La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 23
47%

Capítulo 23

La noche después de que James me hiciera su pregunta, hago lo único que sé hacer con un problema que no me deja dormir: lo convierto en cuentas.

Wren, que ronda el almacén a estas horas como un gato viejo, asoma la cabeza al ver la luz.

—¿Cuentas a estas horas, señorita? ¿Va todo bien?

—Va todo raro, Wren. Que no es lo mismo que mal.

—Raro se arregla durmiendo, casi siempre.

—Esto no. Esto es de los raros que hay que pensar. —Le señalo la puerta con la barbilla, sin dureza—. Vete a dormir tú. Y no me traigas té; esta noche quiero estar despierta.

Se marcha meneando la cabeza, y me deja a solas con el libro mayor y con la única compañía que de verdad quiero esta noche, que es ninguna.

Saco un libro mayor limpio, de los que uso para las operaciones grandes, y en la primera página, con la letra pequeña de siempre, escribo un nombre en el encabezamiento —no el suyo, que sería imprudente incluso en mis propios libros, sino una inicial, una jota—, y trazo las dos columnas de siempre, el debe y el haber, y me dispongo a hacer con el conde de Casworth lo que hago con cualquier decisión de peso: calcular si me conviene.

Es lo que soy. Un mecanismo de calcular conveniencias.

Otras mujeres, imagino, deciden a quién querer por cómo se les acelera el pulso o se les encoge el estómago; yo llevo diez años decidiéndolo todo con este método, y me ha mantenido viva y rica donde otras, más guiadas por el pulso, acabaron muertas o arruinadas.

No veo por qué el asunto de James debería resolverse de otra manera.

Un hombre es una decisión como cualquier otra.

Se pesa. Se aprueba o se rechaza. Se ejecuta.

Empiezo por el debe, que se me da mejor, porque contar riesgos es mi oficio.

En el debe escribo: es una vulnerabilidad.

Un flanco visible, ya probado por Hartmere.

En el debe escribo: reparte mi atención, y en mi trabajo una atención repartida es una atención que un día no verá venir el cuchillo.

En el debe escribo: me ablanda, me hace desear cosas —salas tranquilas, desayunos, té recordado— que no puedo tener sin dejar de ser lo que me protege.

En el debe escribo: si algún día lo usan contra mí, si le hacen daño para hacérmelo a mí, no sé de lo que sería capaz, y una mujer capaz de cualquier cosa por otra persona es una mujer a la que se maneja con facilidad.

La columna del debe se llena deprisa, con letra segura, cada renglón un peligro real y bien fundado.

Es una columna excelente. Cualquier consejero prudente, leyéndola, me diría que cierre el trato y me aleje.

Paso al haber.

Y ahí empieza el problema.

En el haber escribo: me hace mejor en mi oficio; las tres correcciones del mapa lo prueban.

Es un beneficio cuantificable, y lo cuantifico: me ahorrará, calculo, cierta cantidad al año en riesgo evitado.

Lo anoto. Y me quedo mirando el renglón, porque sé, con una certeza incómoda, que ese beneficio es verdadero y es irrelevante, que no es por eso por lo que cruzo el río, que si James solo me corrigiera mapas ya lo habría archivado hace meses en la carpeta de los asesores útiles y no estaría yo, a las tres de la madrugada, haciéndole un libro mayor.

Lo intento de nuevo. En el haber escribo: la calma.

Y me detengo, porque ¿cómo se cuantifica la calma?

¿En qué unidad se anota la primera tarde tranquila en diez años?

Lo dejo en blanco, con la palabra «calma» flotando sin cifra al lado, que en un libro de cuentas es una obscenidad, un renglón sin número.

En el haber escribo: me conoce. Y otra vez el vacío en la casilla de la cantidad, porque ¿cuánto vale que alguien te conozca?

¿Cuánto vale ser, por vez primera, del todo tú misma delante de otro ser humano, después de diez años de ser una máscara incluso ante tu hermano? No hay cifra. No existe la cifra.

