La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

La tarjeta llega un miércoles, entre la correspondencia habitual de sociedades anticuarias y facturas de librero, y me detiene con la taza a medio camino de la boca.

He desarrollado, estos meses, una sensibilidad nueva a la correspondencia.

Antes abría el correo con la indiferencia del que solo espera catálogos de subastas y peticiones de sociedades eruditas.

Ahora reviso cada sobre con una esperanza que me avergüenza, por si alguno trae su letra pequeña, esa que solo he visto en los márgenes de sus libros de cuentas y en una nota de tres líneas que guardo, como un colegial, en un cajón.

Esta mañana no hay nada suyo. Hay algo mejor y peor a la vez: una invitación que va a obligarnos a los dos a mirar de frente lo que llevamos meses mirando de reojo.

Es una invitación de boda. Grabada, gruesa, con el escudo de los Ellerby en relieve.

Lady Isolde Ellerby y el señor Marcus Deveran solicitan el honor de mi presencia en su enlace, el segundo sábado de octubre.

Y debajo, en la letra pequeña y clara de Isolde, que reconozco de nuestra tarde de las viudas de marineros, una línea manuscrita que convierte la invitación protocolaria en otra cosa: «Venga, milord.

Y, si le parece, tráigala usted a ella; ahórrele el trance de decidir cómo llega. I. E.».

La leo tres veces. Isolde Ellerby, comprendo, no ha escrito esa línea por casualidad; esa mujer no hace nada por casualidad, es de la misma especie que Vivienne.

Me está tendiendo, con una amabilidad de bisturí, la ocasión de plantear la pregunta que Vivienne y yo llevamos semanas rodeando sin pisar.

«Tráigala usted a ella.» Como qué. En calidad de qué.

Del brazo de quién llega la hermana del novio a la boda de su hermano: ¿sola, como llega a todas partes?

, ¿acompañada por un conde?, y en ese caso, ¿qué conde, el amigo de los libros o alguna otra cosa que aún no tiene nombre?

Admiro la jugada aunque me incomode. Isolde ha entendido, con esa clarividencia suya para los mecanismos del corazón ajeno, que ni Vivienne ni yo daríamos jamás el primer paso hacia la definición: yo por respeto, ella por miedo, los dos por una cortesía cobarde que nos permitía seguir en el limbo cómodo de lo no dicho.

Así que ha construido una situación en la que el limbo se acaba por causas externas, sin que la culpa de terminarlo sea de ninguno.

Es justo lo que yo haría si tuviera su talento para las personas, que no lo tengo.

Le tengo a Isolde Ellerby un respeto creciente y una simpatía prudente, que es la única clase de simpatía que se le puede tener a alguien tan hábil.

Guardo la tarjeta. Y decido, con el peso de quien sabe que va a incumplir su propia regla, que ha llegado el momento de hacer la única pregunta que me prometí no hacer.

Vivienne viene esa misma tarde, porque ha adquirido la costumbre de venir, una costumbre que ninguno de los dos nombra por miedo a espantarla.

Se ha traído trabajo, unos libros de cuentas que revisa en el otro extremo de la mesa larga mientras yo cotejo un manuscrito, y llevamos una hora en ese silencio compartido que hemos aprendido a habitar cuando la puerta suena en mi cabeza y decido cruzarla.

Lo hago con la conciencia clara de que puedo estropearlo todo.

La pregunta que voy a hacer es de la clase que, mal cronometrada, espanta a una criatura salvaje que empezaba a comer de la mano.

He calculado el riesgo, como calculo todo, y he decidido correrlo, no por impaciencia, sino porque la tarjeta de Isolde ha cambiado el terreno: callar ahora ya no sería paciencia, sería cobardía, y ella nota la diferencia entre las dos con una precisión que no me permite el lujo de confundirlas.

—Ha llegado esto. —Deslizo la tarjeta por la mesa hasta su lado.

La lee. Veo el momento exacto en que llega a la línea de Isolde, porque se le detiene la vista y algo se le tensa en la mandíbula.

—Isolde no sabe quedarse en su sitio —dice, y deja la tarjeta como si quemara.

