La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 18
37%

Capítulo 18

Lord Hartmere comete su segundo error en la recepción de agosto de los Halverne, y esta vez, a diferencia de la primera, sé de sobra por qué voy a hacer lo que voy a hacer, y esa claridad, más que el acto en sí, es la medida de cuánto he cambiado.

Hace tres meses, la primera vez que Hartmere ofendió al conde, no supe por qué le colgué aquella caída; me dije que era un experimento, una travesura de las mías, y no examiné el motivo.

Hace tres meses aún podía mentirme. Ya no.

He besado a un hombre cruzando un escritorio, he descubierto que soy incapaz de darle a Pell la orden de cerrarle la puerta, y he dejado de fingir, al menos ante mí, que lo que siento tiene otro nombre que el que tiene.

Lo he visto llegar con la muñeca aún vendada de su caída de junio, ese trofeo que le colgué sin que él lo sepa, y lo he visto buscar por el salón la mirada que le devuelva la importancia que el barro de Hyde Park le quitó.

Un hombre humillado en público es una herida que camina buscando dónde restregarse, y Hartmere ha decidido, con el instinto certero de los mediocres para el blanco equivocado, que la herida se le curará hablando mal del conde de Casworth.

Es su forma de recuperar terreno: si no puede ser más que James por lo que él es, será más que James rebajándolo.

Me sitúo cerca, del brazo de nadie, con mi capa de invisibilidad de mujer sin categoría, y escucho.

—...lo he visto yo mismo —dice Hartmere a un corro de tres, con la voz calibrada para que llegue más lejos de lo que su discreción finge—.

El conde bibliotecario, nuestro querido erudito, frecuentando los muelles del este.

Los muelles, señores. Y no por afición a los barcos, que digamos.

Dicen que lo han visto entrar en ciertos almacenes que no figuran en ninguna guía de comercio honrado, y salir de ellos...

acompañado. Por una mujer. De negocios. —La palabra «negocios» le sale envuelta en una insinuación grasienta—.

En fin. Cada cual elige su compañía. Solo que uno esperaría de un par del reino un gusto algo menos... portuario.

—¿Una mujer de negocios? —repite uno del corro, saboreándolo—. ¿Y vale el escándalo, Hartmere? ¿Cómo es la dama?

—No la he visto de cerca —admite Hartmere—. Dicen que es fría como el Támesis en enero y que dirige a una cuadrilla de rufianes con más mano que un capataz. Un hombre valiente, nuestro conde. O un necio. Con las mujeres así, en mi experiencia, las dos cosas acaban siendo la misma.

El corro ríe, esa risa untuosa que celebra al fuerte. Y yo, en mi rincón, siento dos cosas a la vez, con una nitidez que me sorprende.

La primera es fría, conocida, profesional: Hartmere acaba de nombrar, en voz alta, en un salón de Mayfair, el vínculo que yo he trabajado con obsesión para mantener invisible.

No importa que no me nombre a mí; «una mujer de negocios» de los muelles del este soy yo, y quien tenga medio cerebro y ganas de atar cabos puede atarlos.

El conde y yo hemos dejado de ser un secreto.

Somos, desde esta noche, un rumor. Y los rumores, en mi oficio, son el primer paso de las ruinas.

La segunda cosa que siento no la había sentido nunca por nadie que no fuera Marcus, y me deja quieta un instante de puro asombro ante mí misma: es el deseo, limpio y sin cálculo, de hacerle daño a este hombre no porque me convenga, sino porque ha ensuciado, con su boca de mediocre, algo que me importa.

Es rabia. Rabia de la, la que yo no me permito, porque la rabia nubla y lo que nubla mata.

La siento subir, la reconozco, y hago con ella lo que hago con todo: la enfrío hasta convertirla en plan.

Nadie sabrá que siento rabia. Es la primera regla: la rabia visible es rabia desperdiciada, un arma que avisa antes de caer.

La rabia útil es la que nadie ve, la que baja al sótano y sube convertida en un pagaré comprado hace dos años que de pronto vale un imperio.

Aprendí de niña que gritar no traía nada.

Hartmere es de los que gritan; por eso no lo verá venir: espera el estruendo de una venganza, y lo que le llega es el silencio de un banquero educado que un martes cualquiera revisa sus cuentas con inesperado celo.

