La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Todo lo que he hecho en diez años lo he decidido antes de hacerlo.

Es mi único artículo de fe: entre el impulso y el acto siempre hay un cálculo, por breve que sea, y ese cálculo es la diferencia entre estar viva y no estarlo.

Lo que ocurre esta tarde, en cambio, ocurre sin cálculo, y por eso tardaré días en creer que fui yo quien lo hizo.

Lo he planeado todo en mi vida. Planeé cómo salir de la pobreza y cómo no volver a ella.

Planeé cada represalia, cada alianza, cada palabra dicha en cada reunión de los jueves.

Hasta lo que parece espontáneo en mí está ensayado: la calidez de tres segundos que le dedico a una condesa la mido como se mide una dosis.

No recuerdo la última vez que hice algo sin verlo venir.

Quizá de niña, antes de aprender que ver venir las cosas era la diferencia entre comer y no comer.

La espontaneidad es un lujo que enterré junto a mi madre, con todo lo demás que no me podía permitir.

Y esta tarde, a los treinta años, la desentierro sin querer, y veo que llevaba viva todo este tiempo, esperando debajo.

El conde ha venido con su libro genovés y lo tiene abierto entre los dos, explicándome un sistema de letras de cambio con el que los banqueros de Génova movían fortunas por Europa sin que viajara una sola moneda.

Es material útil; una parte de mí lo archiva para más tarde, como archivo todo.

La otra parte, la que no confieso, hace algo distinto: lo mira a él.

Mira sus manos, que pasan las páginas con el cuidado de quien toca cosas que respeta.

Mira la línea de su mandíbula cuando se concentra.

Mira el gesto que hace con las cejas cuando llega a un dato que le entusiasma, ese fruncimiento de placer que le he visto ya cien veces y que colecciono sin haber admitido nunca que lo colecciono.

Lo colecciono a pedazos desde hace semanas, como el avaro esconde monedas que no piensa gastar.

El fruncimiento de las cejas. La manera en que deja un libro con las dos manos, como se deja a un niño dormido.

El silencio cómodo que trae consigo y que ha vuelto soportable, por primera vez, el silencio de este almacén.

Los guardo todos, sin admitir que los guardo, en el mismo sitio donde guardo lo que me importa: un sitio que creía clausurado desde hacía mucho y que este hombre, sin forzar la cerradura, ha vuelto a abrir con la simple insistencia de aparecer los jueves.

—Y aquí está lo hermoso —dice, señalando una tabla de correspondencias—.

El banquero de Génova y el de Brujas nunca se veían, nunca se enviaban oro, y aun así confiaban el uno en el otro con fortunas enteras.

¿Sabe en qué se basaba toda esa confianza?

En que sus libros cuadraban. En que un hombre a quien no conoces, al otro lado de un mar, lleva sus cuentas con el mismo rigor que tú las tuyas.

Es lo más parecido al amor que produjo la banca medieval: fiarse de un desconocido porque su letra es tan cuidadosa como la propia.

—Eso no es amor —replico, porque el reflejo de discutir es lo último que me queda en pie—. Es aritmética. «Confianza» es una palabra bonita para «he comprobado que te conviene no engañarme».

—Puede. —No se ofende; nunca se ofende—.

Aunque fíjese en lo que hacían cuando los libros, por una vez, no cuadraban.

No rompían el trato: escribían. Se preguntaban qué había pasado, se daban margen, esperaban la explicación.

La aritmética exige. El afecto concede una carta más antes de dar a alguien por perdido.

Toda la banca de Génova se sostenía sobre esa carta de más, y yo la encuentro conmovedora.

—Usted encuentra conmovedor un libro de cuentas.

—Encuentro conmovedor cualquier sitio donde dos personas deciden fiarse. Da igual que sea un libro de cuentas o un almacén junto al río.

Lo dice mirando la tabla, sin segunda intención, sin saber que acaba de describir esta habitación, a estas dos personas, a esta hora.

Y ahí, en esa última frase que ha dicho sin ninguna intención —un almacén junto al río—, algo se me rompe por dentro.