—Rara virtud, quedarse en el sitio. Nunca la he tenido en gran estima.

—Dejo la pluma—. Vivienne. Le prometí que no le haría preguntas.

Que dejaría que las cosas se nombraran solas, a su ritmo.

Y he cumplido, creo, más de un mes. Solo que su cuñada, con más astucia que los dos juntos, acaba de colocar sobre esta mesa una pregunta que ya no depende de nosotros, porque hay una boda con fecha y una sala llena de gente que va a mirar por qué puerta entra usted y con quién.

De modo que voy a incumplir mi promesa una sola vez, y le pido perdón por adelantado. —La miro—. ¿Qué quiere que sea esto?

La pregunta cae sobre la mesa larga, entre el manuscrito y los libros de cuentas, y se queda ahí.

Y observo algo que no había observado nunca en Vivienne Deveran, ni siquiera el día en que le pregunté por qué era yo la excepción.

Aquel día, sin respuesta, entró en pánico: la vi buscar, fracasar, asustarse, echarme.

Hoy no. Hoy abre la boca, descubre que no tiene una respuesta preparada, la cierra, y en lugar de la vieja alarma, en su cara se instala algo distinto, algo tan improbable en ella que tardo en reconocerlo: una especie de calma.

La calma del que se asoma a un vacío y descubre, con sorpresa, que no le da vértigo.

Llevo meses coleccionando las diferencias entre la Vivienne de la primera semana y la de ahora, y esta es la mayor de todas, mayor que el beso, mayor que la tarde en mi biblioteca.

El beso fue un acto, y los actos, en ella, pueden ser impulsos que luego se lamentan.

Esto es otra cosa: un cambio en la estructura, en el modo en que su mente reacciona ante lo desconocido.

La Vivienne que conocí habría tratado mi pregunta como un ataque y se habría defendido.

Esta la trata como lo que es: una pregunta.

Y decide, por primera vez, que puede no contestarla sin que se derrumbe el mundo.

Nadie que no la haya visto vivir en guardia diez años entendería la magnitud del pequeño permiso que acaba de darse.

—No lo sé —dice.

Y espero, porque he aprendido a esperar sus silencios, la corrección, la retirada, el «váyase, hoy no». No llega.

—Es raro —continúa, despacio, más para sí que para mí—.

Hace dos meses, esa pregunta me habría hecho salir corriendo.

No saber una respuesta, para mí, siempre ha sido el principio de una catástrofe; el instante antes de que algo me mate suele ser un instante en que no supe algo a tiempo.

He construido mi vida entera sobre tener siempre la respuesta lista, un segundo antes que nadie.

Y usted me pregunta qué quiero que sea esto, y no lo sé, y...

—levanta la vista, y hay asombro en ella— y no me pasa nada.

Sigo aquí. No me mata. Es la primera vez en diez años que no saber algo no me parece el borde de un precipicio.

—Eso —digo, con cuidado, porque entiendo que estoy ante algo frágil e importante— es, me parece, la respuesta más esperanzadora que podría haberme dado. Más que un sí.

—No le he dado ningún sí.

—No me hace falta. —Me permito una sonrisa pequeña—.

Vivienne, no le he preguntado para arrancarle una etiqueta.

Le he preguntado para saber si podía hacerle la pregunta sin que huyera.

Y no ha huido. Eso me basta para un año entero.

Los nombres pueden esperar. Lo que no podía esperar, lo que necesitaba saber, es si esto es un sitio donde usted puede quedarse sin tener todas las respuestas. Y acaba de demostrarme que sí.

Se queda callada, mirando la tarjeta, dándole vueltas a algo. Cuando habla de nuevo, la voz le sale con una cautela que en ella equivale a desnudez.

—Puedo decirle lo que no quiero que sea —ofrece—. Es más fácil. Llevo la vida sabiendo lo que no quiero.

—Es un método excelente. Los cartógrafos antiguos dibujaban así las costas que no habían explorado: marcando primero dónde no había tierra. Empiece por ahí.

—No quiero que sea una transacción. —Lo dice deprisa, igual que quien salta al agua fría—.

No quiero deberle nada ni que me deba nada.

He tenido tratos toda mi vida; de esto no quiero que sea uno.

