La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

El hombre que viene a matarme lo hace bien, y solo por eso sobrevivo: porque hace las cosas bien y no deprisa, y en el medio segundo que pierde en apuntar, yo me muevo.

Ocurre un martes al anochecer, en el muelle norte, adonde he bajado a supervisar una descarga que llega con retraso.

Voy con Cobb y con Pike, lo cual es una escolta suficiente para una noche corriente, y esta parecía una noche corriente hasta que un estibador al que no reconozco —y yo reconozco a todos los que trabajan mis muelles— se separa de un grupo, camina hacia mí con una tranquilidad que mi instinto lee como una alarma medio segundo antes de que mi cabeza entienda por qué, y saca del abrigo algo que no es una herramienta de estibador.

Es un estilete. Fino, corto, de los que no se llevan para trabajar.

El tiempo hace lo que hace en estos momentos: se espesa.

Veo el estilete con una claridad absurda —la luz del farol resbalando por la hoja, el modo en que el hombre lo sostiene, bajo, pegado al muslo, como el que sabe usarlo—, y tengo tiempo, en ese segundo estirado, para tres pensamientos completos.

El primero: este no es un ladrón. El segundo: viene a por mí en concreto, no a por la carga.

El tercero, el que me salva: se ha acercado demasiado despacio, saboreándolo, y ese saboreo es su error, porque me ha dado el medio segundo que necesito.

Un asesino con prisa me habría matado. Este quería hacerlo bien, y hacerlo bien incluye una pausa, y en su pausa vivo yo.

Me muevo por costumbre, no por valentía; llevo diez años entrenando el cuerpo para que reaccione antes que el miedo, y el cuerpo cumple.

La hoja que iba a mi cuello me alcanza el antebrazo, que he levantado sin decidirlo.

Es un corte pequeño. Casi nada. Lo noto frío antes que doloroso, un pellizco limpio, y en el instante siguiente Cobb ya está encima del hombre con toda su mole, y Pike le sujeta el brazo del estilete, y el asunto termina tan rápido como empezó, con el asesino contra el suelo y mi antebrazo sangrando un hilo fino que me limpio con el pañuelo sin darle importancia.

—¿Está herida? —Cobb tiene la voz alterada, cosa rara en él.

—Un rasguño. —Me aprieto el pañuelo—. Peores me he hecho con un anzuelo. Sujétalo bien. Quiero saber quién lo manda antes de que amanezca.

—Habría que llamar a alguien que le vea eso —insiste Cobb, que sangre de la señorita no ve una vez al año y no lo lleva bien.

—Lo que hay que llamar es a Marcus, y ya lo he mandado llamar. —Le sostengo la mirada hasta que baja la suya—. Cobb. Un corte se cura solo. Un enemigo que sabe dónde bajo a supervisar descargas, no. Concéntrate en lo segundo. ¿Reconociste al hombre?

—No lo había visto en la vida. Y trabaja como estibador, señorita. Sabía dónde poner las manos en las cajas. Alguien le enseñó, o alguien lo coló entre los nuestros hace días para que se aprendiera el sitio.

—Días. —Guardo el dato, que es peor que el corte—. Entonces esto se planeó con tiempo. Que Wren revise quién ha entrado en la cuadrilla del muelle norte en las últimas dos semanas. Cada nombre. Hoy.

Interrogamos al hombre en la trastienda del almacén.

No habla, lo cual ya dice bastante: los que no hablan cobran por no hablar, y cobran de alguien con recursos para inspirar ese silencio.

Le vacío los bolsillos yo misma, buscando el dato que siempre hay, y encuentro poca cosa: unas monedas, un billete de barco para Calais fechado pasado mañana —tenía la huida preparada, luego era un profesional—, y el estilete, que Pike ha recogido del suelo y que dejo sobre la mesa para examinarlo, porque un arma dice de su dueño tanto como una carta.

Y ahí, al mirar el estilete de cerca, siento el primer roce del miedo verdadero, el que no había sentido ni con la hoja viniéndome al cuello.

La punta está oscurecida. No es sangre, la mía es demasiado poca y demasiado fresca.

Es otra cosa, una pátina parduzca, aceitosa, que alguien ha aplicado con cuidado al último centímetro de la hoja y ha dejado secar.

Conozco lo suficiente de mi oficio para saber qué significa una punta tratada así.

