La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 17
35%

Capítulo 17

Vuelvo el miércoles, como acordamos con una sola palabra cada uno, y me encuentro con que Vivienne ha salido a resolver un asunto y tardará una hora, y con que, por vez primera, se me invita a esperar dentro en lugar de en el umbral.

El cambio es pequeño y lo dice todo. Un umbral es una frontera; esperar dentro es haberla cruzado.

Nadie ha anunciado nada, nadie ha declarado que el conde de los libros pasa a formar parte del paisaje tolerado de la casa, y aun así Cobb me ha dejado entrar con un gruñido que en él es casi un saludo, y ahora se me sienta en un rincón con un té, como se sienta a un pariente incómodo y admitido a la vez.

Ignoro qué se ha dicho de mí en este almacén desde el martes del beso; sospecho que bastante.

Los hombres que trabajan para una mujer así aprenden a leer a su patrona, y si ella ha decidido dejarme esperar dentro, ellos han decidido, en consecuencia, tratarme como a alguien que se queda.

La noticia me produce una satisfacción desproporcionada para un hombre de mi edad.

El encargado de hacerme esperar es Wren, un hombre enjuto de unos cincuenta años, con la cara curtida de quien ha pasado la vida cerca del agua y las manos manchadas de tinta de quien lleva libros de cuentas ajenos.

Me instala en un rincón, me ofrece un té que resulta ser mejor del que sirven en mi club, y se dispone a vigilarme con la resignación del que ha sacado la pajita corta.

Me cae bien de inmediato, con la simpatía instantánea que me inspira siempre la gente competente en un oficio humilde.

Un buen contable de almacén es, a su manera, un erudito: lee en columnas de cifras lo que yo leo en columnas de latín, y las dos lecturas exigen la misma paciencia y la misma sospecha de que, debajo de lo que se ve, hay siempre una historia que alguien quiso ocultar.

Decido, mientras acepto el té, que Wren y yo vamos a llevarnos bien.

Yo, que carezco de la virtud de esperar en silencio, ataco.

—Dígame una cosa, Wren, por curiosidad. —Pruebo el té, que en efecto es excelente—. ¿Siguen ustedes apostando sobre mí? Hace unas semanas sorprendí a dos de sus compañeros en plena transacción.

Wren tiene la decencia de parecer incómodo solo un instante.

—Alguna apuesta corre, milord. No se lo tome a mal; es señal de aprecio. De los que no nos importan no apostamos.

—Me halaga, entonces. ¿Y cuál es la apuesta actual, si no es indiscreción?

—Es mucha indiscreción. —Aunque sonríe—.

Le diré solo que las cifras han cambiado de bando esta semana.

Los que apostaban a que usted no volvería han dejado de encontrar quien les acepte la apuesta.

Ya nadie apuesta contra su regreso. Eso, en esta casa, es lo más parecido a una bendición que va a recibir.

—Lleva usted mucho con la señorita Deveran, imagino.

—Nueve años. —Wren no aparta la vista de mí, aunque el tono se le ablanda un grado; he descubierto que a los hombres de este almacén les gusta que se les pregunte por sus años de servicio, porque es lo único de su oficio de lo que pueden enorgullecerse en voz alta—.

Desde que esto era la mitad de grande y el doble de peligroso.

—Debe de haberla visto crecer, entonces. En el oficio, quiero decir.

—La he visto convertirse en lo que es. —Una pausa, y una elección: decidir cuánto contar a un conde que besa a su patrona, cosa que, deduzco por su cara, todo el almacén sabe ya—.

No siempre fue la que ve ahora. Al principio era solo la hermana lista del jefe.

Con los años... —busca la palabra— con los años se volvió otra cosa.

Algo que cuesta explicar a quien no lo ha visto trabajar.

—Inténtelo —le pido—. Se me da bien entender cosas difíciles de explicar. Es, en realidad, casi lo único que se me da bien.

Wren me estudia, sopesa, y decide que un hombre al que la señorita deja entrar y esperar con té es un hombre con quien se puede hablar un poco de más.

—A ver cómo se lo digo. —Se sienta, por fin, en un cajón frente a mí—. Usted trabaja con jefes, imagino. En su mundo. Hombres que mandan.

