La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

He vuelto al almacén una tercera vez, y esta vez sin la excusa de un manuscrito, lo cual me ha obligado a inventar una, porque presentarme sin motivo me parecía una descortesía y presentarme con la verdad —que quería volver— me parecía prematuro incluso para un hombre al que la prudencia se le da mal.

La excusa que he construido es endeble hasta para mí: he traído el cuarto registro de naufragios que le prometí a Lady Ellerby, con el argumento de que, dado que ella lo obtuvo de esta casa, quizá alguien de esta casa quiera custodiar una copia.

Es un razonamiento con más agujeros que una red de pesca.

Lo he ensayado dos veces frente al espejo y las dos veces me ha sonado a lo que es.

Y aun así aquí estoy, con la copia bajo el brazo, cruzando el muelle hacia una puerta a la que nadie me ha invitado a regresar.

He considerado, en el trayecto, la posibilidad de que me echen.

La he sopesado con la misma frialdad con que sopesaría cualquier hipótesis: es plausible, tiene precedentes —la mujer del escritorio me avisó de que los errores tienen un coste— y no dispongo de datos para descartarla.

Un hombre sensato habría pesado ese riesgo contra el beneficio de la visita y se habría quedado en casa con sus manuscritos.

He hecho el cálculo. El resultado ha sido que vengo igual, lo cual me informa de que, en algún momento de las últimas semanas, la variable «quiero volver» ha adquirido en mis ecuaciones un peso que ninguna otra consigue contrarrestar.

Es un dato sobre mí mismo. Lo anotaré esta noche, junto al resto de los datos sobre mí mismo que de un tiempo a esta parte no dejan de acumularse.

Los tres hombres de la entrada ya no me miran como la primera vez.

Es un cambio sutil y lo registro con interés, porque los cambios en cómo lo tratan a uno los desconocidos dicen mucho sobre conversaciones que han ocurrido a espaldas de uno.

La primera vez me miraron como a un problema por resolver.

Hoy me miran como a un fenómeno atmosférico recurrente: algo que aparece, que no se entiende del todo, y que han decidido tolerar porque arriba, por lo visto, se ha decidido tolerarlo.

Es una posición social curiosa, la del tolerado.

La he ocupado antes, en los márgenes de los salones, donde se me admite por el título y se me perdona la rareza como se le perdona a un mueble heredado que no pega con nada.

Aquí es distinto: aquí no hay título que valga, y aun así se me tolera igual, lo cual significa que la tolerancia brota de otra fuente.

Brota, deduzco, de la única persona del almacén cuya opinión gobierna las demás, y esa deducción me produce un calor absurdo en algún punto del pecho que decido, por ahora, no examinar.

—El lord de los libros —dice el corpulento, que sé por Lady Ellerby que se llama Cobb y que lleva el brazo, compruebo con satisfacción, bien inmovilizado.

—Veo que le han recolocado el cabestrillo —observo—. Sanará mejor así. Le felicito.

Cobb emite un sonido que no es una palabra y me franquea el paso con la cabeza, y me interno en el almacén con la curiosa sensación de estar siendo, no tanto vigilado como acompañado a distancia, como se acompaña a un invitado por una casa cuyos objetos de valor uno prefiere no perder de vista.

Lo que no sé —lo que reconstruiré después, por fragmentos que iré recogiendo con los meses— es que mi tercera visita ha desatado, entre los hombres de este almacén, una actividad clandestina de una intensidad notable.

Y lo empiezo a intuir cuando, al pasar junto a un rincón donde dos hombres cargan cajas, uno le pasa al otro un trozo de papel doblado, y el segundo lo lee, resopla, y saca del bolsillo una moneda que entrega con la cara de quien paga algo contra su voluntad.

Soy académico. Reconozco una transacción de apuestas cuando la veo; los eruditos apostamos por todo, desde la datación de un pergamino hasta cuál de dos colegas se dormirá antes en una conferencia.

Lo que me desconcierta no es la apuesta.

