Capítulo 19
Una semana después del beso he comprendido una cosa sobre Vivienne Deveran que ninguno de mis tratados me habría enseñado: que la manera de perderla sería, justo, tratar de ganarla.
Es una lección que va contra todo lo que un hombre aprende sobre el cortejo, si es que aprende algo, cosa que en mi caso está por demostrar.
Los tratados de conducta, los pocos que he hojeado por curiosidad antropológica, coinciden en que a una mujer se la corteja avanzando: uno se declara, insiste, persigue, demuestra ardor.
Toda la maquinaria del galanteo se construye sobre la metáfora de la conquista, sobre tomar una plaza.
Y con Vivienne Deveran esa maquinaria no solo es inútil: es contraproducente, porque ella es, ante todo, una plaza sitiada desde hace diez años, una fortaleza que ha repelido tantos asaltos que reconoce el asalto en cuanto asoma, por disfrazado que venga de flores o de versos.
Asaltarla sería confirmarle que soy un enemigo más, mejor educado que los otros.
Y yo no quiero tomar su plaza. Quiero, que es distinto, que un día abra ella misma la puerta.
Lo deduzco de los datos, como deduzco todo.
Desde aquella tarde en que cruzó el escritorio, ella ha cambiado, y no en la dirección que un hombre vanidoso esperaría.
Está más fría. Más cortante. Los martes me recibe con una formalidad que no gastaba conmigo desde la primera semana, como si el beso, en lugar de acercarnos, la hubiera obligado a reconstruir a toda prisa las defensas que yo llevaba meses sorteando sin darme cuenta de que las sorteaba.
Un hombre corriente lo interpretaría como rechazo, se ofendería, exigiría explicaciones.
Yo, que carezco de vanidad en la misma proporción en que me sobra observación, lo interpreto de otra manera.
Ella está esperando que yo cobre.
Es la palabra exacta, y me llega mientras la observo servirme un té con una cortesía de hielo: cobrar.
En el mundo de Vivienne, todo movimiento es una transacción, y un beso es un movimiento de un valor enorme.
Ella me ha entregado algo —una grieta, una ventaja, la prueba de que le importo—, y por toda su lógica, por los diez años de reglas que la sostienen, ahora me toca a mí usarlo.
Presionar. Exigir más. Convertir el beso en una deuda que ella deba pagar con concesiones.
Está esperando, con las defensas en alto, el momento en que el conde amable revele que era, como todos, un hombre que quería algo y que ha encontrado por fin la palanca para conseguirlo.
Lo entiendo, y entenderlo me duele por ella, porque significa que en toda su vida nadie le ha dado nada sin presentarle después la factura.
De modo que decido no presentarle ninguna.
La decisión tiene un coste, y lo pago con gusto.
El coste es la incertidumbre: al no cobrar, al no presionar, renuncio a saber a qué atenerme.
Un hombre que exige obtiene, al menos, una respuesta —un sí o un no con que orientarse—.
Yo elijo quedarme sin respuesta, en el limbo del que no pregunta, porque he comprendido que cualquier respuesta arrancada por presión sería falsa, y que la única verdadera es la que ella dé cuando nadie se la pida.
Prefiero una verdad tardía a una mentira puntual.
Siempre lo he preferido. Es, quizá, lo único en lo que me parezco a ella: los dos despreciamos, por encima de todo, los datos falsos, aunque consuelen.
Es la decisión estratégica más importante que he tomado nunca, y consiste, por paradoja, en no tener estrategia.
Voy a jugar la partida más larga de mi vida por el procedimiento de no jugar.
No voy a mencionar el beso. No voy a pedir su repetición, ni su explicación, ni su equivalente.
No voy a cobrar nada, porque no hay nada que cobrar: un beso no es un préstamo.
Voy a seguir siendo, martes tras martes, el mismo hombre exacto que era antes de que ella cruzara el escritorio, y voy a confiar en que, tarde o temprano, la ausencia de factura sea, para una mujer que solo ha conocido facturas, la cosa más desarmante del mundo.
Es un plan que a Ainsworth le parecería una locura.
«Has conseguido que te bese la mujer más formidable de Londres», me diría, «¿y tu jugada es hacer como si no hubiera pasado?
