Capítulo 38
Llevo un diario desde los diecinueve años, y lo llevo por una razón que solo un erudito entendería: no escribo para recordar, escribo para pensar.
No sé lo que concluyo sobre algo hasta que lo veo escrito, del mismo modo que no sé lo que dice un manuscrito hasta que lo transcribo.
Esta noche me siento ante el diario a escribir una conclusión que llevo semanas rondando, y veo que, por primera vez en mi vida de anotador compulsivo, no me sale.
La pluma se queda quieta. La conclusión es tan grande que no me atrevo a fijarla en tinta hasta haberla probado en voz alta, y no hay en el mundo más que una persona con quien probarla, y no es la interesada.
He probado, estos días, a escribir la conclusión de mil maneras, y todas se me han quedado cortas o falsas.
«Amo a Vivienne Deveran» es cierto y es insuficiente; lo escribí hace semanas y no cambió nada, porque amarla ya lo sabía.
La conclusión nueva, la que ronda, es de otro orden, más comprometedora: no qué siento, sino qué voy a hacer con lo que siento.
Y esa clase de conclusión, la que obliga a actuar, siempre me ha costado más que la que solo describe.
Describir es de eruditos. Decidir es de otra especie de hombre, una a la que llevo toda la vida perteneciendo a medias, y que esta mujer, sin proponérselo, me está enseñando a ser del todo.
Es su hermano.
Marcus viene a Ashfield esa misma tarde, a repasar lo que sé de los movimientos de Ravenscroft, y trabajamos un par de horas con los mapas y las cifras, él con su instinto de calle y yo con mi paciencia de archivo, hasta que damos con dos nombres que le sirven a Marcus para tirar de un hilo por su lado.
Trabajar con Marcus es una educación en sí mismo.
Donde yo veo una anomalía contable, él ve a un hombre asustado a punto de cometer un error; donde yo deduzco, él huele.
Nuestros métodos no se parecen en nada y llegan, una y otra vez, al mismo sitio por caminos opuestos, y he descubierto que juntos cubrimos un terreno que ninguno abarcaría solo.
Es la misma complementariedad que tengo con su hermana, en otra clave, y empiezo a entender que quererla a ella incluye, como parte del lote, esta alianza áspera con el gigante que la protege.
No me disgusta el lote. Un hombre sin familia aprende pronto a valorar hasta a los cuñados que amenazan con ahogarlo en un río.
Cuando terminamos, se sirve un brandy sin pedirlo, se repantiga en mi mejor sillón como si fuera suyo, y me clava esa mirada que le he visto usar con hombres a los que va a preguntar cosas incómodas.
—Bueno, conde —dice—. Ya que estamos, hablemos de lo otro.
—¿Lo otro?
—Mi hermana. —Hace girar el brandy—. La vi, el otro día, cruzar su escritorio para tomarle a usted la cara.
En treinta años no la había visto hacer eso.
Así que necesito saber, de hombre a hombre, qué piensa hacer con ella.
Y le advierto que solo hay dos respuestas que me valen, y una de ellas termina con usted en el Támesis.
No me ofende la amenaza. Me tranquiliza, más bien: es la pregunta de un hermano que quiere a su hermana, y prefiero mil veces esta franqueza brutal a la cortesía.
Dejo la pluma. Y descubro, al abrir la boca para responderle, que la conclusión que no me salía en el diario me sale entera de viva voz, formada, definitiva, como si solo hubiera estado esperando el interlocutor correcto.
—Voy a pedirle que se case conmigo —digo—. Cuando ella esté lista. No antes.
Marcus se queda con el brandy a medio camino.
—Casarse. —Lo dice como quien comprueba el peso de una moneda—. Usted, un conde, con mi hermana. La de los muelles. Sabe usted lo que eso significa en su mundo. El escándalo. Las puertas que se le cierran. La gente que dejará de saludarlo.
—Lo sé mejor que usted, que no vive en ese mundo —respondo—.
He hecho el inventario completo, con la minucia con que hago todos.
Perderé invitaciones que me aburrían, la estima de gente que no estimo, y el saludo de unos cuantos imbéciles cuya opinión llevo años fingiendo que me importa.
