Capítulo 10
Voy al club una vez al mes, por la misma razón por la que uno se toma una medicina desagradable: porque mi difunto padre pagó la membresía a perpetuidad y desperdiciarla me parece una falta de respeto a un muerto que, en vida, casi nunca me la mostró a mí.
Es una relación curiosa la que se tiene con la membresía de un club heredada de un padre que a uno lo despreciaba.
Cada vez que cruzo esa puerta cumplo un rito en honor de un hombre que habría preferido, casi con certeza, un hijo que montara mejor y leyera menos.
Vengo, en el fondo, a ganar discusiones póstumas que él ya no puede perder.
Es pueril. Lo sé. Uno no elige del todo las formas en que sigue hablando con sus muertos.
No se me da bien el club. Es un sitio diseñado para una forma de conversación —la que gira en círculos alrededor de caballos, deudas y reputaciones ajenas— para la que carezco de talento y de interés.
Me instalo, como siempre, en el rincón de la biblioteca, que es donde el club esconde los pocos libros que posee, y me pierdo en un volumen de correspondencia diplomática del siglo pasado, confiando en que mi quietud me vuelva invisible. Suele funcionar. Hoy no.
Hoy está lord Hartmere, y lord Hartmere lleva tiempo buscando un blanco.
Lo conozco poco y lo entiendo bien, porque es un tipo humano frecuente: el hombre que ha heredado importancia y sospecha, en algún rincón callado de sí mismo, que no ha hecho nada para merecerla, y que combate esa sospecha rebajando a quienes sí han hecho algo.
Yo, para su desgracia, soy un blanco cómodo.
Tengo un título que no uso, una erudición que él considera un pasatiempo de ocioso, y la costumbre de retirarme a los rincones, que en los círculos de Hartmere se lee como debilidad y no como preferencia.
—¡Casworth! —Su voz cruza la sala con esa jovialidad agresiva de quien va a insultar a alguien fingiendo que bromea—.
Le veo, como siempre, enterrado en un libro.
Dígame una cosa, que llevo tiempo con la curiosidad: ¿de qué le sirve, en la práctica, todo eso que lee?
Porque hay hombres que acumulan tierras, hombres que acumulan influencia, y luego está usted, que acumula...
—hace una pausa para que los demás saboreen lo que viene— títulos sin uso.
Notas al pie. Un conde bibliotecario. Es casi conmovedor.
Se produce alrededor esa risa contenida y cobarde que los hombres reservan para los chistes del más fuerte de la sala.
Y yo, que debería sentir el aguijón —esa es la mecánica del insulto, clavar y esperar el respingo—, me doy cuenta, con cierto retraso, de que no lo siento, porque estaba pensando en otra cosa.
—Perdóneme, Hartmere —digo, levantando la vista del volumen—.
Le confieso que no le he escuchado bien.
Estaba con una carta de 1738 en la que un embajador describe, con detalle admirable, cómo evitó una guerra por el procedimiento de retrasar tres semanas la entrega de una respuesta ofensiva, para que la ofensa se enfriara por el camino.
Es una lección de estadística aplicada a la diplomacia.
¿Decía usted algo sobre notas al pie? Le pregunto con interés sincero, porque las notas al pie son, en efecto, el lugar del texto que más me apasiona.
—No le he preguntado por sus notas al pie —replica Hartmere, y noto, por el filo nuevo de su voz, que mi respuesta lo ha irritado en lugar de callarlo, cosa que no era mi intención—.
Le he preguntado de qué sirve un hombre que no produce nada.
Que no siembra, no comercia, no gobierna. Que solo... lee.
—Ah. Esa es una pregunta distinta, y más interesante.
—Cierro el volumen sobre el dedo, para no perder la página, señal en mí de que la conversación empieza a merecer la pena—.
De qué sirvo. Yo diría que sirvo para poco de lo que usted mide, y tiene razón en señalarlo.
No siembro. No gobierno. En cambio, el mes pasado un cirujano naval salvó tres brazos gracias a un tratado de 1690 que rescaté del olvido y traduje.
No los salvé yo; los salvó un muerto de hace un siglo, y yo fui solo el hombre que fue a buscar sus palabras al sótano donde se pudrían.
Es un oficio humilde, el de mensajero de los muertos útiles.
No da tierras. Salva algún brazo. Me conformo.