—Alguno he conocido.

—Un jefe corriente le da a uno una orden y uno la cumple, y si sale mal, el jefe piensa el siguiente movimiento.

¿Me sigue? Piensa, ordena, uno cumple, pasa lo que pasa, vuelve a pensar.

El señor Deveran es así, y es el mejor que he visto: rápido como el rayo.

—Baja la voz, con el respeto de quien entra en terreno sagrado—. La señorita no es así.

—¿Cómo es, entonces?

—La señorita ya ha pensado el siguiente movimiento.

Y el siguiente. Y el que usted haría para responder al suyo, y el que haría el otro para responder a ese.

—Wren mueve las manos como el que despliega un mapa invisible—.

Cuando la señorita da una orden, no es el principio de un plan, milord.

Es el final de uno que empezó semanas atrás y que usted no vio empezar.

Nosotros no ejecutamos sus planes. Vivimos dentro de ellos sin darnos cuenta.

Para cuando pasa algo, ya está en la cuenta de ella desde hace tanto que a nosotros nos parece suerte, y no lo es.

Considero la imagen, que es buena, y hago la pregunta que me sale, sin medir cuánto revela de mi propio asombro.

—¿Entonces ella diseña la estrategia?

Wren me mira como se mira a un niño listo que ha hecho, aun así, una pregunta de niño.

—Señor —dice, con una paciencia casi tierna—, ella no diseña la estrategia.

Ella es la estrategia. Deveran es la fuerza de esta casa; cualquiera lo ve, mide dos metros y llena una habitación.

La señorita es otra cosa. Es la forma que tiene la casa de pensar.

Quítele a Deveran y tendríamos un problema grave y un buen puñado de hombres para resolverlo a golpes.

Quítele a la señorita... —niega despacio— y no sabríamos ni qué golpear, ni cuándo, ni por qué.

Nos quedaríamos ciegos. Un cuerpo fuerte sin cabeza.

Ella no tiene la estrategia. Ella es el sitio donde la estrategia ocurre.

—Suena solitario —observo—. Ser el sitio donde ocurre todo.

Wren me mira con una atención nueva, como si la palabra «solitario» lo sorprendiera viniendo de mí.

—Lo es —concede, despacio—. Nunca lo había oído decir así, aunque es la palabra.

El señor Deveran nos tiene a nosotros; bebe con nosotros, se pelea con nosotros, es de los nuestros.

La señorita no tiene a nadie de ese modo.

No puede. El que piensa por todos no puede sentarse a beber con ninguno, porque mañana quizá tenga que sacrificarlo, y uno no bebe con lo que quizá deba sacrificar.

—Se rasca la mandíbula—. Llevo nueve años a su lado y no sé nada de ella.

Nada personal, quiero decir. Sé cómo piensa.

No sé qué le gusta desayunar. Y le juro, milord, que la respeto más que a nadie en el mundo, y que no me cambiaría por ella ni por todo el oro del río.

Es un sitio muy frío, ahí arriba, donde ella vive.

—¿Y le parece —pregunto, con cuidado, porque piso terreno mío— que podría no serlo? Frío.

—No es asunto mío pensar eso. —Wren aparta la vista, y en el gesto hay una lealtad que no va a traicionar ni con una opinión—.

Aunque le diré una cosa, y con esto callo.

En nueve años, la señorita no había dejado esperar dentro a nadie que no fuera de la casa.

A nadie. Y hoy lo ha dejado entrar a usted.

Saque usted las cuentas, que para eso dicen que es bueno.

Me quedo callado más tiempo del que la cortesía aconseja, porque acabo de recibir, de boca de un contable curtido, la definición más exacta de Vivienne Deveran que he oído, más exacta que las mías, y yo llevo semanas dedicado a definirla.

Y la de Wren tiene algo que las mías no tienen: viene de dentro, de nueve años de verla desde abajo, mientras que las mías vienen de fuera, de unas semanas de mirarla desde una silla.

Él la conoce como se conoce el clima de la región donde uno ha vivido siempre: sin poder describirlo, sabiéndolo en los huesos.

