Capítulo 28
La segunda noche es más fácil y más difícil que la primera: más fácil porque Vivienne va a vivir, lo dicen su pulso sereno y el retroceso lento de las líneas rojas; más difícil porque, pasado el terror que todo lo ocupaba, queda sitio para lo demás, y lo demás incluye a Marcus Deveran, sentado al otro lado de la cama de su hermana, mirándome desde hace una hora sin decir palabra.
He aprendido, estos meses, a leer a los Deveran por sus silencios, que son elocuentes en la misma medida en que sus palabras son escasas.
El silencio de Vivienne calcula. El de Marcus, descubro esta noche, vigila y pesa.
Lleva una hora pesándome, sopesando al hombre que ha entrado en su cuarto más íntimo, que ha visto a su hermana deshecha, que le ha metido las manos en la boca para salvarla, y que ahora se niega a marcharse.
Sé lo que evalúa, porque yo evaluaría lo mismo en su lugar: si soy una amenaza, un aprovechado, un peligro nuevo disfrazado de salvador.
Lo dejo pesarme. No tengo nada que esconderle, y un hombre sin nada que esconder puede permitirse el lujo de aguantar el escrutinio de otro sin incomodarse, que es, quizá, el único lujo verdadero que poseo.
Ninguno de los dos se ha ido a dormir. Yo porque no puedo alejarme de ella todavía; él porque es su hermano y este es su sitio.
Así que aquí estamos, a las dos de la madrugada, el gigante de los muelles y el conde de los libros, velando a la misma mujer por razones distintas, en un silencio que se espesa hasta que se vuelve una tercera presencia en el cuarto.
Es Marcus quien lo rompe. Saca de algún bolsillo una petaca, bebe, y me la tiende por encima del cuerpo dormido de Vivienne.
—No es de conde —advierte—. Raspa.
—Las cosas que raspan suelen ser las honestas. —Bebo. Raspa, en efecto, como una lima, y le devuelvo la petaca con los ojos llorando—. Excelente. Sincero hasta la crueldad. Como su dueño, imagino.
Algo se mueve en la cara de Marcus que en un hombre menos pétreo sería una sonrisa. Bebe otra vez. Miramos los dos a Vivienne, que respira despacio, más pequeña dormida de lo que parece despierta.
Me sobrecoge verla así. Despierta ocupa todo el espacio de cualquier habitación en la que entra; su presencia es mayor que su cuerpo, hecha de vigilancia y de mando.
Dormida, sin la vigilancia puesta, recupera el tamaño real de una mujer de treinta años que ha pasado media vida cansada.
Es como ver un castillo con las banderas arriadas: sigue siendo un castillo, y por primera vez se le nota la piedra que costó levantarlo.
—Le salvó la vida —dice Marcus al fin, con la dificultad de quien empuja una piedra cuesta arriba—.
No sé darle las gracias sin que suene raro, porque a los hombres a los que doy las gracias no suelo quererlos cerca de mi hermana.
Así que se las doy y ya está. Gracias. Y no me haga repetirlo, que me ha costado un año de vida.
Comprendo lo que le cuesta. Marcus Deveran es un hombre para quien la gratitud es una forma de deuda, y las deudas, en su mundo, son peligrosas: quien te ha hecho un favor tiene un asidero sobre ti.
Darme las gracias es, para él, entregarme un asidero, y lo hace de todos modos, a trompicones, porque el amor por su hermana pesa más que su prudencia de rey del hampa.
Recibo la gratitud con el cuidado con que se recibe algo frágil de manos de alguien que no está acostumbrado a dar cosas frágiles.
—No hace falta que las repita. —Lo miro—. Y no me las dé a mí. Déselas a un impresor italiano de 1643 y a la manía que tengo de comprar libros que nadie quiere. Yo solo fui el que había leído el libro correcto. Cualquiera con mi vicio y mi suerte habría hecho lo mismo.
—No. —Marcus niega despacio—. Cualquiera no.
Cualquiera se habría venido abajo. Yo me vine abajo, y soy el fuerte.
Usted no tembló. Lo vi. Tenía las manos negras de carbón y la cara de muerto, y no tembló ni una vez.