Antes de salir, Isolde me intercepta junto a la puerta, con una copa que no bebe.

—Lo he oído —dice en voz baja—. Lo ha oído medio salón. —Me estudia—. Vas a hacer algo, y no pienso preguntarte qué. Solo una cosa, Vivienne: cuando lo hagas, que no se te note el motivo. Ya se te ha notado bastante por una noche.

—No se me nota nada.

—Se te ha notado la cara, hace un momento, mientras Hartmere hablaba.

—Su voz es suave, sin reproche—. La misma que puse yo cuando alguien habló mal de Marcus delante de mí, antes de admitir que lo quería.

Te lo digo como amiga, no como aviso: el amor es lo único que ni tú ni yo aprendimos a esconder del todo. Cuídate.

Se aleja hacia Marcus, y me deja con la certeza incómoda de que, si a mí se me ha notado ante Isolde, ante media docena de personas más también.

Porque ahí está la diferencia entre esta noche y la de la modista de Lysandra Crewe.

Aquella noche arruiné a alguien sin entender por qué me apetecía tanto.

Esta noche lo entiendo del todo, y el entenderlo no me detiene: lo dirige.

No voy a castigar a Hartmere por rabia, que sería un lujo tonto.

Voy a castigarlo por rabia canalizada a través del cálculo, que es la única forma de rabia que no deja huellas.

No me acerco a él. No lo miro siquiera. Salgo de la recepción antes de la cena, como salgo siempre, y en el carruaje empiezo a trabajar.

Hartmere vive por encima de su renta, como casi todos los que gritan su importancia; la importancia gritada suele ser la que ya no se puede pagar callando.

Debe a su sastre, a su bodeguero, a dos casas de juego y, sobre todo, a un banquero de la City que le sostiene el tren de vida a cambio de un interés que Hartmere paga con nuevos préstamos, en esa rueda de la que solo se baja de dos maneras: heredando o cayendo.

Sé quién es el banquero. Sé, porque es mi oficio saberlo, que ese banquero tiene a su vez un socio silencioso cuyos pagarés compré yo, hace dos años, a través de tres intermediarios, en una de esas operaciones que hago por si acaso, porque nunca se sabe cuándo el hilo que compras hoy será el que muevas mañana.

Esta es la noche del mañana.

No hace falta nada dramático. Una palabra, colocada donde toca.

Un recordatorio al socio silencioso de que ciertos pagarés suyos están en mis manos, y una sugerencia amable de que quizá convenga que el banquero revise la solvencia de lord Hartmere con más rigor del acostumbrado, no vaya a ser que un cliente insolvente arrastre a un banquero prudente.

El banquero, apretado desde arriba, aprieta hacia abajo.

Y Hartmere, que vivía sobre la fina película de hielo del crédito, descubre en el plazo de una semana que el hielo ha desaparecido bajo sus pies en cuatro sitios a la vez: el sastre le cierra la cuenta, el bodeguero exige el pago, las casas de juego dejan de fiarle, y el banquero le retira la línea que lo mantenía a flote.

En Mayfair no hay ruina más rápida ni más definitiva que la del hombre al que, de pronto, deja de fiarle todo el mundo el mismo mes. Es una muerte social sin cadáver.

Lo hago todo por escrito y por terceros, sin que mi nombre roce el asunto en ningún punto.

Ni una nota de mi puño. La cadena que hunde a Hartmere tiene cuatro eslabones entre él y yo, y cada eslabón cree actuar por su propio interés, que es como deben creer los eslabones para que la cadena no delate a quien tira del extremo.

Es un trabajo limpio, de los que me enorgullecen.

Y sin embargo, esta vez, la limpieza no me basta, porque hay una cosa que no he podido ocultar tras cuatro eslabones, y es el motivo.

El motivo se me ve. Hartmere lo dijo en voz alta antes de caer: hay una mujer de negocios detrás del conde.

Puedo borrar mi mano de su ruina. No puedo borrar la razón de mi mano.

Diez días después de la recepción, corre por los salones la noticia de que lord Hartmere se retira a su propiedad de Sussex «por una temporada indefinida, a atender asuntos familiares».

Todos entienden lo que significa «asuntos familiares» en boca de un hombre arruinado.