Yo la conozco como un viajero conoce un país extranjero: con más palabras y menos verdad.

Anoto la diferencia, porque me humilla de un modo sano, y porque me recuerda que llevo semanas confundiendo el placer de describir a alguien con el trabajo, mucho más largo, de conocerlo.

—Una última cosa, Wren, y le dejo en paz. —Dudo, porque la pregunta toca algo mío—. Hace unas semanas, la señorita me enseñó un mapa. Yo le señalé tres errores. Ella los corrigió, según creo, y nunca me dijo si tenía razón. ¿Es... normal, en ella? ¿Ese silencio?

Wren suelta una risa breve, la primera, y en ella hay algo parecido al cariño.

—¿Le enseñó el mapa de la pared del fondo? —Cuando asiento, mueve la cabeza como quien confirma una sospecha grande—. Milord, ese mapa no lo ha visto nadie. Nadie. Ni el señor Deveran, que yo sepa.

El té se me queda a medio camino de la boca.

No se me había ocurrido preguntarle si aquel mapa era secreto; lo enseñó con tal naturalidad que supuse que lo habría visto medio muelle.

Recalculo, con el dato nuevo, el peso de aquella tarde, y el resultado me deja sin habla: la mujer que no le enseña su mapa ni a su propio hermano me lo enseñó a mí un martes cualquiera, para que se lo corrigiera.

Guardo el dato donde ella guardaría uno así: en el sitio de las cosas que lo cambian todo.

—Se inclina—. Y le diré otra cosa, ya que estamos.

La señorita prueba a la gente. Deja algo mal a propósito —un dato torcido, un número que no cuadra, un flanco abierto— y mira quién lo pilla y quién no.

Es como sabe de quién fiarse. La mayoría no ve nada; le enseña a un hombre un error puesto adrede y el hombre asiente y sonríe.

Los que ven el error y se callan por miedo, esos no le sirven.

Y los que lo ven y lo dicen... —se encoge de hombros— de esos no ha habido casi ninguno en nueve años.

Se cuentan con los dedos de una mano a la que le sobran dedos.

—¿Y qué les pasa a esos? A los pocos que ven el error y lo dicen.

—No lo sé, milord. —Wren se levanta, porque ha oído algo en el muelle, el regreso de su patrona quizá—. Nunca ha habido bastantes para saberlo. Usted sabrá mejor que yo lo que les pasa. Es de los suyos.

Se retira a sus asuntos y me deja solo con el té y con un pensamiento que me ocupa hasta que ella entra.

Esa noche, en casa, lo destilo en el cuaderno, en una entrada que no tiene nada que ver con accidentes menores y que archivo, aun así, en el mismo tomo, porque los dos estudios —el de los infortunios ajenos y el de ella— resultaron ser, desde el principio, el mismo:

Vivienne Deveran es la estrategia. No la tiene: la es.

Corolario que me ha costado entender: la ineficiencia que le señalé en el mapa no era un error.

Era una prueba. Deja fallos a propósito para saber quién mira de verdad.

Yo miré. Corregí. Y solo hoy, semanas después, comprendo qué hice sin saber que lo hacía.

Y debajo, más pequeño, la frase que me tiene despierto, la que resume, mejor que ninguna, el vértigo de estos meses:

Aprobé un examen que no sabía que estaba haciendo, puesto por una mujer que no admite ponerlo, sobre una materia que ninguno de los dos se atreve a nombrar. Y sospecho, aunque no puedo probarlo, que el mapa nunca fue el examen. El mapa era el pretexto. El examen era si volvería después de verlo.

Cierro el cuaderno con esa idea encima. Y ya en la cama caigo en una simetría que me quita el sueño y me lo endulza a la vez: si el mapa era el pretexto y la prueba era mi regreso, entonces ella me examinó del mismo modo exacto en que yo llevo semanas examinándola a ella.

Los dos hemos estado haciéndonos exámenes que fingíamos no hacer, tomando datos del otro con la excusa de un libro o de una viga.

Y los dos, sospecho, hemos aprobado. Lo que ninguno de los dos sabe todavía es qué diploma otorga este examen, ni a qué obliga a quien lo pasa.