Capítulo 25
El tiempo deja de ser una línea y se vuelve un mar, y yo subo y bajo en él sin control, sacando la cabeza a ratos a una superficie donde hay voces y luz, hundiéndome otras a un fondo rojo donde no hay nada salvo calor y el latido de mi propio corazón, demasiado rápido, como un pájaro atrapado en una habitación pequeña.
He calculado, en mi vida, muchas formas de morir.
Es una costumbre profesional: quien vive como yo vivo repasa sus finales posibles como otros repasan sus cuentas, para que ninguno la sorprenda.
Me he imaginado el cuchillo en un callejón, el disparo desde una barca, la caída al río con una piedra atada a los pies.
Todos eran finales rápidos, limpios, casi honrosos dentro de lo que cabe.
Ninguno era este. Ninguno era arder despacio en una cama, disolviéndome como el azúcar en agua caliente, perdiendo el gobierno de mi propio cuerpo miembro a miembro, palabra a palabra, muralla a muralla.
De todas las muertes que preví, la única que no preví es la única que llega: la que me quita, antes que la vida, el dominio de mí misma.
Prefería cualquiera de las otras. A esta no la elegí, y elegir era lo único que sabía hacer.
Arriba, en la superficie, sé cosas. Sé que estoy en mi cama, en mis aposentos sobre el almacén, adonde no dejo subir a casi nadie.
Sé que alguien me ha quitado el vestido y me ha puesto un camisón que no reconozco.
Sé que hay una vela, y sombras que se mueven, y que las sombras son personas, y que las personas dicen mi nombre con una insistencia que me molesta, porque estoy ocupada, tengo un cargamento que cerrar, un enemigo que encontrar, no tengo tiempo para estar tumbada mientras la gente dice mi nombre.
—Vivienne. Vivienne, mírame. ¿Me oyes?
Es Marcus. Reconozco a Marcus incluso desde el fondo del mar. Quiero decirle que estoy bien, que es un rasguño, que suelte esa cara de niño asustado que no le veo desde que enterramos a madre. Abro la boca. Sale un sonido que no es una palabra.
Marcus me pone una mano en la frente y la retira como si se hubiera quemado, y le oigo decir, a alguien que no veo, «está ardiendo, tráeme paños fríos, más agua», con una voz que no le había oído nunca, la del niño de trece años que se puso entre el hombre del mercado y yo, solo que ahora no hay nadie entre quien ponerse, no hay cuerpo que interponer, y mi hermano descubre por vez primera un enemigo contra el que su tamaño no sirve de nada.
Lo siento sufrir por mí desde el fondo del mar, y quiero consolarlo, y no puedo, y esa impotencia me arrastra más hondo que el propio veneno.
Me hundo otra vez.
En el fondo hay un hombre con las manos frías que me toca el brazo y me hace daño, y habla con otros por encima de mi cuerpo como se habla por encima de un mueble.
—...la línea roja ha pasado el codo. El humor pútrido se extiende. Hay que sangrarla, y aplicar cataplasmas calientes para atraer la corrupción a la superficie...
—Ya la ha sangrado dos veces y está peor. —La voz de Isolde, tensa como una cuerda.
—La medicina exige paciencia, señora. El cuerpo debe expulsar el veneno por sí mismo; nosotros solo lo ayudamos. Más sangría por la mañana, y si la fiebre no cede...
—Si la fiebre no cede, ¿qué? —La voz de Marcus, baja y peligrosa, la que usa antes de romper algo—. Termine la frase, doctor.
—Si no cede... debemos encomendarla a Dios, señor Deveran.
He hecho cuanto la ciencia permite. La herida es pequeña, aunque el humor que la infecta es de una malignidad que no había visto.
No responde a las sangrías. No responde a las cataplasmas.
Es como si el mal tuviera voluntad propia.
—Una pausa incómoda—. Le seré franco, porque la franqueza es una forma de respeto: no creo que su hermana vea el amanecer. Prepárense.
