Capítulo 5
Hay una sola persona en Londres a la que encargaría estudiar por dentro a un hombre y me fiaría del resultado, y da la casualidad de que está a punto de casarse con mi hermano.
Isolde Ellerby llega a mi almacén un martes por la tarde, sin que sus botas de media aristócrata desentonen tanto como deberían entre mis cajas, y se sienta en la silla del conde —la que no ofrezco nunca, la que de un tiempo a esta parte parece haberse convertido en la silla de las personas que me descolocan— sin esperar a que la invite.
Me gusta que no espere. La gente que pide permiso para sentarse tarda el doble en decir lo que ha venido a decir.
Con Isolde tengo la única relación de mi vida adulta que no controlo del todo, y he decidido que me conviene.
Va a ser la mujer de mi hermano, lo cual la convierte, por un vínculo que aún no sé nombrar sin que me suene raro en la boca, en algo parecido a una hermana.
Nunca tuve una. Tuve a Marcus, que es otra cosa: un aliado, una mitad, un hombre al que protejo tanto como me protege.
Isolde es la primera persona que se acerca a mí sin que yo sea, para ella, ni jefa ni presa ni amenaza.
No sé bien qué soy para ella. Sospecho que ella tampoco, y que a las dos nos parece bien seguir averiguándolo despacio.
—Ya está —anuncia—. Tu conde.
—No es mi conde.
—Tu conde —repite, con la paciencia de quien ha decidido que corregirme sería malgastar una tarde—.
Lo he visto. He pasado dos horas en su biblioteca con el pretexto de unas viudas de marineros, que resultó menos pretexto de lo que pensaba, y te traigo el informe que me pediste. ¿Lo quieres crudo o con adornos?
—Crudo. Siempre.
—Es justo lo que parece.
Espero el resto. No llega. Isolde me sostiene la mirada con esa calma suya de agua quieta que a mí, que soy toda cálculo, me resulta a la vez admirable y un punto irritante.
—Eso no es un informe —protesto—. Eso es una rendición. Todo el mundo es algo más de lo que parece. Es la primera regla del oficio.
—En tu oficio. —Cruza las manos sobre el regazo—.
En el mío también, para ser justa. Los dos vivimos de que la gente esconda cosas, tú bajo los muelles y yo bajo los buenos modales.
Por eso te lo digo con todo el peso que tiene viniendo de mí: he entrado en casa de ese hombre buscando la grieta, el doble fondo, la ambición disimulada, la deuda oculta, la crueldad que se tapa con distracción.
Es lo que sé hacer. Lo hago mejor que nadie que conozcas salvo tú.
Y no había nada. —Ladea la cabeza—. Vivienne, le pregunté a la cara si se sentía solo, en mitad de una conversación sobre naufragios, para ver qué mentira construía para taparlo.
Y me contestó la verdad. Una verdad que le costaba, además, sin adornarla para quedar bien.
No sabe mentir. No porque sea tonto, que no lo es, sino porque nunca ha necesitado aprender.
Nadie le ha hecho el daño que enseña a mentir.
Me quedo con esa frase más tiempo del que debería.
En mi mundo, saber mentir es una cicatriz: se adquiere.
Un niño no miente hasta que descubre que la verdad se usa en su contra.
Yo aprendí a los ocho años, la semana en que entendí que decir en voz alta que teníamos hambre no traía comida, solo traía la cara de los que decidían que no éramos su problema.
Desde entonces no he vuelto a decir en voz alta lo que de verdad me falta.
Y este hombre, según Isolde, todavía lo dice.
A los treinta y un años. Sin que le cueste la piel.
Algo se me tensa por dentro al oír eso, y no dejo que se me note, porque delante de Isolde no se me nota nada, del mismo modo que delante de mí no se le nota nada a ella. Somos dos mujeres que aprendieron el mismo idioma en escuelas distintas.
—Un hombre sin grietas —digo, y lo digo con desconfianza profesional, porque un hombre sin grietas es, en mi experiencia, un hombre que esconde muy bien la suya—. No existe.
—Existe. —Isolde se inclina un poco—. Existe cuando ha tenido la suerte insultante de que nadie lo rompiera nunca.