No con dolor. Con la sensación exacta de una presa que cede después de años conteniendo un río, ese instante en que el muro deja de ser muro y todo lo que aguantaba pasa al otro lado de golpe.

Porque lo entiendo. Entiendo que llevo semanas fiándome de este hombre por la única razón por la que yo sé fiarme de alguien: porque su letra es tan cuidadosa como la mía.

Porque lleva sus cuentas —sus rutas muertas, sus márgenes anotados, su verdad sin adornos— con el mismo rigor con que llevo yo las mías.

Porque somos, los dos, dos contables solitarios al otro lado de un mar, y él acaba de nombrar, sin saberlo, lo que nos pasa, y le ha puesto el nombre que yo llevo un mes negándome a pronunciar.

Me levanto. Él sigue hablando, inclinado sobre la tabla, ajeno.

Rodeo el escritorio, ese escritorio que ha sido siempre mi trinchera, la barrera detrás de la cual controlo el mundo.

Y lo dejo atrás. Por vez primera cruzo al otro lado sin un motivo profesional, sin una amenaza que enfrentar, sin nada en las manos.

Reparo, mientras lo hago, en la magnitud del gesto, aunque para cualquiera que nos viera sería solo una mujer rodeando un mueble.

Este escritorio no es un mueble. Es la frontera de mi reino, la línea desde la que juzgo, cobro, condeno y perdono.

Del otro lado se sientan los que me deben, los que me temen, los que negocian conmigo.

Nadie de ese lado me ha visto nunca salir a su encuentro; el poder consiste, en parte, en lograr que los demás crucen hacia ti.

Cruzar yo hacia alguien es abdicar de la única postura que me ha mantenido a salvo.

Lo hago igual, porque la alternativa —quedarme detrás, a salvo, calculando— ha dejado, esta tarde, de parecerme vida.

—Milord —digo.

Levanta la vista. Está a media frase, con el dedo aún sobre la tabla de correspondencias, y me mira con esa atención total suya, la que concede a todo lo que le importa, y que ahora, de cerca, sin el escritorio en medio, es casi insoportable de recibir.

Y entonces lo beso.

No es un cálculo, es lo contrario de un cálculo: es lo que queda cuando el cálculo se acaba, cuando una ha agotado todas las razones para no hacer algo y descubre que las razones nunca fueron el problema.

Le tomo la cara entre las manos —esas manos mías que no tiemblan ni cuando amenazan— y las noto temblar por primera vez en diez años, y lo beso como no he besado nunca a nadie, porque a los otros los besé sabiendo por qué, y a este lo beso sin saberlo, que es la única manera en que un beso significa algo.

Al principio se queda quieto de puro asombro.

Y luego —y esto es lo que me deshace del todo, lo que no había previsto porque no se puede prever— me devuelve el beso con una ternura desarmada, sin prisa, sin la voracidad con que me han besado los hombres que querían algo de mí, con el cuidado exacto con que pasa las páginas de un libro que respeta.

Me besa igual que quien ha esperado mucho y no quiere estropearlo por la impaciencia.

Me besa, comprendo, como me miró el mapa: honrando cada trazo.

Dura lo que dura, que no sé medir, yo que lo mido todo.

Hay una parte de mí, la vigilante, la que no descansa ni durmiendo, que registra datos incluso ahora: la aspereza suave de su mejilla a medio afeitar, el olor a papel viejo y a algo limpio que es solo suyo, el modo en que una de sus manos sube, despacio, pidiendo permiso a cada centímetro, hasta posarse en mi nuca sin exigir nada.

Y hay otra parte de mí, una que no sabía que seguía existiendo, que por una vez le ordena a la vigilante que se calle, que hoy no, que hoy deje de contar y se limite, como el resto de la gente, a sentir.

Y la vigilante, atónita, obedece. Es la primera orden que le doy en diez años, y la primera que cumple sin rechistar.

Cuando me separo, el mundo ha cambiado de sitio y finjo que no.

Él tiene los ojos cerrados un instante más de lo necesario, y cuando los abre, en su cara no hay triunfo, ni sorpresa vencedora, ni ninguna de las reacciones que un hombre suele tener cuando una mujer como yo lo besa.

