La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 21
43%

Capítulo 21

Isolde nos invita a cenar a los cuatro con la excusa de que su boda con mi hermano se acerca y hay que ir mezclando los mundos antes de que la ceremonia los mezcle de golpe.

La excusa es transparente. Lo que Isolde quiere, en realidad, es ver de cerca a mi conde, y verlo en la misma mesa que yo, porque Isolde colecciona información sobre la gente que quiere con la misma disciplina con que yo la colecciono sobre la gente que temo, y hace tiempo que decidió quererme.

Acepto porque negarme daría más que hablar que aceptar, y porque, si soy honesta en el único sitio donde me permito serlo, que es dentro de mi cabeza, quiero ver a James en una mesa.

Nunca lo he visto en una mesa. Lo he visto en su biblioteca, en mi almacén, en un salón desde lejos.

No lo he visto hacer la cosa doméstica y corriente de cenar, y siento por presenciarla una curiosidad que no me examino.

Hay algo que no le he confesado a nadie, ni a Isolde: llevo semanas imaginando escenas domésticas.

No grandes. Pequeñas, ridículas, del tamaño de una taza.

Imagino desayunos. Imagino a alguien al otro lado de una mesa por las mañanas.

Son fantasías tan modestas que me avergüenzan más que si fueran obscenas, porque las obscenas al menos serían propias de una mujer poderosa, y estas son propias de una niña que nunca tuvo una mesa con dos platos.

Vengo a esta cena, en parte, a comprobar si la realidad de James en una mesa se parece a la mesa que he imaginado.

Es una investigación privada, cuyos resultados no pienso compartir ni conmigo misma.

La cena empieza con la incomodidad previsible de cuatro personas de dos planetas distintos sentadas bajo la misma araña.

Marcus, embutido en una levita que le queda como una silla de montar a un toro, mira a James con la desconfianza residual del hermano mayor que aún no ha firmado la paz.

James, que no percibe la desconfianza porque no percibe ninguna hostilidad que no venga acompañada de un cuchillo visible, lo trata con una cordialidad desarmante.

Isolde orquesta desde su sitio, sirviendo temas como el que sirve platos, midiéndonos a los tres.

—Así que libros —dice Marcus, en el tono con que interrogaría a un estibador sospechoso, apuntando a James con el cuchillo del pan sin darse cuenta de que lo hace—. Se gana uno la vida con los libros.

—No me la gano, la verdad —responde James, sin inmutarse ante el cuchillo—. Digamos que los libros y yo tenemos un acuerdo: ellos me arruinan despacio y yo los quiero mucho. Es la relación más honesta de mi vida.

Marcus lo mira, calibrando si le toman el pelo. Decide que no.

—Un hombre que pierde dinero a propósito —gruñe—. En mi mundo, a esos los llamamos de otra manera.

—En el mío también —concede James, afable—. Nos llaman eruditos. Es el mismo insulto con mejor ropa.

Y Marcus, contra su voluntad, resopla por la nariz, que en mi hermano es la antesala de una carcajada que aún no piensa conceder a un desconocido. Isolde y yo cruzamos una mirada rápida: el hielo se ha rajado. Ella retoma el mando antes de que Marcus se recupere.

Y entonces comete su obra maestra. Deja caer, con inocencia fingida, una pregunta.

—Milord, dígame una cosa, que llevo con la curiosidad desde que Vivienne mencionó su afición. Esos manuscritos antiguos que colecciona, los iluminados... ¿cómo conseguían esos colores? El oro, sobre todo. Siempre me he preguntado cómo se pone el oro en una página.

Veo el instante exacto en que a James se le encienden los ojos, y sé, porque lo conozco, lo que va a pasar. Debería compadecer a Isolde. En vez de eso, me acomodo en la silla con una anticipación que no reconozco, la del que se dispone a ver algo que le gusta.

—Ah —dice James, y deja los cubiertos, señal inequívoca—. Esa es una pregunta preciosa, y tiene una respuesta larga, porque el oro es solo el principio. Verá, hay dos maneras de poner oro en un pergamino, y son opuestas de raíz...

