Capítulo 8
Toda ciencia empieza con una anomalía que alguien se niega a ignorar, y la mía empieza un martes, cuando me entero de que Josiah Pring ha tenido un mes espantoso.
He aprendido a fiarme de las anomalías. La mayoría de la gente, cuando algo no encaja con lo que espera, aparta la mirada; le resulta más cómodo un mundo ordenado y falso que uno verdadero y desconcertante.
Yo hago lo contrario, no por virtud, sino por incapacidad: soy incapaz, casi de raíz, de dejar en paz un dato que sobra.
Un manuscrito con una fecha imposible me quita el sueño hasta que lo explico.
Y esta racha de infortunios ajenos, ordenados con una pulcritud que la mala suerte no suele permitirse, es un dato que sobra en mi mundo: una fecha imposible en la crónica de mis semanas.
Pring es librero de anticuario en Holborn, y hace tres semanas intentó venderme un salterio del XIV a un precio que insultaba tanto al salterio como a mi inteligencia, y cuando le señalé, con la mayor cortesía, que la datación que alegaba era imposible porque la caligrafía correspondía a un siglo posterior, me llamó «aficionado con ínfulas» y me invitó a salir de su tienda.
Volví a casa algo dolido, lo reconozco. Uno no espera que lo echen de una librería; es de los pocos sitios donde un hombre como yo se siente a salvo.
Pues bien: este martes me llega la noticia de que a Pring se le ha caído encima una desgracia administrativa de proporciones bíblicas.
Su casero, tras nueve años de trato cordial, le ha rescindido el arriendo sin explicaciones.
Dos de sus proveedores le han reclamado deudas antiguas el mismo día.
Y el gremio ha abierto una revisión de sus licencias de venta.
En una semana, un hombre que llevaba una vida próspera se ha convertido en un hombre que hace inventario para la quiebra.
Lo lamento por él, aunque me llamara aficionado.
Y lo anotaría como una de esas rachas de mala suerte que a veces se ceban con un hombre, si no fuera porque es la tercera racha idéntica en dos meses, y las tres le han caído encima a personas que comparten una sola cosa: haberme tratado con desprecio.
Reordeno los hechos esa noche, en mi estudio, con una hoja en blanco y la disciplina que aplico a cualquier fenómeno que no entiendo.
El primer caso fue el del cochero. A finales de abril, uno de alquiler me dejó tirado bajo la lluvia en Cheapside por el placer de arrancar cuando ya tenía yo la mano en la portezuela, entre risas de sus colegas de la parada.
Mala cosa, pensé, y lo olvidé. Tres semanas más tarde supe, por casualidad, que aquel cochero había perdido la licencia de la parada de Cheapside —la más lucrativa de la zona— por una denuncia anónima sobre tarifas irregulares.
Nunca até los cabos. No había cabos que atar.
El segundo fue el doctor Vane. En la Sociedad, hace mes y medio, ridiculizó en público mi comunicación sobre las umbelíferas —«taxonomía de aficionado», dijo, ante el salón entero— y lo disfrutó.
Tres semanas después, la beca vitalicia que tenía asegurada desde hacía años quedó, de pronto, «en revisión» por parte de un patrón al que, hasta donde sé, no había ofendido jamás.
Y el tercero es Pring, esta misma semana.
Escribo los tres casos en columnas: fecha del agravio, naturaleza del agravio, naturaleza del infortunio, intervalo entre ambos. La tabla es fea y provisional, como todas las buenas tablas al principio.
Añado una quinta columna, porque las buenas tablas siempre piden una columna más de la que uno creía necesitar: la del móvil.
¿A quién beneficia cada infortunio? Y aquí el patrón se vuelve más raro todavía, porque la respuesta es: a nadie.
El casero de Pring no gana un inquilino mejor.
El patrón de Vane apenas ahorra. La parada de Cheapside no funciona peor sin aquel cochero.
Nadie saca provecho de estas desgracias, lo cual descarta el móvil más común del mundo, que es la codicia.
Y cuando se elimina la codicia como motor de un daño, queda una lista corta y perturbadora de motivos posibles, y todos ellos son personales.
