La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 41
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Capítulo 41

James lleva una hora fuera de mi despacho cuando veo que la muralla que he vuelto a levantar contra él no me protege de nada, porque ya no hay nada de lo que proteger: el enemigo del que me guardo con ella se llevó, al irse, la única parte de mí que valía la pena defender.

Es una constatación extraña, hecha con la frialdad con que constato todo, y no por eso menos demoledora: la muralla funciona a la perfección.

Está entera, alta, impecable, tan sólida como el día en que la terminé a los quince años.

El problema no es la muralla. El problema es que ya no queda dentro nadie a quien resguardar, porque a la mujer que había ahí dentro me la sacó James estos meses, la sacó al aire y a la luz y al riesgo, y esa mujer no ha vuelto a entrar cuando he cerrado las puertas esta tarde.

Se ha quedado fuera, a la intemperie, mirando cómo se va.

Amurallo, con toda mi pericia, una fortaleza vacía.

Me he quedado sentada tras el escritorio, con la pluma en la mano y los libros abiertos, en la postura exacta en la que lo despedí, y no he escrito una sola cifra.

Llevo una hora mirando la misma columna sin verla, y lo que hago, comprendo al fin, no es trabajar: es esperar que el frío que conozco vuelva a sentirse como en casa.

Toda mi vida, cuando alguien me hacía daño, me replegaba tras la muralla y allí, en la fortaleza vacía, encontraba consuelo, porque la soledad era mi elemento y volver a ella tras una herida era como volver a un cuarto conocido.

Esta hora he intentado hacer eso. He subido la muralla, me he encerrado, he esperado el consuelo de siempre.

Y el consuelo no llega, porque la fortaleza ha cambiado mientras yo vivía fuera de ella, y ahora, cuando vuelvo a encerrarme, no me recibe el refugio antiguo: me recibe el frío de otra habitación, la que llevo evitando toda la vida, la del segundo piso de la calle de atrás, la que no tenía fuego, aquella en la que una mujer se murió sola porque había tapiado todas sus puertas.

Comprendo, con un horror nuevo, lo que llevo toda la vida sin comprender: que mi madre no me legó una estrategia de supervivencia.

Me legó su tumba. Me enseñó a construir, ladrillo a ladrillo, la misma habitación sin fuego en la que ella se apagó, y me convenció de que era una fortaleza.

Durante treinta años he vivido orgullosa dentro de mi cuarto sin fuego, tomándolo por un castillo, sin notar el frío porque no conocía otra temperatura.

James encendió una hoguera, una sola tarde, y ahora que se la lleva al marcharse siento, por fin, el frío que llevaba sintiendo toda la vida sin saber su nombre.

No se vuelve a un cuarto helado después de saber que existe el fuego.

O se vuelve, y a eso se le llama morir despacio, y es lo que le pasó a ella, y es lo que me espera si dejo que James cruce esa puerta sin ir tras él.

Ahí está la trampa que descubro esta hora, tarde, con la pluma quieta: que ya no puedo volver a mi soledad como a un refugio, porque James me la ha estropeado para siempre enseñándome que existía otra cosa.

Se puede vivir en el frío mientras no se ha conocido el calor.

Después, no. Después el frío ya no es tu elemento, es tu condena.

Él tenía razón, aquella tarde en Ashfield, cuando dijo que contra la carencia que una no conoce no hay muralla que valga.

Yo conocía la muralla contra el peligro.

No conocía esta, la que ninguna muralla detiene: la carencia de lo que ya has probado.

Y entonces, sentada en mi frío recién estrenado, hago lo que mejor sé hacer: analizo. Con la cabeza fría, que es la única que tengo aunque el pecho arda. Y el análisis me lleva, en tres pasos limpios, adonde llevaba desde el principio.

Paso uno: James se ha ido para protegerme.

Paso dos: al irse para protegerme, ha decidido por mí lo que me conviene, sin contar conmigo, que es justo lo que han hecho todos los que me han hecho daño en la vida, empezando por mi padre.

Ha cometido, con la mejor intención del mundo, el pecado original contra mí: quitarme la elección.