Nadie se ríe ahora. El silencio ha cambiado de dueño, y Hartmere lo nota, y un hombre como Hartmere prefiere la carcajada a su favor que el respeto a favor de otro.
La sala se queda en silencio. No es el silencio que Hartmere buscaba, el del hombre herido que no sabe responder.
Es otro: el de una pulla que ha atravesado a su objetivo sin tocarlo, porque el objetivo estaba en otro siglo, hablando de un embajador prudente, y ha contestado a la ofensa con una invitación entusiasta a hablar de erudición.
Hartmere abre la boca. La cierra. No hay forma de humillar a un hombre al que no le importa lo que uno cree que debería importarle, y Hartmere acaba de descubrirlo delante de testigos, que es la peor manera de descubrir nada.
—Muy... ingenioso —dice al fin, y se retira hacia la mesa de juego con la dignidad un tanto descolocada.
No he pretendido humillarlo. Reconstruyo la escena después y compruebo, con cierta pena, que lo he humillado de todos modos, sin querer, que es la única forma en que sé humillar a alguien: contestando en serio a quien esperaba que me doliera.
Vuelvo a mi embajador de 1738 y olvido a Hartmere antes de terminar la página.
Es un talento que tengo, el de olvidar a la gente que me desea mal.
Lo considero una de mis pocas ventajas prácticas, ya que carezco de las que Hartmere valora.
Lo que no olvido —lo que no puedo olvidar, porque va contra mi naturaleza— es lo que ocurre nueve días después.
Lord Hartmere se cae del caballo en Hyde Park.
Me entero por Ainsworth, que irrumpe en mi biblioteca sin anunciarse, con el periódico bajo el brazo y una sonrisa que no augura nada bueno para mi cordura.
—Tengo un regalo para tu manía —anuncia, dejándose caer en un sillón—. ¿A que no adivinas quién ha besado el barro de Hyde Park esta mañana delante de medio Londres?
—No juego a las adivinanzas antes del té.
—Lord Hartmere. —Saborea el nombre—. Se le soltó la cincha en pleno trote.
Describió, dicen, un arco de una fealdad memorable y aterrizó de muñeca en el fango, justo delante del landó de las Fairchild, que llevan desde entonces sin parar de contarlo.
Muñeca torcida. Orgullo, difunto. —Me apunta con el periódico—.
¿Cuánto hace que Hartmere te insultó en el club?
—Nueve días —respondo, antes de calcular si me convenía responder.
—Nueve días. —Ainsworth abre las manos, triunfal y burlón a la vez—. Ahí tienes tu caso cuatro, servido en bandeja. Anótalo en tu cuadernito de conspiraciones. Aunque, por lo que más quieras, no empieces a creértelo.
—No me lo creo —miento—. Recojo el dato. Es distinto.
—Ya. —Se levanta—. Que lo disfrutes. Yo me lo creo aún menos que tú, y he venido corriendo a contártelo de todas formas, lo cual dice más de nuestra amistad que de tu teoría.
Cuando se va, me quedo con los datos que ha traído envueltos en su burla.
Hartmere sale a lucir montura a la misma hora todas las mañanas; es un hombre de costumbres visibles.
La cincha cedió en el trote, no en el paso, cuando el peso y el vaivén castigan el cuero.
Y la escena, la muñeca aparte, va a perseguirlo temporadas, porque en este mundo un hombre sobrevive a la ruina antes que a la carcajada.
Quien lo tiró del caballo no buscaba matarlo.
Buscaba humillarlo en público. Es una distinción importante, y la anoto.
Voy a ver la silla. No porque desconfíe de los testigos, sino porque una hipótesis sin datos de primera mano es una hipótesis coja, y porque el mozo de cuadra de Hartmere me debe un favor desde que le traduje una receta veterinaria de un manual italiano.
—No lo entiendo, milord —me dice el mozo, tendiéndome la silla con las dos manos—.
Reviso yo mismo las cinchas cada mañana.
Esta estaba buena. Se lo juro por mi madre.
—Le creo —respondo, y es verdad que le creo—. Dígame una cosa: ¿quién más ha tenido acceso a la guarnicionería este mes? Mozos nuevos, proveedores, cualquiera.
—Entró un talabartero a arreglar unos estribos. Venía recomendado, con buenas cartas. —Frunce el ceño—. Se demoró más de lo necesario, ahora que lo pienso. Aunque era un viejo callado, milord. No parecía nada.
—Los que no parecen nada rara vez lo son —murmuro, más para mí que para él—. Es la primera regla de mi oficio, y sospecho que también del suyo.
