La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

El conde ha empezado a venir los jueves sin que nadie se lo pida, y yo he empezado a esperar los jueves sin que nadie me pregunte, y entre esas dos costumbres se ha instalado un acuerdo tácito que no recuerdo haber firmado.

No traigo bien las cosas tácitas. En mi oficio, lo que no se pacta con palabras se malinterpreta con hechos, y un malentendido, a la orilla de este río, se salda con sangre.

Así que la relación con el conde —si es que existe una relación, cosa que me niego a conceder todavía— tiene la incomodidad de todo lo que funciona sin que yo haya decidido cómo funciona.

Los jueves llega con un libro, se sienta en la silla que ya nadie llama la silla de nadie, me lee un margen o me explica una ruta muerta, y yo lo escucho fingiendo que reviso registros, y al cabo de una hora se marcha, y ninguno de los dos ha dicho nunca en voz alta qué es esto ni por qué lo hacemos.

Es eficiente y es insoportable a partes iguales, como casi todo lo que no controlo.

He intentado, alguna noche, ponerle nombre al acuerdo, clasificarlo como se clasifica un cargamento para saber cómo asegurarlo.

¿Es un socio? No aporta nada al negocio.

¿Un informante? No sabe nada que yo necesite.

¿Un pretendiente? La palabra me resulta tan ajena aplicada a mí que casi me hace reír; los pretendientes cortejan a mujeres con dote y con padre, no a la hermana de un rey del hampa que duerme con dos cuchillos.

No encaja en ninguna casilla, y un cargamento sin clasificar es un cargamento que no sé cómo proteger.

Eso, más que ninguna otra cosa, me quita el sueño los miércoles por la noche: no que el conde venga, sino no saber bajo qué epígrafe archivar el hecho de que lo espero.

Este jueves, el conde rompe el acuerdo tácito, y lo rompe del único modo que podía descolocarme: preguntando.

Ha traído un tratado de comercio hanseático, lo ha dejado sin abrir sobre el escritorio, y en lugar de sentarse se queda de pie, con esa quietud suya que en otro hombre sería incomodidad y en él es solo atención concentrada.

—Le he traído un libro —dice—, aunque hoy el libro es la excusa, y prefiero no fingir lo contrario. He venido a preguntarle una cosa. Llevo semanas dándole vueltas y he concluido que la vía más honesta, además de la más eficiente, es preguntársela a usted sin rodeos.

Dejo la pluma. Cuando un hombre anuncia que va a preguntar, conviene tener las manos quietas y la cara vacía.

—Pregunte.

—¿Organiza usted los infortunios que les ocurren a las personas que me tratan con desprecio?

La pregunta cae en mitad del almacén con la limpieza de una moneda sobre una mesa de mármol. No la adorna. No la envuelve en cortesías ni la precede de rodeos. La deja ahí, entre los dos, y espera, con la paciencia del que ha esperado dos años a que un manuscrito apareciera y sabe esperar.

Y yo, que tengo una respuesta preparada para cada pregunta que puede hacerme un hombre en este almacén —para las amenazas, para los sobornos, para los faroles, para las súplicas—, advierto que no tengo ninguna preparada para esta.

Porque esta no es ninguna de esas. No me amenaza con lo que sabe.

No me pide que pare. No intenta usarlo para sacarme nada.

Me pregunta, con curiosidad limpia, si soy yo, del mismo modo que preguntaría el origen de una viga.

Repaso mis opciones a la velocidad a la que las repaso siempre, que es más rápido de lo que dura un parpadeo.

Negar: es lo prudente, lo de siempre, lo que llevo diez años haciendo sin que me tiemble el pulso.

Preguntar qué le hace pensar eso: ganar tiempo, tantear cuánto sabe.

Fingir ofensa: desperdiciar un gesto que él no va a creerse, porque este hombre no cataloga amenazas, aunque cataloga las mentiras con una puntería que ya me ha demostrado.

Hay una cuarta opción que no me permito ni considerar, y que consiste en decir la verdad.

