La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Voy a las fiestas del ton por la misma razón por la que voy a los muelles al amanecer: porque la información no duerme y hay que ir a recogerla donde se acumula.

Un salón de Mayfair es un almacén como cualquier otro, solo que la mercancía que se descarga aquí son secretos, y el flete se paga en champán.

Entro del brazo de nadie, con un vestido que costó lo justo para no destacar ni por exceso ni por defecto, y en el tiempo que tardo en cruzar la primera sala ya he inventariado la mitad de la habitación: quién debe dinero a quién, qué matrimonio se sostiene por costumbre y cuál por cálculo, qué joven de buena familia lleva las mangas un punto más gastadas de lo que su apellido debería permitir.

La condesa de Halverne me tolera en sus fiestas porque le presté, a través de tres intermediarios que ella cree ignorar, el dinero con que salvó esta casa el invierno pasado.

No lo sabe del todo. Lo sospecha lo bastante para no preguntar.

Es el tipo de relación que prefiero: la que se sostiene sobre una deuda que nadie nombra.

Me muevo por estas salas con una ventaja que las demás mujeres no tienen: a mí no me buscan marido.

No hay madre calculando mi dote, ni caballero midiéndome como partido, ni rival evaluándome como competencia.

Para el ton soy una rareza sin categoría —ni dama ni comerciante del todo, una mujer con dinero y sin apellido a la que se puede tolerar y no colocar—, y esa falta de categoría, que en otra sería una condena, en mí funciona como una capa de invisibilidad.

Nadie vigila a la mujer que no juega a su juego.

Puedo, por tanto, dedicarme al mío, que consiste en mirar.

Estoy midiendo la solvencia de un barón por el estado de sus zapatos cuando lo veo entrar, y el inventario se me detiene a media frase.

El conde de Casworth, en un salón. Es un error de categoría tan grande como encontrarse un libro del siglo XV en mi almacén: un objeto en el lugar equivocado.

Y, como aquella vez, mi primer impulso es corregir la anomalía, averiguar qué hace aquí, para quién, con qué fin.

Tardo un momento en aceptar la explicación más sencilla, que es también la más desconcertante: está aquí porque lo han invitado, y ha venido porque no se le ocurrió una excusa para negarse.

No trama nada. Un hombre que no trama nada, en un salón donde todos traman algo, resplandece como una vela en un sótano, y la mitad de la sala lo ha visto ya.

La otra mitad la ocupa Lysandra Crewe.

La vizcondesa de Ashdale es viuda, joven, rica y aburrida, una combinación que en Mayfair equivale a un cargamento sin custodiar: alguien va a intentar llevárselo.

Ella ha decidido, deduzco por la línea de su avance, que el cargamento va a ser el conde.

Cruza la sala hacia él con la trayectoria de quien no contempla el fracaso, y lo aborda con una copa en la mano y una sonrisa ensayada frente a un espejo durante años.

Me acerco lo justo para oír. Es un hábito profesional. Me digo que es un hábito profesional.

—Milord Casworth —dice Lysandra—. No sabía que frecuentara usted estos salones. Dicen que es hombre de estudio. Yo también tengo mis pasiones intelectuales, ¿sabe? La botánica, sobre todo. Encuentro los jardines mucho más interesantes que las personas.

Es una apertura correcta. Halagadora, con un toque de falsa modestia, y un tema —la botánica— elegido para sonar culto sin comprometerse a saber nada.

Cualquier otro hombre habría entendido el juego: se trata de decir tres cosas encantadoras sobre las rosas y pasar cuanto antes al asunto real, que es ella. Cualquier otro hombre. No este.

Veo el instante exacto en que al conde se le iluminan los ojos, y comprendo, con una mezcla de horror y de deleite que decido no examinar, lo que va a pasar antes de que pase.

—¿La botánica? —James deja su copa en la bandeja de un criado que pasa, para tener las dos manos libres, señal inequívoca en él de que la conversación acaba de volverse seria—.

Es un campo fascinante y muy maltratado.

Dígame, ¿le interesa la taxonomía o la fisiología?

Porque son disciplinas casi opuestas. La primera clasifica; la segunda explica.

Yo he pasado los últimos años obsesionado con un problema de nomenclatura que quizá le divierta: el caos absoluto que reina en la denominación de las umbelíferas antes de Linneo.

