La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

He venido el martes, como me pidió, y traigo, por fin, la conclusión que llevo semanas persiguiendo, guardada en el pecho con el cuidado con que se lleva algo frágil por una calle en obras.

No traigo libro. Es la primera vez que cruzo esta puerta sin uno, y noto que su ausencia me pesa en las manos como me pesaría la falta de un bastón a un cojo.

El libro ha sido siempre mi coartada y mi escudo: mientras hay un libro sobre la mesa, lo que hacemos aquí tiene una explicación decente.

Hoy he decidido venir sin escudo, porque lo que vengo a decir no admite coartada, y fingir lo contrario sería, además de inútil, una cobardía disfrazada de buenos modales.

He ensayado esta visita menos de lo que ensayo una conferencia y más de lo que he ensayado nada en mi vida.

He decidido no ensayar las palabras, porque las palabras ensayadas suenan a ensayo, y con esta mujer la única moneda que corre es la verdad sin pulir.

Lo que sí he decidido es el orden: primero la conclusión, para que sepa que no vengo a farolear; después la garantía de que no la usaré, para que baje la guardia lo justo; y al final la pregunta, la única que importa, la que no me atrevo a nombrar ni en mi cabeza sin que se me acelere algo en el pecho que un hombre de mi edad debería tener mejor domesticado.

He venido, en suma, a hacer lo más imprudente que he hecho jamás: a decirle la verdad a alguien que vive de que nadie se la diga.

Ella nota la ausencia del libro antes de que me siente. Lo veo en el modo en que sus ojos van a mis manos vacías y vuelven a mi cara, y en la milésima de tensión que le recorre los hombros, el ajuste imperceptible de quien reconoce que la partida de hoy se juega sin las piezas de costumbre.

Es una mujer que lee las ausencias mejor que las presencias, y la falta de mi libro le ha dicho, en un segundo, más de lo que yo podría explicarle en una hora: que hoy no vengo a fingir, que vengo a cobrar una verdad, y que la moneda con que pienso pagarla es la mía.

Endereza apenas la espalda. Es su forma de armarse.

—Sin libro —dice.

—Sin libro. Hoy no habría sido honesto. —Me siento, sin esperar a que me lo ofrezca, porque hemos rebasado el punto en que esa cortesía significa algo—.

He resuelto mi enigma. He venido a contárselo, no porque necesite que usted lo confirme, sino porque me parece de mala educación estudiar a una persona a sus espaldas y no darle cuenta del resultado.

Es una cortesía que se le debe a cualquier objeto de estudio, y usted es el más interesante que he tenido.

—Adelante, pues. —Cruza las manos sobre el escritorio. La máscara está puesta, lisa y perfecta, y sé, porque he aprendido a conocerla, cuánto esfuerzo cuesta que una máscara parezca no costar ningún esfuerzo—. Ilústreme.

—Usted gestiona los infortunios de la gente que le desagrada.

—Lo digo sin énfasis, como leería una conclusión en voz alta—.

Empecé creyendo que castigaba a quienes la ofendían a usted.

Me equivoqué en el sujeto. Los tres primeros casos que registré no la habían ofendido a usted en absoluto.

Me habían ofendido a mí. Un librero que me echó de su tienda.

Un colega que me ridiculizó en público. Un cochero que me dejó bajo la lluvia por diversión.

Y, hace nueve días, un lord que me llamó conde bibliotecario delante de su club.

Los cuatro sufrieron, entre nueve días y tres semanas después, un infortunio limpio, deniable e imposible de vincularla a usted.

—Hago una pausa—. La conclusión es incómoda por lo que implica, así que la diré despacio: usted no castiga a quienes la ofenden a usted.

Castiga, o ha empezado a castigar, a quienes me ofenden a mí.

El silencio que sigue tiene una densidad nueva. Ella no lo llena. Ha decidido, con buen criterio, que cualquier palabra ahora la comprometería, y espera, inmóvil, a ver cuánto terreno pienso ocupar.