Oigo, desde el fondo, el ruido de una silla apartada con violencia, y a Isolde conteniendo a Marcus con una sola palabra, y comprendo, con la lucidez intermitente que me deja el veneno, que el hombre de las manos frías acaba de firmar mi sentencia con el tono cortés de quien recomienda un vino.
No cede. Yo sé que no cede, aquí abajo, donde el calor me cuece viva.
Quiero decirles que se equivocan, que sangrarme es vaciar el pozo mientras el fuego sigue ardiendo, que llevan toda la noche tratándome como se trata una fiebre corriente y esto no es una fiebre corriente, es algo que alguien puso en una hoja con intención, y a lo puesto con intención no se lo combate con las recetas de siempre.
Lo sé con la parte de mí que sigue siendo estratega hasta debajo del agua.
Solo que no consigo que la boca lo diga.
La boca ya no me obedece. Es la primera vez en la vida que doy una orden y mi propio cuerpo no la cumple, y el terror de eso es peor que el calor.
Subo. Bajo. En algún tramo de la noche —no sé cuál, el tiempo está roto— tengo un rato más claro, una isla de lucidez en medio del mar, y la aprovecho para hacer lo que hago siempre: calcular.
Calculo que me estoy muriendo. Lo calculo con frialdad, porque la frialdad es lo último que me queda.
El veneno gana. Los métodos del médico no sirven.
Marcus no puede pelear contra esto, porque no es un hombre al que pegarle.
Isolde no sabe de venenos. Nadie en mi mundo sabe de venenos raros, porque en mi mundo los problemas se resuelven con dinero o con fuerza, y esto no cede a ninguno de los dos.
Voy a morir en mi cama, a los treinta años, por un corte de dos centímetros, y lo último que voy a hacer con mi inteligencia es verlo venir con claridad, que es la maldición que me acompaña desde niña: verlo todo venir y no poder pararlo.
Reviso, con esa frialdad final, lo que dejo sin terminar, porque hasta muriéndome hago inventario.
Dejo un negocio que Marcus sabrá sostener a golpes aunque no a cálculo.
Dejo un enemigo sin nombre, el que pagó el estilete, que quedará impune porque yo era la única capaz de encontrarlo.
Dejo a Isolde, que será buena para mi hermano.
Dejo, sobre todo, una columna a medio dibujar en un libro mayor, un encabezamiento que escribí anoche —«lo que quiero»— y que voy a morirme sin haber rellenado, y esa es, de todas mis cuentas pendientes, la única que me duele.
Toda una vida sin permitirme querer nada, y cuando por fin abro la puerta, el veneno la cierra de un portazo.
Es una broma tan cruel que, si me quedara aliento, me reiría.
Y en esa isla de lucidez, justo cuando acepto que me muero, ocurre lo que llevo meses temiendo más que a la muerte misma.
Se me cae la muralla.
No la derribo yo. La derriba la fiebre, que disuelve en su calor todas las defensas que he pasado la vida levantando, como el mar disuelve un castillo de arena sin esfuerzo, sin maldad, solo porque es su naturaleza.
Y detrás de la muralla, cuando cae, no hay una fortaleza.
Hay una niña. Una niña que tiene miedo y que no quiere morir sola y que, por primera vez en veintidós años, en lugar de tragarse lo que quiere, lo dice.
Digo un nombre.
No es «Marcus», aunque Marcus está aquí y es mi hermano y lo quiero.
No es el de mi madre, a la que llamaría cualquier moribunda.
Es otro. Sale de mí en un susurro ronco, arrastrado desde un sitio tan hondo que ni yo sabía que lo guardaba ahí, y lo digo dos veces, tres, como quien se agarra a lo único que flota:
—James. James...
Lo digo con un alivio que no había sentido nunca, el alivio físico de soltar un peso que llevaba veintidós años cargando sin saber que lo cargaba.
No sabía que decir un nombre pudiera doler tan poco.
Toda la vida imaginé que confesar un amor sería como saltar de un puente, y resulta que es como dejar caer una piedra que me estaba hundiendo.
Suelto el nombre, y algo en mí, por vez primera, flota.