¿Sabía usted que la misma planta llegó a tener catorce nombres distintos en siete países, y que hubo un herbario flamenco de 1580 que la clasificó, por error, como tres especies diferentes en tres páginas del mismo volumen?

Lysandra Crewe abre la boca. La cierra. Su sonrisa ensayada no contemplaba las umbelíferas.

—Qué... interesante —logra decir.

—Lo es, ¿verdad? —James ha malinterpretado su parálisis como entusiasmo, error que le he visto cometer ya con hombres armados y que veo ahora repetir con una viuda cazadora—.

Y espere, porque lo mejor viene con la fisiología.

Hay una teoría reciente, discutidísima, sobre cómo estas plantas regulan la apertura de sus flores según la humedad.

Si me permite el atrevimiento, tengo en Ashfield House un grabado holandés que lo ilustra a la perfección.

Duraría unos... —consulta un reloj interior— cuarenta minutos explicárselo con propiedad. Aunque puedo intentar un resumen.

Y lo intenta.

—En realidad, milord —prueba Lysandra, buscando el hueco por donde escapar—, yo me refería más bien a las flores como... adorno. Los ramos. El color.

—El color. —James asiente con vigor, sin captar que le tendían una salida—.

El color es un capítulo aparte, y apasionante.

¿Sabía usted que muchos de los pigmentos que admiramos en un ramo son, en realidad, señales dirigidas a insectos que ni siquiera perciben los mismos colores que nosotros?

Le estamos robando a las abejas su correspondencia privada y colgándola de un jarrón.

Hay algo casi indiscreto en un ramo, si uno se detiene a pensarlo.

—Nunca... lo había pensado así.

—Poca gente lo hace. —Radiante—. Es lo que más me gusta de la botánica: convierte cualquier jardín en una conversación que llevaba siglos ocurriendo sin que nadie escuchara.

Lysandra intenta una última maniobra, la que rara vez falla con los hombres: baja la voz, se inclina, convierte el tema en algo íntimo.

—Debe de ser usted un hombre muy solitario, milord, para conocer tan a fondo la compañía de las plantas.

Es una estocada precisa. En cualquier otro daría en el blanco. En este resbala como el agua por una piedra.

—Solitario no sabría decirle —responde James, con esa honestidad que desarma porque ignora que desarma—. Ocupado, sin duda. Las plantas tienen la ventaja de que no se ofenden si uno prefiere su compañía a la de una cena. Se lo recomiendo. Ahorra malentendidos.

Y ahí la vizcondesa de Ashdale comprende, al fin, que lleva toda la noche cortejando a una puerta cerrada que ni siquiera sabe que es una puerta.

Lo que sigue es una de las cosas más hermosas que he presenciado en un salón, y he presenciado duelos disimulados de damas que se odiaban con sonrisas.

El conde de Casworth le explica a Lysandra Crewe, durante lo que mi reloj mide en algo más de un cuarto de hora, la vida secreta de las umbelíferas, con la misma pasión limpia con que me explicó a mí las rutas del Báltico, ajeno por completo a que su interlocutora buscaba un marido y no una lección.

Lysandra pasa por todas las estaciones del suplicio: la sorpresa, la cortesía forzada, la búsqueda desesperada de una vía de escape que la etiqueta le niega, y por fin la rendición glacial de quien comprende que ha elegido, entre todos los hombres de Londres, al único de todo Londres al que la botánica le interesa de verdad.

Cuando al fin logra excusarse —«qué ilustrativo, milord, debo saludar a la condesa»— y se retira con la dignidad hecha jirones, el conde se queda un momento solo, con la leve perplejidad del que no entiende por qué su interlocutora se ha ido justo cuando llegaba lo bueno.

Después se encoge de hombros, recupera su copa de otra bandeja, y se dedica a mirar los cuadros de las paredes con más interés del que ha mostrado por ninguna persona de la sala.

Debería estar satisfecha. Un aspirante torpe se ha eliminado solo, sin coste para mí. Es el mejor resultado posible.

No estoy satisfecha. Estoy, contra toda lógica, de un humor que no sabría nombrar sin mentirme, viendo a Lysandra Crewe rehacerse la sonrisa al otro lado del salón y lanzar hacia el conde una segunda mirada de tanteo, la mirada del cazador que ha fallado un tiro y recarga.