—Me estudia con una atención nueva—. Me había hecho una idea equivocada de usted, Casworth.
Lo tenía por un hombre blando. Blando no es.
Es otra cosa. Es un hombre al que le pasan por dentro cosas duras sin que se le note por fuera.
En mi mundo, a esos son a los que hay que temer.
—En el suyo, quizá. En el mío nos dan cátedras. —Bebo otro trago que me ofrece—. Aunque le agradezco el ascenso de blando a temible. Es la primera vez que alguien me teme, y advierto que, en dosis pequeñas, halaga.
Marcus resopla, esta vez casi una risa, y el hielo que quedaba entre los dos se adelgaza un poco más. Nos quedamos otro rato en silencio. Después, mirando a su hermana, empieza a hablar de un modo distinto, más bajo, como quien abre una caja que no abre nunca.
—¿Sabe por qué es así? —pregunta—. Lo que es. Por qué no dejaba entrar a nadie hasta que apareció usted con sus libros.
—Sé algunas piezas. No el cuadro entero.
—Le voy a dar el cuadro, porque creo que le hace falta para no romperlo.
—Marcus apoya los codos en las rodillas—.
Nos criamos con nada. Menos que nada: con deudas.
Nuestro padre se largó detrás de una mujer y un negocio mejor cuando ella tenía seis años y yo ocho, y nos dejó a mi madre, a mi hermana y a mí en un cuarto sin fuego y una lista de gente a la que debíamos dinero.
Mi madre se mató a trabajar dos años y aun así nos moríamos de hambre, y luego se puso enferma y se murió también, despacio, delante de Vivienne, que tenía ocho años y le sostenía la mano.
—Traga—. Yo no estaba en el cuarto ese día.
Andaba robando comida, que era lo mío. Así que no oí lo que mi madre le dijo a mi hermana antes de morir.
Aunque sé lo que le dijo, porque Vivienne cambió esa semana y no volvió a ser una niña nunca.
Le dijo que no quisiera a nadie. Que querer era lo que nos había arruinado, que nuestra madre había querido a nuestro padre y mírala.
Le hizo prometer, a los ocho años, que no querría jamás.
Y mi hermana, que cumple lo que promete mejor que nadie que yo conozca, lo prometió y lo cumplió. Veintidós años cumpliéndolo.
Me quedo muy quieto, encajando el peso de lo que acaba de darme, porque es enorme, y explica cosas que yo había intuido sin comprender: la columna que le falta a sus cuentas, el terror ante la pregunta de qué quiere, la muralla que no es orgullo sino una promesa hecha a una muerta.
Reordeno, a la luz de este dato, todo lo que sé de Vivienne, y encaja con una precisión dolorosa.
La columna que le falta a sus cuentas —«lo que quiero»— no está suprimida por frialdad: está suprimida por juramento.
Cada vez que la vi negar lo que sentía, no era una mujer reprimiéndose; era una hija cumpliendo la última orden de su madre.
Y el beso, la tarde en mi biblioteca, la invitación que se guardó en vez de devolverla: no eran pasos de una mujer que se enamora despacio, eran actos de desobediencia.
Cada uno, para ella, una pequeña traición a una promesa sagrada.
He estado enamorándome, sin saberlo, de la valentía más silenciosa que he visto nunca: la de quien rompe, gesto a gesto, el único juramento que la ha mantenido a salvo.
—Gracias —digo, y lo digo en serio—. Por contármelo. Ahora entiendo contra qué he estado, sin saberlo, todos estos meses. No era desconfianza, era una promesa.
—Era una promesa. —Marcus me mira fijo—.
Y aquí viene la parte en que el hermano hace su trabajo, Casworth, así que escúcheme bien, que solo lo digo una vez.
Mi hermana ha roto, por usted, el único juramento que ha cumplido en su vida.
Ha decidido querer, después de veintidós años jurando que no lo haría, y lo ha decidido por usted.
¿Entiende lo que eso pesa? No es una mujer enamorándose: es una mujer que traiciona la última voluntad de su madre muerta porque usted le ha parecido que valía la pena.
—Se inclina, y toda la ternura de la noche se le va de la voz, y queda debajo el rey del hampa—.