La descarto sin examinarla, igual que uno no examina la opción de saltar cuando se asoma a una ventana alta: está ahí, es posible en teoría, y todo el organismo la rechaza antes de que la razón intervenga.

Decir la verdad, en mi vida, no es una opción.

Es un lujo suicida. La descarté a los ocho años y no he vuelto a sacarla del cajón.

Escojo la primera, porque es la sensata, porque es la única que no me expone.

—No sé de qué me habla.

Y el conde hace algo que no estaba en ninguna de mis previsiones: sonríe. No con suficiencia, no con triunfo, sino con una especie de alivio suave, como si mi negativa le confirmara algo agradable en lugar de contrariarlo.

—Es una respuesta del todo razonable —concede—.

La esperaba, de hecho. En su lugar, yo también la daría.

—Se apoya un instante en el respaldo de la silla—.

Solo que, verá, tiene un problema técnico.

Le he formulado la pregunta observando su cara, que es lo que uno hace cuando quiere saber algo.

Y su cara, en el medio segundo anterior a que usted decidiera qué contestar, ya me contestó.

No fue un sí, fue algo más interesante: el gesto de alguien que calcula a toda prisa cuánto le conviene admitir.

Nadie calcula cuánto admitir de algo que no ha hecho.

—Tiene usted una teoría entera montada sobre medio segundo de mi cara —replico, y dejo que el desdén me temple la voz, porque el desdén es un buen muro—. Es poca prueba para una acusación tan grave.

—No es una acusación. —Lo dice con dulzura, sin morder el anzuelo del desdén, que es justo lo que hace que el desdén no me sirva con él—.

Una acusación busca castigo. Yo no busco nada.

Y tiene razón: medio segundo de una cara es poca prueba.

En cualquier tribunal me la tirarían a la basura.

Solo que yo no soy un tribunal. Soy un hombre que se pasa la vida leyendo lo que los copistas no quisieron escribir: deduzco su cansancio por el temblor de una letra, su prisa por una abreviatura.

Llevo treinta años entrenando el ojo para lo que la gente deja fuera del texto.

Su cara, señora, es el margen más interesante que he leído nunca, y en los márgenes está siempre lo que se quiso decir.

Me quedo muy quieta. Es la quietud que uso cuando por dentro estoy reordenando el mundo entero, y este hombre acaba de obligarme a reordenarlo, porque acaba de hacer, sin esfuerzo aparente, justo lo que yo hago con los demás: leerme en lo que no digo.

Debería asustarme. Un hombre que me lee es un hombre peligroso; toda mi seguridad se apoya en la asimetría, en saber yo de los demás mucho más de lo que ellos saben de mí.

El conde acaba de igualar el marcador, y en mi mundo un marcador igualado es el preludio de una guerra.

Espero el miedo. No llega. Lo que llega, en su lugar, es una sensación que no reconozco de puro desusada: el descanso mínimo, casi vergonzoso, de no tener que fingir del todo delante de alguien.

Es un descanso que no me puedo permitir, y ahí está el problema, porque una cosa es no poder permitirse algo y otra muy distinta es no quererlo.

—Si supiera de qué habla —respondo, con cuidado, midiendo cada palabra como mido el peso de un cargamento dudoso—, y no digo que lo sepa, ¿qué haría usted con esa información, milord? Porque esa es la parte que de verdad importa. No lo que uno sabe. Lo que uno hace con lo que sabe.

—Nada —dice, y lo dice sin dramatismo, como quien informa de la hora—.

No pienso hacer nada con ella. No he venido a acusarla, ni a pedirle que pare, ni a usarlo para negociar.

Le confieso que la idea de negociar con usted me produce un respeto reverencial; saldría trasquilado y lo sé.

—Una pausa—. He venido solo porque no soportaba no entenderlo.

Es un defecto de carácter. Cuando algo no me cuadra, no puedo dejarlo estar, y usted, señora, lleva semanas siendo la cosa que más no me cuadra de todo Londres.