A cambio, gano a Vivienne Deveran el resto de mi vida.
—Me encojo de hombros—. No es un cálculo difícil, Marcus.
Es la operación más ventajosa que me han ofrecido nunca.
Habría que ser tonto para no cerrarla, y yo, cualquier cosa que digan de mí, no soy tonto.
Lo digo con ligereza, y es verdad, aunque debajo de la ligereza hay una convicción que no bromea.
He visto a hombres de mi clase sacrificar el amor en el altar de la respetabilidad, casarse con quien tocaba, vivir tibios y morir estimados, y siempre me han parecido los verdaderos necios: los que cambiaron una vida por una reputación y llamaron sensatez a la cobardía.
No pienso ser uno de ellos. Si el precio de Vivienne es dejar de ser respetable, pagaré ese precio silbando, y me sobrará el cambio.
Marcus me estudia un buen rato, buscándome el farol, y no lo encuentra, porque no lo hay.
—Le creo —concede al fin, y bebe—. Que Dios me ayude, le creo. —Deja el vaso—. Entonces, ¿a qué espera? Si lo tiene tan claro, pídaselo. Mañana. ¿Por qué ese «cuando ella esté lista»?
Y aquí está el corazón de mi conclusión, la parte que he pensado más, y se la explico como se la explicaría a un colega ante un texto difícil.
—Porque conozco a la mujer con la que quiero casarme —digo—.
Vivienne ha pasado la vida sin controlar una sola cosa importante: la controla ella o no existe.
Si yo le pido matrimonio antes de que ella haya llegado sola a la idea, la pongo en una posición imposible.
La obligo a reaccionar a mi iniciativa en lugar de tomar la suya, y para una mujer así, que la empujen hacia lo que más desea es casi peor que empujarla hacia lo que no quiere, porque le roba lo único que nunca ha soltado: ser ella quien decide.
Si le pido matrimonio yo, gano un sí, quizá.
Si espero a que la idea sea suya, gano una esposa que eligió, con todo su ser, quererme, sin que nadie la empujara.
La diferencia entre esas dos cosas es la diferencia entre tenerla y que se me quede.
Y yo no quiero tenerla, Marcus. Quiero que se quede.
Me sale la palabra «quedarse» y reconozco en ella el eco de una noche, la de la fiebre, cuando Vivienne, sin murallas, me pidió «no te vayas».
Aquella noche fue ella quien me pidió que me quedara.
Lo que he concluido, en el fondo, es la versión mía de aquella súplica: yo también quiero que se quede, y sé, porque la conozco, que solo se quedará de verdad si la dejo llegar sola a la puerta y cruzarla por su pie.
A una mujer a la que su padre abandonó y su madre condenó a no querer, no se la conquista tomándola.
Se la conquista siendo el primer sitio del que no tenga que defenderse, el primer lugar donde quedarse no le cueste la libertad.
Mi paciencia no es debilidad ni cortesía.
Es la única estrategia posible con alguien cuya herida es, punto por punto, que siempre otro decidió por ella.
Marcus me escucha, y algo se le mueve en la cara, un respeto a regañadientes.
—Es usted más listo de lo que parece —dice—.
Y más paciente que un santo. —Después la cara se le ensombrece, y se inclina hacia delante, y me habla más bajo, con la voz del que conoce a su hermana mejor que nadie en el mundo—.
Aun así, déjeme decirle una cosa, conde, porque usted la conoce hace meses y yo hace treinta años.
Esa paciencia suya, tan hermosa, tan respetuosa, tiene un riesgo que quizá no ha calculado.
Mi hermana lleva veintidós años sin decir en voz alta que quiere algo.
Le arrancaron esa capacidad de cuajo cuando era una niña.
Puede que llegue sola a la idea, sí. Y puede también que llegue, la sienta, la sepa verdadera...
y no consiga nunca decirla. Que se quede en la orilla mirando el agua toda la vida, sabiendo que quiere cruzar, incapaz de dar el paso, esperando a que sea seguro, y no lo es nunca.
Usted espera a que ella hable. ¿Y si ella no puede?
¿Cuánto va a esperar? ¿Un año? ¿Diez? ¿Toda la vida, los dos en la orilla, muy respetuosos, sin cruzar?