Y esa segunda mirada me molesta de una manera que no tiene ninguna justificación profesional, porque la vizcondesa de Ashdale no es una amenaza para mi negocio, ni para mi hermano, ni para nada que a mí deba importarme.

Me molesta, y ya está. Registro el hecho sin explicarlo, porque explicarlo me llevaría a un sitio al que no pienso ir esta noche.

—Respira —murmura una voz a mi lado. Isolde ha aparecido con dos copas y me tiende una sin que se la pida—. Tienes la cara que pones cuando calculas a cuánto asciende el daño que vas a hacerle a alguien. En un salón, esa cara se nota.

—No pongo ninguna cara.

—Pones esa. —Sigue mi mirada hasta el conde, que estudia un paisaje holandés con más ternura de la que Lysandra le ha arrancado en toda la noche—. Ah. Es por ella. La viuda.

—No es por ella. —Lo digo demasiado rápido, y las dos lo notamos, y detesto que las dos lo notemos—. La vizcondesa de Ashdale no me importa lo más mínimo.

—Claro que no. —Isolde bebe, con esa calma suya que es la única arma que se me clava—.

Por eso la miras como se mira un cargamento que piensas hundir.

Vivienne, llevo la noche entera observándote a ti observarlo a él, y voy a decirte una sola cosa, porque somos casi hermanas y las hermanas se dicen las cosas una vez.

Lo que sientes tiene un nombre. Puedes seguir sin usarlo el tiempo que quieras.

Solo que no dejará de ser lo que es porque tú te niegues a nombrarlo.

—No sé de qué hablas.

—Lo sé. —Me aprieta el brazo, una vez, y se aleja hacia su prometido, que la busca desde el otro extremo del salón con una cara que también tiene nombre, y que Marcus, al menos, ha dejado de negarse a usar.

Salgo antes de la cena. En el carruaje, camino de los muelles, hago lo que hago siempre que un dato no me deja en paz: lo convierto en trabajo.

Repaso lo que sé de Lysandra Crewe, vizcondesa de Ashdale.

Sé que gasta por encima de su renta de viuda.

Sé que su modista, madame Deveraux —sin parentesco, para su desgracia—, le fía desde hace dos temporadas contra la promesa de una herencia que aún no ha llegado.

Y sé que esa misma modista me debe a mí un favor de cierto tamaño desde que le resolví, con discreción, un problema con un proveedor de sedas que le robaba.

No hace falta gran cosa. Una conversación.

Un recordatorio amable a madame Deveraux de que las cuentas antiguas conviene saldarlas, y de que fiar a clientas insolventes es un riesgo que una modista prudente no debería correr, sobre todo cuando cuenta con amistades que podrían, llegado el caso, recomendarla a clientas más solventes.

No la amenazo. Nunca amenazo. Solo reordeno los incentivos hasta que la decisión que me conviene se convierte, para ella, en la decisión sensata.

Es mi manera, y difiere de las otras dos que conozco.

Isolde libraría esta guerra en su propio terreno: una invitación que no llega, un rumor colocado con puntería de francotiradora.

Yo no muevo el mundo social; muevo el dinero que hay debajo de él, que es más lento de ver y más difícil de deshacer.

De un desaire, una mujer se recupera en una temporada.

De unas cuentas que dejan de cuadrar, tarda mucho más.

Al día siguiente, el taller de madame Deveraux cierra sus puertas a la vizcondesa de Ashdale por impago, «por razones administrativas», y Lysandra Crewe descubre que en Londres no hay nada más difícil de cazar que un marido cuando una acaba de perder a su modista y no puede presentarse en sociedad vestida como es debido.

En la recepción de los Halverne estuve yo.

Cientos de personas me vieron allí, del brazo de nadie, midiendo zapatos de barones.

Nadie puede probar que una cosa tenga que ver con la otra, porque no la tiene: son dos hechos sin relación, uno social y otro comercial, que solo se tocan en un lugar del mundo, y ese lugar es mi cabeza, donde no entra nadie.

Lo que no consigo, esa noche, es responder a la única pregunta que importa, la que me hago a mí misma en la oscuridad del carruaje y dejo, por vez primera en mucho tiempo, sin contestar: no por qué he arruinado a la modista de Lysandra Crewe.

Eso sé hacerlo dormida. Sino por qué me ha apetecido tanto.