Y arranca.

Habla del pan de oro y del oro en concha, de cómo se batía el metal hasta un grosor imposible, de la cola de pescado y la clara de huevo batida que los antiguos llamaban «glair» y que servía de imprimación.

Habla del bol de Armenia, una arcilla roja que se ponía debajo del oro para que el brillo tuviera calidez.

Habla del bruñido con diente de perro o piedra de ágata, del lapislázuli traído de las montañas de Afganistán que valía más que el oro y del que se sacaba el azul de los mantos de las vírgenes.

Habla de un monje concreto, de un scriptorium concreto, de un error de un aprendiz en un códice del año mil que cambió para siempre la receta de un verde.

Habla, y habla, y yo dejo de oírlo.

No es que deje de prestar atención: es algo más raro y más grave.

sigo mirándolo, sigo viéndole mover las manos como si dibujara en el aire los pergaminos que describe, sigo notando cómo se le ilumina la cara al llegar al lapislázuli, cómo se olvida por completo de que está cenando, de que hay otras tres personas, de todo lo que no sea la belleza de un oficio muerto que él mantiene vivo con solo amarlo.

Lo miro entero. Y en algún punto, sin decidirlo, dejo de procesar las palabras y me quedo solo con él, con el hecho de él, con la existencia improbable de un hombre que se emociona hasta este punto por la cola de pescado del siglo doce.

Pienso, sin querer pensarlo: podría escucharlo hablar de cualquier cosa.

De esto, de rutas, de seguros venecianos, de faros.

Podría escucharlo describir el contenido de un cajón y me parecería fascinante, no por el cajón, sino porque lo describe él.

Y esa idea, que a cualquier enamorada del mundo le parecería una obviedad tierna, a mí me llega como un diagnóstico grave, porque significa que he perdido la facultad que me define, la de separar el mensaje del mensajero, el dato de quien lo trae.

He dejado de catalogar. Por vez primera en diez años, hay alguien delante de mí a quien no estoy catalogando.

Debería alarmarme más de lo que me alarma.

Mi capacidad de catalogar es mi armadura y mi arma; es lo que me avisa del peligro antes de que llegue, lo que me dice quién miente en una mesa y quién esconde un cuchillo bajo la levita.

Apagarla es quedarme ciega en un mundo de depredadores.

Y sin embargo, mientras James habla del azul de Afganistán, la ceguera no me da miedo.

Me da descanso. Advierto que estar a salvo, a salvo, no es tenerlo todo vigilado: es poder dejar de vigilar sin que pase nada.

Nunca lo había sabido, porque nunca lo había podido probar.

Cuando James termina —porque termina, con un «en fin, me he extendido, discúlpenme, es que el tema me puede»—, vuelvo al mundo de golpe, como quien sale de debajo del agua.

Y hago lo único que sé hacer para recuperar el control: miro el reloj de la repisa y reconstruyo.

Empezó cuando sirvieron el segundo plato.

Ha terminado ahora. Calculo. Veintidós minutos.

Ha hablado veintidós minutos seguidos sobre la iluminación de manuscritos, y yo, que puedo repetir palabra por palabra una conversación de hace tres años si me conviene, no sería capaz de resumir una sola frase de lo que ha dicho en esos veintidós minutos, porque no oí ninguna.

Estuve veintidós minutos exactos sin registrar nada salvo a él.

Veintidós minutos justos. La precisión es lo único que conservo, y es, comprendo con un escalofrío, la peor de las confesiones: puedo medir con exactitud el tiempo que pasé sin enterarme de nada. Sé cuánto duró mi ausencia. No sé de qué me ausenté.

Y es entonces cuando los pillo.

Marcus e Isolde me están mirando. No a James: a mí.

Mi hermano tiene el tenedor a medio camino y una expresión que no le veía desde que éramos niños, una mezcla de asombro y de algo que en un hombre más blando sería ternura y en Marcus es su versión áspera.

Isolde, a su lado, no me mira con asombro.