Es raro. Es casi ofensivo, para los que sí nos rompimos.
Y es, ni más ni menos, lo que tienes rondándote el almacén: un hombre entero, al que le da por catalogar rutas muertas y ofrecer té a la gente que lo vigila.
Le eché un aviso de cortesía al salir, por si acaso, para que sepa que está jugando en un tablero que no entiende.
Dudo que lo entendiera. Sonrió como si le regalara un acertijo.
Me levanto. Camino hasta la ventana que da al río, porque necesito hacer algo con el cuerpo que no sea sostener la cara quieta, y miro el agua marrón por la que entra y sale mi negocio, y le doy la espalda a mi futura cuñada, que es la única persona ante la que puedo permitirme la debilidad de darle la espalda un momento.
—¿Por qué lo hiciste con tanto cuidado? —pregunto, sin volverme—. Te pedí que averiguaras si era una amenaza. Con eso bastaba. Fuiste mucho más lejos.
Isolde tarda en responder, y su tardanza, en una mujer que no titubea, es una respuesta en sí misma.
—Porque me pediste que mirara a un librero como si te fuera algo en ello —dice al fin, con suavidad—.
Y en cinco años no te he oído pedir que mires a nadie como si te fuera algo.
Así que miré con cuidado. Por ti, no por él.
—Una pausa—. No voy a preguntarte nada, Vivienne.
Sé lo que se siente cuando alguien pregunta antes de que una esté lista.
Solo te dejo el informe y me voy. Es lo que parece. Haz con eso lo que quieras.
Se levanta, se alisa la falda, y en la puerta hace lo que hace siempre: la última frase, la que venía a decir, disfrazada de despedida.
—Yo también tardé en aceptar que el hombre que me descolocaba no venía a hacerme daño —dice—. Perdí meses defendiéndome de alguien que no atacaba. No te digo lo que tienes que hacer. Te digo que los meses que gasté en eso no me los devolvió nadie.
Se va.
Mi hermano llega una hora después, y trae la reacción contraria a la de Isolde, porque Marcus, cuando algo lo descoloca, no lo estudia: lo embiste.
—Un conde —dice, sin saludar, plantándose al otro lado de mi escritorio con los brazos cruzados y esa expresión de tormenta contenida que a los hombres del muelle les afloja las rodillas y a mí me hace gracia desde que teníamos ocho y diez años—.
Ha estado aquí dos veces. En nuestro almacén.
Le he puesto a Dawes a seguirlo. He mirado sus cuentas, sus tierras, con quién trata, si debe dinero, si lo prestan. Todo.
—Lo sé. Dawes es el hombre al que el conde ofreció un té. —Ni levanto la vista de los registros—. Le duraron a Dawes tres días de vigilancia antes de que el conde lo invitara a vigilar desde la cocina. Deberías mandar gente menos sociable, o condes más groseros.
—No tiene gracia, Vivienne.
—Tiene bastante gracia. —Ahora sí lo miro—.
Marcus. Hace un año, un tal Deveran se presentó en casa de una lady a cobrar una deuda, y esa lady mandó averiguar quién era él, con quién trataba, si debía dinero, todo.
¿Te suena? Isolde te investigó a ti antes de dejarte entrar en su vida.
Y a ti te pareció una mujer prudente y admirable.
Ahora un hombre entra dos veces en mi almacén a por unos libros, y tú lo sigues, lo investigas y vienes aquí a embestir mi escritorio.
La diferencia entre la mujer prudente y el hermano paranoico es solo de qué lado del asunto estás.
Marcus abre la boca. La cierra. Descruza los brazos, que en él es el equivalente a una rendición firmada ante notario.
—No me gusta no saber qué quiere —gruñe, y hay, debajo del gruñido, algo que no es rabia. Es lo otro. Lo que le pasa desde niño cuando cree que algo puede hacerme daño y no encuentra a quién pegarle para evitarlo.
Conozco ese gesto. Se lo vi por vez primera cuando yo tenía nueve años y un hombre del mercado me agarró del brazo por robar una manzana que sí había robado.