El daño gratuito no existe. Si nadie gana dinero, alguien está cobrando otra cosa.
Y de ella emerge, tímido, un patrón: entre dos y tres semanas después de que alguien me trate con desprecio, a ese alguien le sobreviene una calamidad de índole económica o institucional, nunca física, siempre limpia, siempre atribuible a causas ordinarias, y siempre, siempre, imposible de vincular a mí, que no tengo ni el poder ni la inclinación para arruinar a un librero de Holborn.
Es, en fin, justo el tipo de correlación que un hombre riguroso debe tratar con la máxima desconfianza, porque la mente humana está diseñada para inventar patrones donde solo hay azar.
Así que hago lo que haría cualquier investigador serio antes de emocionarse con una hipótesis: la someto al escrutinio de una mente ajena y escéptica.
Esa mente pertenece a Ainsworth.
Ainsworth es mi amigo más antiguo, anticuario como yo, y posee la virtud, rara y valiosa, de no creerse nada en absoluto de lo que le cuento hasta que se lo demuestro tres veces.
Lo encuentro en la sala de lectura de la Sociedad, enterrado en un tratado de heráldica, y le expongo el asunto con mi hoja de columnas delante.
—Deja que lo entienda —dice Ainsworth, quitándose los lentes para frotárselos, que es su gesto de escepticismo profesional—. Has construido una tabla. Sobre la mala suerte de tres hombres que fueron groseros contigo. Y de ella deduces... ¿qué, en concreto? ¿Que la Providencia te venga los desaires?
—No deduzco nada todavía —protesto—. Recojo datos. Hay una diferencia.
—A no ser... —Ainsworth se interrumpe, y una chispa de malicia le cruza la cara—.
A no ser que tengas un admirador secreto.
Alguien poderoso, invisible, que te protege desde las sombras y aplasta a quien te ofende.
—Se ríe de su propia ocurrencia—. Sería una novela excelente, James.
La clase de disparate que leen las señoritas: el sabio distraído y su ángel de la guarda con contactos en el gremio de libreros.
Deberías escribirla. Ganarías más que con las umbelíferas.
—Ridículo —concedo, y me río con él, porque es ridículo—. ¿Quién iba a molestarse? Un hombre necesita importarle mucho a alguien para que ese alguien libre sus guerras, y yo no le importo a nadie hasta ese extremo. La hipótesis se derrumba sola por falta de candidato.
—Exacto. —Ainsworth asiente, satisfecho de haber cerrado el asunto—. No hay candidato; luego no hay conspiración; luego es azar. La navaja más vieja del oficio.
Y tiene toda la razón, y la lógica es impecable, y me quedo, aun así, con una espina que la lógica no me arranca, porque he aprendido que cuando una explicación cierra demasiado bien suele ser porque falta el dato que volvería a abrirla.
—Hay una diferencia entre recoger datos y buscar consuelo, James, y me temo que has cruzado la frontera.
—Vuelve a ponerse los lentes—. Pring era un usurero con enemigos en todas partes; que se le juntaran las deudas era cuestión de tiempo.
Vane siempre le cayó mal a su patrón; medio Londres lo sabe.
Y de tu cochero no me has contado nada, así que reservo el juicio.
Tres desgracias no son una conspiración.
Son un martes cualquiera en una ciudad de un millón de almas.
—Eso es justo lo que yo me digo. —Golpeteo la tabla con el dedo—.
Y aun así. Fíjate en el intervalo, Ainsworth.
Entre dos y tres semanas en los tres casos.
La mala suerte no tiene calendario. Esto lo tiene.
Y fíjate en la naturaleza: nunca violencia, nunca escándalo, siempre dinero, siempre papeles, siempre algo que parece un accidente burocrático.
Si yo quisiera hacer daño a alguien sin que se me pudiera acusar, lo haría justo así. Es demasiado elegante para ser azar.
Ainsworth me mira un largo rato, con la cara de quien decide si su amigo se está volviendo interesante o preocupante.