Y no quiero... —duda, y el titubeo en ella es un acontecimiento geológico— no quiero que se convierta en una debilidad que alguien pueda usar contra mí.

Ya lo es. Hartmere lo demostró. Y aun así, no quiero dejar de venir.

Ese es el problema que no sé resolver, milord, y yo resuelvo todos los problemas: quiero seguir viniendo a una casa que me hace vulnerable, y no encuentro la manera de querer las dos cosas a la vez sin que una destruya la otra.

Es lo más largo que me ha dicho nunca sobre sí misma, y lo recibo con la solemnidad que merece, sin precipitarme a resolvérselo, porque sé que ofrecerle una solución fácil sería insultar la dificultad real de lo que acaba de confesar.

—No tengo la solución —admito—. Sería un fraude decirle que la tengo.

Lo único que puedo ofrecerle es un dato, por si le sirve: que la vulnerabilidad que a usted la aterra es, para casi todo el mundo, el precio normal de estar viva.

La gente quiere cosas que puede perder. Ama a personas que pueden morirse.

Vive con un flanco abierto permanente y, en su mayoría, no se vuelve loca.

No porque el flanco no exista, sino porque han decidido que valía la pena tenerlo.

No le pido que decida eso hoy. Solo le digo que se puede decidir, porque millones de personas más torpes que usted lo deciden cada día.

—Usted lo dice como si fuera fácil —replica, sin filo, casi con curiosidad—. Para usted quizá lo sea. Nunca ha tenido nada que perder, me lo dijo Isolde. Nadie le ha enseñado que querer algo es peligroso.

—Es verdad. —No voy a mentirle en esto—.

He tenido la suerte insultante de una vida sin heridas, y eso me vuelve, en materia de miedo, un ignorante.

No sé lo que usted sabe. No he aprendido en la piel lo que cuesta perder, y tiene razón en desconfiar de mi optimismo: viene de un hombre que nunca ha pagado el precio del que habla.

—Hago una pausa—. Aunque le diré lo único en que mi ignorancia me da ventaja: como no he aprendido que querer es peligroso, no tengo que desaprenderlo.

Puedo quererla sin miedo, no porque sea valiente, sino porque nadie me enseñó a tenerlo.

Quizá le sirva de algo tener cerca a un tonto sin cicatrices; alguien tiene que sostener el otro extremo de esto sin temblar.

Vivienne me estudia con una intensidad nueva, la de quien reordena un cálculo al aparecer un número que no había contemplado.

Vivienne me mira largo rato. Después coge la tarjeta de la boda, la dobla con cuidado y se la guarda, que es, comprendo, su forma de contestar sin comprometerse a nada: no ha dicho que vaya a ir conmigo, no ha dicho lo que somos, no ha resuelto nada.

Solo se ha guardado la invitación en lugar de devolvérmela.

En su idioma, hecho de gestos y no de declaraciones, es casi un poema de amor.

He aprendido a leer ese idioma como aprendí el latín medieval: despacio, cometiendo errores, celebrando cada palabra descifrada.

Y ya sé traducir algunas cosas. Sé que «vuelva el jueves» significa «no soporto no verlo hasta entonces».

Sé que servirme el té sin azúcar significa «le he prestado más atención de la que confieso».

Y sé que guardarse una invitación en lugar de rechazarla significa «no digo que sí, y no digo que no, y el que no diga que no es, para una mujer que dice que no a todo, lo más parecido a un sí que sé dar hoy».

Es un idioma de una economía extrema. Cada gesto pesa una tonelada porque no malgasta ninguno.

—Volveré el jueves —dice, recogiendo sus libros de cuentas.

—Estaré donde siempre.

Se va. Y me quedo con el manuscrito olvidado, dándome cuenta de que hoy no he ganado nada tangible —ni un nombre, ni una promesa, ni una respuesta—, y de que, sin embargo, ha sido el mejor día en mucho tiempo, porque he hecho la pregunta prohibida y el mundo no se ha acabado, y ella sigue viniendo el jueves.

En la extraña contabilidad de querer a Vivienne Deveran, eso cuenta como una victoria abrumadora.