No tengo respuesta. Por vez primera desde que empezó esta conversación, la pregunta de Marcus me deja sin la réplica lista, porque ha puesto el dedo en el único punto que mi conclusión no cubría.
—No lo sé —admito, y me sorprende oírme, porque no suelo admitir que no sé algo—.
He calculado todo menos eso. He calculado el escándalo, el coste, la mejor manera de respetarla.
No he calculado qué hago si mi respeto se convierte en una espera sin final.
Si esperarla para siempre, por no forzarla, es otra forma de perderla.
La imagen que ha usado Marcus se me clava porque es exacta, y las imágenes exactas no se dejan desalojar.
Vivienne en la orilla, sabiendo que quiere cruzar, incapaz de dar el paso, esperando una seguridad que la vida no concede.
La he visto hacer eso, en pequeño, cada vez que tarda sus segundos, sus minutos, sus dieciséis minutos, antes de permitirse lo que desea.
¿Y si el gran paso, el de las palabras, el de decir en voz alta «te quiero» y «cásate conmigo», es un umbral demasiado alto para alguien a quien enseñaron que desear en voz alta es entregarle al mundo el arma de tu ruina?
He construido toda mi conducta sobre la fe de que ella llegará.
Marcus acaba de preguntarme qué hago si mi fe es, en realidad, una condena elegante: dejarla sola en la orilla, para siempre, con la excusa noble de respetar su ritmo.
—Piénselo —dice Marcus, levantándose, dando por terminada la visita con la brusquedad de quien ha dicho lo que venía a decir—.
Usted es el listo. Yo solo sé partir cabezas.
Aunque de mi hermana sé una cosa que usted todavía no: que a veces, a los que no pueden dar el paso solos, hay que darles la mano y tirar un poco.
No empujar. Tirar. Es distinto. —Se pone el abrigo—.
Buenas noches, conde. Y gracias por lo de Ravenscroft.
Y por lo otro, lo de casarse. Es la respuesta que me valía. La otra ya sabe dónde acababa.
Me quedo con la distinción rondándome: empujar y tirar.
Empujar es meter tu voluntad en la espalda del otro y moverlo hacia donde tú quieres; eso es lo que he jurado no hacerle.
Tirar es distinto, dice Marcus: es tenderle la mano desde la otra orilla, para que cruce hacia ti sabiendo que la esperas, sin arrastrarla.
Nunca había pensado que hubiera un término medio entre forzar y esperar en silencio.
Marcus, que no ha leído un libro en su vida, acaba de proponerme una tercera vía que a mí, con toda mi biblioteca, no se me había ocurrido: no empujarla ni abandonarla a su parálisis, sino hacerle saber, sin ambigüedad, que del otro lado hay una mano tendida y firme, y dejar que la tome cuando pueda.
Ofrecer la mano no es forzar. Es solo dejar de esconder que la ofrezco.
Cuando se va, vuelvo al diario. Y ahora sí escribo la conclusión, entera, con letra firme: que amo a Vivienne Deveran, que quiero casarme con ella, que estoy dispuesto a pagar cualquier precio social por ello y a considerarlo una ganga.
Lo escribo todo. Y debajo, tras dudar un momento con la pluma en el aire, añado una segunda línea, más pequeña, que no es una conclusión sino una pregunta, la que Marcus me ha dejado clavada y que no sé responder: «¿Y si la estoy respetando hacia una orilla en la que se va a quedar sola para siempre?
». Miro las dos frases un buen rato, la de arriba firme y la de abajo temblona, y pienso que un diario honesto es esto: no el registro de lo que uno ha resuelto, sino la fotografía de lo que uno lleva sin resolver.
Toda mi vida he escrito conclusiones limpias, cerradas, satisfactorias, porque estudiaba cosas muertas, y las cosas muertas se dejan concluir.
Vivienne está viva, y lo nuestro está vivo, y las cosas vivas no se concluyen: se siguen.
Por eso, por primera vez, mi diario termina una noche con una pregunta en lugar de con una certeza.
Cierro el diario sobre las dos frases, la certeza y la duda, sin saber todavía que la segunda va a costarme, muy pronto, la peor noche desde que la conozco.