». Sí, Ainsworth. Esa es la jugada. Porque he entendido algo que tú no tienes por qué entender: que a esta mujer no se la conquista tomando terreno.
Se la conquista siendo el único terreno que nunca tiene que defender.
Ainsworth me acusaría, además, de haberme vuelto un romántico, y se equivocaría.
No hay romanticismo en esto. Hay la misma frialdad de método que aplico a un manuscrito: he estudiado mi objeto, he identificado la única aproximación que su naturaleza permite, y la ejecuto con disciplina.
Que esa aproximación consista en la paciencia y la renuncia no la vuelve sentimental.
La vuelve, sin más, la correcta. El amor, descubro, admite una ingeniería tan rigurosa como los puentes, y con la misma regla de oro: la estructura que aguanta es la que trabaja con las fuerzas, no contra ellas.
El martes lo pongo a prueba, aunque «poner a prueba» es una expresión demasiado activa para lo que hago, que es, sobre todo, abstenerme.
—Le he traído el tratado veneciano —digo, dejando el libro sobre el escritorio como cualquier otro martes—.
La parte sobre los seguros marítimos es endiablada, y he pensado que le divertiría el capítulo donde explican cómo calculaban el riesgo de un naufragio antes de que existiera la probabilidad como ciencia.
Lo hacían por superstición y por experiencia a partes iguales, y acertaban más de lo que deberían.
Vivienne me mira con desconfianza. Es la desconfianza de quien esperaba un asalto y recibe un libro.
—¿Eso es todo? —pregunta, y hay un filo en la pregunta, una invitación al combate que no pienso aceptar—. ¿Un tratado veneciano.
—Eso es todo —confirmo, abriendo el libro—. ¿Le parece poco? Reconozco que los seguros marítimos no son el tema más romántico del catálogo, aunque tienen su encanto si uno se molesta en...
—Milord. —Me interrumpe, y deja el té con un golpe seco que en ella equivale a un grito—. La semana pasada crucé este escritorio y lo besé. Y usted viene hoy a hablarme de seguros marítimos venecianos como si tal cosa.
—Sí. —Levanto la vista del libro, tranquilo—. ¿Prefiere que hablemos de otra cosa?
—Prefiero saber qué pretende. —Se le ha tensado todo, la mandíbula, los hombros, las manos sobre la mesa—.
Nadie hace lo que usted hace. Una mujer besa a un hombre y el hombre, al martes siguiente, o exige más, o se envalentona, o al menos alude a ello con una sonrisita insoportable.
Usted trae un tratado de seguros. O es el hombre más obtuso de Inglaterra, o está jugando a algo que no consigo leer, y no saber leer a alguien me pone de un humor de perros.
—Los humores de perros se le pasan a usted más rápido que a nadie que conozca —observo, sin alzar la vista del índice—. Es una de las cosas que admiro. Recupera la compostura como otros recuperan el aliento.
—No me halague para esquivarme.
—No la halago para esquivarla. La halago porque es verdad y porque me apetece, que son las dos únicas razones que tengo nunca para decir nada.
—Paso una página—. Aunque, de paso, esquivo.
Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
Me lo enseñó usted: lo que la gente hace se finge, lo que no hace casi nunca.
Yo, ahora mismo, no estoy haciendo nada. Léame eso, si quiere leer algo.
Vivienne se calla. Es un silencio distinto de los suyos, que son de cálculo; este es de desconcierto, el de quien tenía la espada en alto y no encuentra contra qué descargarla.
Y aquí está el momento. La veo bracear en aguas que no controla, ofreciéndome, casi rogándome, que le dé una jugada que ella sepa combatir.
Sería tan fácil. Bastaría con presionar un milímetro para convertir esto en la negociación que ella domina y en la que, al ganarla, yo perdería lo único que importa.
No presiono.
—No pretendo nada —digo, con toda la suavidad de la que soy capaz—.
Y advierto que eso, justo, sea lo que no sabe leer, porque en su vida todo el mundo ha pretendido algo.
Le explico mi jugada, ya que me la pide, aunque explicarla la desactiva: usted me besó.
Fue, para mí, lo mejor que me ha pasado en treinta y un años.
Y no pienso convertir lo mejor que me ha pasado en una deuda que usted tenga que pagarme.