Me mira con reconocimiento, con la calma satisfecha de quien ha montado un experimento y ha obtenido justo el resultado que buscaba.

Los dos han pasado los mismos veintidós minutos que yo. Solo que ellos no miraban a James.

Me miraban a mí mirar a James.

—Fascinante lo del lapislázuli —dice Isolde, con una suavidad venenosa, sosteniéndome la mirada—. ¿Verdad, Vivienne? Lo del azul de las vírgenes.

—Fascinante —repito, y sé, por la sonrisa mínima que se le escapa, que ha entendido que no tengo ni idea de qué azul me habla, y que ese «fascinante» hueco es la primera vez que me oye fingir mal algo en su vida.

—¿A que sí? —James, que no capta la trampa, se ilumina otra vez ante la palabra, tomándola por interés sincero—.

El ultramar. Se llamaba así, «de ultramar», porque venía de más allá del mar, de Afganistán; una tontería etimológica que me encanta.

Si le interesa, Lady Ellerby, tengo un pigmento auténtico en Ashfield; se lo enseño cuando quiera.

—Será un placer —dice Isolde, encantada de haberlo hecho hablar de nuevo, esta vez con público avisado.

No digo nada. Estoy ocupada rezando por que no me pregunte a mí nada sobre el ultramar.

Marcus no dice nada. Marcus deja el tenedor, despacio, y me sostiene la mirada un segundo largo, y en ese segundo mi hermano y yo tenemos, sin una palabra, la conversación entera: él me pregunta si estoy segura, yo le contesto que no lo estoy de nada, él me dice que ese hombre habla del oro de los libros como un idiota feliz, yo le contesto que ya lo sé, él me dice que nunca me ha visto así, y yo, por toda respuesta, bajo la vista al plato, que es lo más cerca que voy a estar esta noche de admitir algo en voz alta delante de mi hermano.

El resto de la cena transcurre con una normalidad que agradezco.

James, ajeno por completo a que acaba de ser el instrumento de mi desenmascaramiento, retoma la cordialidad con Marcus y termina, hacia los postres, arrancándole a mi hermano una carcajada genuina con una historia sobre un duque que confundió un incunable con un menú.

—Ese duque —dice Marcus, aún riéndose— me habría caído bien. Yo tampoco distingo un incunable de un menú, y aquí sigo.

—La diferencia, señor Deveran —responde James—, es que usted lo admite. El duque pidió el incunable a la brasa.

Marcus se ríe otra vez, del todo esta vez, y le sirve a James más vino con la mano generosa que reserva para los que ha decidido, a regañadientes, tolerar.

Los veo reír juntos, al gigante de los muelles y al conde de los libros, y siento algo tan ajeno a mi vida que tardo en nombrarlo, y que resulta ser, cuando lo nombro, la sensación de que dos partes de un mundo que yo mantenía separadas a la fuerza acaban de tocarse sin que se hunda nada.

Toda mi vida he mantenido apartados a la fuerza mis dos Londres: el de arriba y el de abajo, el de los salones y el de los muelles, porque juntarlos era peligroso, porque un pie en cada orilla es como se ahogan los que intentan cruzar el río andando.

Y esta noche, en la mesa de Isolde, los dos Londres han cenado juntos y se han reído juntos, y el suelo ha aguantado.

Empiezo a sospechar que James no pertenece a ninguno de mis dos mundos, y que por eso puede pisar los dos sin hundirse: porque él vive en un tercero que yo no sabía que existía, hecho de bibliotecas tranquilas y té sin azúcar, donde las cosas no se defienden porque nadie las ataca.

Al despedirnos, Isolde me abraza, cosa que no suele hacer, y me dice al oído, tan bajo que solo yo lo oigo:

—Deja de contar los minutos, Vivienne. Nadie que sea feliz sabe cuánto ha durado.

Y me suelta, y sonríe, y se lleva a mi hermano del brazo hacia dentro, dejándome en el umbral con el conde y con la certeza incómoda de que la mujer que va a casarse con Marcus acaba de ponerle nombre, en una sola frase, a la enfermedad que llevo semanas sin querer diagnosticarme.