Capítulo 39
Descubro que me siguen un martes por la tarde, y el descubrimiento me quita, de un solo golpe, la serenidad que había tardado meses en construir.
No soy hombre de calle, y sin embargo Vivienne me ha enseñado, sin proponérselo, a mirar hacia atrás, y hacia atrás encuentro, dos días seguidos, al mismo hombre: un tipo cualquiera, gris, olvidable, que aparece cuando salgo de Ashfield y desaparece cuando entro en sitios donde no puede seguirme.
No es un ladrón; un ladrón habría actuado ya.
Es un vigía. Y un vigía sobre mí solo puede significar una cosa: que Ravenscroft ha decidido que la mejor manera de llegar a Vivienne es a través del hombre que la visita, y ha puesto a alguien a estudiar mis rutas, mis horarios, los momentos en que soy vulnerable, que son, comprendo con un escalofrío, los mismos momentos en que voy hacia ella o vuelvo de ella.
He leído sobre esto; la vigilancia es un tema recurrente en las memorias de los servicios secretos de los estados italianos del Renacimiento, que convirtieron el espionaje en un arte de gabinete.
Nunca imaginé estudiarlo desde dentro, siendo yo el vigilado.
Y noto que el saber libresco no consuela: reconocer la técnica que usan contigo no la vuelve menos eficaz, solo te obliga a admirarla mientras te aprieta.
Ravenscroft no ha puesto a ese hombre gris para atacarme aún.
Lo ha puesto para que yo sepa que podría, para que cada paso hacia Wapping lo dé sabiendo que voy escoltado por una amenaza.
Es una forma de guerra que ataca antes de tocarte: te envenena la libertad de moverte, convierte tus propios pasos en un riesgo, y hace, sin derramar una gota de sangre, que quedarte quieto parezca de pronto la única opción sensata.
Lo confirmo esa misma noche. Al volver a casa, mi mayordomo, Fenwick, un hombre imperturbable que sirve a esta casa desde antes de que yo la heredara, me recibe con una arruga de inquietud entre las cejas que no le había visto nunca.
—Milord —dice, tendiéndome una bandeja con una sola tarjeta—.
Esto ha aparecido sobre la mesa del recibidor esta tarde.
Nadie la ha traído. Nadie ha llamado. He preguntado a todo el servicio, y ninguno la ha visto llegar.
Estaba, sin más. —Traga—. Me he tomado la libertad de revisar las cerraduras. Están intactas. No sé cómo entró.
—Gracias, Fenwick. —Cojo la tarjeta con una calma que no siento—. No se preocupe por las cerraduras. Quien la ha dejado quería justo que nos preguntáramos cómo entró. Forma parte del mensaje.
La tarjeta no tiene firma. Solo lleva, escrita a mano, una línea: «Los caminos a Wapping son largos y oscuros, milord.
Sería una pena». Nada más. No hace falta más.
Ravenscroft me está diciendo que sabe adónde voy, cuándo, y por dónde, y que puede interrumpir el viaje cuando le convenga.
Y me está diciendo, con una elegancia que le envidiaría si no lo odiara, que ya no necesita ir a por Vivienne de frente: le basta con ir a por mí, porque hacerme daño a mí, o usarme para llegar a ella, es ahora el camino más corto hasta el corazón de la mujer que quiere destruir.
Me siento en mi estudio, con la tarjeta en la mano, y por vez primera en toda esta historia, dudo.
No he dudado hasta ahora. He tenido miedo, he sentido dolor, he calculado riesgos. Dudar es otra cosa: es que se te caiga el suelo de una certeza que creías firme.
Toda mi vida ha sido una acumulación de certezas.
El erudito es un fabricante de certezas: coge el caos de un texto corrupto y lo ordena, fija fechas, atribuye manos, cierra cuestiones que llevaban siglos abiertas.
Me eduqué en la fe de que todo problema, mirado con paciencia y método, cede y se resuelve.
Vivienne fue el primer problema de mi vida que no cedía a la razón sino a otra cosa, y aun así encontré mi certeza con ella: la de que quererla bien consistía en quedarme y esperar.
Esa certeza me ha sostenido meses. Y esta noche, con una tarjeta en la mano, se me deshace entre los dedos, y descubro el vértigo particular del hombre metódico que pierde pie: no el miedo del que nunca tuvo suelo, sino el terror mayor del que lo creía firme y nota que se hunde.
