarde de mí, que quizá está aliviada, que quizá le he ahorrado un problema, que quizá esto confirma que hacía bien en irme.

Me agarro a esa lectura falsa porque es la única que me deja cruzar la puerta.

Años después entenderé lo que hago aquí, y me costará perdonármelo: elijo, entre dos lecturas posibles de su cara, la falsa, no porque sea la más probable, sino porque es la que me permite seguir con mi plan.

Un hombre honesto habría visto lo que había: una mujer rompiéndose por dentro y blindándose por fuera.

Yo, que presumo de leer a la gente, leo lo que necesito leer.

El miedo no solo me ha secuestrado la razón; me ha corrompido hasta la observación, esa facultad mía de la que más me enorgullezco.

Miro a Vivienne Deveran deshacerse y me digo que está tranquila, porque su tranquilidad me deja huir con la conciencia limpia.

Nunca me despreciaré tanto como por este instante, aunque el desprecio llegará después; en el instante solo siento un alivio miserable.

—Adiós, Vivienne —digo.

No levanta la vista de los libros.

Salgo de su despacho, cruzo el almacén vacío donde una vez catalogué cajas de contrabando confundiéndolas con antigüedades, y empujo la puerta hacia la calle de diciembre.

El almacén está en penumbra, y mis pasos resuenan en él con un eco que no había notado nunca, porque nunca lo había cruzado solo, de espaldas a ella.

Cada uno de esos pasos me aleja de la única felicidad que he conocido, y los doy igual, uno tras otro, con la obediencia terrible del que ejecuta una sentencia que él mismo ha dictado y de la que, en el fondo del pecho, ya empieza a sospechar que era injusta.

La sospecha llega tarde. Los pies ya caminan.

La puerta ya está cerca. Hay una clase de error que uno comprende que es error justo en el segundo en que ya no puede deshacerlo.

A mi espalda, la puerta del despacho de Vivienne se cierra con un chasquido pequeño, definitivo, y ese sonido —una puerta cerrándose sobre una mujer que se queda sola en una habitación— es, comprendo demasiado tarde, ya en la calle, con el frío mordiéndome, el sonido exacto que ella lleva oyendo desde los ocho años, el que juré no volver a hacerle sonar, y que acabo de hacer sonar yo, con mis propias manos nobles, muy razonadas, muy equivocadas.