La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Vuelvo al mundo por partes, como una marea que se retira y va dejando la playa al descubierto poco a poco: primero el techo, que reconozco por una grieta que llevo años sin arreglar; después el peso de las mantas, excesivo; después el dolor sordo del brazo, envuelto en algo que no es mi venda tosca de aquella noche sino un vendaje limpio, experto, que alguien ha renovado con cuidado mientras yo no estaba.

Estoy viva. El dato me llega despacio, y tardo en creerlo, porque lo último que recuerdo con nitidez es haber aceptado que no lo estaría.

Reconstruir cómo he pasado de aquella certeza a este techo es, ahora mismo, superior a mis fuerzas.

Me conformo con el hecho desnudo: respiro, veo la grieta, me duele el brazo.

Los muertos, hasta donde sé, no se quejan de un brazo.

Hago inventario del cuerpo, que es lo primero que hace un soldado al despertar en un campo de batalla: comprobar qué le queda.

Los dedos responden, despacio. Las piernas, pesadas, están.

El brazo herido duele con un dolor limpio, de carne que sana, no de carne que se pudre; conozco la diferencia, la he visto en otros, y saber que es el dolor bueno me arranca la primera lágrima, que me sorprende resbalando hacia la oreja sin que la haya autorizado.

Lloro, descubro, con una facilidad nueva y alarmante.

El veneno se ha llevado, entre muchas otras cosas, la llave con que cerraba el llanto.

Voy a tener que vivir un tiempo con las esclusas rotas, hasta que recupere fuerzas para repararlas, y una parte pequeña de mí, la que estrenó anoche una columna nueva en un libro mayor, se pregunta si querré repararlas del todo.

Giro la cabeza, que pesa como si fuera de plomo, y lo veo.

James está en un sillón junto a la cama, dormido, con el mismo agotamiento pintado en la cara con que se duerme después de una batalla.

Tiene las manos manchadas de un negro que no se ha ido del todo con el lavado, y hay, en la mesilla, un caos de frascos, morteros, paños y libros abiertos que reconozco, con un vuelco lento, como los instrumentos de mi rescate.

Reconstruyo, mirándolo dormir, fragmentos sueltos de la noche del mar rojo.

Una voz que me hablaba de una partida que yo no perdía.

Unos dedos que contaban en mi muñeca. Un frío en el brazo, un amargor negro en la boca, y su nombre, mi propia voz diciendo su nombre una y otra vez desde el fondo del agua.

Y con ese último fragmento llega el horror, tan intenso que casi me devuelve a la fiebre.

Lo dije. Lo llamé. Me oyó llamarlo. Vino, me vio deshecha, me metió carbón en la boca, me contó los latidos, y en algún momento de todo eso oyó a la mujer que se había pasado meses racionándole cada gramo gritar su nombre como una cría asustada.

Lo sabe. Ya no hay muralla que reconstruir, ni dosis que administrar, ni cara que elegir: lo sabe todo, lo ha visto todo, está durmiendo en un sillón junto a la ruina de mi control, y yo no tengo, débil como estoy, ni fuerzas para fingir que no ha pasado.

Debería sentir pánico. Espero el pánico, la vieja alarma.

Y lo que llega, en su lugar, en este cuerpo vaciado por el veneno y sin energía para levantar defensas, es una calma rara, la calma del que ha perdido una batalla tan por completo que ya no tiene sentido seguir peleándola.

Lo sabe. Bien. Estoy demasiado cansada para que me importe como debería.

Y en esa fatiga, en ese desarme total, descubro algo que la fuerza me había ocultado siempre: que sostener la muralla costaba una energía inmensa, y que ahora que no me quedan fuerzas para sostenerla, se está tan a gusto sin ella.

Es un descubrimiento que reordena una vida entera, y me llega, como suelen llegar los grandes descubrimientos, en el peor momento posible: cuando ya no me quedan fuerzas para aprovecharlo.

He gastado veintidós años, una fortuna incalculable de energía, en sostener algo que pesaba más protegerme a mí que a mis enemigos.

La muralla no era gratis. La pagaba yo, cada día, con el cansancio de no bajar nunca la guardia, con el frío de no dejar entrar a nadie, con la soledad que confundía con seguridad.

