La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

La medicina que sé no viene con la certeza que finjo. Viene con una probabilidad, y la probabilidad, esta noche, es la peor compañera que existe, porque me obliga a apostar la vida de Vivienne a que un texto italiano de hace ciento setenta años tenía razón y su traductor inglés se equivocó.

Empiezo por deshacer el daño. Retiro las cataplasmas calientes que el médico ha dejado, y cada una que quito me confirma el horror: la piel de debajo está peor, más roja, más hinchada, porque el calor ha hecho justo lo que temía, abrir el camino.

Aplico frío en su lugar, paños empapados en el agua helada del pozo que Isolde sube en cubos, y coloco por encima de la herida el torniquete flojo, calculando la presión con un cuidado obsesivo: lo bastante para frenar la sangre, no tanto para cortarla, porque un brazo sin sangre se muere y yo no he venido a salvarle la vida a costa del brazo.

Trabajo con una parte de la mente mientras con la otra vigilo la puerta de mí mismo por la que amenaza con entrar el pánico.

Es un reparto agotador. Cada gesto lo hago dos veces: una con las manos, que deben ir firmes, y otra por dentro, donde reviso a toda velocidad si lo que recuerdo del tratado es exacto, si la proporción es esa, si no estaré confundiendo un pasaje con otro, si la memoria, que es traicionera, no me estará jugando la peor mala pasada de su historia justo cuando más la necesito.

No puedo permitirme un error. Un traductor cometió uno hace ciento cincuenta años y lleva siglo y medio matando; el mío, si lo cometo, mataría esta misma noche, aquí, a esta mujer, y no tendría siglo y medio para que alguien lo enmendara.

Después viene lo difícil: lo que ha de entrar en ella.

Muelo el carbón hasta convertirlo en un polvo negro y fino, y cuando llegan del estante bajo de mi biblioteca las raíces secas que guardo etiquetadas —un mozo de Marcus ha reventado un caballo trayéndolas—, preparo con manos que me obligo a mantener firmes la mezcla amarga que el tratado describe: el absorbente que ha de ligar el veneno en la sangre, atarlo donde está, impedir que siga su marcha hacia el corazón.

Es una preparación repugnante, negra y espesa, y hacérsela tragar a una mujer inconsciente es una de las cosas más difíciles que he hecho, porque hay que darla despacio, gota a gota casi, con la cabeza ladeada para que no se ahogue, hablándole todo el rato aunque no oiga, pidiéndole que trague, que trague, mientras Isolde le sostiene la mandíbula y Marcus, a los pies de la cama, mira con los puños apretados una batalla en la que su fuerza inmensa no sirve para nada.

—¿Está funcionando? —pregunta Marcus, hacia la tercera hora, con una voz que ya no intenta sonar dura.

—No lo sé —respondo, porque mentirle sería peor—.

No lo sabré hasta que la fiebre haga una de dos cosas: seguir subiendo, y entonces la habré perdido, o empezar a ceder, y entonces habremos ganado tiempo.

Ahora mismo solo estamos impidiendo que empeore.

Todavía no la estamos curando. Le pido paciencia, señor Deveran, aunque sé que es lo más cruel que se le puede pedir a un hombre esta noche.

—Nunca he tenido paciencia —dice Marcus—. Vivienne tiene la mía y la suya.

—Entonces pídasela prestada esta noche. Ella se la devolverá.

No sé de dónde saco esa frase, ni si la creo. La digo porque hay que decir algo, porque en una habitación donde alguien lucha por su vida las palabras que sostienen valen tanto como los remedios. Marcus la recibe como quien recibe una cuerda, y asiente, y vuelve a su vigilancia de gigante inútil.

Isolde, a mi lado, resulta ser de la clase de persona que en la catástrofe se vuelve más útil, no menos.

No pregunta cosas inútiles. Anticipa: cuando necesito agua, ya está subiendo; cuando me tiembla la mano al medir el polvo, es la suya la que sostiene la balanza.