No querían herirme. Herirme con un estilete es difícil y poco fiable; una puede sobrevivir a una docena de cortes como el mío.

Querían que el corte, por pequeño que fuera, bastara.

—Pike. —Mantengo la voz plana, porque el pánico es un lujo y ahora mismo no puedo pagarlo—. Guarda el estilete. No lo toques por la punta. Envuélvelo en cuero y no dejes que nadie lo manosee. Puede que lo necesitemos.

—¿Para qué, señorita?

—Para saber con qué me han cortado.

Miro mi antebrazo. El corte es ridículo, apenas dos centímetros, ya casi ha dejado de sangrar.

Y justo por ridículo me asusta, porque un hombre no cruza medio Londres, no soborna a un estibador, no prepara una huida a Calais y no envenena un estilete para hacerle a alguien un rasguño de dos centímetros.

Lo hace cuando sabe que dos centímetros van a bastar.

Alguien me quiere muerta con la suficiente seriedad como para gastarse un veneno.

Marcus llega antes de la medianoche, con el pelo revuelto de haber salido de la cama y la cara de tormenta que le conozco. Ve el pañuelo en mi brazo y toda su atención se clava ahí.

—Enséñamelo.

—Es un rasguño, Marcus.

—He dicho que me lo enseñes. —No es una petición. Le enseño el corte, y él lo mira, y luego mira el estilete envuelto en cuero sobre la mesa, y ata los cabos con la rapidez que la gente subestima en él porque es grande—. La punta está tratada.

—Sí.

—Entonces no es un rasguño: es un intento de asesinato con veneno, hecho por un profesional que sabía dónde encontrarte.

—Se le tensa la mandíbula—. ¿Y sabes qué es lo que más me asusta, hermana?

Que hace tres meses nadie habría intentado esto, porque hace tres meses no tenías ningún hueco por donde entrarte. Y ahora lo tienes. Se llama Casworth.

—El conde no tiene nada que ver con esto.

—No digo que lo tenga. —Baja la voz, y bajo la furia hay puro miedo—.

Digo que desde que se te nota lo que quieres, vales más muerta para según quién.

Te lo dije en tu despacho. Te has puesto precio, y alguien acaba de intentar cobrarlo.

—Me sujeta por los hombros, con cuidado del brazo herido—.

Deja que te vea un médico. Ahora. Esta noche.

Por una vez en tu vida, no te hagas la fuerte.

—Estoy bien, Marcus. —Lo digo, y una parte de mí ya sabe que miento, porque el calor del brazo ha empezado a subir—. Mañana llamo al médico si sigue feo. Esta noche tenemos un enemigo que encontrar, y prefiero encontrarlo yo antes de que sepa que ha fallado.

Marcus me mira como quien discute con una pared que además es su hermana.

Cede, como cede siempre, con la condición de dejar dos hombres en la puerta.

Y se marcha a poner el río patas arriba buscando quién ha pagado el estilete, sin sospechar, como no lo sospecho yo del todo aún, que el estilete ya ha hecho su trabajo, y que la guerra que importa esta noche no se libra en el río, sino en mi sangre.

Podría alarmarme más, y una parte de mí, la joven, la que no ha aprendido aún a tragarse el miedo, quiere hacerlo.

La acallo. Tengo cosas que resolver antes de permitirme tener miedo.

Mando aviso a Marcus. Ordeno que redoblen la vigilancia.

Guardo el estilete envenenado igual que quien guarda una prueba, sin sospechar todavía que la prueba y la enfermedad son la misma cosa.

Y me lavo el corte con aguardiente, lo vendo con un pañuelo limpio, y sigo trabajando, porque eso es lo que hago: sigo trabajando pase lo que pase, y lo que me pasa esta noche, me digo, es un rasguño y un enemigo nuevo, dos problemas que sé manejar.

Trabajo tres horas más. Cierro la descarga. Reviso los libros. Y en algún momento de esas tres horas, sin que sepa señalar cuál, el mundo empieza, muy despacio, a cambiar de textura.

Primero es el brazo. Un calor alrededor del corte, que atribuyo a la limpieza con aguardiente.

Después el calor sube, se extiende hacia el hombro, y con él llega una pesadez extraña en los párpados, una dificultad nueva para enfocar las cifras del libro, que bailan un poco, se desdoblan, vuelven a juntarse.

