La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Un jueves cualquiera, sin haberlo decidido en ninguna parte de mí que reconozca como la que decide, me encuentro llamando a la puerta de Ashfield House.

No sé bien cómo he llegado hasta aquí. Sé que esta mañana, en el almacén, la silla del otro lado del escritorio estaba vacía, porque hoy no le tocaba venir, y que la silla vacía me ha resultado, por vez primera, insoportable.

Sé que he pensado en su frase de la última tarde —«estaré donde siempre, cuando quiera; no hace falta que avise»— y que he sentido la contradicción de que él estuviera donde siempre y yo lo quisiera donde nunca.

Y sé que, en algún momento entre esos dos pensamientos, he pedido el carruaje, he cruzado el río en dirección contraria a la que cruzo siempre, y he terminado en Mayfair, ante una puerta que no es la mía, sin un motivo, sin un libro, sin una excusa, sin nada de lo que llevo siempre para justificar lo que hago.

Es lo más imprudente que he hecho después de besarlo, y empiezo a temer que estas imprudencias, una vez que se inauguran, se encadenan.

He intentado, en el carruaje, construirme una excusa por el camino, por costumbre, porque llegar a un sitio sin excusa me resulta tan antinatural como salir a la calle sin los cuchillos.

He barajado varias: que pasaba cerca, que traía un dato sobre las rutas, que venía a devolverle un libro.

Todas eran mentira, y las he descartado una a una, no por escrúpulo, sino porque a este hombre las mentiras no le sirven de nada: las lee, y una excusa leída es peor que ninguna.

De modo que llego a Ashfield House desnuda de coartadas por primera vez en mi vida, y esa desnudez, más que la puerta que voy a cruzar, es lo que me tiembla en las manos.

El mayordomo me hace pasar con una discreción entrenada, sin la ceja levantada que merecería una mujer sola presentándose sin tarjeta en casa de un conde soltero.

Deduzco que el conde tiene un servicio educado o que el conde recibe a tan poca gente que el servicio ha perdido la costumbre de juzgar a quien recibe.

Me deja en un vestíbulo mientras avisa, y yo, que en cualquier otro sitio ya habría inventariado las salidas, me sorprendo mirando, en cambio, un grabado antiguo de un puerto que no reconozco, colgado con un cuidado que dice que a alguien de esta casa le importan los puertos.

James aparece por un pasillo, sin chaqueta, con las mangas remangadas y una mancha de tinta en el dorso de la mano, y al verme no pone la cara del hombre sorprendido por una visita imposible.

Pone otra, más peligrosa para mi tranquilidad: la del hombre que llevaba tiempo esperando algo sin saber cuándo llegaría, y a quien acaba de llegarle.

—Ha venido —dice. Y luego, como si fuera la continuación lógica y no un salto enorme sobre todo lo que no nos estamos diciendo—: He hecho té.

—No sabía que venía —respondo—. Así que a duras penas ha podido hacerlo por mí.

—Hago té todas las tardes. —Se aparta para dejarme pasar—.

Es una de las pocas rutinas que sostengo.

Hoy da la casualidad de que hay para dos.

Considérelo suerte, o considérelo que llevo semanas haciendo, sin darme cuenta, té para dos.

No sabría decirle cuál de las dos cosas es cierta, y sospecho que ninguna me deja en buen lugar.

—¿No va a preguntarme por qué he venido? —Lo suelto en el pasillo, antes de poder frenarlo, porque no saber a qué atenerme me pone nerviosa, y el nerviosismo, en mí, ataca.

—No —dice, sin volverse—. Si quisiera contármelo, no habría venido: me habría mandado una nota.

Ha venido en persona y sin aviso porque no hay nada que contar con palabras.

Preguntarle por qué sería obligarla a traducir a un idioma torpe algo que ya ha dicho, mejor, con solo cruzar el río.

La he entendido de sobra. No hace falta que lo estropeemos hablándolo.

Me quedo sin réplica, que es el estado en que me deja este hombre con una regularidad que empieza a ser humillante.