Y bastó un veneno para que me la quitaran a la fuerza y descubriera, tumbada y vencida, que se respira mejor sin ella.

Tuve que estar a punto de morir para empezar a vivir.

Casi nunca sale barato el aprendizaje que importa.

James se despierta. No de golpe; primero frunce el ceño, después abre los ojos, y cuando me encuentra mirándolo, se incorpora tan deprisa que casi tira un frasco.

—Está despierta. —Lo dice con una emoción que no intenta esconder, y se arrodilla junto a la cama, y me busca la muñeca con dos dedos, por costumbre ya, para contarme el pulso—. ¿Me oye? ¿Sabe dónde está? No hable si le cuesta. Solo apriéteme la mano si me entiende.

Le aprieto la mano. Débil, aunque se la aprieto. Y él cierra los ojos un segundo, con un alivio tan grande que me da vergüenza haberlo causado.

—Vino —digo. Me sale un hilo de voz, ronco, gastado—. Isolde fue a buscarlo y vino.

—Vine. —Sonríe—. No pienso presumir de la velocidad; conduje yo, y estuvimos a punto de volcar dos veces. Vine igual.

—Me salvó.

—Le salvó un impresor italiano de 1643. Yo solo transporté el mensaje. —Me acomoda la manta con una torpeza tierna—. No hable más. Está muy débil. Ha estado a las puertas cuatro días. Lo único que tiene que hacer ahora es descansar y dejarse cuidar, que sé que es lo que peor se le da del mundo.

—El estilete —digo, porque incluso vaciada, incluso a hilos de voz, la estratega no se apaga del todo—. ¿Lo guardó Pike? Hay que analizarlo. Saber qué veneno era. Quién lo vende. Quién...

—Chsss. —Me pone dos dedos en los labios, con una suavidad que me calla más que la orden—.

Sí. Pike lo guardó. Y no, ahora no. Le prometo, Vivienne, que en cuanto se tenga en pie averiguamos juntos quién pagó ese estilete y le hacemos lamentar el día que se le ocurrió.

Tengo, resulta, cierto talento para los venenos, y usted cierto talento para la venganza; seremos, cuando se recupere, un matrimonio de armas temible.

—Se detiene, oye lo que ha dicho, y por primera vez en meses lo veo ruborizarse—.

Una... una sociedad. Una alianza. Elija usted la palabra.

Estoy demasiado cansado para vigilar las mías.

No corrijo la palabra que se le ha escapado. La guardo, en cambio, en el sitio nuevo donde guardo lo que quiero, esa columna que dibujé la víspera de casi morirme, y que resulta que ya tiene su primer asiento.

Y aquí, en este punto, la Vivienne de siempre, la que calcula, la que administra, sabría de sobra qué hacer: dar las gracias con cortesía medida, recuperar el control de la escena, empezar ya a reconstruir la muralla que la fiebre derribó, borrar cuanto antes la vergüenza de haberse mostrado débil.

Sé cómo se hace. Lo he hecho toda la vida.

No lo hago. No puedo, y por una vez el no poder es un alivio, no una derrota. Estoy demasiado vacía para mentir, y la verdad, sin la fuerza que hace falta para tragársela, se me sale sola.

—No te vayas —digo.

Lo digo con el tú, sin el usted que he mantenido como última trinchera durante meses.

Lo digo sin adornarlo, sin condicionarlo, sin envolverlo en una excusa práctica.

No «quédese por si recaigo». No «necesito vigilancia».

Solo «no te vayas», desnudo, que es lo que de verdad quiero decir y lo que nunca me he permitido decirle a nadie, porque pedirle a alguien que se quede es confesar que su marcha te haría daño, y confesar que algo puede hacerte daño es, en mi mundo, entregar el arma con que te matan.

Le entrego el arma. A las puertas de la muerte, vaciada de todo lo que me protege, le entrego a James Aldric el arma con que podría destruirme, y lo hago sin miedo, porque he descubierto, en el mar rojo, que hay cosas peores que ser vulnerable, y la peor de todas es morirse sin haber dicho, ni una vez, lo que una quería.