Miro la página. El debe, lleno de números claros.

El haber, lleno de palabras sin número: calma, conocerme, no estar sola.

Y comprendo el problema técnico, el que me tiene despierta, con la lucidez fría con que comprendo los problemas técnicos: no es que el haber pese menos que el debe.

Es que el haber está escrito en otra moneda, una que mi contabilidad no reconoce, una que no sé convertir a las cifras con las que siempre he decidido.

Tengo una cuenta con dos columnas en dos idiomas distintos, y no hay tipo de cambio entre ellos, y por eso la cuenta no cuadra ni cuadrará nunca, por más que la repase.

He tenido antes cuentas que no cuadraban, y siempre significaban lo mismo: que me faltaba un dato, que alguien me ocultaba una cifra.

Las resolvía buscando el dato oculto. Esta es distinta.

Esta no cuadra no porque me falte un dato, sino porque me falta un instrumento: no tengo con qué medir la mitad de lo que estoy midiendo.

Es como pedirle a una balanza que pese la luz.

La balanza es perfecta; la luz, real; y aun así no hay resultado, porque la herramienta y el objeto pertenecen a órdenes distintos.

Llevo diez años pesando conveniencias en una balanza excelente.

Y James no es una conveniencia. James es luz, y mi balanza, ante la luz, se queda quieta, marcando un cero que es la mentira más grande que ha marcado nunca.

Falta algo. Una columna. Y sé cuál, aunque llevo horas evitando escribir su título.

Falta la columna de lo que quiero.

Todos mis libros mayores tienen las mismas columnas: coste, beneficio, riesgo, plazo.

Ninguno ha tenido nunca una columna que diga «lo que quiero», porque en mi contabilidad esa columna no existe, la suprimí hace tanto que había olvidado que se podía tener.

Yo no decido las cosas por lo que quiero.

Las decido por lo que conviene, por lo que protege, por lo que dura.

«Lo que quiero» es una categoría que pertenece a otra clase de personas, a las que pueden permitirse el lujo de que sus deseos figuren en el cálculo.

He mirado con desprecio, durante años, a esas personas.

Las creía débiles: gente que se dejaba arrastrar por lo que le apetecía en lugar de por lo que convenía, y que por eso perdía, y que merecía perder.

Desde mi muralla, el deseo ajeno me parecía una tontería cara, un lujo de los que no habían pasado hambre.

Esta noche, por primera vez, sospecho que quizá no fueran débiles.

Que quizá supieran algo que yo ignoro: que una vida entera de calcular sin querer nada no es fortaleza, es solo una manera muy elegante de no haber vivido.

Y sé de sobra cuándo suprimí esa columna, porque lo recuerdo con la nitidez con que se recuerdan las heridas fundadoras.

Tenía ocho años. Mi madre se moría en un cuarto sin fuego, de una tos que se llevó lo poco que el hambre había dejado, y yo estaba sentada a su lado, sosteniéndole una mano que ya pesaba como no debe pesar una mano viva.

Mi padre llevaba dos años desaparecido; se había ido detrás de una promesa mejor, dejándonos la deuda y el frío.

Y mi madre, en uno de sus últimos ratos claros, me miró y me dijo, sin drama, con la voz gastada de quien ya ha soltado casi todo:

—No quieras a nadie como yo lo quise a él, Vivienne.

¿Me oyes? Yo lo quise con todo. Le di todo lo que tenía y todo lo que era, porque lo quería, porque era lo que yo quería.

Y mira. Mira dónde estoy. Mira dónde te dejo.

—Me apretó la mano con la poca fuerza que le quedaba—.

Querer es la puerta por la que entra todo lo que te destruye.

No la abras. Prométeme que no la abrirás.

Sé lista, hija. Las listas no quieren. Las listas calculan.

—¿Y si no puedo? —le pregunté, con la voz de niña que aún tenía entonces, la que perdí poco después—. ¿Y si quiero sin querer?