Ocupo poco, a propósito. He aprendido, estudiando manuscritos y estudiándola a ella, que la mejor manera de que alguien te cuente la verdad es dejar de reclamarla.

La verdad es esquiva mientras se la persigue, y a veces se acerca sola cuando uno se sienta quieto y deja de mirarla de frente.

Así que no insisto. Dejo la conclusión sobre la mesa, entre los dos, como quien coloca una pieza de ajedrez y aparta la mano, y observo qué hace ella con el tablero.

—No espero que lo admita —continúo—. No lo necesito.

Un fenómeno no deja de existir porque su autor lo niegue; los planetas giraban antes de que nadie confesara que giran.

Y quiero dejar clara una cosa, porque es importante y porque temo que la malinterprete: no he venido a reprochárselo.

Cuatro hombres han recibido su merecido por tratarme mal, y yo, que debería sentir algún escrúpulo moral, noto que solo siento una gratitud desconcertada y algo indecorosa.

Nadie me había defendido nunca. Es una sensación nueva, a los treinta y un años, y confieso que no me disgusta.

—Milord. —Su voz sale medida, cada palabra pesada en la balanza antes de soltarla—.

Está usted construyendo una fantasía elaborada sobre cuatro coincidencias, y atribuyéndomela a mí, que no soy más que la administradora de un almacén.

Debería tener cuidado. Las teorías bonitas han arruinado a hombres más listos que usted.

—Es posible —concedo, sin ofenderme, porque tiene toda la razón en abstracto—. Y aquí es donde llego a la parte que he venido a preguntarle.

—Antes de que pregunte nada —me interrumpe, y hay en su voz un intento de recuperar el mando de la sala—, permítame devolverle la franqueza.

Suponga, solo suponga, que su teoría fuera cierta.

Suponga que yo fuera la clase de persona capaz de arruinar a un librero y de tirar a un lord de un caballo.

¿De veras cree, milord, que sería prudente sentarse en su almacén y anunciárselo a la cara?

Un hombre listo que descubre lo que usted cree haber descubierto hace una de dos cosas: calla y se aleja, o calla y lo usa.

Usted ha elegido una tercera que no figura en ningún manual de supervivencia: hablar y quedarse.

Me tiene desconcertada. Y no me gusta estar desconcertada.

—Lo sé —respondo—. Se le nota, y no se le nota nada, que es una combinación que solo he visto en usted.

—Casi sonrío—. Elijo la tercera opción porque las otras dos parten de la misma premisa: que usted es un peligro del que debo protegerme.

Y no he reunido, en todas mis semanas de observación, un solo dato que sostenga esa premisa aplicada a mí.

A otros, sí. A mí, ninguno. Ese es, justo, el agujero del que le hablo.

Mi teoría, sea fantasía o sea cierta, tiene uno solo, y llevo tres noches sin dormir por él.

Por vez primera, algo en su quietud cambia. No mucho. Lo justo para que yo, que colecciono sus cambios mínimos, lo registre.

—Verá —digo, y me inclino un poco hacia delante, porque lo que sigue merece cercanía—.

Si usted es lo que deduzco que es, y si este almacén es lo que deduzco que es, entonces yo soy, para usted, el mayor problema que ha cruzado esa puerta en mucho tiempo.

Piénselo con mi lógica, que es fría, se lo concedo.

Un desconocido aparece por error en el sitio donde guarda usted sus secretos.

Vuelve. Y vuelve. Deduce a qué se dedica.

Descubre uno de sus métodos más delicados.

Y encima se lo dice a la cara, dos veces, sin ninguna garantía de discreción.

—Abro las manos—. Soy, sin duda alguna, un riesgo.

Un cabo suelto. La clase de cabo suelto que, por todo lo que he averiguado de usted, se corta enseguida y sin sentimentalismos.

Un librero que me echa pierde el arriendo.

Un lord que me insulta besa el barro. ¿Y yo?