Es que, cuando levanto la vista, los dos hombres me están mirando a mí, y disimulan tarde y mal, y comprendo, con un retraso que sería cómico si no fuera sobre mi propia persona, que la apuesta es sobre mí.

Me detengo. Considero mis opciones. Un hombre con más sentido del decoro fingiría no haberlo visto. Yo, que carezco de ese sentido en la proporción que la sociedad recomienda, me acerco.

—Perdonen la intromisión —digo—. No he podido evitar advertir que ha cambiado de manos una moneda, y que el objeto de la apuesta, salvo que me engañe mi vanidad, parezco ser yo. Siento una curiosidad que reconozco impertinente: ¿sobre qué, en concreto, estaban apostando?

Los dos hombres se quedan tan quietos como se quedaría cualquiera al que el tema de su conversación clandestina le pide, con educación, los detalles.

El más joven, un muchacho de manos grandes y cara de no haber aprendido aún a mentir con soltura, mira al mayor buscando auxilio.

El mayor, más curtido, decide que la salida menos peligrosa es la verdad, conclusión a la que yo también llego a menudo.

—Sobre si volvería, milord —admite—. Cuántas veces. Wren decía que dos y se acabaría. Pell decía tres. Yo... —Se rasca la nuca—. Yo dije que cuatro.

—Entonces ha ganado Pell —deduzco—. Esta es la tercera. Aunque, si le sirve de consuelo, mi intención es que no sea la última, de modo que su apuesta por la cuarta sigue teniendo posibilidades. Le sugiero no darse por vencido.

—¿Hay más apuestas? —pregunto, porque, una vez que la curiosidad se pone en marcha, cuesta frenarla—.

Lo pregunto sin ánimo de delatar a nadie.

Al contrario: me parece un sistema de registro admirable.

En mi gremio también apostamos, aunque sobre asuntos más polvorientos.

Siento curiosidad por saber qué otros aspectos de mi conducta se consideran, aquí, dignos de moneda.

El mayor lo medita, calibra el riesgo, y decide que un hombre que pregunta con esta calma por las apuestas que se hacen a su costa no va a tomar represalias por ellas.

—Alguna hay —admite—. Sobre si la señorita lo hace pasar o lo echa. Sobre cuánto se queda cada vez. —Baja la voz—. Cobb tiene una sobre si usted sabe dónde se ha metido. Apostó a que no.

—Cobb va a perder esa —digo, y lo digo con suavidad, porque de pronto me parece importante que quede claro—. Sé de sobra dónde me he metido. Vi los hombres, vi las cajas, deduje el oficio en la primera visita. No he vuelto por ignorancia. Dígaselo a Cobb, si quiere cobrar: he vuelto sabiéndolo.

El muchacho suelta una carcajada antes de recordar dónde está y de tragársela a medias. El mayor me mira con algo nuevo, una mezcla de alarma y de diversión que no sabe cómo administrar.

—¿Piensa volver? —pregunta, y la pregunta escapa de su boca antes de que calcule si debía hacerla.

—Esa parece ser la tendencia —concedo—. Verá, es un sitio interesante.

Tiene las vigas de un pañol del siglo pasado, mercancía de medio continente, un sistema de vigilancia que admiro de veras y una persona a cargo que hace las preguntas más inteligentes que me han hecho en años.

Para un hombre de mis aficiones, es más entretenido que la mayoría de los salones de Londres, y huele solo un poco peor. ¿Por qué no iba a volver?

Me alejo hacia el fondo, hacia el escritorio donde sé que la encontraré, y dejo tras de mí a dos hombres sumidos en una perplejidad de la que, sospecho, saldrá material para más apuestas. Es un efecto que produzco con regularidad. Hace años dejé de lamentarlo.

Ella está donde siempre, inclinada sobre sus registros, y levanta la vista cuando llego, y por un instante —medio segundo, no más— hay en su cara algo que no es la máscara de cálculo con que recibe al mundo.

Después la máscara vuelve, tan deprisa que un observador corriente juraría que no se ha movido.

