La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Lysandra Crewe, vizcondesa de Ashdale, comete esta noche el mismo error que cometió hace meses, con la diferencia de que hace meses yo no sabía por qué me molestaba tanto, y esta noche lo sé de sobra.

He venido a esta velada por James, que forma parte del patronato de la sociedad que la organiza y que necesita, para su labor de espía en el país de arriba, mantener su presencia en estos círculos.

Yo, en cambio, no pinto nada aquí, y lo sé, y he decidido venir de todos modos, porque he tomado una determinación silenciosa después de Wapping: si él ha caminado por mis muelles sin apartar la vista, yo puedo caminar por sus salones sin bajar la mía.

Es un intercambio justo. Él vio de dónde vengo; yo veo adónde tiene que ir, y aprendo a moverme en ello, incómoda como un pez fuera del agua, decidida a no dar un solo paso en falso que pueda usarse contra él.

La veo cruzar la sala de música hacia James en cuanto termina el cuarteto, con esa navegación experta de las mujeres que llevan toda la vida abordando al hombre más interesante de cada salón.

James, que ha venido conmigo aunque llegamos por separado para no dar espectáculo, está junto a una ventana, sosteniendo una copa que no bebe y una conversación sobre acústica de salas que ha ahuyentado ya a tres personas.

Lysandra no se ahuyenta. Lysandra huele un conde soltero como un sabueso huele un zorro, y se le acerca desplegando la sonrisa que reserva para las presas grandes.

No me acerco. Me quedo donde estoy, con mi copa, observando desde la distancia justa. Podría acercarme. Elijo no hacerlo. Quiero ver dos cosas: qué hace ella, y, sobre todo, qué hace él.

Esto último me interesa más de lo que me gustaría admitir, y me obligo a la honestidad, ahora que he aprendido a nombrar las cosas: quiero ver si James, ante una mujer hermosa, ducha en el arte de agradar, con título y sin el inconveniente de proceder de un barrio de contrabandistas, titubea.

Sería lo natural. Lysandra es lo que la sociedad considera apropiado para un conde, y yo soy lo que la sociedad considera un error de cálculo.

Una parte de mí, la que aún no se fía del todo de lo que tengo, espera verlo dudar, aunque sea un instante, y se prepara para el dolor de ese instante.

Me quedo mirando, con la copa en la mano y el corazón más expuesto de lo que dejo ver, a ver qué hace el hombre que digo que es mío cuando le ofrecen una versión más cómoda de la felicidad.

—Lord Casworth. —Su voz llega hasta mí, melosa, calculada—. Qué alegría verlo fuera de sus polvorientos manuscritos. Empezábamos a pensar que era usted un mito. La sociedad entera se pregunta qué hace falta para arrancar al conde ermitaño de su biblioteca.

—Muy poco, en realidad —responde James, con esa literalidad suya que es su mayor encanto y su mayor peligro social—.

Un buen cuarteto y la promesa de canapés decentes.

Los de esta noche, por cierto, están por debajo de la media.

El paté sabe a biblioteca, que es lo único polvoriento que he encontrado aquí.

Contengo la risa. Lysandra, que esperaba galantería y ha recibido una crítica gastronómica, reajusta la sonrisa.

La observo reajustarse con la admiración profesional que se le tiene a un rival competente aunque inferior.

Lysandra sabe su oficio: encaja el desaire, lo convierte en coquetería, redobla.

Es la técnica de una mujer que ha cazado maridos en estos salones durante quince años y que no se rinde ante una primera negativa, porque ha aprendido que la mayoría de los hombres, ante la insistencia halagadora, ceden.

Lo que no puede saber, porque no lo ha visto nunca, es que James no es la mayoría de los hombres.

James es, en cuestiones de halago, una fortaleza sin puerta: no por virtud, sino por una sordera congénita a la adulación que lo hace inmune a sus armas como un sordo es inmune a una canción.

—Es usted extraño de un modo encantador. —Le pone una mano en el brazo, ese gesto antiguo, la garra con guante—. Deberíamos vernos más. Doy unas cenas pequeñas, muy escogidas, donde un hombre de su ingenio brillaría. Nada de patés mediocres, se lo prometo. ¿Me haría el honor?

