La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Son más de las dos de la madrugada cuando aporrean la puerta de Ashfield, y sé, antes de bajar, que ninguna noticia que llegue a esa hora por ese medio es buena.

He imaginado, en el duermevela de muchas noches, distintas versiones de que alguien aporreara mi puerta de madrugada.

Ninguna era buena; a esa hora solo viaja la desgracia.

Bajo las escaleras abrochándome mal la camisa, con el corazón ya adelantándose a la noticia, y me sorprende, incluso en ese momento, la nitidez de una certeza: sea lo que sea lo que traiga quien llama, tiene que ver con ella.

No con mis sociedades anticuarias, no con un pariente lejano, no con un incendio en un archivo.

Con ella. Hace meses que mi corazón ha decidido que todas las urgencias del mundo son, en el fondo, la misma urgencia, y esta noche, por desgracia, mi corazón tiene razón.

Es Isolde. La reconozco pese al chal echado por encima del camisón, pese al pelo suelto, pese a que la mujer serena que vino a hablarme de viudas de marineros ha desaparecido y en su lugar hay alguien con los ojos de quien lleva horas mirando a la muerte de frente.

—Vivienne se muere —dice, sin preámbulo, porque no hay tiempo para preámbulos—. La han apuñalado con un estilete envenenado. El médico se rinde. Y usted, milord, colecciona tratados de venenos. Es la única carta que me queda. Vístase. Rece por saber algo. Y venga corriendo.

No recuerdo vestirme. Recuerdo estar de pronto en un carruaje que Isolde conduce con una prisa que asusta a los caballos, y recuerdo que le hago, en el trayecto, las únicas preguntas que importan, porque el pánico, en mí, se convierte por fortuna en preguntas y no en parálisis.

—¿Qué veneno? ¿Lo saben?

—No. El arma está guardada; un tal Pike la envolvió en cuero. Nadie sabe qué es.

—¿Síntomas? Descríbamelos exactos, Isolde, cada uno, no se deje ninguno.

Y ella, que es lista, me los da como los daría un buen testigo: la herida pequeña que no cierra, las líneas rojas trepando por el brazo, la fiebre altísima, el corazón desbocado, el sabor metálico que Vivienne mencionó antes de caer, el delirio.

Yo escucho, y mientras escucho, en algún rincón frío de mi cabeza que el terror no alcanza, empiezo a pasar páginas.

Miles de páginas. Todos los tratados de toxicología que he leído en mi vida por el puro placer morboso de leerlos, sin sospechar jamás que un día dependería de ellos algo más que mi curiosidad.

Cada síntoma que Isolde nombra es una llave que abre y cierra puertas en mi memoria.

La herida que no cierra descarta la mitad de los venenos que conozco.

El sabor metálico descarta otra cuarta parte.

Las líneas rojas que trepan, y sobre todo su velocidad, estrechan el campo a un puñado de preparaciones, casi todas del continente, casi todas raras, casi todas descritas solo en tratados que no se traducen porque nadie los pide.

Voy tachando, en el carruaje a oscuras, con la disciplina de quien resuelve un acertijo, salvo que el acertijo, por primera vez en mi vida, tiene un reloj, y el reloj es un corazón que late demasiado rápido a media milla de aquí.

Descubro, en ese carruaje, algo sobre mí que ignoraba: que el terror, en mí, no paraliza; ordena.

Otro hombre, enamorado y aterrado, se habría venido abajo, habría llorado, habría rezado.

Yo hago lo único que sé hacer con el caos, que es catalogarlo.

Convierto el pánico en un problema de investigación, porque un problema de investigación tiene solución y el pánico no, y me aferro a esa conversión como a una tabla en el naufragio.

Toda mi vida de erudito ocioso, todas las horas que la gente sensata juzgó desperdiciadas —yo enterrado en tratados de venenos que nadie leía, coleccionando saberes inútiles por el gusto de coleccionarlos—, todo eso, comprendo ahora con una claridad feroz, existía para esta noche.

Un hombre pasa décadas sin saber para qué sirve lo que ama. Y una madrugada, de golpe, lo sabe.