Como no lo valga, como le haga daño, como la deje, no habrá error de traducción ni libro italiano que lo salve de mí.
La habré perdido dos veces: la vez de hoy, que casi la pierdo, y la vez que usted me la rompa.
Y por la segunda, le juro por mi madre, que sí estuve para enterrar, que le arranco a usted el mundo entero pieza a pieza, con mi paciencia y con la de ella, que me la sé de memoria. ¿Nos hemos entendido?
—Nos hemos entendido. —Le sostengo la mirada sin parpadear, porque esto merece que no parpadee—.
Y le voy a decir una cosa, señor Deveran, para que la guarde con la amenaza, que es justa y que acepto.
No pienso hacerle daño. No porque le tema a usted, que debería y le temo.
Porque quererla a ella y hacerle daño me parecen, a estas alturas, la misma imposibilidad.
He visto lo que le costó a su hermana decir mi nombre.
No voy a hacer que se arrepienta de haberlo dicho.
Antes me arranco yo el mundo pieza a pieza y le ahorro el trabajo.
Marcus me mira un largo rato. Después hace algo que no esperaba: me tiende la mano por encima de su hermana dormida.
Es una mano enorme, cubierta de cicatrices, la mano de un hombre que ha hecho cosas de las que no hablamos.
La estrecho. Y en ese apretón, sobre el cuerpo de la mujer que los dos, cada uno a su manera, hemos estado a punto de perder, queda sellado algo que ninguno de los dos sabría nombrar y que se parece bastante a una alianza.
No se me escapa la solemnidad del momento, por más que Marcus se apresure a estropearla, que es su modo de sobrellevar lo que le desborda.
Un hombre como él no le da la mano a cualquiera; su mano es un contrato, y los contratos de los Deveran se cumplen o se pagan con sangre.
Al estrechármela me dice, sin decirlo, que dejo de ser un forastero peligroso y paso a ser algo para lo que su mundo tiene una palabra antigua y seria: de los nuestros.
Es un ascenso que no pedí y que, descubro, me importa más que ninguno de los títulos que heredé sin merecer.
—Es usted raro de cojones, Casworth —dice, soltándome la mano—. Un conde que sabe de venenos, que no tiembla, y que le habla a mi hermana de vengarse para mantenerla viva. —Menea la cabeza—. Vivienne siempre tuvo un gusto extraño para todo. Al menos es coherente.
Sonrío en la penumbra. Hay algo reconfortante hasta el hueso en que el hermano de la mujer que amas te considere un miembro más de su rareza familiar.
Toda mi vida he sido el raro en cada sala: el conde que prefiere los libros, el erudito sin ambición, el hombre que no encaja en ningún molde de su clase.
Y aquí, en un cuarto sobre un almacén de contrabando, un rey del hampa acaba de decirme que soy raro y coherente con su hermana, y lo ha dicho como se dice de alguien de la familia.
Por vez primera, mi rareza no me señala como extraño. Me señala como perteneciente.
—Lo tomaré como una bendición.
—Tómelo como lo que es: lo más parecido a una bendición que va a sacarme. —Vuelve a ofrecerme la petaca—. Beba. Nos queda media noche, y no pienso pasarla hablando de sentimientos, que ya he cubierto mi cupo para lo que me queda de vida.
Y algo se asienta en mí, en ese cuarto que huele a carbón y a convalecencia, mientras la petaca vuelve a mi mano: la certeza de que, pase lo que pase entre Vivienne y yo, esta noche he ganado un aliado improbable.
Un hombre solo como yo, sin familia, sin hermanos, huérfano de todo, no sabía cuánto necesitaba que existiera en el mundo alguien dispuesto a arrancarle el mundo pieza a pieza si le hace daño a quien ama.
Es una forma extraña de sentirse acompañado, y es, quizá, la única que este mundo ofrece.
Bebo. Raspa. Y velamos juntos lo que queda de la noche, el gigante y yo, sin más palabras, dos hombres que no se parecen en nada salvo en lo único que importa esta madrugada, que es que ninguno de los dos piensa moverse de esta habitación mientras Vivienne Deveran siga necesitando que alguien le cuente los latidos.