Yo, que sé muchísimo más de lo que sabían ellos, que supongo un peligro mucho mayor, no solo sigo entero: estoy sentado en su silla, con su permiso, y alguien ahí fuera adelgaza cinchas para defender mi honor.

Le concedo un momento para que sopese la asimetría, porque es enorme y quiero que la vea tan clara como la veo yo.

En su contabilidad, yo debería figurar en la columna de las pérdidas que se asumen.

Figuro, en cambio, en la de los activos que se protegen, y nadie mueve una partida de una columna a otra sin un motivo, y los motivos, cuando no son el dinero ni el miedo ni la conveniencia, se reducen a una lista muy corta que ninguno de los dos quiere leer en voz alta.

Me detengo. Ella no dice nada. Tiene los nudillos, noto, un punto más pálidos de lo que estaban.

—Esa es mi pregunta —concluyo, en voz baja—.

La única que me falta. No le pregunto si es usted; eso ya lo sé.

Le pregunto por el agujero de la teoría.

Todo el que representa un problema para usted, desaparece o sufre.

Yo soy el mayor problema de todos, y a mí me protege. ¿Por qué? ¿Por qué yo soy la excepción?

Y entonces ocurre.

Vivienne Deveran abre la boca para responder, como responde a todo, en menos tiempo del que tarda otro en pensar la pregunta. Y no sale nada.

Lo veo suceder con la nitidez con que se ve un eclipse anunciado: la respuesta que debería estar ahí, cargada, lista, como están todas sus respuestas, no acude.

Busca. La veo buscar. Es la primera vez que la veo buscar una respuesta, y comprendo, con un vuelco que no sé nombrar, que le estoy presenciando algo que quizá no le haya presenciado nadie: a la mujer que tiene una respuesta para todo, sin ninguna.

No dura mucho. Unos segundos. Solo que los segundos, con ella, son la unidad de medida que importa, y estos se estiran hasta un lugar donde ninguno de los dos respira del todo.

Podría ayudarla. Podría retirar la pregunta, ofrecerle una salida, cambiar de tema con cualquiera de las cortesías inventadas para eso.

Es lo que haría un caballero. No lo hago, y no por crueldad, sino porque comprendo, viéndola buscar, que esta es la primera vez en años que alguien la ha llevado al borde de una verdad sobre sí misma, y que retirarla ahora sería robarle el único momento honesto que tal vez se permita en mucho tiempo.

Así que hago lo más difícil que sé hacer, que es callarme, y esperar, y dejar que el silencio trabaje por mí.

Abre la boca una segunda vez. La cierra. Y en el fondo de sus ojos, detrás de la máscara que por una vez no le obedece del todo, veo pasar el miedo puro y simple de quien se asoma a una respuesta y descubre que conocerla es más peligroso que ignorarla.

—Váyase —dice, al fin. No con dureza. Casi con un ruego, lo cual, en ella, es tan insólito que me pongo en pie sin discutir—. Váyase, milord. Hoy no.

Recojo mi sombrero. Voy hacia la puerta. Y porque no soy capaz de irme dejando una herida abierta sin al menos ofrecer un paño, me detengo en el umbral.

—No hace falta que la conteste —digo, sin volverme del todo—.

La pregunta era mía, no suya. Solo quería que supiera que existe, porque los agujeros de una teoría no se cierran ignorándolos.

—Una pausa—. Y porque sospecho, aunque puedo equivocarme, que usted lleva más tiempo que yo evitando mirar por ese agujero exacto.

No responde. No se vuelve. Desde la puerta veo solo su perfil, muy quieto, y la mano derecha apoyada en el escritorio, cerca del cuchillo que tiene siempre al alcance y que hoy, por primera vez, me parece un objeto inútil, porque el peligro de esta habitación no es de los que se resuelven con un filo.

Ninguno de los dos ha traído el arma que haría falta.

Me voy. Y por vez primera en muchas visitas, salgo del almacén sin la sensación de haber ganado nada, con el peso incómodo del hombre que ha hecho, a alguien que empieza a importarle, la única pregunta que no debía hacerle todavía.