Capítulo 4
Llevo tres días siendo observado, y me ha costado los tres darme cuenta, lo cual dice bastante poco a favor de mi capacidad de observación aplicada a mí mismo.
El hombre se aposta en la esquina de enfrente de Ashfield House a media mañana y se marcha al anochecer.
No hace nada. No pregunta, no entra, no aborda a mi servicio.
Mira. Es un trabajo tedioso, mirar una casa donde no ocurre gran cosa salvo la llegada ocasional de un mensajero con correspondencia de alguna sociedad anticuaria, y siento, hacia el tercer día, una punzada de algo parecido a la compasión por él.
Debe de estar aburridísimo. Yo lo estaría.
Reconstruyo su rutina como reconstruiría la de un copista por sus hábitos de tinta.
Llega cuando el lechero termina la ronda y se va cuando encienden los faroles.
Come un pastel de carne que compra en el puesto de la esquina de Mount Street, siempre el mismo, lo cual sugiere o bien lealtad al pastelero o bien una imaginación limitada para el almuerzo.
Cambia el peso de un pie a otro cada pocos minutos, señal de que le duele la espalda, señal de que no es joven, y de que quien lo envía no considera delicado el encargo.
Deduzco de todo ello que soy, para quien lo manda, un asunto de rutina y no de urgencia.
La conclusión, por un motivo que no examino, me decepciona un poco.
De modo que hago lo que, me informarán después, no debía hacer bajo ninguna circunstancia: cruzo la calle y le ofrezco un té.
—Lleva usted tres días ahí —le digo—. Hace frío para mayo.
Si va a seguir vigilándome, y no tengo objeción a que lo haga, prefiero que lo haga sin coger una pulmonía.
Tengo té recién hecho. Puede vigilarme igual de bien desde mi cocina, con la ventaja de que verá si entra o sale alguien por la parte de atrás, cosa que desde esta esquina se le escapa.
El hombre me mira como si le hubiera hablado en arameo. Es una reacción que provoco a menudo, así que la reconozco.
—No sé de qué me habla —dice al fin.
—Claro que no. —Me detengo, porque se me ocurre que quizá esté siendo descortés al presuponer—.
A lo mejor me equivoco y es usted, sin más, un caballero al que le gusta esta esquina.
Es una buena esquina: se ve el tráfico de dos calles y le da el sol de la tarde.
Si es el caso, le pido disculpas por la intromisión y lo dejo con ella.
El hombre no dice que sea el caso. Tampoco dice que no lo sea.
Se limita a mirarme con la mandíbula un poco floja, como quien esperaba muchas reacciones a ser descubierto —una negativa airada, un aviso, la llamada a un alguacil— y no tenía prevista la única que le ofrezco, que es la de invitarlo a un té.
—¿Por qué...? —empieza, y no termina.
—¿Por qué le ofrezco té? —Le ayudo, porque las preguntas a medias me producen una incomodidad casi física—.
Porque tiene usted cara de llevar tres días aburrido y con frío, y porque discutir con un hombre que hace su trabajo me parece una grosería.
Usted vigila; es lo suyo. Yo vivo aquí; es lo mío.
No veo por qué las dos cosas no han de convivir con civismo, y una tetera de por medio ayuda.
Le sonrío para que no se sienta violento.
—Es su oficio no saberlo, y lo respeto. Solo quería que constara la oferta. Sigue en pie, si cambia de idea. Buenos días.
Vuelvo a cruzar la calle. No espero que acepte —no lo hace—, aunque a la mañana siguiente la esquina amanece vacía, y deduzco, con cierta pena, que he estropeado su misión al hacerla incómoda.
Anoto el episodio en el diario, bajo un epígrafe que titulo, por ahora, «Interés inexplicado en mi persona, casos uno y dos», y sigo con mis asuntos, que esa semana consisten en descifrar por qué un copista del siglo XIV abandonó un manuscrito justo a mitad de una frase.
El caso número tres llega dos días después, y viene mucho mejor vestido.
La anuncia mi mayordomo con la solemnidad que reserva para las visitas que lo desconciertan: Lady Isolde Ellerby.
El nombre no me dice nada, lo cual, comprenderé más tarde, es justo lo que ella deseaba que me dijera.
Entra en mi biblioteca —he pedido que la pasen a la biblioteca, porque es la única habitación de la casa donde me siento en mi terreno— y la recorre con una mirada rápida, precisa, que cataloga los estantes, las ventanas y las salidas en el mismo barrido.