Nadie lo dice. Y nadie, nadie en absoluto, relaciona la retirada de Hartmere a Sussex con una mujer sin categoría que estuvo en la recepción de los Halverne del brazo de nadie, midiendo, como siempre, la solvencia de los presentes por el estado de sus zapatos.

Debería sentir la satisfacción fría de siempre, la del trabajo bien hecho. Y la siento, en parte. Solo que esta vez viene mezclada con algo nuevo y menos cómodo, que me acompaña en el carruaje de vuelta a los muelles y no me suelta.

Lo he hecho por él. Lo sé, esta vez, sin eufemismos: no he escrito «requiere observación adicional» en ninguna casilla.

He arruinado a un par del reino porque ensució el nombre del conde de Casworth en un salón, y lo he hecho con la misma naturalidad con que respiro, y no me arrepiento.

Eso es lo que me inquieta: la ausencia total de arrepentimiento.

Descubrir que mataría, en sentido figurado y quizá en el otro, por un hombre que colecciona rutas muertas y me ofrece té.

Y descubrir, sobre todo, la otra cara de la moneda, la que Hartmere ha puesto boca arriba sin querer: que si yo tengo ese poder para defenderlo, alguien, algún día, tendrá el suyo para usarlo contra mí a través de él.

Un flanco funciona en las dos direcciones.

Le he dado a Londres, esta noche, la primera prueba de que el conde de los libros me importa.

Y en mi mundo, lo que le importa a alguien como yo no es un secreto romántico. Es una diana.

Marcus lo sabe antes de que termine la semana. En este río, un rumor de Mayfair tarda una noche en bajar hasta los muelles, y mi hermano tiene oídos en las dos orillas.

—Hartmere se va a Sussex —dice, plantado en la puerta de mi despacho, sin saludar. No es una pregunta.

—Eso he oído.

—No me mientas a mí, Vivienne. A mí no. —No hay furia en su voz; hay algo peor, hay miedo, el mismo de la vez de la silla puesta—.

Sé cómo se va un hombre a Sussex de repente.

He mandado yo a más de uno. Lo que quiero saber es por qué.

Por qué te has gastado un hilo que guardabas hace dos años en hundir a un lord que no nos había tocado un solo cargamento.

—Habló de más. —Le sostengo la mirada—. En un salón. Del conde y de mí.

Marcus cierra los ojos un segundo, igual que quien recibe la confirmación de una desgracia que ya olía.

—Entonces ya está —dice—. Ya lo sabe Londres.

Ya saben que hay algo que te importa y que no eres tú.

—Se acerca, apoya las dos manos en mi escritorio, y por una vez el gigante que llena las habitaciones parece pequeño de puro preocupado—.

¿Sabes cuánto tardé yo en aprender esto contigo delante?

Que a la gente como nosotros no nos matan por lo que somos.

Nos matan por lo que queremos. Toda la vida he sido intocable porque no quería nada que pudieran quitarme.

Y el día que quise a Isolde, me convertí, de golpe, en un hombre con un precio.

Tú acabas de ponerte precio, hermana. Delante de todo Mayfair.

—Lo sé.

—¿Y qué piensas hacer?

Y aquí, a mi hermano, que me conoce desde antes de que yo fuera esto, le doy la única verdad que no me he atrevido a decirme a mí misma en voz alta.

—No lo sé, Marcus. Es la primera vez en diez años que no sé qué voy a hacer. Y lo peor es que hay una parte de mí que no quiere saberlo. Que prefiere el precio a no haber querido nunca nada.

Marcus me mira largo rato. Después hace lo que hacía de niños, cuando no había nada que arreglar: no dice nada, me pone una mano en el hombro un instante, y se va. Es lo único que sabe darme cuando no puede protegerme, y esta vez, como todas, es más que suficiente.

Cuando se marcha, Wren me trae un té que no le he pedido y se retira sin una palabra, porque hace nueve años que aprendió a no preguntar.

Me siento a mi escritorio, detrás de mi trinchera, y saco los registros, y no los miro.

Miro la silla vacía del otro lado, la del conde, y pienso, por primera vez con todas las letras, que enamorarse, para una mujer como yo, no es una debilidad privada que pueda permitirme en la sombra.

Es una brecha en la muralla, con nombre y apellido, que cualquier enemigo con paciencia sabrá encontrar.

Lo pienso. Y no cierro la brecha. Empiezo a sospechar que ya no sé cómo.