—Aprendes a no querer. —Cerró los ojos, agotada por el esfuerzo de hablar—. Se aprende, hija. Todo se aprende cuando la otra opción es morirse. Yo no lo aprendí a tiempo. Tú sí. Eres más lista que yo; siempre lo fuiste. Úsalo.

—No quiero ser lista. Quiero que te pongas buena.

—Ya lo sé. —Fue casi una sonrisa—. Por eso tienes que aprender. Porque querer que me ponga buena es lo que te va a partir el corazón dentro de un rato, y no quiero que se te vuelva a partir por nadie. Prométemelo otra vez.

Se lo prometí otra vez. Tenía ocho años y le prometí a mi madre moribunda que no querría nunca, y he cumplido la promesa durante veintidós años con una disciplina de la que ella estaría orgullosa.

Suprimí la columna de lo que quiero de todos mis libros.

Calculé, no quise. Sobreviví, no viví. Y funcionó: aquí estoy, viva, rica, poderosa, todo lo que mi madre no fue, todo lo que quiso para mí cuando me hizo prometer que no la imitaría.

Miro el libro mayor abierto, con su debe lleno y su haber sin cifras, y comprendo, a las tres de la madrugada, con veinte años de retraso, la trampa de la promesa que le hice a mi madre.

No me dijo que no quisiera para que yo no sufriera.

Me lo dijo desde su propio sufrimiento, con su propia herida hablando por su boca, convencida de que me salvaba.

Y quizá me salvó, de niña. Solo que una lección que salva a una niña de ocho años puede estar condenando a la mujer de treinta, porque la niña necesitaba una muralla y la mujer se está dando cuenta, esta noche, de que ha vivido dentro de la muralla tanto tiempo que ha confundido la cárcel con la seguridad.

No culpo a mi madre. Es importante que quede claro, aunque no haya nadie a quien aclarárselo salvo a mí: no la culpo.

Me dio la única herramienta que la había sostenido a ella con algo de dignidad hasta el final, que era la lucidez sobre el precio del amor.

Me la dio como se da un abrigo al que sale al frío.

El problema no fue el abrigo. El problema es que yo no me lo he quitado nunca, ni siquiera al entrar en calor, ni siquiera ahora que hay, por vez primera, una habitación templada esperándome al otro lado del río, con una chimenea encendida y un hombre que ha hecho té.

No cierro la cuenta esta noche. No puedo, porque para cerrarla tendría que hacer lo único que juré no hacer: añadir la columna prohibida, escribir el título «lo que quiero» en lo alto de una página en blanco, y descubrir qué cifras aparecen debajo cuando me permito, por primera vez en veintidós años, la pregunta que mi madre me arrancó de la boca antes de que aprendiera a formularla.

No la añado esta noche. Aunque hago algo que no había hecho nunca.

Cojo la pluma, y en el margen de la página, muy pequeño, más pequeño que ninguna otra cosa que haya escrito jamás, dibujo el encabezamiento de una tercera columna.

La dejo vacía. Sin un solo número debajo.

Solo el título, en letra minúscula, como quien deja entreabierta una puerta que llevaba veintidós años tapiada, sin decidir aún si va a cruzarla, sabiendo solo que, por vez primera, quiere poder hacerlo.

Es un gesto minúsculo. Un encabezamiento vacío en el margen de una página.

Nadie que abriera este libro lo entendería; parecería un error, una columna que la contable empezó y no llegó a usar.

Y es, sin embargo, la cosa más valiente que he hecho en mi vida adulta, más que cruzar el escritorio, más que ir a Ashfield, porque cruzar un escritorio o un río se deshace volviendo sobre los pasos, y esto no.

Esto es cambiar la forma del libro. Y un libro con una columna nueva ya no vuelve a ser el de antes, aunque la columna se quede vacía para siempre.

Fuera, sobre el río, empieza a clarear. Y yo, que no rezo, me sorprendo pidiéndole a mi madre muerta que me perdone por lo que estoy a punto de querer.