Es una crueldad más del veneno: enseñarme, en el minuto de morirme, lo ligera que podría haber sido la vida si me hubiera atrevido a soltar antes.
En la superficie, sobre mí, se hace un silencio distinto de todos los de la noche.
Un silencio que tiene forma. Recupero, por un instante, la claridad suficiente para ver dos caras inclinadas sobre mí: la de Marcus, que ha oído el nombre y ha entendido lo que significa que sea ese y no otro el que su hermana llama al borde de la muerte, y la de Isolde, a su lado, que también lo ha entendido, y que ya se está incorporando, ya se está poniendo el chal, con la decisión pintada en la cara.
—Voy a buscarlo —le dice Isolde a Marcus, en voz baja, creyendo que no la oigo—.
No por lo que él sea de ella. Por lo que sabe.
Marcus, escúchame: el conde colecciona tratados de venenos.
Me lo contó él mismo, hablando de sus manuscritos.
Toxicología, lo llamaba. Sabe de esto lo que ningún médico de Londres sabe, porque lo ha leído en los libros que nadie lee.
Es la única posibilidad que nos queda, y se nos acaba la noche.
—Ve —dice Marcus, con la voz rota—. Corre.
Quiero decirles que no. Que no lo traigan.
Que no soporto que James me vea así, deshecha, vencida, con la muralla caída y el nombre suyo todavía temblándome en los labios.
Que he pasado meses controlando con qué cara me veía, qué parte de mí le enseñaba y cuál le escondía, y que traerlo ahora, a mi cama, a mi fiebre, a mi derrota, es enseñarle de golpe todo lo que le he ido racionando.
Quiero conservar, aunque me muera, el control sobre lo único que me quedaba: la versión de mí que él conocía.
Es una vanidad absurda, la sé absurda incluso ardiendo.
Una mujer que se muere no debería malgastar sus últimas fuerzas en la cara con que la ve un hombre.
Y sin embargo es lo único que me importa, ahora que lo demás se apaga: no que me vea morir, sino que me vea rendida.
He construido, ladrillo a ladrillo, durante meses, una Vivienne para James: fuerte, irónica, dueña de sí, la mujer que cruza escritorios cuando decide cruzarlos y no cuando la fiebre la empuja.
Esa Vivienne es mi obra más cuidada, más que el mapa, más que el negocio.
Y la fiebre está a punto de entregársela rota, sin mi permiso, deshecha en un camisón ajeno.
Preferiría morir antes de que la vea así, y no voy a poder elegir ni eso, porque ya viene por las calles, traído por la única persona lo bastante lista para saber que mi orgullo no vale una vida.
No consigo decir nada. La isla de lucidez se hunde otra vez bajo el agua roja, y me llevo conmigo, al fondo, una última certeza clara: que la he pronunciado, que ya no hay vuelta atrás, que en algún lugar de la noche mi cuñada corre por las calles de Londres a buscar al hombre cuyo nombre acabo de gritar, y que cuando yo vuelva a la superficie, si vuelvo, él ya sabrá lo que yo llevo meses sin atreverme a decirle despierta.
Hay una paz extraña en eso, en el fondo del terror.
Durante meses, decir la verdad ha sido lo imposible, lo prohibido, lo que me mataba de solo pensarlo.
Y la fiebre lo ha hecho por mí, sin pedirme permiso, gratis.
Ya está dicho. Ya no puedo esconderlo, ni negarlo, ni administrarlo en dosis seguras.
La cosa que más miedo me daba en el mundo —que él supiera— ha ocurrido, y no me ha matado; me está matando otra cosa más tonta, un veneno de tres peniques.
Y descubro, hundiéndome, que habría preferido el orden inverso: decírselo yo, despierta, con mi voz, y vivir para ver su cara.
La fiebre me ha robado hasta eso. Me ha dejado confesar sin dejarme estar presente en la confesión.
El mar me cubre. El pájaro de mi corazón golpea las paredes. Y en la oscuridad caliente, sin querer, sin poder evitarlo, sigo diciendo su nombre, ahora ya para nadie, o para mí, o para él, que aún no ha llegado y que quizá llegue tarde.