Y aquí James hace lo que yo sabía que haría, porque lo conozco, y es tan hermoso de ver que casi le agradezco a Lysandra la ocasión.

—Es muy amable —dice, retirando el brazo con una naturalidad que no ofende porque no calcula ofender—, aunque me temo que no soy buena compañía para cenas escogidas.

Hablo demasiado de venenos y me distraigo con la cubertería antigua.

Además, mis noches andan bastante ocupadas de un tiempo a esta parte.

—Y me busca con la mirada, por encima del hombro de ella, sin ningún disimulo, con la torpeza feliz de un hombre que no sabe mentir y tampoco ve por qué debería—. Bastante ocupadas.

La mirada dura un segundo. Es suficiente. Lysandra sigue su dirección, me encuentra al otro lado de la sala, y en su cara se enciende, una tras otra, la comprensión, la incredulidad y, por fin, el desprecio.

Cambia de presa. Se disculpa con James, cruza la sala hacia mí con el paso de quien va a poner en su sitio a una advenediza, y veo que hemos llegado a la parte de la noche en que la dama que no aprende va a intentar enseñarme a mí una lección. Casi me da ternura.

Digo ternura y lo digo en serio, porque hay algo casi entrañable en la incapacidad de esta mujer para leer la sala.

Lysandra se cree la depredadora del salón, y no ve que ha entrado, sin saberlo, en el territorio de una depredadora, una que no caza por deporte social sino por oficio, y para la que sus intrigas de modista y confidencia son juegos de niños.

Me recuerda a esos aristócratas que a lo largo de mi vida me han subestimado por venir de donde vengo, sin comprender que venir de donde vengo es, justo, lo que me hace peligrosa: ellos aprendieron el poder en salones, donde el peor riesgo es una humillación; yo lo aprendí en muelles, donde el peor riesgo es no amanecer.

Contra alguien que aprendió así, Lysandra Crewe trae un abanico a un duelo de navajas.

—Señorita Deveran. —Mi apellido en su boca suena a algo que hay que sostener con pinzas—.

Qué… sorpresa encontrarla aquí. No sabía que estas veladas se hubieran abierto tanto.

—Baja la voz a un registro de confidencia venenosa—.

Un consejo, de mujer a mujer, ya que es evidente que anda usted un poco perdida en estas aguas.

El conde es una curiosidad, un buen partido para quien pueda aspirar a él.

Usted, querida, sea lo que sea que hace en esos muelles de los que se habla, no puede.

Un hombre así se casa con su clase. Lo demás es un pasatiempo, y los pasatiempos se descartan.

Le ahorro el mal trago de descubrirlo tarde.

La escucho entera, sin interrumpir, con la paciencia que he aprendido de James. Y cuando termina, no levanto la voz. Nunca levanto la voz; es un lujo de los que no tienen poder.

—Le agradezco el consejo, vizcondesa —digo—.

Le devuelvo otro, que le será más útil, porque el mío viene con cifras.

Sé que los Ashdale llevan dos años sin pagar al banco Coutts, y que la finca de su marido está hipotecada hasta el tejado, y que la modista que la viste a usted a crédito, la misma cuyo taller tuvo un percance curioso hace unos meses, sigue esperando que le salden dieciocho meses de facturas.

Sé también quién posee ahora, a través de tres intermediarios, el pagaré que mantiene a flote la respetabilidad de su familia.

—Doy un sorbo a mi copa—. Le dejo a usted el placer de averiguar quién.

Es un ejercicio instructivo. Y mientras lo resuelve, quizá reconsidere a quién decide dar consejos sobre qué clase de mujer puede aspirar a qué.

El color se le va de la cara despacio, como se vacía una copa por una grieta.

Observo cómo se le vacía la cara con el interés clínico del que ha hecho esto muchas veces.

No siento placer, lo cual me sorprende un poco; hubo una época en que humillar a una Lysandra Crewe me habría sabido a victoria.

Esta noche me sabe a trámite. He crecido, comprendo, hasta un tamaño en el que estas mujeres ya no me alcanzan: sus desprecios rebotan contra una superficie que antes era herida y ahora es solo aburrimiento.