En una de las pausas, mientras esperamos a que una dosis obre, me habla en voz baja, sin apartar los ojos de Vivienne.

—¿Sabe que ella me investigó a mí, hace un año, antes de dejarme entrar en la vida de su hermano?

—dice—. Puso a un hombre a seguirme durante semanas.

Cuando lo descubrí, me ofendí muchísimo.

Y luego entendí que era su forma de querer: comprobar que yo no le haría daño a lo único que tenía.

—Una pausa—. Se lo cuento para que sepa dónde se ha metido, milord.

Esta mujer no dice «te quiero». Esta mujer te investiga, te protege, les arruina la vida a tus enemigos y se muere susurrando tu nombre porque no supo decírtelo despierta.

Ese es su idioma. Apréndalo, si sobrevive. Se lo debe.

—Lo estoy aprendiendo —respondo, sin dejar de contar el pulso—. Deprisa, esta noche.

Las horas siguientes no tienen forma. Se disuelven en una sucesión de gestos repetidos: cambiar el paño frío cuando se calienta, comprobar el torniquete, medir el pulso con dos dedos en su muñeca —ese pulso que corre como un caballo desbocado y que rezo por que empiece a cansarse—, hacerle tragar otra dosis de la mezcla negra cada vez que la anterior ha tenido tiempo de obrar.

Vivienne, entre tanto, delira. Habla. Dice cosas rotas, fragmentos de un idioma privado: nombres de rutas, cifras, órdenes a hombres que no están, y a ratos, todavía, mi nombre, que ya no aparto porque he dejado de tener fuerzas para apartarlo y he decidido, en algún momento de la madrugada, que si va a morir prefiero que muera sabiendo que su nombre lo he oído y que he venido.

Escucho su delirio como se escucha un texto cifrado, buscándole sentido a lo que no lo tiene, y encuentro, en el desorden, una geografía de lo que la habita.

Habla de deudas y de rutas, del negocio que es su armadura.

Y también, cada vez más a menudo según avanza la noche, habla de frío.

«Tengo frío», dice, ella que arde de fiebre.

«Cerrad la puerta, que entra el frío.» Veo que no es de la fiebre de lo que habla, sino de mucho más atrás: de un cuarto sin fuego, de una infancia helada, del frío original contra el que ha pasado la vida levantando murallas que dan calor a los demás y a ella no.

Le subo la manta, aunque el cuerpo le hierva, porque no es el cuerpo el que tiene frío.

Hacia las cuatro, la pierdo.

No del todo. Solo que el pulso, que había empezado a dudar, se dispara de nuevo, y la respiración se le vuelve un jadeo superficial, y las líneas rojas, que parecían haberse detenido, dan un tirón hacia arriba, hacia el hombro, hacia el pecho.

Es el momento en que un hombre razonable se rinde.

El médico, que se ha quedado en un rincón, humillado y fascinado a la vez, murmura algo sobre los designios de Dios.

Isolde me mira con los ojos llenos. Y yo, por un instante, con las manos negras de carbón y el cuerpo temblando de agotamiento, siento que el texto de 1643 me ha mentido, que me he equivocado, que la he matado más rápido con mi certeza que el médico con su ignorancia.

Es el peor pensamiento de mi vida, y me visita con toda su lógica: que mi arrogancia de erudito, mi fe en un original contra la práctica de todos los médicos de Inglaterra, ha acelerado su muerte.

Que si hubiera dejado al médico seguir con sus sangrías, ella tendría al menos la muerte lenta que le daba una oportunidad remota, en vez de la rápida que le he dado yo con mi certeza.

Durante ese instante me creo su asesino.

Y comprendo, en carne propia, el terror con que Vivienne vive cada día: el de saber que una decisión tuya, tomada con la mejor información, puede matar a quien intentabas salvar.

Ella carga con eso siempre. Yo lo cargo una noche y casi me parte.

Y entonces hago lo único que me queda, que no está en ningún tratado.

Me inclino sobre ella, muy cerca, y le hablo no como el médico que la trata, sino como el hombre que la conoce. Le hablo en su idioma, el de la estrategia, el único que quizá alcance el fondo donde se ahoga.