Un beso no se cobra, Vivienne. Se agradece, y se espera, sin condiciones, que quizá haya otro algún día, cuando usted quiera, si usted quiere.
Mientras tanto, tengo un tratado veneciano y toda la tarde.
No le pido nada. Es posible que sea la primera persona en su vida que se sienta en esa silla sin pedirle nada, y entiendo que le cueste creerlo.
Tómese el tiempo que necesite. Yo tengo de sobra.
Se hace un silencio largo. Vivienne me mira como quien mira un idioma que reconoce sin hablarlo.
Y despacio, muy despacio, algo en sus hombros cede un grado, la tensión de quien ha pasado una semana esperando un ataque que no llega y empieza, contra su propio criterio, a creer que quizá no vaya a llegar.
—Es usted raro hasta la médula —dice al fin, y bajo el insulto hay otra cosa.
—Me lo dicen mucho. —Vuelvo al libro—. ¿Los seguros venecianos, entonces? El capítulo cuarto es el bueno.
—¿No va a preguntarme nada? —Lo dice con una incredulidad casi ofendida, la de quien ha bajado la guardia y descubre que no había ataque—. ¿No va a preguntarme qué significó? ¿Si va a repetirse? ¿Qué somos ahora?
—No —respondo—. Esas son sus preguntas, no las mías.
No tengo prisa por saber qué somos. Los nombres vienen después de las cosas, no antes; ponerle nombre a esto ahora sería como bautizar un río por el tramo que se ve desde un puente.
Prefiero recorrerlo y ver adónde va. —Doy unos golpecitos en la página—.
Además, para serle sincero, «los seguros marítimos venecianos» es una pregunta que sí sé contestar, y las que me hace usted, no.
Un hombre prudente empieza por las preguntas que sabe responder.
Y ocurre entonces algo que no había ocurrido nunca en este almacén: Vivienne Deveran se ríe.
Es una risa corta, casi un resoplido, que se le escapa antes de que pueda impedirlo y que reprime al instante, con la misma alarma con que reprimiría un secreto dicho en voz alta.
Aun así, la he oído. Y una risa que a alguien se le escapa contra su voluntad vale, en mi contabilidad, más que mil concedidas.
Se sienta. No en su lado del escritorio: en el borde de él, más cerca de lo necesario, con una taza de té entre las manos y la guardia todavía a medio bajar.
Reparo en el detalle y me guardo mucho de comentarlo.
En meses de martes, Vivienne no se ha movido nunca de su lado del escritorio; el escritorio es su trono y su trinchera, y ella gobierna desde detrás.
Que hoy se siente en el borde, del lado de nadie, más cerca de mí que de su sitio de siempre, es un movimiento tan pequeño que ella misma quizá no lo haya advertido, y tan enorme que a mí me cuesta seguir hablando de seguros venecianos con la voz firme.
No lo señalo: señalarlo sería cobrar, y hoy menos que nunca cobro.
Me limito a correr un poco el libro hacia su lado, para que lo veamos los dos.
Y pasamos la tarde con los venecianos y sus supersticiones actuariales, sin volver a mencionar el beso, mientras yo libro, en el silencio de mi cabeza, la campaña más difícil y más paciente de mi vida, que consiste, día tras día, en no ganar terreno, para que ella descubra, a su ritmo, que hay un sitio en el mundo donde no tiene que defender ninguno.
Sé que puedo perder. La paciencia no garantiza nada; es posible que Vivienne no abra nunca la puerta, que diez años de muralla pesen más que unos meses de tardes, que un día me diga que esto no puede ser y tenga razón.
Lo he calculado, como lo calculo todo. La diferencia es que, por una vez, un resultado adverso no cambiaría mi jugada, porque no juego para ganar: juego porque estar sentado ante ella, aunque no gane jamás, ya es más de lo que tuve en treinta y un años.
Un hombre que no teme perder es imbatible en una sola cosa, y esa cosa es esperar.
Me voy al anochecer, como siempre, sin cobrar nada, como siempre. En la puerta no digo «¿el martes?», porque hasta esa pequeña petición me parece hoy demasiado. Digo solo:
—Estaré donde siempre, cuando quiera. No hace falta que avise.
Y me marcho antes de ver qué hace con eso, porque hay ofertas que solo funcionan si uno no se queda a mirar cómo caen.