Es una aritmética que me habría parecido demencial hace tres meses y que ahora, desde el otro lado del mar rojo, me parece la única cordura.

He pasado la vida protegiéndome de la vulnerabilidad como si fuera la peor de las amenazas, y he necesitado un veneno de tres peniques, cuatro días de fiebre y el fondo de mi propia muerte para entender el error del cálculo: que una muralla que te protege de todo lo malo te protege también de todo lo bueno, porque no sabe distinguir, porque una muralla es tonta y solo sabe una cosa, cerrar.

Elegí la muralla a los ocho años y tenía razón: me salvó la vida de niña.

Ahora elijo la puerta, y quizá me cueste la vida de mujer.

Lo he calculado, en la medida en que se puede calcular tan débil.

Y decido correr el riesgo con los ojos abiertos, no porque haya dejado de ver el peligro, sino porque he visto, por fin, lo que hay al otro lado de no correrlo: una vida larga, segura y sola, igual de sola el último día que el primero.

James se queda muy quieto. Comprende —lo veo comprenderlo— la magnitud de lo que le he dado, este hombre que colecciona los gestos mínimos de la gente y sabe leer una tonelada en dos palabras.

Otro aprovecharía el momento. Otro cobraría la ventaja, pediría más, convertiría mi «no te vayas» en el principio de una negociación en la que yo, débil, no tendría con qué defenderme.

Él no.

—No me voy —dice, sin más, como el que responde a la pregunta más fácil del mundo—.

No pensaba irme. Llevo cuatro días sin irme, y pienso seguir sin irme el tiempo que haga falta, y también, si usted me deja, bastante más tiempo del necesario.

—Me aprieta la mano que aún tengo entre las suyas—.

Duérmase tranquila. Cuando despierte, seguiré aquí.

Es la única promesa que sé cumplir con los ojos cerrados: quedarme donde estoy.

Se me da fatal casi todo lo demás. Esto lo hago bien.

No cobra el arma que le he dado. La deja sobre la mesa, a la vista, sin usarla, que es la única prueba que existe de que era seguro entregársela.

Y comprendo, viéndolo dejar el arma sin usarla, algo que no había entendido de él en todos estos meses: que su falta de agenda, que tomé al principio por ingenuidad y después por rareza, es en realidad la forma más alta de fuerza que conozco.

Un hombre que podría aprovecharse y no lo hace no es débil: es un hombre tan seguro de lo que quiere que no necesita arrancármelo por sorpresa.

Puede esperar. Puede permitirse no cobrar.

Toda mi vida he confundido la fuerza con la capacidad de tomar.

Él me enseña, sin proponérselo, que la fuerza es la capacidad de no hacerlo.

Y yo, con su mano caliente alrededor de la mía y su promesa de no irse envolviéndome mejor que las mantas, me dejo caer otra vez hacia el sueño, esta vez sin miedo, hacia un fondo que ya no es rojo sino oscuro y tibio y con alguien velando el borde.

No recuerdo la última vez que dormí sin una parte de mí montando guardia.

Ni de niña, quizá; de niña ya había que vigilar el hambre, el frío, la puerta.

Dormir, entregada, sin dejar a nadie de centinela, es un lujo que creía perdido para siempre, de los que se van con la infancia y no vuelven.

Y sin embargo aquí está, devuelto por el sitio más improbable: no por la seguridad, que nunca me lo dio, sino por la presencia de un hombre en un sillón, con las manos negras de carbón, que ha prometido no moverse.

Resulta que no necesitaba estar a salvo para descansar.

Necesitaba no estar sola. Nadie me lo dijo nunca.

O me lo dijeron y no supe oírlo, ocupada como estaba en levantar la muralla que me lo impedía.

Lo último que pienso, antes de hundirme en ese sueño bueno, es que he dicho «no te vayas» y el mundo no se ha acabado.

Que he entregado el arma y sigo viva. Que quizá mi madre, que me hizo prometer que no querría para protegerme, se equivocó en una sola cosa, la más importante: que querer no siempre es la puerta por la que entra lo que te destruye.

A veces es la puerta por la que, por fin, entra alguien a sacarte del frío.