Y la certeza que se me cae esta noche es la que sostenía toda mi conducta con Vivienne: la de que quedarme a su lado, quererla, insistir con paciencia, era lo mejor que podía hacer por ella.
Esa certeza acaba de resquebrajarse contra una verdad que llevaba meses evitando mirar, y que la tarjeta de Ravenscroft me obliga por fin a encarar: que yo no soy solo un regalo en la vida de Vivienne.
Soy, además, un peligro. Soy el flanco por el que ya entró un estilete, y por el que va a intentar entrar el siguiente.
Mientras yo siga a su lado, visible, querido, ella tiene una debilidad que sus enemigos pueden usar, y esa debilidad soy yo.
Le doy vueltas toda la noche, con el rigor con que analizo un texto, poniendo cada dato en su columna, y el análisis, por más que lo repito buscándole una salida, arroja siempre el mismo resultado atroz.
Primer dato: a Vivienne la atacaron por tener un flanco.
Segundo dato: ese flanco soy yo, no en sentido figurado, sino literal; el estilete vino después de que Hartmere anunciara el vínculo entre nosotros.
Tercer dato: Ravenscroft ha comprendido esto mejor que nadie, y ha dejado de mirarla a ella para mirarme a mí, porque soy la puerta más fácil.
Conclusión: mientras yo permanezca a la vista en su vida, seré la vulnerabilidad que la mantiene en peligro, y ningún blindaje, ninguna venganza, ninguna partida ganada eliminará esa vulnerabilidad, porque la vulnerabilidad no es una circunstancia que pueda corregirse.
Soy yo. La única forma de cerrar ese flanco es que el flanco desaparezca.
Repaso el razonamiento buscándole el fallo, porque un razonamiento que lleva a una conclusión insoportable suele tener uno, y encontrarlo es la especialidad de mi vida.
Reviso cada premisa. ¿Es cierto que la atacaron por el flanco?
Lo es. ¿Es cierto que el flanco soy yo? El estilete llegó después de que se supiera lo nuestro; lo es.
¿Es cierto que mientras yo esté no habrá blindaje suficiente?
Aquí me detengo, buscando la grieta, deseando encontrarla, y no la encuentro, porque es verdad: se puede matar a un enemigo, no a la categoría «enemigo»; siempre habrá otro, y para todos ellos yo seré el mismo cartel luminoso señalando dónde duele.
El razonamiento no tiene fallo. Y esa es la peor noticia de la noche: que ojalá fuera un sofisma, y no lo es.
Que yo desaparezca.
La idea me da náuseas, y aun así no consigo demostrarla falsa, que es lo único que me convencería de descartarla.
Porque descartarla es lo que quiero, con toda mi alma.
No deseo apartarme de Vivienne; deseo lo contrario con una fuerza que me asusta, deseo quedarme, envejecer a su lado, discutir rutas y venenos hasta que se nos gaste la voz.
Cada célula mía se rebela contra la idea de irme.
Y sin embargo, cuando pongo mi deseo en un platillo y su seguridad en el otro, gana su seguridad, tiene que ganar, porque un amor que antepone su propia satisfacción a la vida de la persona amada no es amor: es apetito.
Y yo la amo. Luego mi deseo de quedarme, por hondo que sea, no puede ser la última palabra si quedarme la mata.
He aquí la trampa perfecta que me tiende mi propia decencia: cuanto más la quiero, más obligado me siento a hacer lo que más me duele.
El amor, que debería ser la razón para quedarme, se convierte, retorcido por el miedo, en la razón para irme.
Lo intento durante horas. Intento el argumento de que juntos somos más fuertes, y me sirve para la caza de Ravenscroft, no para la seguridad de Vivienne, porque por muy bien que acorrale al enemigo, siempre habrá otro enemigo, y siempre estaré yo en medio, señalando con mi sola presencia dónde hacerle más daño.
Intento el argumento de que ella ha elegido este riesgo, de que me lo dijo, «prefiero perder antes que perderte», y me topo con la parte más difícil: que, dado que ella ha decidido que prefiere el riesgo, la decisión de protegerla tiene que tomarla yo, porque es la única que ella no tomará jamás.
Y aquí, en este punto exacto, cometo el error de mi vida, aunque tardaré en saber que lo es.