Yo no soy un observador corriente. He pasado la vida entrenando el ojo para las diferencias mínimas entre dos versiones de un mismo texto, y la diferencia entre la cara con que me miró medio segundo y la cara con que me mira ahora es la diferencia entre un manuscrito y su copia: casi idénticas, y no iguales.

Colecciono esa diferencia como colecciono las erratas reveladoras.

Un copista cansado cambia una palabra sin querer y, siglos después, ese desliz delata su estado de ánimo de aquella tarde con más honestidad que cualquier crónica.

La cara que ella pone medio segundo antes de recomponerse es su errata: la versión sin enmendar de sí misma, la que se le escapa antes de aplicar la corrección.

Y, como todo estudioso ante una errata, no consigo dejar de preguntarme qué texto original delata.

—Ha vuelto —dice, y no es una pregunta.

—He vuelto. —Dejo el registro sobre el escritorio—.

Le traigo el cuarto naufragio. El argumento oficial es que, dado que la copia salió de esta casa, quizá quieran conservar aquí un duplicado.

El argumento oficial es malo. Lo he construido esta mañana y no resiste el menor examen.

Se lo confieso porque mentirle me parece, además de difícil dado mi historial, una grosería.

Algo se mueve en la comisura de su boca. Lo reprime. Lo he visto ya tres veces y he empezado a coleccionarlas como se coleccionan las variantes raras de una edición.

—¿Y cuál es el argumento verdadero? —pregunta.

Considero la pregunta con el respeto que merece, porque es, otra vez, la pregunta exacta, la que va al centro y se salta el contorno.

—Que quería volver —respondo—. No he encontrado, por más que lo he buscado, ninguna razón más elaborada. Le pido disculpas por lo pobre que resulta. Estoy acostumbrado a tener explicaciones mejores para las cosas que hago.

Me mira un buen rato. Cuento los segundos por costumbre —cuatro, cinco, seis—, más de los que la he visto tardar nunca en nada, y entiendo que la he colocado, con mi honestidad de siempre, ante una de esas preguntas para las que su sistema no tiene respuesta preparada.

Es una crueldad involuntaria, la de hacerle a una persona una pregunta que no sabe contestar.

No sé todavía que es la primera de muchas.

—Milord —dice, y hay en su voz un filo que reconozco, el que usa cuando ha decidido recuperar el terreno que una pregunta le ha hecho ceder—, casi todos los hombres que vienen a este almacén tienen razones excelentes para lo que hacen.

Razones que han pulido, ensayado, afinado.

Y casi todas son mentira. Usted me trae la razón más pobre que he oído en diez años, con el defecto insoportable de ser, con toda probabilidad, cierta.

—Me temo que sí —admito—. Es una desventaja considerable, la de no saber inventar razones mejores. La compenso, cuando puedo, con la puntería de las verdaderas.

—Eso no la compensa. La empeora. —Lo dice sin dureza, casi con algo que en otra persona llamaría cansancio—. Una mentira buena se rebate. Contra una verdad pobre y cierta no hay defensa.

—Siéntese, milord —dice al fin, y señala la silla—. Ya que ha construido una excusa tan mala para venir, lo menos que puedo hacer es no echarlo a la calle enseguida. Sería desperdiciar el esfuerzo.

Me siento.

Me pregunto por cuál de mis conductas habrán apostado esta vez, y decido que me da igual, que hay algo reconfortante en ser, para toda una cuadrilla de hombres peligrosos, un objeto de estudio benigno.

Ellos me catalogan a mí; yo los catalogo a ellos; la mujer del escritorio nos cataloga a todos.

Es una casa entera dedicada al inventario mutuo, y, por primera vez en mucho tiempo, el inventario que llevan de mí lo hace gente que no quiere venderme nada: solo entenderme, aunque sea para ganar una moneda.

En la extraña economía de mis afectos, eso se parece bastante a estar en casa.

Y en algún lugar del almacén, a mis espaldas, oigo el inconfundible tintineo de otra moneda que cambia de manos.