Es una de las libertades inesperadas de tener algo de verdad que perder: las cosas pequeñas dejan de doler, porque ocupan toda la atención las grandes.

—No se atrevería —dice, aunque la voz le tiembla, porque ya ha entendido que sí.

—Yo no me atrevo, vizcondesa. Yo hago. Atreverse es de gente insegura.

—Le sonrío, y en la sonrisa no hay crueldad, solo el cansancio de quien repite una lección vieja—.

No le voy a hacer nada esta noche. Ni mañana.

No merece usted el esfuerzo, y tengo, en este momento, enemigos de verdad que reclaman mi atención.

Váyase a casa, duerma mal pensando en quién tiene su pagaré, y no vuelva a acercarse a lo que es mío con esa boca.

La próxima vez no le devolveré un consejo.

Le devolveré la factura. ¿Nos hemos entendido?

Nos hemos entendido. Lysandra se retira con lo que le queda de dignidad, que no es mucho, y desaparece de la velada antes de que acabe el segundo cuarteto.

James aparece a mi lado poco después, con dos copas y su cara de no haberse enterado de casi nada, que es una de sus caras que más quiero porque casi nunca es del todo cierta.

—¿Le ha dicho algo desagradable esa mujer? —pregunta, tendiéndome una copa—. Tenía cara de haber mordido un limón cuando se ha ido. Un limón muy caro.

—Nada que no supiera manejar. —Cojo la copa—. Me ha explicado que usted se casa con su clase y que yo soy un pasatiempo descartable.

James considera esto con la seriedad con que considera un colofón dudoso.

—Qué análisis tan pobre —dice al fin—. Se equivoca en los dos datos.

No me caso con mi clase; mi clase me aburre sin remedio, lo sabe usted.

Y usted no es un pasatiempo: los pasatiempos se dejan cuando cansan, y usted, señorita Deveran, cada día me interesa más, que es lo contrario exacto de un pasatiempo.

Debería documentarse mejor antes de dar consejos.

Le pasa lo que al paté: presume de más y sabe a menos.

—¿Le ha dado alguien permiso para insultar el paté toda la noche? —le pregunto—. Porque lleva tres alusiones al paté y la velada es larga.

—El paté es una injusticia, y las injusticias hay que denunciarlas —responde, imperturbable—. Además, hablar del paté me evita hablar de lo enfadado que estoy con esa mujer por haberla molestado a usted, que es un asunto sobre el que no sé comportarme con elegancia. Prefiero el paté. Es más seguro.

Me río, del todo, ahí en medio del salón de los Pembroke, y varias cabezas se vuelven porque nadie ha oído nunca reír a la señorita Deveran.

Que miren. Pienso, mientras la risa se me apaga, en la otra vez, hace meses, en que esta misma mujer me hizo daño y yo golpeé a ciegas, castigando a su modista sin permitirme entender que lo hacía por celos, negándome a mí misma la razón verdadera.

Aquella vez fue instructiva sin que yo quisiera aprender su lección.

Golpeé a la modista de Lysandra por una furia que no supe explicarme, inventé una excusa comercial para no mirar de frente lo que me movía, y me fui a casa convencida de que había actuado por negocio.

Tardé meses en admitir la verdad: que había castigado a esa mujer porque Lysandra había mirado a James como se mira algo que se piensa tomar, y que yo, que aún no sabía que lo quería, defendí lo mío antes de reconocer que era mío.

Los celos llegaron antes que la conciencia de amar.

El cuerpo lo supo antes que la cabeza, actuó, y la cabeza se pasó medio año fingiendo que no había visto.

Esta noche he golpeado con los ojos abiertos.

Sé muy bien por qué defiendo a James de Lysandra Crewe, y no me escondo la palabra: lo hago porque es mío y porque la idea de que otra le ponga la mano en el brazo me pone un frío en el estómago que solo tiene un nombre.

Antes me habría muerto antes de nombrarlo.

Esta noche lo nombro, brindo por él en silencio, y le doy las gracias a la dama que no aprende por haberme dado la ocasión de comprobar cuánto he aprendido yo.