Lo sigo por el pasillo, y el pasillo desemboca en la biblioteca, y la biblioteca me detiene en seco.

He visto cosas caras en mi vida. He entrado en los salones de Mayfair, en las bodegas de los contrabandistas ricos, en las cámaras donde la aristocracia guarda lo que teme perder.

No he visto nunca nada como esto. Es una sala de doble altura, con los estantes subiendo hasta un techo que se pierde en penumbra, con escaleras de mano sobre rieles, con mesas largas cubiertas de libros abiertos y papeles cubiertos de su letra pequeña, y con una luz que entra por unos ventanales altos y cae sobre el polvo suspendido como cae la luz en las iglesias que sí merecen el nombre.

Huele a papel, a cuero, a cera y a algo más que tardo en identificar y que resulta ser, sin más, calma.

La habitación entera huele a calma. No sabía que la calma tuviera olor hasta que entro en el único sitio del mundo donde parece embotellada.

—Es... —empiezo, y no termino, porque no encuentro la palabra, yo que tengo palabra para todo.

—Grande, lo sé. —James malinterpreta mi silencio, como suele, en la dirección más modesta—.

Es excesiva para un solo hombre. Mi tía abuela la mandó construir y no leyó nunca un libro; la quería para impresionar.

La heredé con la casa. La he llenado yo.

Discúlpeme el desorden; no esperaba... —se detiene, corrige— no, mentiría.

El desorden es permanente. No tiene nada que ver con usted.

—No iba a decir grande. —Doy unos pasos hacia dentro, despacio, como se entra en un sitio que uno intuye sagrado sin creer en nada—. Iba a decir tranquila. Es el sitio más tranquilo en el que he estado en diez años.

Me sale sin que lo autorice, como se me escapan, de un tiempo a esta parte, todas las verdades cuando estoy cerca de este hombre, y en cuanto lo digo me doy cuenta de lo que acabo de confesar: que en diez años no he tenido un solo sitio tranquilo.

Que mi vida entera transcurre en lugares que hay que vigilar.

Que hasta mi propia casa, mi propio escritorio, son puestos de guardia disfrazados de hogar.

James no comenta la confesión. Se limita a servir el té en una mesa despejada junto a la ventana, dos tazas, sin azúcar en la mía porque una vez, hace semanas, mencioné de pasada que no lo tomaba y él, que lo archiva todo como yo, lo recordó.

Ese detalle —el té sin azúcar, servido sin preguntar, porque lo recordó— casi me hace más daño que una crueldad. Estoy entrenada contra la crueldad. No tengo defensa contra un hombre que recuerda cómo tomo el té.

Podría enumerar a la gente que sabe cómo lo tomo, y la lista sería corta y toda ella profesional: Wren, porque me lo sirve; nadie más.

Marcus no lo sabe; mi propio hermano ignora si tomo azúcar, porque nunca hemos tenido tiempo, entre los dos, para lujos como el té.

Y este hombre, al que trato desde hace unos meses, al que veo unas horas por semana, retuvo el dato de una frase de pasada y lo convirtió en un gesto.

No es la memoria lo que me desarma; yo tengo mejor memoria que él.

Es para qué la usa. Yo memorizo lo que la gente teme, para poder usarlo.

Él memoriza cómo tomo el té, para que yo esté cómoda.

La misma facultad al servicio de dos mundos opuestos, y el suyo, de pronto, me parece un lugar donde me gustaría vivir.

—Siéntese —dice, y por una vez la palabra la dice él, y en su boca no es una prueba ni una concesión: es una invitación sin trampa—.

Quédese el tiempo que quiera. Si quiere hablar, hablo.

Si quiere leer, tengo unos ocho mil candidatos.

Y si quiere estar en silencio, es el sitio ideal para el silencio; lo tengo muy practicado.

No hace falta que decida ahora. No hace falta que decida nada.

«No hace falta que decida nada.» Llevo diez años decidiéndolo todo, cada minuto de cada día, porque cada decisión no tomada es una rendija por la que entra el daño.