—Escúchate —dice al fin, con suavidad—. «Si yo quisiera hacer daño a alguien.» James, tú eres incapaz de pisar un escarabajo. ¿De dónde sacas la premisa de que alguien está haciendo daño en tu nombre? Eso no es una hipótesis científica. Es una fantasía de hombre solo.
Encaja el golpe, porque es un buen golpe, y un buen golpe merece considerarse antes de responderlo.
—Concedido —admito—. No tengo mecanismo.
Una correlación sin mecanismo es solo una superstición con buena caligrafía; me lo enseñaste tú.
No sé quién, ni cómo, ni por qué alguien habría de molestarse en igualar mis cuentas con el mundo.
—Recojo la hoja y la doblo con cuidado—.
Por eso no lo publico. Por eso solo lo anoto.
Un fenómeno sin explicación no es una conclusión; es una invitación a seguir mirando. Y pienso seguir mirando.
—Vas a llenar un cuaderno entero de las desgracias ajenas para consolarte de un par de groserías.
—Voy a llenar un cuaderno entero —lo corrijo, poniéndome en pie— porque hay un patrón real ahí fuera, lo entienda yo o no, y los patrones reales no desaparecen porque un amigo escéptico los llame fantasía. Desaparecen cuando se explican. Y este todavía no lo he explicado.
Ainsworth suspira, y vuelve a su heráldica con el gesto del hombre que ha hecho lo que ha podido por la cordura de otro.
—Como quieras —dice—. Cuando descubras que es la mano de Dios saldando tus cuentas, hazme el favor de dedicarme una nota al pie.
—Serás el primero en saberlo.
Vuelvo a casa caminando, con la ciudad de junio oliendo a río y a caballo, y por el camino repaso lo que sé y lo que no.
Sé que hay un patrón. No sé de dónde viene.
Descarto la Providencia, que en mi experiencia rara vez se ocupa de la contabilidad de los libreros de Holborn.
Descarto el azar, por el asunto del calendario.
Y me queda una casilla vacía, la más incómoda de todas, la que dice: alguien.
Alguien con poder para arruinar sin tocar.
Alguien con la paciencia de esperar tres semanas para que nada apunte hacia el móvil.
Alguien a quien, por algún motivo que no alcanzo a imaginar, le importa cómo me tratan.
Escribo esa palabra en la hoja, «alguien», y la miro como se mira el nombre de una incógnita en una ecuación: una equis que todavía no tiene valor.
En álgebra, una incógnita no es una derrota; es una promesa.
Significa que la solución existe y que aún no la conozco.
Decido tratar a mi «alguien» de ese modo: no como un misterio que me inquieta, sino como una equis que, con datos suficientes, terminará por despejarse.
Es lo más parecido a la esperanza que permite un método.
No conozco a nadie así. Repaso mi círculo entero —colegas, parientes, el puñado de personas que trato— y no hay uno solo con ese poder ni esa inclinación. La casilla se queda vacía, y odio las casillas vacías, y la dejo abierta porque la honestidad me obliga.
Esa noche estreno un cuaderno nuevo. En la primera página, con mi mejor letra, escribo el título del que será, sin yo saberlo, el estudio más largo y más torpe de mi vida:
Londres y sus estadísticas de accidentes menores. Observaciones de un aficionado con ínfulas.
Debajo, la primera entrada. Los tres casos, las cuatro columnas, el intervalo, la naturaleza. Y al final, una nota metodológica que me parece, en ese momento, mera prudencia científica, y que resultará ser la frase más ciega que he escrito nunca:
Hipótesis pendiente de mecanismo. Ausente todo sospechoso con motivo. Continúa la observación.
Cierro el cuaderno. Miro por la ventana el jardín a oscuras, donde mis umbelíferas duermen ajenas a la polémica que provocan, y siento la satisfacción tranquila del que ha empezado a estudiar algo nuevo.
No se me ocurre, ni de lejos, que la respuesta a mi enigma esté sentada, a esta misma hora, detrás de un escritorio junto al río, anotando en sus propios libros, con una letra tan pequeña como la mía, la lista de las personas que en los últimos tiempos me han faltado al respeto.