Es una mirada que he visto hace muy poco, en otra mujer, en un almacén junto al río.
Lo archivo sin saber todavía cuánto significa.
—Milord —dice—. Le agradezco que me reciba sin aviso.
Vengo de parte de la Sociedad para el Socorro de Viudas de Marineros, de cuyo comité formo parte.
Me han dicho que posee usted documentación sobre naufragios en el Báltico, y andamos reconstruyendo casos antiguos para localizar descendientes con derecho a auxilio.
He pensado que quizá pudiera orientarnos.
Es una historia excelente. Tiene la textura precisa de la verdad: una institución plausible, un motivo caritativo irreprochable, una petición que me halaga en el punto exacto donde soy vanidoso, que es mi archivo. Le creo entera durante unos ocho minutos. Después empiezo a notar detalles.
—Con mucho gusto —respondo, y lo digo en serio, porque la idea de reunir a viudas con auxilios que les corresponden me parece uno de los pocos usos de bondad indiscutible que puede tener un archivo—.
Tengo tres registros de naufragios bálticos entre 1780 y 1800.
Siéntese, se lo enseño. ¿Le sirvo té? Hoy parece que el té es el hilo conductor de mi semana.
Se sienta. Le sirvo. Y mientras busco los registros, ella conversa, y su conversación es una obra de arte que no aprecio en todo su valor hasta más tarde, cuando reconstruyo la tarde entera y advierto que cada pregunta amable estaba puesta con la misma intención con que un buen cartógrafo pone cada sondeo: para medir la profundidad de algo.
—Es una casa muy silenciosa para un hombre soltero de su posición —observa—. La mayoría de los caballeros de su rango llenan estas habitaciones de invitados a los que en el fondo desprecian.
—Soy mal anfitrión —admito, buscando el segundo registro—.
Me distraigo. En mitad de una cena, si alguien menciona un dato interesante, me voy detrás del dato y me olvido de la cena y de los comensales.
Terminé aceptando que se me da mejor la compañía de los libros, que no se ofenden cuando uno los abandona a media frase para ir a comprobar algo.
—Un rasgo poco común en un conde —comenta, sirviéndose ella misma más té con la soltura de quien se siente en cualquier salón como en el propio—. La mayoría de los hombres de su título dedican una energía considerable a que no se les olvide, ni a ellos ni a los demás, que lo tienen.
—El título me llegó por una tía abuela y tres muertes ordenadas de un modo que a mí me pareció, dicho sea sin rodeos, de mal gusto por parte del destino.
—Encuentro el segundo registro y lo dejo sobre la mesa—.
No hice nada por merecerlo salvo sobrevivir a parientes que no me conocían.
Me cuesta enorgullecerme de un mérito que consiste en no haberme muerto.
Uso el título cuando abre una puerta que me interesa, casi siempre la de una biblioteca cerrada al público, y lo olvido el resto del tiempo.
—Hay quien mataría por lo que usted olvida.
—Lo sé. Y no lo entiendo, aunque he dejado de intentarlo. —La miro un instante—. Discúlpeme la franqueza: para venir de una sociedad de socorro, hace usted unas preguntas muy personales sobre mi soledad y mi título.
Algo cruza su cara. No es alarma, sino el respeto veloz de quien acaba de comprobar que el otro es menos distraído de lo que convenía a su propósito.
—Deformación mía —responde, sin perder el paso—. Trato con viudas. Aprende una a preguntar por la soledad de la gente. Se vuelve costumbre.
—¿Y no se siente solo?
Es una pregunta más honda de lo que la Sociedad para el Socorro de Viudas de Marineros necesitaría, y la levanto contra la luz un instante antes de contestarla, porque merece ser contestada con cuidado.
—No lo sé —respondo—. Sospecho que la soledad es algo que uno siente cuando echa de menos una compañía concreta, y yo no he tenido nunca una compañía concreta a la que echar de menos.
Es difícil añorar lo que no se ha probado.
Supongo que suena triste dicho así. No lo vivo como triste.
Lo vivo como una habitación tranquila, y a las habitaciones tranquilas les tengo cariño.
Se produce un silencio. Cuando levanto la vista del arcón de los registros, Lady Isolde Ellerby me está mirando de un modo distinto de como me miraba al entrar.