Paso tres, y aquí me levanto de la silla sin darme cuenta: si el daño que me ha hecho es haberme quitado la elección, entonces solo hay una forma de repararlo, una sola, y no la puede ejecutar él.

La tengo que ejecutar yo. Tengo que recuperar la elección que me quitó.

Tengo que elegir yo, en voz alta, delante de él, lo que él ha decidido en mi nombre.

Y elegir, esta vez, no es echarlo ni retenerlo por táctica.

Elegir es decir la palabra que llevo treinta años sin decir.

Me quedo de pie en medio del despacho, con el corazón golpeando, comprendiendo la enormidad de lo que el análisis me ordena hacer, y por una vez en mi vida no cuento los segundos.

No me concedo la duda. No me doy los diez, los dieciséis minutos de siempre.

Porque he entendido, de golpe, que la duda, que tantas veces me ha salvado, es esta vez el enemigo: que si me siento a calcular, calcularé razones para no ir, encontraré que es peligroso, que es indigno, que una no corre detrás de un hombre que se va, que mejor conservar el orgullo, y me quedaré, muy digna, en la orilla, mirando el agua, para siempre, tal como temía Marcus.

La única manera de cruzar es no darme tiempo a inventar por qué no cruzar.

Es la inversión total de todo lo que soy.

Llevo la vida entera convencida de que mi lentitud para decidir es mi virtud, la prueba de que veo más lejos, de que no me sorprende nada porque todo lo he calculado antes.

Y descubro esta noche que esa misma virtud, aplicada aquí, es la trampa que me dejaría sola: que hay decisiones que solo se toman bien deprisa, antes de que el miedo tenga tiempo de disfrazarse de prudencia.

Por una vez, la mujer que nunca se precipita va a precipitarse a propósito, con los ojos abiertos, sabiendo que precipitarse es, esta noche, la forma más alta de sensatez.

Cojo mi capa y salgo a la calle sin avisar a nadie, ni a Wren, ni a Marcus, y hago algo que no he hecho jamás: voy, sola, de noche, a través de todo Londres, hacia Mayfair, hacia la casa de él, sin plan, sin cálculo, sin más estrategia que la primera de mi vida que no he pensado con la cabeza.

Voy andando deprisa por calles que a estas horas no son seguras para una mujer sola, y no tengo miedo, lo cual me sorprende de pasada; llevo un arma en el bolsillo por costumbre y ni la toco, porque el único peligro que me importa esta noche es el de llegar tarde.

Cruzo la ciudad de mi mundo al suyo, de los muelles a Mayfair, el mismo trayecto que él ha hecho tantas veces al revés para venir a verme, y pienso, mientras camino, que esta es la primera vez que soy yo la que recorre la distancia entera, la que cruza del todo, la que va hacia él en lugar de esperarlo tras un escritorio.

Toda la relación la ha caminado él hacia mí.

Esta noche la camino yo hacia él, y noto, en las piernas cansadas, el peso exacto de lo que significa: que por fin me muevo.

Llego a Ashfield pasadas las diez. Aporreo la puerta hasta que abre el mayordomo, atónito de ver a una mujer sola a estas horas, y le digo que quiero ver al conde, ahora, y algo en mi cara le impide negarse.

James aparece en lo alto de la escalera, en mangas de camisa, con la cara de un hombre que no pensaba dormir, y se queda petrificado al verme, porque hace tres horas me dejó convertida en hielo y ahora estoy en su vestíbulo, ardiendo.

—Vivienne. —Baja unos escalones—. ¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo? ¿Estás…?

—Cállate. —Lo digo sin dureza, casi sin aire, porque he venido corriendo lo último y porque lo que traigo dentro me deja sin voz—. Cállate y escúchame, porque lo voy a decir una vez, y me está costando la vida, y no sé si sabré decirlo dos.

Se calla. Baja el resto de la escalera. Se para a un metro de mí, y espera, con esa paciencia suya que esta vez no va a necesitar, porque por primera vez no voy a hacerle esperar nada.