Porque me digo, sentado en la oscuridad con la tarjeta de un asesino en la mano, que hay una cosa que puedo hacer por Vivienne que ella nunca me perdonará y que la salvará: apartarme.
Retirarme de su vida lo bastante para dejar de ser su flanco.
Quitarle la debilidad que soy quitándome yo.
Convertirme otra vez en el conde erudito que no significaba nada para nadie, para que nadie pueda usarme contra ella.
Sé —lo sé mientras lo pienso, con toda claridad— que esto es justo lo que juré no hacer: decidir por ella.
Es lo que le hizo su padre al marcharse, lo que le hizo el mundo entero al no dejarla elegir nunca.
Y me digo, con la soberbia terrible de quien ama y tiene miedo, que esta vez es distinto, que esta vez decidir por ella es protegerla, que su vida vale su perdón, que prefiero que me odie viva a que me quiera muerta.
El pensamiento de su padre me visita mientras lo decido, y debería ser una advertencia, y lo tomo, en mi ceguera, casi como un permiso.
Su padre se marchó. La abandonó a los ocho años, a ella y a su madre, huyendo de una deuda, y esa marcha fue el primer ladrillo de la muralla de Vivienne, la prueba original de que querer trae abandono.
Sé que irme ahora la va a devolver, de golpe, a aquella niña de la habitación sin fuego viendo cerrarse una puerta.
Sé que voy a ser, para ella, otro hombre que se va.
Y me digo, con un cinismo que no me reconozco, que hay una diferencia: su padre se fue por cobardía, para salvarse él; yo me voy por amor, para salvarla a ella.
Como si a la niña que ve cerrarse la puerta le importara el motivo del que la cierra.
Como si un abandono razonado doliera menos que uno cobarde. Me miento hasta en eso, esa noche.
Es un razonamiento impecable y está enfermo de raíz, y no lo veo, porque el miedo, cuando se disfraza de lógica, es el más persuasivo de los sofistas.
Llevo toda la vida presumiendo de pensar con claridad, y esta noche mi claridad me traiciona, me construye una jaula perfecta y me convence de que es un refugio.
Debería reconocer los síntomas. He leído a suficientes hombres que se convencieron de barbaridades con silogismos limpios: inquisidores que probaban por lógica la necesidad de la hoguera, tiranos que deducían el bien común de su propia conveniencia.
La razón, esa herramienta que venero, tiene un defecto que sus devotos preferimos ignorar: sirve con la misma eficacia a la verdad y al autoengaño, y cuando el que la maneja está aterrado, la pone, dócil, al servicio del terror.
Esta noche mi razón trabaja para mi miedo, y lo hace tan bien, con argumentos tan pulcros, que ya no distingo cuál de los dos manda.
Creo estar decidiendo con la cabeza. Estoy obedeciendo a la parte más antigua y más ciega de mí, la que, ante la amenaza de perder lo que ama, prefiere cortarlo ella misma antes que verlo arrancar.
Concluyo, con la cabeza fría y el corazón roto, que voy a hacer la salida preventiva.
Que voy a apartarme de Vivienne Deveran por su bien, sin pedirle permiso, porque pedírselo sería darle la oportunidad de impedírmelo, y no puedo permitir que me lo impida.
Miro por la ventana el jardín negro, y pienso, con una amargura que no me conocía, que he tardado treinta y un años en enamorarme y he necesitado solo tres meses para encontrar la manera de estropearlo con mis propias manos, muy razonadas, muy nobles, muy equivocadas.
Lo más cruel de la trampa es que no la vivo como una derrota, sino como un acto de valor.
Me siento, esta noche, noble. Me siento el héroe que se sacrifica, el que renuncia a su felicidad por el bien de la amada, esa figura que la literatura lleva siglos aplaudiendo.
No sé todavía que el sacrificio, cuando se hace sin consultar a la persona por la que uno se sacrifica, no es nobleza: es la última forma, la más sofisticada, de no fiarse de ella.
No sé todavía que Vivienne no necesita que la salve; necesita que la deje elegir, que es lo único que nunca le ha dejado nadie, y que yo, justo yo, que juré ser el primero en dejárselo, estoy a punto de quitárselo también.
Guardo la tarjeta en un cajón. Y empiezo, esa misma noche, a ensayar la frase con la que mañana voy a hacerle a la mujer que amo la única cosa que me pidió que no le hiciera nunca: decidir su vida sin contar con ella.