Nadie me había llamado nunca «la cosa que más no me cuadra de todo Londres», y descubro, con fastidio, que la frase me gusta más de lo que debería gustarme cualquier cosa que reduzca mi ventaja informativa a cero.

—Es una respuesta imprudente, milord —observo—. Acaba de decirle a una desconocida peligrosa que ha descubierto uno de sus secretos y que no piensa hacer nada con él. En mi mundo, esa clase de franqueza se cobra cara.

—Lo he calculado. —Asiente, serio—. He pesado el riesgo de decírselo contra el de callármelo, y he concluido que callármelo era peor.

Un secreto entre dos personas que se caen bien es un puente.

Un secreto que uno esconde es un foso. Prefiero los puentes.

Aunque reconozco que es una preferencia arriesgada, dado que ignoro, todavía, si usted y yo nos caemos bien o si solo me lo parece a mí.

Y ahí está, otra vez, la trampa que este hombre me tiende sin saber que la tiende: una pregunta escondida dentro de una frase, esperando que yo la conteste sin darme cuenta.

«Si usted y yo nos caemos bien.» Tengo tres formas de esquivarla y las conozco todas.

Lo que no sé es por qué, teniendo tres salidas, me quedo un segundo de más mirando la puerta sin cruzar ninguna.

Un segundo. No más. Para cualquier otro sería nada.

Para mí, que decido en menos de eso si un hombre miente, si un cargamento pesa lo declarado, si conviene sonreír o sacar el cuchillo, un segundo de vacilación es un abismo.

Lo cruzo deprisa, como cruzo todo lo que me da vértigo.

Solo que el vértigo, esta vez, no se va del todo cuando llego al otro lado.

Recojo la pluma. Vuelvo a mis registros. Es lo que hago cuando necesito un muro entre una pregunta y yo.

—Vuelva el martes —digo, sin levantar la vista.

Se produce un silencio. Cuando alzo los ojos, el conde me mira con una expresión que no le había visto: la del hombre que esperaba una puerta cerrada y se ha encontrado con otra cosa.

Porque hoy es jueves. Y sus visitas son los jueves.

Y acabo de citarlo un martes, cuatro días antes de lo acordado, sin ninguna excusa bibliográfica que lo justifique, y los dos sabemos que «vuelva el martes» no es una respuesta a nada de lo que ha preguntado.

Es otra cosa. Es la única cosa que he sido capaz de darle en lugar de las tres que no he querido.

—El martes —repite, despacio, como si guardara la palabra en un sitio seguro—. Con o sin libro.

—Con libro —replico, porque necesito conservar al menos la ficción—. Siempre con libro. El libro es lo que hace que esto sea explicable.

—¿Para quién?

—Para mí —admito, antes de poder frenarlo, y es lo más cierto que le he dicho a nadie en años.

La verdad se me ha escapado como se escapa el agua de un puño: sin ruido, sin que una lo decida, por el simple hecho de haber aflojado los dedos un instante.

Y lo peor no es que se me haya escapado.

Lo peor es lo que deja el puño abierto, esa mezcla de pérdida y de alivio que llevo diez años sin permitirme y que este hombre, con su costumbre de preguntar lo que no debe, me arranca sin proponérselo cada jueves.

El conde recoge su tratado hanseático, que no ha llegado a abrir, y en la puerta se detiene con esa costumbre suya de dejar la última frase igual que quien deja una moneda de propina.

—Sabe usted —dice— que negar algo con la cara de estar calculando cuánto negar es, en la práctica, la confesión más elegante que existe. No se lo reprocho. Yo tampoco sé mentir. Empiezo a pensar que es lo único que tenemos en común, y también, quizá, lo único que hace falta.

Se va. Y yo me quedo con la pluma en el aire sobre un registro que no veo, calculando —porque es lo único que sé hacer cuando el suelo se mueve— cuántos días faltan para el martes, y odiando, con toda la eficiencia de la que soy capaz, la respuesta exacta que me sale.