—Vivienne, escúcheme. Esto es una partida, y usted no pierde partidas.

El que le hizo esto calculó que dos centímetros bastarían.

Se equivocó, como se equivocan todos los que la subestiman.

Déjeme demostrarle que se equivocó. No le dé la satisfacción de acertar.

Aguante una hora más. Una hora. Y por la mañana averiguamos juntos quién es y le arruinamos la vida, usted con su método y yo con mis libros.

Le prometo la venganza más elegante de la historia de Londres.

Solo tiene que estar viva para verla. Aguante para ver cómo pierde su enemigo. Sé que eso sí la mueve.

No sé si me oye. Nadie sabrá nunca si me oyó.

Y sin embargo, cinco minutos después —cinco minutos que cuento uno a uno con los dedos en su muñeca—, el caballo desbocado de su pulso hace, por vez primera en toda la noche, una cosa nueva: vacila.

Salta un latido. Y luego, muy despacio, empieza a aflojar el galope.

He esperado cosas en la vida —la llegada de un manuscrito subastado, el veredicto de un experto sobre una datación mía—, y creía saber lo que era esperar.

No sabía nada. Esperar de verdad es esto: contar los latidos de un corazón ajeno que es, de pronto, el único que importa en el mundo, y no saber si el siguiente vendrá más lento, que sería la vida, o no vendrá, que sería el fin, y no poder hacer nada salvo contar.

Cada latido que llega es un regalo que no esperaba merecer.

Cada latido que tarda un instante de más me arranca diez años.

Descubro que el amor, despojado de toda poesía, reducido a su hueso, es esto: la incapacidad total de vivir en el intervalo entre dos latidos de otra persona.

No me atrevo a creerlo. Sigo contando. Sesenta latidos.

Más lentos. Ciento veinte. Más lentos aún, más hondos, el ritmo de un corazón que deja de huir porque ha dejado de tener de qué.

Le toco la frente: sigue ardiendo, aunque ha dejado de subir, y en la piel, alrededor de la herida, las líneas rojas se han quedado quietas, y una de ellas, la más fina, parece —o quiero que parezca— haber empezado a palidecer por su extremo.

—El veneno se está ligando —digo, y la voz me sale rota, porque el hombre frío por fin se resquebraja ahora que puede permitírselo—. La mezcla está funcionando. No está a salvo. Aun así, ha dejado de acercarse al borde. Está... está aguantando.

Isolde se echa a llorar sin ruido. Marcus se cubre la cara con las dos manos, ese hombre que llena habitaciones, reducido a un niño que no sabe qué hacer con el alivio.

Y yo me quedo arrodillado junto a la cama, con dos dedos sobre la muñeca de Vivienne, contando latidos igual que quien reza un rosario, mientras por la única ventana del cuarto empieza, muy despacio, muy pálida, la clase de amanecer que uno no creía que fuera a ver.

Me quedo mucho rato así, arrodillado, con los dedos en su muñeca, y veo que no quiero soltarla, que soltarle la muñeca me da un miedo irracional, como si mi contacto formara parte del remedio, como si mientras yo cuente sus latidos ella no se atreviera a dejar de tenerlos.

Es una superstición, la primera de mi vida racional, y me aferro a ella sin vergüenza.

Que la ciencia haya hecho su parte no me impide añadirle esta magia pequeña: la de un hombre que se niega a soltar una muñeca hasta que el sol esté bien alto.

No la he salvado. Lo sé. La noche que viene decidirá si el veneno ligado se disuelve o vuelve a soltarse, y hay infecciones, y hay recaídas, y hay mil maneras de que esto termine mal todavía. No la he salvado.

Aun así, esta hora, esta sola hora robada a la muerte con un error de traducción de hace ciento cincuenta años, la hemos ganado. Y en la contabilidad de esta noche, una hora en que Vivienne Deveran sigue respirando cuando no debería, es la mayor fortuna que he poseído nunca.