Lo miro, a un metro, en mangas de camisa, despeinado, con los ojos llenos de una esperanza que no se atreve a encenderse del todo por miedo a equivocarse, y por un segundo el pánico antiguo me sube por la garganta y me ordena callar, guardar, protegerme, no entregar el arma.

Lo oigo, ese viejo pánico, la voz de mi madre en la mano fría.

Y por vez primera en la vida le contesto: cállate tú también, madre. Esta la pierdo a mi manera.

—Esta tarde has decidido por mí —empiezo, y la voz me tiembla y la dejo temblar—.

Has decidido que estoy más segura sin ti, y te has ido, muy noble, sin preguntarme si yo prefería tu protección o a ti.

Y te has equivocado en todo, James. No en que soy un blanco; en eso tienes razón.

Te has equivocado en creer que tenías derecho a elegir por mí.

Nadie tiene ese derecho. Lo perdió mi padre el día que salió por una puerta decidiendo que estábamos mejor sin él, y no se lo he devuelto a nadie desde entonces, y no pienso empezar contigo.

Así que he venido a quitarte la decisión de las manos y a tomarla yo, que es la única que puede tomarla.

—Trago. Aquí viene. Aquí está el precipicio de toda mi vida, y salto—.

Te elijo. Con el peligro. Con Ravenscroft y con el que venga después.

Prefiero vivir en la diana contigo a vivir a salvo sin ti, porque he probado las dos cosas esta tarde, el estar a salvo y el estar sin ti, y a salvo no se puede vivir cuando el precio es esto que me está pasando en el pecho ahora mismo.

—Respiro, y digo, por fin, a los treinta años, la palabra tapiada—.

Te quiero. Ya está. Lo he dicho. Llevaba treinta años sin decírselo a nadie porque mi madre me enseñó que decirlo es entregar el arma con que te matan, y acabo de entregártela, entera, en tu vestíbulo, y ¿sabes qué?

, no me ha matado. Me ha soltado. Te quiero, James Aldric, y no te vas a ir a ninguna parte, porque no te lo permito, porque es lo que he elegido yo, despierta, sabiendo el riesgo, sin que nadie me empuje.

Y lo que elijo yo, no lo deshace nadie. Ni siquiera tú, por muy noble que te pongas.

Hay un silencio, y en ese silencio veo a James Aldric deshacerse, ver caer su razonamiento entero, su sofisma noble, su jaula de lógica, ante lo único contra lo que no tenía defensa: que yo eligiera por mí lo que él había prohibido en mi nombre.

—He sido un imbécil —dice, con la voz rota—.

Un imbécil con silogismos. Me convencí de que irme era protegerte, y era…

era tener miedo, y no fiarme de ti para decidir tu propia vida.

Marcus me lo advirtió. Tú me lo has enseñado en una tarde.

Perdóname. No vuelvo a decidir por ti mientras viva. Lo juro.

—Empieza ahora mismo. —Doy el paso que falta, el último, el que me deja a un centímetro de él—. Decide quedarte. No por protegerme, no por ninguna estrategia. Solo porque quieres. Dime que te quedas porque quieres.

—Me quedo porque quiero —dice—. Es la conclusión más fácil que he sacado en la vida. Te quiero, Vivienne. Me quedo. No pienso irme a ninguna parte.

Y entonces lo beso, o él me besa, ya no sé quién empieza, en el vestíbulo de Ashfield, bajo la mirada escandalizada de un mayordomo que tiene el buen juicio de desaparecer, y no es como los besos robados ni como los de la fiebre: es el primero que nos damos los dos enteros, sin murallas, sin miedo, sin nadie que se guarde nada, un beso de dos personas que han dejado, por fin, de protegerse la una de la otra.

Cuando nos separamos, apoyo la frente en su pecho, oigo su corazón latir tan deprisa como el mío, y pienso, con una claridad que no me asusta, que acabo de hacer la peor jugada estratégica de mi vida —entregarle a un hombre el arma con que destruirme— y la mejor apuesta que haré nunca, y que las dos son, para mi asombro, la misma.