Al entrar me miraba como se mira un problema.
Ahora me mira como se mira un problema que ha resultado no serlo, y el descubrimiento parece, cosa rara, haberla puesto de mejor humor.
—Es usted un hombre extraño, milord —dice, y por primera vez suena sin guion.
—Me lo dicen con frecuencia. —Le tiendo el primer registro—. Suelo tomarlo como un cumplido, aunque tengo la sospecha de que no siempre se emite como tal.
Pasamos una hora con los naufragios. Y aquí está lo interesante, el detalle que lo confirma todo sin que ella diga una palabra de más: hace preguntas excelentes sobre las viudas, sobre las fechas, sobre los descendientes, y las hace con un interés que ahora es genuino, porque la causa es buena y ella, deduzco, es de las personas incapaces de fingir desinterés por una causa buena aunque haya venido por otro motivo.
—Este de aquí —le muestro, señalando una línea del registro— es el más triste de los tres.
El Cygnet, hundido en el veintiuno frente a Gotland.
Cuarenta hombres. La lista de la tripulación se conservó porque el contramaestre la llevaba cosida en el forro de la casaca, y el mar, que es cruel con casi todo, tuvo el capricho de devolver el cuerpo con la casaca puesta.
Gracias a esa costura sabemos hoy los nombres de cuarenta viudas posibles.
Lady Isolde toma el registro con las dos manos. Lo lee, línea por línea, y veo que la causa ha dejado de ser un pretexto para ella en algún punto de la última media hora, si es que llegó a serlo del todo.
—Cuarenta —repite, en voz baja—. ¿Cuántas seguirán vivas?
—Pocas. Es de hace casi un siglo. Aunque de cada viuda suele quedar una hija, y de cada hija una nieta, y a veces el auxilio llega tarde a la persona a quien se le debía y a tiempo a la que lo hereda. La justicia, cuando llega, rara vez llega puntual. Llega, y con eso hay que conformarse a menudo.
Le doy copias de los tres registros. Le prometo buscar un cuarto que creo tener en un baúl del desván. Y cuando se va, en la puerta, se gira y me dice una última cosa que no encaja con las viudas de marineros y que archivo con especial cuidado:
—Cuídese, milord. Londres es una ciudad donde a veces uno despierta el interés de gente cuya atención es más segura no tener. Usted parece de los que no se enteran de que la han despertado hasta que es tarde. —Una pausa—. Considérelo un consejo de la Sociedad. Cortesía de la casa.
Se marcha. Cierro la puerta. Y me quedo en el vestíbulo con la extraña convicción de que acabo de aprobar un examen cuyo temario no me entregaron, calificado por un tribunal que fingía ser una sola dama caritativa.
Esa noche abro el diario y añado una tercera entrada al epígrafe del interés inexplicado.
Escribo lo que sé: tres personas, en una sola semana, se han tomado un trabajo notable en averiguar qué clase de hombre soy.
Escribo lo que deduzco: que el foco de ese interés no está en Mayfair, sino junto al río, en un almacén con las vigas de un pañol del siglo pasado.
Escribo lo que no sé: por qué la mujer de aquel almacén necesita que otros averigüen por ella algo que podría preguntarme a la cara, dado que sabe de sobra dónde encontrarme.
Y añado, debajo, en letra más pequeña, la única conclusión firme de la semana, la que me deja más satisfecho de lo que un hombre razonable debería estar por saberse investigado: que, sea quien sea la persona a cargo de todo esto, se ha tomado la molestia de comprobar si soy peligroso antes de decidir qué hacer conmigo.
Y eso, en una ciudad donde casi nadie comprueba nada antes de actuar, me parece un gesto de una prudencia casi conmovedora.
Un hombre más sensato archivaría el asunto y tomaría precauciones.
Contrataría vigilancia, o al menos se alarmaría en la proporción que la situación reclama.
Repaso esas conductas sensatas una por una, como el que revisa una lista de la compra, y veo que no tengo intención de adoptar ninguna.
Lo que tengo, en su lugar, es una curiosidad que crece cada día, y una pregunta instalada en mí con la terquedad de las que un manuscrito deja a medias: qué clase de mujer manda a media ciudad a estudiarte antes de dignarse a mirarte ella misma una segunda vez.
Cierro el cuaderno. Voy a acostarme pensando, sin ningún derecho a hacerlo, en un almacén al que no me han invitado a volver.