Bebo agua. Lo achaco al cansancio, a la tensión del ataque, a la hora. Sigo.

He aprendido a desconfiar de mi cuerpo cuando me pide parar, porque casi siempre me lo pide por debilidad y casi siempre tiene que aguantarse.

Mi cuerpo y yo llevamos diez años en la relación de un capataz duro y un obrero al que exprime: yo mando, él obedece, y sus quejas las trato como lo que casi siempre son, pereza disfrazada de dolencia.

Así que cuando el brazo me arde y los párpados me pesan, hago lo de siempre: ordeno al obrero que siga, que ya descansará cuando el trabajo esté hecho.

Es una estrategia que me ha servido mil veces.

Esta noche, por primera vez, es justo la estrategia equivocada, porque esta noche el cuerpo no se queja por pereza.

Se queja porque se está muriendo, y yo, entrenada para no escucharlo, no lo escucho.

Hacia la medianoche, cuando me levanto para ir a por más luz, la habitación se ladea.

No mucho. Lo justo para que tenga que apoyar una mano en la mesa, yo, que no me apoyo nunca en nada.

El corazón me late raro, demasiado rápido para el poco esfuerzo que hago, y tengo en la boca un sabor metálico que no me he puesto ahí.

Me miro el brazo. Alrededor de la venda, la piel ha empezado a teñirse de un rojo que trepa en líneas finas, como raíces, hacia el codo.

Sé lo que estoy viendo. Lo he visto en otros, en hombres del muelle heridos que no se cuidaron a tiempo.

Sé que esas líneas rojas que suben son el veneno buscando el corazón, y sé que van deprisa, más deprisa de lo que debería ir una simple infección, porque esto no es una infección: es lo que había en la punta del estilete, haciendo con exactitud aquello para lo que fue aplicado.

He visto morir así a un hombre, hace años.

Un tal Redmond, cortado en una reyerta con una hoja untada, que aguantó dos días negando que fuera grave, riéndose de quienes le decían que se cuidara, hasta que las líneas rojas le llegaron al pecho y dejó de reírse.

Dos días. Recuerdo que pensé, entonces, con la frialdad que me caracteriza, que Redmond había sido un idiota por no atajarlo a tiempo.

Lo pienso ahora de mí, con la misma frialdad, mientras hago justo lo mismo que hizo él: negarlo.

La diferencia es que yo me creía demasiado lista para morir como Redmond.

La inteligencia, descubro, no protege del veneno.

Solo permite verlo llegar con más detalle.

Y hago lo que llevo haciendo toda la vida, lo único que sé hacer cuando algo amenaza con derribarme: lo niego.

No tengo tiempo de estar envenenada. Tengo un enemigo que encontrar, un negocio que sostener, una boda de mi hermano dentro de una semana.

Me siento. Respiro hondo, aunque el aire ya no entra del todo.

Me digo que ha sido un día largo, que el aguardiente me ha subido, que en cuanto duerma unas horas se me pasará.

Me lo digo con la misma voz con que he negado, durante meses, que quería a un hombre: la voz firme y mentirosa de la mujer que cree que negar una cosa la vuelve menos cierta.

Hay una ironía que no se me escapa ni ahora, con el veneno subiéndome por el brazo: llevo meses negando que quiero a un hombre, y esa negación no me ha costado la vida, solo la paz.

Esta otra negación es distinta. Va a costarme mucho más, porque el amor negado espera, paciente, a que una se decida, y el veneno no espera a nada.

Y sin embargo las niego con la misma voz, con el mismo gesto, con la misma certeza absurda de que soy demasiado fuerte para que algo tan pequeño —un sentimiento, un corte de dos centímetros— pueda conmigo.

Toda mi vida he sido demasiado fuerte para lo pequeño.

Es lo pequeño, al final, lo que me va a tumbar: una cuchilla del tamaño de un dedo y un hombre que colecciona rutas muertas.

Las dos cosas mínimas contra las que no tengo muralla.

Apoyo la cabeza en el respaldo un momento, solo un momento, para que se me pase el mareo.

Y el momento se abre por debajo como se abre una trampilla, y caigo dentro, hacia un calor rojo y sin fondo donde ya no hay libros ni muelles ni estrategia, solo el latido cada vez más rápido de un corazón que no sabe que su dueña le ha prohibido tener miedo.