Examino la cincha con el cuidado con que examinaría un pergamino dudoso.
Y aquí es donde el asunto se complica, en lugar de aclararse.
La cincha no está cortada. Un corte sería tosco, delator, un aficionado.
Esta ha cedido por la hebilla, en un punto donde el cuero se había adelgazado, como se adelgaza el cuero con el uso y el sudor a lo largo de meses.
A primera vista, un accidente. Un descuido de mantenimiento, de esos que ocurren en las mejores cuadras.
Solo que yo no me quedo en la primera vista; para eso me pagaría la Sociedad, si me pagara.
Y en la segunda vista noto que el adelgazamiento es demasiado limpio, demasiado localizado, demasiado igual en su borde: el cuero no se gasta así por azar.
Se gasta así cuando una mano paciente lo raspa, sesión a sesión, con algo fino, hasta dejarlo en el grosor exacto que aguanta el peso en la cuadra y cede en el trote.
Es un trabajo de una delicadeza que me quita el aliento. No es fuerza: es cirugía.
Me quedo con la silla en las manos más tiempo del que el mozo considera cortés, porque una obra tan buena merece que alguien la aprecie, aunque su autor no vaya a saberlo jamás.
Y es una obra buena. Quien adelgazó este cuero conocía la física del asunto —el peso en reposo, el peso en movimiento, el punto exacto de fatiga—, tuvo acceso repetido a la guarnicionería sin levantar sospechas, y tuvo, sobre todo, la paciencia de trabajar despacio, resistiendo la tentación de acabar antes.
La paciencia delata a los grandes. Los aficionados tienen prisa; los maestros esperan.
Sea quien sea el maestro de esta cincha, no tiene prisa por nada, salvo, al parecer, por vengar mis desaires con nueve días de adelanto sobre su costumbre.
Vuelvo a casa con un nudo nuevo en mi rompecabezas.
El nudo es este: llevo semanas construyendo el retrato de mi benefactor invisible, y el retrato era coherente.
Alguien frío, metódico, económico, que castiga con papeles y no con puños, que se toma tres semanas porque las prisas dejan rastro.
Un contable de la venganza. Y de pronto ese contable coge un cuchillo fino, se sienta ante una cincha ajena y raspa cuero durante días con la delicadeza de un miniaturista.
Las dos cosas cuesta encajarlas en la misma persona.
O encajan, y entonces mi benefactor es más complejo de lo que suponía: capaz de la contabilidad y del filo, de la paciencia larga y de la prisa súbita.
Un ser así no me tranquiliza. Me fascina, que en mí es una condición bastante más peligrosa.
Esa noche abro el cuaderno y escribo, bajo los tres casos anteriores, el cuarto:
Caso cuatro. Lord Hartmere. Agravio: burla pública, Boodle's. Intervalo: nueve días. Infortunio: caída ecuestre por cincha adelgazada con método. Muñeca torcida, humillación pública.
Y debajo, la nota que me tiene despierto hasta tarde, porque rompe todo lo que creía saber:
Anomalía dentro de la anomalía. Los tres primeros casos fueron económicos: arriendos, becas, licencias.
Papel, nunca cuerpo. Este es físico. O mi «alguien» ha cambiado de método, o hay dos manos distintas y las he agrupado por error.
El intervalo, además, se ha acortado: de tres semanas a nueve días.
Dos explicaciones posibles para el acortamiento: azar, o urgencia.
Si es urgencia, algo ha cambiado. Alguien tenía más prisa esta vez por defenderme de Hartmere que de los anteriores.
La pregunta que no sé contestar: ¿qué hizo a Hartmere distinto?
No fui yo quien cambió. El insulto fue el de siempre.
Lo único distinto fue el paso del tiempo.
Y el tiempo, por sí solo, no acorta intervalos ni cambia métodos.
Lo que cambia las cosas es el sentimiento, y yo no tengo ninguno que registrar en esta ecuación, porque el sentimiento, si existe, no es mío.
Cierro el cuaderno. Me quedo un rato mirando la última frase, la de que el sentimiento, si existe, no es mío, y por primera vez desde que empecé este estudio, la conclusión no me produce la satisfacción tranquila del enigma bien planteado.
Me produce otra cosa, más incómoda y más cálida, que consiste en preguntarme —sin ningún derecho, sin ningún dato que lo sostenga— de quién será.