Cuando llegamos, subo las escaleras de dos en dos y entro en un cuarto que huele a sangre, a sudor y a la dulzura enfermiza de la corrupción, y por un instante dejo de ser un hombre de método, porque en la cama está Vivienne, y no la reconozco.

La mujer que cruza escritorios, que gobierna salones, que desmonta a un traidor con la voz plana, no está.

En su lugar hay una criatura pequeña y ardiente, con el pelo pegado a la frente y los ojos vidriosos que no me ven, murmurando algo sin parar, y tardo un segundo espantoso en entender que lo que murmura, una y otra vez, es mi nombre. Ese segundo es el peor de mi vida.

He leído, en poetas que despreciaba por sentimentales, que oír tu nombre en labios de quien amas es una dicha.

Nadie me advirtió de que oírlo en delirio, arrastrado por la fiebre, sin que te vea, es lo más parecido al infierno que un hombre puede sufrir de pie.

Ella me llama y no me llama a mí; llama a una idea de mí a la que se agarra para no ahogarse.

Y yo, que soy la idea y el hombre a la vez, no puedo acudir como hombre: solo puedo servir de remedio.

Es una crueldad exquisita: por fin dice mi nombre, y tengo que fingir que no lo he oído para poder salvarla.

Después lo aparto, con una disciplina que no sabía que tenía, porque puedo derrumbarme luego, cuando ella no me necesite, y ahora me necesita, y derrumbarse es un lujo de después.

Guardo el derrumbe en el sitio donde guardo lo que no puedo permitirme sentir todavía, un sitio que no sabía que tenía y que resulta tener una capacidad sorprendente.

Y en su lugar saco al otro, al frío, al que la va a salvar.

Es una escisión violenta, partirse en dos así, dejar al hombre que la ama esperando en una antesala mientras el técnico entra a operar.

Lo hago porque es lo que ella necesita. El amor, esta noche, es un estorbo: lo que le sirve a Vivienne no es cuánto la quiero, sino cuántos libros he leído.

Nunca había querido tanto ser un erudito y tan poco ser un hombre.

—¿Quién es usted? —El médico, un hombre pulcro con las manos manchadas de la sangre que le ha sacado, me cierra el paso—. Esto no es lugar para visitas.

—Soy la última oportunidad de esta mujer, y usted me va a ayudar o se va a apartar. —No reconozco mi propia voz; sale con una autoridad que jamás he usado, la del hombre que ya no tiene tiempo para la cortesía—. Enséñeme el arma. Pike, ¿es usted Pike? El estilete. Ahora.

Pike, un hombre enorme que obedece porque el miedo por su señora es mayor que su desconfianza hacia mí, me trae el cuero.

Lo desenvuelvo con cuidado, acerco la vela, y examino la pátina parduzca de la punta con la misma atención con que examinaría un colofón dudoso.

La huelo, con precaución, sin tocarla. Y el olor —amargo, terroso, con un fondo que recuerdo haber leído descrito como «a almendra vieja y a raíz»— hace saltar, por fin, la página exacta.

La conozco. He leído sobre esto.

—Es una preparación de las que usaban los envenenadores del norte de Italia —digo, más para mí que para nadie—.

Vegetal. Rara. Ni siquiera hay palabra inglesa para ella.

Su mecanismo no es infectar: es paralizar por dentro, despacio, corromper la sangre desde el punto de entrada hacia el corazón.

Y aquí está el problema, doctor. —Me vuelvo hacia él, y comprendo, con un horror nuevo, lo que ha estado haciendo toda la noche—.

Usted la ha estado sangrando. Y aplicando calor.

Para «atraer la corrupción a la superficie».

—Es el tratamiento indicado para los humores pútridos. Viene en Culpeper, en...

—Viene en Culpeper porque Culpeper lo copió de una traducción inglesa de 1660 de un tratado italiano de 1643.

Y esa traducción tiene un error. —Las palabras me salen a toda prisa, porque la vida de Vivienne se mide ahora en minutos y estoy gastando algunos en explicar, aunque necesito que este hombre deje de matarla—.

Lo he leído en el original, doctor, en italiano, porque tuve la manía de comprar el original cuando encontré la traducción sospechosa.