Y este hombre me ofrece, en una sala que huele a calma, la única cosa que nunca me he permitido: un rato sin decidir.

Un rato en que no soy la estrategia. Un rato en que puedo, quizá, ser solo una mujer sentada junto a una ventana con un té sin azúcar.

Me siento. Cojo un libro al azar, que resulta ser sobre la construcción de faros, y él coge otro, y no volvemos a hablar durante un buen rato, y el silencio, que en cualquier otro sitio del mundo me pondría en guardia, aquí no me pone en nada.

Aquí el silencio no esconde a nadie acercándose.

Aquí el silencio es solo dos personas leyendo cerca, y el ruido de una página al pasar, y la luz moviéndose despacio por el suelo a medida que la tarde avanza.

En algún momento, sin levantar la vista de su libro, él habla.

—El de los faros es bueno —dice—. Fíjese en el capítulo del faro de Eddystone.

Lo construyeron tres veces. Las dos primeras se las llevó el mar; la tercera aguanta aún.

El ingeniero de la tercera entendió algo que los dos anteriores no: que no se trata de resistir a la ola, sino de dejarla pasar.

La forma de la torre está pensada para que el agua la rodee en vez de golpearla.

Lo encuentro sabio. Casi todo lo que dura, dura por eso: no por oponerse, sino por saber por dónde dejar pasar lo que no se puede vencer.

—Habla usted de faros —digo, sin levantar la vista tampoco— y no habla usted de faros.

—Hablo casi siempre de dos cosas a la vez.

Es un defecto. —Pasa una página—. Aunque el faro, además, es solo un faro.

No todo lo que digo esconde algo, Vivienne.

A veces un faro es un faro y una tarde es una tarde.

Se lo digo porque sé que usted busca el doble fondo en todo, y quiero que sepa que en esta casa, de vez en cuando, no lo hay. Descanse también de buscarlo.

No contesto. Vuelvo al faro de Eddystone, a la idea de una torre que dura porque deja pasar el mar, y me pregunto, por vez primera en diez años, si no llevaré yo toda la vida construyendo el tipo de torre equivocado.

Pasan dos horas. Lo sé porque, cuando levanto la vista, la luz ha cambiado de pared.

Dos horas en las que no he vigilado una puerta, no he calculado una ruta, no he anticipado una amenaza, no he sido, ni por un instante, lo que soy en todas partes menos aquí.

Dos horas que, sumadas, dan la única tarde de descanso verdadero que recuerdo desde que era una niña, antes de aprender que descansar era un lujo que le costaba la vida a la gente como yo.

Me descubro, hacia la segunda hora, haciendo algo que no recuerdo haber hecho de adulta: nada.

No leer para extraer un dato útil, sino leer por el gusto de leer.

No mirar a James para calcularlo, sino mirarlo porque me gusta cómo frunce el ceño cuando un párrafo lo desafía.

No estar en la sala para dominarla, sino estar en ella, sin más, como está un gato al sol, ocupando un rectángulo de calor sin ninguna otra ambición.

Es tan ajeno a mí que casi me asusta, y por primera vez el susto no me basta para levantarme y marcharme.

Y ahí, con el libro de los faros abierto sobre las rodillas y el té frío en la taza, comprendo el peligro real de este hombre, el que no vieron ni Dawes ni Isolde ni Marcus, el que no figura en ningún informe.

No es que me distraiga, ni que me ablande: es que me enseña que existe otra vida posible —una con salas tranquilas y té recordado y silencios que no esconden nada—, y que yo llevo diez años sin sospechar siquiera que esa vida existía.

Un enemigo que amenaza lo que tengo lo combato dormida.

No sé combatir a un hombre que me enseña lo que me falta.

Nadie me entrenó para eso. Contra la carencia que una no conoce no hay muralla que valga, porque no se puede defender uno de una puerta que ni sabía que estaba tapiada, y que este hombre, sin forzar nada, sin pedir nada, sirviéndome un té sin azúcar, acaba de entreabrir.