Hay algo mucho peor para mi tranquilidad: una alegría serena, sin aspavientos, la del que ha recibido justo lo que ni siquiera se atrevía a esperar.

—De acuerdo —dice.

Es la respuesta más absurda posible, y por eso es perfecta, y por eso siento las ganas de reír que llevaba años sin sentir y que reprimo por principio.

—¿De acuerdo? —repito—. ¿Eso es todo lo que se le ocurre?

—Es que no dispongo de un protocolo para esto —admite, con esa honestidad que va a ser mi ruina—.

He repasado, en el instante que ha durado, todo lo que sé sobre conducta humana, y no he encontrado la respuesta correcta a que la mujer más formidable de Londres cruce un escritorio para besarte a media frase sobre banca genovesa.

«De acuerdo» es lo mejor que he podido improvisar.

Le pido disculpas por la pobreza de la reacción.

La grandeza del momento merecía algo más elocuente.

—«De acuerdo» servirá. —Vuelvo a mi lado del escritorio, porque necesito la trinchera más que nunca, ahora que ya no me sirve de nada—. Recoja su libro, milord. Se ha hecho tarde.

—¿Me está echando? —No hay reproche en la pregunta, solo el interés genuino de siempre.

—Lo estoy echando. —Recojo mis registros, que no pienso mirar—. Necesito pensar, y no puedo pensar con usted delante. Es un problema nuevo. Nunca me había impedido nadie pensar con solo estar presente.

—Es un dato interesante —dice, y lo dice en serio, catalogándolo—. Que mi presencia le impida pensar. ¿Debo tomarlo como un elogio o como una queja?

—Tómelo como una advertencia. —Aprieto los registros contra el pecho como quien se abraza a un escudo—.

Pensar es lo único que sé hacer bien. Es lo que soy.

Un hombre que me impide pensar es más peligroso que todos los que vigilan mi puerta, porque esos amenazan lo que tengo, y usted amenaza lo que soy.

—No pretendo amenazar nada. —Se pone serio, por fin—.

Si le sirve de consuelo, usted a mí me hace pensar el doble, y tampoco sé aún qué hacer con eso.

Por lo que veo, ninguno de los dos sabe qué hacer con el otro, lo cual, siendo los dos personas que siempre saben qué hacer, es casi tranquilizador. Al menos estamos igual de perdidos.

Se levanta. Recoge el libro genovés. Y en lugar de irse dolido o confundido, como se iría cualquiera al que acaban de besar y despachar en el mismo minuto, se detiene, y con la naturalidad del que propone la cosa más razonable del mundo, hace la pregunta que va a resonarme en la cabeza toda la noche:

—¿El miércoles?

No un reproche. No una exigencia de explicaciones.

No «¿qué significa esto?», ni «¿qué somos ahora?

», ni ninguna de las preguntas que convertirían el momento en una negociación que yo sabría ganar y que, al ganarla, lo estropearía todo.

Solo «¿el miércoles?». Solo la voluntad tranquila de volver, sin condiciones, sin cobrar el beso, sin pedirme nada a cambio de lo que acaba de recibir.

Y yo, que tengo respuestas para todo, que he construido un imperio a base de no conceder nunca de más, me oigo conceder.

—El miércoles —digo.

Se va. Y me quedo sola en el almacén, con los labios todavía tibios y la certeza fría, absoluta, aterradora, de que acabo de hacer la primera cosa de verdad imprudente de mi vida adulta, y de que la haría otra vez, ahora mismo, sin pensarlo, que es justo el problema.

Un enemigo se defiende de lo que teme. Yo llevo diez años defendiéndome de todo, y he descubierto esta tarde que no hay defensa contra lo que una desea, porque el deseo no ataca desde fuera, como los enemigos con los que sé lidiar: crece dentro, en la casa, del lado seguro del escritorio, y para cuando lo detectas ya ha puesto los pies sobre la mesa y no piensa marcharse.

He cruzado un escritorio. Parece poco. Es lo más lejos que he viajado en diez años.