Marcus, que tenía trece y ya la mitad del tamaño que tiene ahora, no discutió, no negoció, no lloró: se puso entre el hombre y yo con una calma que daba más miedo que cualquier grito, y desde entonces no ha dejado de ponerse en medio ni una vez.
Es lo único que sabe hacer con el miedo: convertirlo en cuerpo, en barrera, en algo que se interpone.
El problema, esta vez, es que no hay nadie de quien interponerse.
No se puede uno plantar entre su hermana y un conde que solo trae libros.
Y esa imposibilidad lo tiene, lo veo, más desconcertado que asustado.
—Quiere un libro —respondo, y suavizo la voz, porque a mi hermano se le combate con ironía y se le desarma con verdad—.
Es lo más raro de todo, Marcus. No quiere nada más.
Y ya sé que en nuestro mundo eso no existe, que todo el que se acerca quiere algo.
Por eso lo estoy vigilando yo también, a mi manera.
Vete tranquilo. Si el conde resulta ser un problema, lo sabré antes que tú, y lo resolveré antes de que tú te enteres de que existía. Como siempre.
Marcus no se va. Se queda con las manos en los bolsillos, mirando un punto de la pared, y cuando habla otra vez la tormenta se le ha caído de la voz y queda debajo lo que la tormenta tapaba.
—No es el conde lo que me preocupa —dice, despacio, como si le costara encontrar cada palabra en un idioma que no practica—. Es que en veinte años no te he visto dejar una silla puesta para nadie. Y hay una silla puesta, Vivienne. La veo desde aquí.
No respondo enseguida. Guardo la pluma, que es mi forma de decirle que ha dicho algo que merece que lo mire.
—Lo que te asusta no es que no sepas qué quiere el conde —digo, con cuidado, porque a mi hermano se le combate con ironía y se le desarma con verdad—.
Es que empiezas a sospechar qué quiero yo, y de eso no sabes protegerme.
De un rival sabes. De esto, no. Nadie nos enseñó esto, Marcus.
Aprendimos a sobrevivir juntos. A que uno de los dos quisiera, algún día, irse con otro, no aprendimos nunca.
Marcus me mira un largo segundo, con esa lectura que solo él me hace, la del único que me conoció cuando yo aún no era esto. No dice lo que ha visto. Se marcha. Marcus siempre sabe cuándo una retirada dice más que una pregunta.
Y me quedo sola en el almacén, con dos informes idénticos en el fondo y contradictorios en la forma —Isolde: es inofensivo, ten cuidado; Marcus: es inofensivo, no me fío—, y con una tercera voz, la mía, que debería zanjar el asunto y no lo zanja.
Porque el asunto es sencillo. El conde no es una amenaza; está probado.
Un hombre que no es una amenaza y no aporta nada al negocio es, en mi contabilidad, ruido.
Y el ruido se elimina. Bastaría una frase.
Bastaría llamar a Pell y decirle cuatro palabras —«si el conde vuelve, no está»— para que el conde de los libros dejara de existir en mi vida con la misma limpieza con que hago desaparecer un cargamento comprometido.
Conozco la frase. La tengo entera en la boca.
Es fácil. Llevo diez años diciendo frases así sin que me tiemble el pulso.
He hecho desaparecer a hombres peores que un conde por razones más flojas que esta.
Un socio que habló de más. Un prestamista que se creyó con derechos.
Gente que suponía un riesgo real, no el fantasma de un riesgo que ni existe.
Con todos ellos la frase salió sola, limpia, sin residuo, y nunca perdí el sueño.
La eficiencia no deja residuo; esa es su gracia.
Miro hacia el pasillo por el que se ha ido Pell. Formulo la orden. La sostengo un momento en la punta de la lengua, esa lengua que no ha dudado en una década.
Y no la digo.
Vuelvo a los registros, al renglón en blanco de siempre, y me digo que ya la diré mañana, que solo la aplazo, que no dejar caer una frase no es lo mismo que tomar una decisión.
Me lo digo con la parte de mí que se cree esas cosas.
La otra parte, la que no miente ni siquiera a mí, apunta el hecho tal como es, seco y sin adornos, en la única columna que llevo diez años dejando vacía: hoy podía cerrarle la puerta a un hombre, y he elegido no cerrarla.