El texto de 1643 no dice «extraer». Dice «legare».

Que no significa extraer. Significa «ligar», «atar», «fijar».

El original manda fijar el veneno en el sitio, impedir que viaje, y neutralizarlo donde está.

El traductor confundió «legare» con «levare», que sí es «extraer», por una sola letra.

Un error de una letra, hace ciento cincuenta años, que ha hecho que todos los médicos de Inglaterra traten este veneno haciendo justo lo contrario de lo que hay que hacer.

Cada sangría que le ha hecho usted esta noche no ha sacado el veneno.

Ha abierto puertas para que corra más rápido hacia su corazón.

El silencio del cuarto es absoluto. El médico se ha puesto pálido. Marcus, en un rincón, con la cara descompuesta, me mira como el que se agarra a la última cuerda sobre un abismo.

—¿Y qué... —el médico traga— qué dice el original que se haga?

—Lo contrario de todo lo que ha hecho. Nada de sangrar; ha perdido ya sangre que necesita.

Nada de calor; el calor lo dispersa. Frío en el brazo, para cerrar los canales.

Un torniquete flojo por encima de la herida, no para cortar la circulación, sino para frenarla.

Y por dentro, un absorbente amargo, carbón molido y ciertas raíces, que ligue lo que quede en la sangre antes de que llegue al corazón.

—Ya me estoy remangando, ya estoy pidiendo con las manos lo que necesito—.

Isolde, necesito carbón de leña, mucho, molido fino.

Agua fría, la más fría que haya, del pozo.

Vinagre. Y de mi casa, que alguien vaya ya, en el estante bajo de la biblioteca, un frasco de raíz seca que tengo etiquetado; que traigan el estante entero si no saben cuál es.

Marcus, usted es fuerte: la va a sostener, porque lo que voy a hacer le va a doler, y no puede moverse.

Nadie discute. Es lo asombroso: nadie discute. En una habitación llena de gente que no me conocía hace una hora, mi certeza ha abierto un hueco, y todos se meten en él porque es lo único firme que hay en la habitación, y porque la alternativa es quedarse quietos viéndola morir.

Comprendo, viéndolos moverse a mis órdenes, algo sobre el mando que Vivienne sabe desde niña y yo aprendo esta noche a la fuerza: que la gente, en el terror, no sigue al que tiene razón, sigue al que parece tenerla.

Mi certeza puede ser errónea; el original de 1643 podría equivocarse, mi memoria podría fallar, mil cosas podrían torcerse.

No se lo digo a nadie. En una habitación donde alguien se muere, la duda es un lujo que mata, y me la guardo entera, y le ofrezco a todos la cara del hombre que no duda, que es la única cara capaz de salvarla, aunque por dentro esté tan aterrado como ellos.

Me arrodillo junto a la cama. Le tomo la mano ardiente, la que no tiene el brazo herido, y por un instante, uno solo, dejo de ser el hombre de método y soy solo el que la quiere.

—Vivienne. —Se lo digo bajo, al oído, aunque no sé si me oye desde el fondo donde está—.

Soy James. He venido. Sé lo que tiene, y sé cómo se combate, y voy a combatirlo.

Solo le pido una cosa: que aguante. Usted, que nunca ha dudado de que puede con todo, no dude ahora.

Aguante hasta que yo llegue adonde está.

Estoy yendo. No he llegado tarde a un manuscrito en mi vida, y no pienso llegar tarde a usted.

Le aprieto la mano. Y me parece —quizá me lo invento, quizá es lo que necesito creer para tener el pulso firme en lo que viene— que sus dedos, apenas, desde el fondo del mar rojo donde se ahoga, responden a la presión de los míos.

Es suficiente. No necesito más. Un hombre que ha dedicado la vida a leer señales mínimas en superficies muertas sabe reconocer una señal de vida cuando la siente, y esa presión de dedos, real o imaginada, es la orden que me faltaba. Me la llevo dentro como combustible.

Después suelto su mano, me convierto otra vez en el hombre frío que ahora mismo la salva mejor que el que la ama, y empiezo.